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Full text of "SER 11 Y 12"

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HECHO EL DEPOSITO QUE MARCA LA LEY 


PRINTED IM ARGENTINE 
IMPRESO EN LA ARGENTINA 


Renovación 


Con este número de SER pone término a 
su labor la Comisión que la dirigiera desde que, 
en los comienzos de los Cursos del Profesorado, 
surgiera como su órgano de expresión. 


Finalizada esta primera época otros colegas 


llevarán adelante esta iniciativa con la energía y 
las ideas renovadoras tan necesarias en todos 


los aspectos de la actividad humana. 


LA DIRECCIÓN 


SER 


REVISTA DE LOS CURSOS DEL PROFESORADO DE LA ESCUELA NORMAL 
“MARIANO. MORENO” DE C. DEL URUGUAY 


Director 
ROBERTO A. PARODI 


Secretario 
ALBERTO J. MASRAMÓN 


Consejo de Redacción 


JUAN JOSÉ MIRÓ EDUARDO GIQUEAUX 
MIGUEL A. GREGORI HÉCTOR. IZAGUIRRE 
AÑO X 1971 Nros. 11-12 


Concepción del Uruguay (E. Ríos) República Argentina 


CURSOS DEL PROFESORADO 


Rector 


HARRY A, CALLE 


Vice Rector 


MEVÍA 1. GARRO 


Cuerpo Consultivo 


SEGUÍ. AMALIA A. «DE 
PARODI ROBERTO A: 
RIVERO BLAS ALEJANDRO 
CARULLA FÉLIX OMAR 
MACCHI MANUEL E, 


Profesores 


Castellano y Literatura 


CALLE HARRY ADOLFO 
IZAGUIRRE HÉCTOR CÉSAR 
IZAGUIRRE CRISPINA P. DE 
LAHARNAR NADISLAVA, 
PARODI ROBERTO A. 
RODRÍGUEZ MIGUEL. ANGEL 
MASRAMÓN ALBERTO J. 
SEGUÍ AMALIA A, DE: 
MARTÍN NÉLIDA NELLY G. DE 
PEANO- LESTO A. 

GONELLA MIGUEL. ÁNGEL 
DÍAZ ABAL HÉCTOR A. 
NAVEIRA -NOEMÍ 1. 


Historia 


MASRAMÓN ALBERTO J. 
GREGORI MIGUEL ÁNGEL 
MACCHI MANUEL E. 
URQUIZA OSCAR F. 

ASTE LIDIA ALCIRA 5, DE 
VERNAZ CELIA E. 
GONELLA MIGUEL ÁNGEL 
PEANO LESTO A. 

SEGUÍ AMALIA A. DE 
MARTÍN NÉLIDA N. G. DE 
MACCHI SARA E. B. DE 
RE LATORRE ARACELY 
FRIDA. W. REGNET 


Filosofía y Pedagogía 


CALLE HARRY: ADOLFO 
CHAPPUIS ALICIA A. DE 
DÍAZ ABAL HÉCTOR A. 
FLEITAS ELSA 

GIQUEAUX EDUARDO J. 
GONELLA MIGUEL ÁNGEL 
MARTÍN NÉLIDA N. G. DE 
PETRONE HUGO CÉSAR 
SEGUÍ AMALIA A, DE 
PEANO LESTO A. 
MASRAMÓN ALBERTO J. 
GUIOT CARLOS. M. 


Inglés 


FLEITAS ELSA ESTHER 
LUPI GRACIELA J, MARÍA 


SANGUINETTI MARGARITA L. DE 


SCHETTINI MARTA SUSANA 


se A 


Matemática, Física y 
Cosmografía 


CARULLA FÉLIX OMAR 
DUPRAT LEDA MARGOT 
LOMBARDI GINO 
EICHHORN SILVIA E. 
MARTÍNEZ. ANTONIO G. 
MIRÓ JUAN JOSÉ 
PASCAL HUGO ALBERTO 
PEPE MIGUEL ÁNGEL 
RIVERO BLAS ALEJANDRO 
SEGUÍ AMALIA A. DE 
PEANO LESTO A. 
MARTÍN NÉLIDA N. G. DE 
GONELLA MIGUEL ÁNGEL 


Profesorado Elemental 


DÍAZ ABAL HÉCTOS ALBERTO 


MARTÍN NÉLIDA G. DE 
MACCHI SARA E. B. DE 
PARODI ROBERTO ÁNGEL 


ÍNDICE 
Pág. 
LAS ESCUELAS DE PRIMERAS LETRAS Y LOS CASTIGOS COR- 
PORALES (Buenos Aires 1810-1820) 
por OSCAR F. URQUIZA ALMANDOZ caocoorrcrecoos AAA 13 


LOS LOCOS — LOS GRISES 


por EMMA DE CARTOSIO y ocnmmererenos Dr li A5 y 46 
JUAN L. ORTIZ Y LA POESÍA COMO DESVELO 
por SUSANA GIQUEAUX. e cional AZ, 
Un historiador de Entre Ríos: 
Dr. CÉSAR BLAS PÉREZ COLMAN E 
63 


por FACUNDO A. ARCE NS der AAA Deia ri 


POEMA PARA UNA MUCHACHA TRISTE — POEMA PARA 
EL INMIGRANTE 
por AMALIA AGUILAR VIDART DE SEGUÍ coorccaneo over tas 85 y 87 


LOS LÍMITES DEL CUENTO Y LA NOVELA 


por ROBERTO ÁNGEL PARODI conmocoororocrecco retro 89 
LA CONQUISTA DE LA ENERGÍA 

por GINO LOMBARDI conmocieirec tens E RO. A 131 
INTERIORIDAD — MUCHACHA RIBEREÑA 

por ROSA MARÍA SOBRÓN DE TRUCCO 2ocnocertrtots . 137-y 198 
PERSISTENCIAS TEMÁTICAS DE LA LITERATURA ENTRE- 
RRIAÑA 

por HÉCTOR CÉSAR IZAGUIRRE 00 cerrar cir cito pm 141 
UNA ÉPOCA DE VIOLENCIA 

por ALBERTO .J. MASRAMÓN ccocccnmsr er a 173 


RÍO HECHO DE AZUL, El RÍO MÍO — LA RED 
por SOMA AEBETA 61 suo rimas 3 tor eras encia rd dE 183 y 184 


: Pág. 
JUEGOS DE NIÑOS DE ANTAÑO 

por MIGUEL ÁNGEL RODRÍGUEZ ...i.coooooocccaconoroccnnoconos 187 
COMO MIRAR UN CUADRO MÍO 

por el Prof. CARLOS ASTE .0o..iorooio ries incocconarano or 21.» 211 


HAY UN DÍA — TE MUERES LENTAMENTE... 
por MARTA: ZAMARRIPA co voii dr de 233 


ASPECTOS SOCIOECONÓMICOS DE LA EUROPA MEDIE. 
VAL: LOS GREMIOS DE ARTESANOS 
por SARA ELENA B. DE MACCHI 2. 20... cóo. ERE 237 


SAN MARTÍN Y SU CORRESPONDENCIA CON LOS CAUDI- 
LLOS ESTANISLAO LÓPEZ, JUAN B. BUSTOS, FACUNDO 
QUIROGA 


Jar CELIA. MERNAZ, cas ey 440 rn OARAES RES ETLAAAS da ros 251 
A ISIDORA DUNCAN — SONETO A MI MADRE 
por ARNOLDOLIBERMAN ¿ooo cocaina 267 y 268 


Notas y Comentarios 


EL LATÍN Y SUS RELACIONES DIDÁCTICAS 


por AVELINO HERRERO MAYOR ...oococccoiocccrcarncn o 271 
MENSAJE A LA JUVENTUD 

RAS 275 
1871 - LA COMUNA DE PARÍS - 1971 

por CELOMAR JOSÉ ARGACHÁ ..oooococcconcncocncnconcn rn 279 


IMPRESIONES Y COMENTARIOS SOBRE EL PRIMER SEMI- 
NARIO LATINOAMERICANO PARA PROFESORES DE FÍSICA 
DE INSTITUTOS DEL PROFESORADO 

POr BLAS A, RIVERO eocossvoseoracarcopensnas ads Eno toma e a 285 


HUGO VON HOFMANNSTHAL Y LOS TIEMPOS 
por JULIO VEGA 


LAS ESCUELAS DE PRIMERAS LETRAS 
Y LOS CASTIGOS CORPORALES 


(BUENOS AIRES 1810-1820) 


por OSCAR F. URQUIZA ALMANDOZ 


| 
LAS ESCUELAS DE PRIMERAS LETRAS 


“Venid, que de gracia se os da el néctar agradable y el licor. 
divino de la sabiduría”, expresaba la leyenda del escudo que esta- 
bleció Belgrano en el Reglamento de su fundación de cuatro escue- 
las. Enorme lema para una escuela primaria —lo decimos con pala- 
bras de Juan P. Ramos— pero es que en un país donde sólo existían 
dos establecimientos de características superiores, no se podía consi- 
derar a la escuela elemental de otra manera más que como un semi- 
llero de bienes y esperanzas. Las primeras letras que el niño apren- 
día en las escuelas, adquirían, así, una trascendencia tan grande, 
que ya de por sí significaban un ideal. Mucho había sido lo realiza- 
do por España en la América Virgen. Pero había que seguir el rum- 
bo. Se debía luchar para su locro. Y el camino no fue Fácil. 

Sabido es que en los primeros años de la revolución, los go- 
biernos, abrumados por otras exigencias, muchas veces de vida o 
muerte, poco aportaron para el mantenimento y la incrementación 
de las escuelas. La procura agónica —en el sentido etimológico que 
tanto gustaba a Unamuno— del ideal de la incipiente cultura, se 
realizó casi exclusivamente por el esfuerzo privado, incluida la im- 
portante labor de los conventos y parroquias, y por la acción de 
algunas pocas escuelas de la Patria, que así se llamaron a partir de 
1810, las antiguas escuelas del Rey, sostenidas por los cabildos. Un 


= la 


cálculo aproximado, de cifras puramente conjeturales, establecería 
para ese año, en Buenos Aires, cuatro escuelas de la Patria y alre- 
dedor de treinta de carácter privado, (1 

Afianzadas ya las autoridades surgidas en mayo de 1810, con 
un conocimiento mayor en el manejo de la cosa pública, aunque 

fuera en el ajetreo de la experiencia de pocos meses, tomaron di- 
versas disposiciones relativas a. la enseñanza. Las primeras que he- 
mos podido localizar, y que fueron difundidas por la prensa de la 
época, corresponden a noviembre de 1810. 

El cabildo de Buenos Aires “informado de que no era la más 
lisonjera la situación de las escuelas de esta capital”, comisionó a 
dos de sus regidores para que las inspeccionaran. Debían observar 
las condiciones en que se impartía la enseñanza y los métodos que 
se empleaban, como también informar a preceptores y alumnos, la 
buena disposición existente en el Ayuntamiento para velar por el 
adelantamiento y progresos de la enseñanza de la juventud”, 

, Los dos regidores designados —Ildefonso Paso y Juan Pedro 
Aguirre— cumplieron su cometido, y, en el informe presentado, 
manifestaron: a) la conveniencia de uniformar la educación; b) or- 
ganizar un método sistemático común a todas las escuelas; c) reim- 
presión de un pequeño libro (“Tratado de las obligaciones del hom- 
bre”, de Juan de Escoiquiz) para lo cual se solicitaba el permiso 
correspondiente del Superior Gobierno; d) el Cabildo debería 
repartirlos entre los niños pobres de todas las escuelas; e) los maes- 
tros quedarían obligados a recoger dichos libros a la finalización de 
las tareas escolares o cuando algún alumno, por cualquier motivo. 
abandonase definitivamente la escuela; £) los hijos de padres e 
dientes estarían obligados a adquirirlos en los lugares de venta; 
2) los alumnos de las escuelas dependientes del Cabildo deberían 
ser examinados periódicamente ante el propio cuerpo municipal; 
h) los. alumnos. más distinguidos serían premiados, 4 efectos de es- 
timular el estudio y la contracción al trabajo. (2 e 

Casi simultáneamente con el libro de Escoiquiz se publicó en 


(1) Cfr JUAN P. RAMOS, “Historia de la instrucción primatia «en la República Ar- 
fentiaa”, Buenos ¡Atres, 1910. 

(2) El mor del “Tratado de las obligaciones del hombre” fue Juan de Escoiquiz, sa- 
cerdoto y político español; nacido ..eñ: 1762 y muerto en 1820. , 


E 


la Imprenta de Niños Expósitos, el “Contrato Social”, de Rousseau. 
Mariano Moreno, que había ordenado su reedición y la había pro- 
logado, se preocupó de expurgarlo del capítulo y principales pasa- 
jes que trataban de la Iglesia, pues —según el propio Moreno— “el 
autor tuvo la desgracia de delirar en materias religiosas”. Pero he 
aquí que mientras el “Tratado de las obligaciones del hombre” 
perduró como texto muchísimos años, el “Contrato Social”, también 
editado “para instrucción de los jóvenes americanos”, como: reza Cn 
su carátula, fue relegado al poco tiempo. Las palabras registradas 
en el Acuerdo del Cabildo del 5 de febrero de 1811 son suficien- 
temente explícitas: el libro de Rousseau no era de utilidad ala 
juventud y antes pudiera ser perjudicial, por carecer aquélla de 
los principios de que debiera de estar adornada para entrar a la 
lectura y estudio de semejante obra”. Por lo tanto se resolvió devol- 
ver al editor los ejemplares que el Cabildo había adquirido para su 
distribución en las escuelas. dos aa 

Ya en esa época el mayor problema, el más premioso y. per- 
manente, era el de las magras remuneraciones de los maestros. El 
propio Cabildo lo admitía al señalar: “Como los preceptores no es- 
tán suficientemente dotados con la renta de trescientos pesos y cien 
para casa, resulta que las escuelas no están bien servidas, y por la 
misma razón se halla vacante, h:ce año y medio, la. del partido de 
la Piedad”. 

Para remediar la difícil situación económica por la que atrave- 
saba el maestro, con repercusión inevitable en la eficiencia de su 
labor docente, el Cabildo propuso a la Junta la elevación de la renta 
“por enseñanza y casa” a seiscientos pesos. 

Puesto a consideración del Superior Gobierno el informe pre- 
cedente, el 2 de noviembre de 1810 se resolvió aprobar los arbitrios 
propuestos por el Cabildo. Y en relación a los edificios escolares, 
“consistentes en piezas muy estrechas e indecentes, donde no pue- 
den colocarse con desahogo ni ejercitarse con comodidad los niños”, 
la Junta ordenó al Cabildo que, siempre que lo permitieran los 
fondos de propios, se edificasen “casas en lugares oportunos con la 
distribución correspondiente al establecimiento de las escuelas”. $ 


(3) "Gaceta Extraordinaria”, martes 6 de noviembre de 1810. 


6 


Lamentablemente, las serias y premiosas urgencias en que se 
debatían nuestros primeros gobiernos patrios, fueron postergando 
una y otra vez, la plausible aspiración de dotar a la niñez de me- 
jores condiciones ambientales. 

Era evidente que las escuelas de la Patria, poco numerosas e 
insuficientemente dotadas, no podían absorber toda la población 
escolar. Un aporte de considerable importancia fue, sin duda, el 
brindado por las escuelas conventuales, a las que el Cabildo de 
Buenos Aires reputaba entre las más útiles y necesarias, por dos ra- 
zones fundamentales: 'su permanencia y la gratuidad de la ense- 
ñanza ofrecida. De ahí que, a mediados de noviembre de 1810, 
el Ayuntamiento se creyó en la necesidad de arbitrar los medios con- 
ducentes a hacer más efectiva, todavía, la educación allí imparti- 
da. En opinión de los regidores, debía evitarse que la tarea docente 
fuera desempeñada por los legos de los conventos, quienes, en mu- 
chos casos, poseían limitados conocimientos. Les preocupaba, sobre 
todo, que la falta de versación les impidiese explicar con la debida 
precisión los diferentes puntos de la doctrina cristiana, lo que de- 
terminaría que los jóvenes alumnos no la aprendieran bien o sólo 
superficialmente. 

Para subsanar ese inconveniente sometió su criterio a la reso- 
lución de la Junta, en el sentido de establecer obligatoriamente que 
las escuelas de regulares estuviesen a cargo de “un sacerdote, reli- 
gioso del mejor talento, idoneidad y disposición”, auxiliado en su 
labor por el lego de mayor capacidad. 

Era, sin duda, una tarea sacrificada. Como la de todo maestro. 
Abnegada y silenciosa, casi siempre anónima; merecedora de mu- 
chos elogios pero sin reportar jamás satisfacciones materiales. Cier- 
to es que los sacerdotes no las pretendían, pero el hombre, cualquie- 
rá sea su misión en la tierra, necesita de estímulos que alienten sus 
esforzadas jornadas, que refresquen sus sienes cansadas, que renue- 
ven los bríos de su corazón golpeado por la indiferencia, por las 
injusticias, por las frustraciones. 

Tal vez por pensar así, como lo pensamos nosotros, fue que el 
Cabildo de Buenos Aires propuso que todo sacerdote que hubiese 
ejercido el magisterio en las escuelas primarias por un lapso de ocho 
o diez años, quedaría en igualdad de condiciones “para conseguir 


— 49 — 


sus privilegios y prerrogativas en la religión”, cón aquellos que: He- 
veron cátedra de filosofía o teología”.. Ls LA le 
El proyecto no fue inconsulto. Antes de elevarlo a la. Junta de 
Gobierno, el Cabildo, por intermedio de uno de sus regidores, D, 1l- 
defonso Paso, lo sometió a la consideración del Deán Funes. El ilus- 
trado sacerdote cordobés, por ese entonces en Buenos Aires, y ya 
electo diputado por 'su provincia, aplaudió el celo puesto de mani- 
fiesto por la autoridad municipal. En su contestación al regidor Paso, 
que se publicó en la “Gaceta Extraordinaria” del domingo 25 de 
noviembre de 1810, expresó: “Es bien notable que los legisladores 
hayan dictado leyes para regir la conducta de los hombres formados, 
y ninguna para la educación de los niños. Esto ha sido lo mismo 
que querer perfeccionar un edificio político, sin haber echado los 
cimientos. No habría tantas enfermedades morales que curar en 
los adultos, si su infancia hubiese sido bien sana...” 8 : 
El político daba paso al maestro. Era tan sólo un alto en la jor- 
nada del hombre público cuyos lúcidos esfuerzos reclamaba la pa- 
tria. Y así mientras maduraban en su mente los conceptos que a 
poco vertería en tres cartas al editor de la “Gaceta”, y que, al decir 
del padre Furlong, podrían aunarse bajo el título de “Bases para la 
formación y organización de la Nación Argentina”, asomaba. su 
preocupación docente, al realizar el análisis del proyecto que el 
Cabildo de Buenos Aires había sometido a su consideración. (9 
Extensas fueron las consideraciones de Funes. Á través de ellas 
se advierte con claridad que el ex rector del Colegio de Monserrat 
y de la Universidad de Córdoba comprendía cabalmente que el 
educar a los niños era empinada misión que en nada desmerecía 
frente a las demás enseñanzas claustrales. De ahí, entonces, que 
alentara el proyecto del Cabildo, pues “todo esto hace ver que es 
bien delicado el oficio de preceptor, y que no debe confiarse sino a 
hombres instruidos y de probada conducta. No dudo —agregaba el 
Deán— que entre los religiosos legos habrá algunos que reúnen es- 
tas calidades, pero no debe aventurarse este acierto a una probabili- 
dad. Los religiosos sacerdotes tienen fundada reputación en la ca- 


(4) GUILLERMO FURLONG'CARDIFE,. ''Bio-bibliografía del Deán Funes*, Córdo- 
ba, 1939. 


a 20 


rrera literaria que han seguido, y deben ser más aptos para estos 
empleos. Pero para que estos religiosos se dediquen con esmero, es 
muy conveniente que se les excite con el estímulo del premio. El 
hombre siempre será lento en su marcha si sólo lo sostiene la obli- 
gación. Para las demás enseñanzas claustrales se hallan establecidas 
recompensas proporcionadas a su fatiga y su importancia. Yo creo 
que la educación de los niños no es menos digna de estas recom- 
pensas por cualquiera de estos respectos que se mire. El íntimo en- 
lace que tienen las escuelas de primeras letras con el bien y prospe- 
ridad de la república, es una prueba invencible que los conductores 
del estado deben tener inspección sobre ellas y autoridad sobre sus 
preceptores... Debe pues concluirse que el superior gobierno puede 
excitar a los prelados regulares a fin de que se atienda el mérito de 
los preceptores y se premie con aquellas consideraciones de que son 
dignos”. 

La Junta aprobó los arbitrios propuestos por el Cabildo y aus- 
piciados por el Deán. La resolución respectiva, que llevaba la fiima 
de Mariano Moreno, estableció ó6 que los reverendos padres provin- 
ciales de las diferentes órdenes religiosas debían asignar las corres- 
e jubilaciones a todos los maestros de primeras letras, 

con el mismo tiempo y con los mismos honores y privilegios que 
disfrutan los maestros de facultades mayores”. 

Los gobiernos posteriores mantuvieron la vigencia de esta dis- 
posición, como lo prueban las constancias documentales que he- 
mos hallado. En 1813, la Asamblea General Constituyente juzgó 
dignas de su aprecio “las consideraciones que por el gobierno pro- 
visorio se dispensaron en favor de los sacerdotes regulares que se 
dedicasen a la enseñanza de primeras letras”, (9 por lo que decidió 
adoptar la siguiente resolución: “Queda sancionado el decreto ex- 
pedido.en 22 de noviembre de 1810, por el Gobierno Provisorio 
de estas Provincias en orden a los grados que deben optar en su 
orden los maestros de las escuelas de primeras letras; por el orden 


(5). “Gaceta Extraordinaria”, domingo 25 de noviembre de 1810; GUILLERMO. FUR- 
LONG, “La tradición religiosa en la escuela argentina”, Buenos Aires, dde Pp- 
27-28. 

(6) ARCHIVO GENERAL DE“LA: NACIÓN, División Nacional, Gobierno, Asambleas 
General Constituyente, enero-junio-1813, sala 3-8-9, Ne 348. 


Me JU 


mismo que indica el insinuado decreto. Lo tendrá así entendido.el 
S.P.E. para su debida observancia y cumplimiento. Buenos Aires, 
Junio 30 de 1813”, 

Por esos días recurría ante la Asamblea fray Pedro Olivera, 
durante muchos años dedicado a la enseñanza de las primeras le- 
tras, deseoso de alcanzar, ahora, los beneficios de la resolución 
gubernamental. Examinada su solicitud y sus antecedentes docen- 
tes, el cuerpo soberano expidió el siguiente decreto: “Considéran- 
se por la Asamblea General los años que ha servido de maestro de 
primeras letras, el padre F. Pedro Olivera del orden de las Mer- 
cedes, antes de la expedición del decreto del 22.de noviembre de 
1810, por el gobierno provisorio y sancionado en esta fecha por 
la Asamblea General, como si hubiesen sido verificados después 
de la expedición del mencionado decreto; pero únicamente por el 
tiempo necesario para obtener el grado y privilegios de Presentado 
de su orden”. (8 ergo 

Fue evidente la preocupación de algunos hombres del gobier- 
no para que la gracia solicitada por el padre Olivera se concretara 
lo más rápidamente posible. En el legajo correspondiente a la do- 
cumentación de la Asamblea, que va. de enero a junio de 1813, 
existente en el Archivo General dela Nación, hemos hallado lá 
única pieza de carácter personal que en dicho legajo se guarda, 
y que muestra acabadamente ese interés a que aludíamos más 
arriba. Se trata de una carta de Vieytes a Juan Manuel de Luca, 
a la sazón secretario de gobierno. En ella le expresaba: “Paisano 
y amigo: Ayer se ha pasado por la Asamblea un decreto concedien- 
do la gracia de Presentado al padre fray Pedro Olivera, maestro. de 
primeras letras de la Merced, y quiero deber a Ud. que hoy mismo 
se pase por el gobierno a dicho convento para que se ponga desde 
luego en ejecución. Dispense Ud. las importunidades de éste su: 
más afecto amigo y paisano. H. Vieytes. 2 de julio de 1813”, o) 

Algunas pocas escuelas de la Patria, sumadas a las que fun- 


4 


(7) ++ Ibídem, sala-X,-3-8-9, N*-347; “El Redacior”, sábado 17:de julio de:1813. 
(8). ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, División Nacional, Gobierno, Asamblea 
General Constituyente, enero-junio 1813, sala X, 3-8-9, N? 350, 
(9) ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, División Nacional, Gobierno, Asamblea 
General Constituyente, enero-junio: 1813, sala X,-3-8-9, NN9:351: 


— 24 -— 


cionaban en los conventos y a las de carácter privado cuyos pre- 
ceptores estaban pagados por padres pudientes, eran las cpcla a 
das de albergar a los jóvenes educandos de Buenos Aires bra 
correr de los meses, y cuando lo permitieron los recursos del Cabil- 
do, se procedió a la apertura de nuevas escuelas, hechos de indu: 
dable importancia para la historia de la enseñanza en la ciudad 
pues el carácter gratuito de ellas, posibilitaba el acceso a la tas 
e de un sector de la sociedad porteña que no contaba 
E ie como para pagar su inscripción en- las 
Así, según noticia aparecida en la “Gaceta”. del 6 de marzo 
de 1812, el Cabildo dispuso la creación de una escuela de prime- 
ras letras en Ja Parroquia de Nuestra Señora de ar El 
maestro sería remunerado con la suma de seiscientos pedos emula 
en concepto de sueldo y alquiler de local, según se había estable- 
cido en noviembre de 1810, por resolución que ya hemos co- 
mentado. : 
dE Los aspirantes al cargo de preceptor, debían presentarse en 
la secretaría del Ayuntamiento con los “documentos calificativos 
de buen nacimiento y costumbres”. La designación del maestro se 
haría por concurso de oposición, pues serían examinados previa- 
mente en doctrina cristiana, principios de caligrafía, aritmética 
gramática y ortografía castellana. 
Para agosto de 1812, el Cabildo de Buenos Aires sostenía cin: 
co escuelas de primeras letras. A pesar de las dificultades econó- 
micas que frenaban mejores realizaciones, siguió empeñado en 
dotar a la ciudad de un mayor número de dichos sabelo 
Sobre todo en aquellos barrios suburbanos donde el problema de 
la falta de escuelas se agravaba por la inperibilidad de: ue las 
familias que allí residían, enviaran sus hijos a las situa e 
otros lugares. s 
El Triunvirato accedió a lo solicitado por el Cabildo r 
resolución del 20 de agosto de 1812 dispuso el pi 
de dos muevas escuelas, una en el barrio de la Residencia y otra 
en los corrales de Miserere, Con el objeto de no hacer tan gra- 
vosa la erogación presupuestaria, se decidió aprovechar los locales 
disponibles en uno y otro barrio, En el primer caso, se ocuparían 


LAS 


piezas del edificio de la residencia, y, en el segundo, del hospicio 
de los padres franciscanos. A tal efecto se cursaron órdenes a “los 
padres presidentes de cada una de las referidas casas, para que 
faciliten las habitaciones que sean precisas al desempeño de tan 
interesante objeto”. (10) 

En noviembre de 1817, una nueva escuela se sumó a las ya 
existentes en Buenos Aires. Fue establecida en la Parroquia del 
Socorro y ante esa feliz circunstancia, “El Censor” instó a los 
padres de familia a enviar sus hijos a ella. En algunos casos, co- 
mo el que ahora nos ocupa, era necesario formar una conciencia 
en ese sentido, y por ello, la insistencia del periódico redactado 
en esa época por fray Camilo Henríquez: “Se nota descuido 
—decía— en los padres de familia de la feligresía en enviar sus 
niños a dicha escuela. Es sensible que mo quieran aprovecharse de 
los cuidados paternales de los padres del pueblo, cuando estas es- 
cuelas son el fundamento de su moralidad y civilización, y que en 
todo el mundo la generalidad de los individuos no tiene más ins- 
trucción que la que adquiere en estas escuelas”. PA 

La acción del Cabildo de Buenos Aires en lo que hace a la: 
erección de escuelas se proyectó también a la campaña. A la ya 
existente en la villa de Luján, se agregaron, a partir de 1810, las 
siguientes: San Isidro (1813); Morón (1814); San José de Flores 
(1815); Chascomús (1816); y Ensenada de Barragán (1817), 0D 

Juan P. Ramos, en su obra “Historia de la Instrucción pri- 
maria en la República Argentina”, señaló que desde el 25. de mayo 
de 1810 en adelante ningún documento oficial o privado, ninguna 
obra, pueden darnos un resumen numérico, una estadística más 


(10) “Gaceta”, viernes 18 de setiembre de 1812, Como el asunto de los locales quedaba 
de esa manera solucionado, y los maestros no tendrían que pagar el alquiler de 
ellos, la «renta anual con que se los remuneraría, sería de cuatrocientos pesos, ea 
lugar de los seiscientos que se ¡pagaba comúnmente por el cargo. Además, se dis- 
puso ¡nombrar un ayudante del. preceptor «de la escuela” de “Monserrat, al que se 
le pagaría un: sueldo anual. de doscientos pesos. El procedimiento a :seguirse para 
cubrir los. cargos, era el común en la época: concursos de oposición sobre. Los 
puntos que ya dejamos señalados al referirnos a la escuela de la parroquia de Mon- 
serrat. “Gaceta”, N* 33,20 de noviembre de 1812, 

(11) “Gaceta*, N9.-70, miércoles: 19 de setiembre de 1813. Cfr. PICCIRILLI, GIA: 
NELLO, ROMAY, “Diccionario Histórico Argentino”, Buenos Aires, (1954, to- 
mo Hi 


+ Dl 


o menos completa de la educación primaria, para agregar más 
adelante: “Aquí-es necesario entrar en la conjetura, en lo proba- 
ble”. Y consecuente con ese temperamento, confeccionó dos cua- 
dros estadísticos, correspondientes uno a 1810 y otro a 1820: En 
ambos casos, a cada cifra consignada, ya sea relativa al número 
de escuelas o al de alumnos le agregó un signo de interrogación, 
indicativo de lo conjetural de aquélla. Además, Ramos consignó 
en la columna correspondiente a la población, las cifras arrojadas 
por el «censo de 1869, lo que, a nuestro juicio es improcedente. La 
dificultad señalada por el «autor, de las que dimos cuenta más 
arriba, fue cierta, sin duda, en relación a la "mayor parte delas 
provincias argentinas, pero mo.en lo que hace a la ciudad de Bue- 
nos Aires. Las investigaciones que hemos realizado mos han per- 
mitido trazar no solamente el panorama de la enseñanza primaria 
porteña quese ha visto precedentemente, sino el cuadro que con- 
signaremos a continuación, en el que quedará reflejado el número 
de alumnos de la mayor parte de las escuelas de la ciudad, tanto 
oficiales como conventuales. (12 También habremos de consignar 
el número aproximado de: habitantes que tenía la ciudad de Bue- 
nos Aires hacia el año 1815, 


ESCUELAS DE PRIMERAS LETRAS DOTADAS Y DIRIGIDAS POR 
EL CABILDO. CON EL NUMERO DE SUS ALUMNOS 
Y GASTOS ANUALES 


Año 1817 
Sueldos de maestros y 
Escuelas alquiler de Jocales Número. de alumnos 

Catedral 1,826 pesos 150 
Monserrat 602... 2 114 
Concepción 600...” 59 
San Nicolás 600” 130 
Piedad 864 ” 130 
Residencia 1.080” 150 
Hospicio 600 >” 59 
San Isidro 484" ” 72 
Totales 6.746? 864 


ai 3 
(12) El cuadro que ofrecemos «corresponde a “las “escuelas oficiales ——dependientes del 
Cabildo y <a las conventuales. Simultáneamente funcionaron, “además de aqué- 
Jlas, varias escuelas de carácter privado: Es 


E 


A los niños pobres se les proveía de papel, tinta, pro 
libros. El Cabildo costeaba, además, la compra y reparación E 
los mucbles de las escuelas. En un año se: gastó por ese concep 


la suma de 979 pesos. 


ESCUELAS PRIMARIAS A CARGO DE REGULARES 


Año 1817 
Escuelas Núrmaero de alumaos 
La Merced 10 
San Francisco so 
Santo Domingo e. 
Belén de 
Recoleta 


Por 1817, año al que corresponden los datos ofrecidos, ha 
población de la ciudad de Buenos Aires superaba: ri 
50.000 habitantes. Según el censo levantado por la e $ 1 | . 
correspondiente a los 33 cuarteles de la ciudad, la po 2. 4 j 
de 50.999 habitantes, incluyendo a los extranjeros y pon 
a allí, justamente dentro de esé ámbito escolar de e Da 
meros tiempos de la revolución argentina, que ide ei rea: 
perfiles la figura del maestro. Humilde, ro 0, ea 
salvo alguna rara excepción. Merecedor en todas as reg am : 
cionés o decretos de aquel tiempo de menciones Hi q gu 
jamás se tradujeron en formas prácticas y efectivas. m3 ezas que 
el destino parece reservar a los que nacen con la noble 'vocaci 
de Alguñád nombres han llegado. hasta nosotros: pe o e 
chez, el maestro que mayor notoriedad alcanzara en DE 
José Cirilo Conde, José María Robles, Francisco a » José 
Bucau, José Luis Cabezón, etc. Ellos, junto con A be e 
cuyos nombres permanecen ignorados, fueron los Pa 2 
de una enseñanza que hunde sus raíces en el períos o «Hspánico: 

El historiador Antonino Salvadores, que incursionó con fre- 
cuencia en el tema de la instrucción pública en la Argentina, 


— 28 - 


sostuvo con reiteración que a partir de 1810 “hubo reforma esco- 
lar y de verdadera importancia”. Como en realidad, no ocurrió tal 
cosa, Salvadores mo pudo evitar el incurrir en evidente contradic- 
ción al anotar en otro pasaje de su obra: “Si por reforma escolar 
se entiende un cambio fundamental en el contenido y métodos 
de la enseñanza, claro. está que no hubo reforma”. (13) 

Para determinar en qué grado hubo reforma escolar bajo el 
nuevo gobierno surgido en 1810, es necesario examinar aspectos 
relativos al contenido, orientación y técnica de la enseñanza, y, 
como bien ha señalado Evaristo Iglesias, con respecto a la técnica 
y a la organización interna de la escuela, hasta el ensayo del siste- 
ma lancasteriano, no hubo variación digna de tal nombre. 

Lo que sí pudo advertirse fue un cambio de orientación, fun- 
damentalmente a partir de 1812, al imponerse oficialmente a maes- 
tros y alumnos actividades educativas de índole patriótica. Ello fue 
consecuencia lógica de la nueva situación política que trascendía a 
las escuelas a través de varias resoluciones gubernativas, como la 
adopción dela escarapela y la conmemoración de las fechas patrias. 
Además, en julio de 1812, el gobierno ordenó que en “las escuelas 
de primeras letras se cante todos los días al £in de sus distribuciones 
un himno patriótico y que en un día señalado en cada semana con- 
curran a la plaza de la Victoria, todos los estudiantes de primeras 
letras, presididos de sus maestros y puestos alrededor de la pirámi- 
de del 25 de Mayo repitan los himnos de la patria”. 

Apuntada, pues, la. circunstancia de que no hubo mayores 
diferencias entre la enseñanza impartida antes de 1810, con la 
que se continuó brindando bajo la mueva situación política, al 
menos en lo que hace a programas y métodos, debemos señalar 
que tampoco sufrió alteración alguna el contenido espiritual de 
la enseñanza primaria, el que antes y después de Mayo, fue la 
doctrina cristiana, (10 


(13): Cf. ANTONINO SALVADORES, “La instrucción primaria «desde -1810 hasta. la 
sanción de la ley 1420”, Buenos Aires, 1941; “La enseñanza primaria y univer- 
sitaria hasta 1830”, en “Historia de la Nación Argentina”, Academia Nacional 
de la Historia, vol. VIL 12 sección, cap. VÍNL 

(14) Cfr. GUILLERMO FURLONG, “La tradición: séligiosa. en la” escuela argentina”, 
Buenos Aires, :1957.-El: autor ha señalado con detenimiento las probanzas demos- 
trativas de esa enseñanza religiosa. 


Y 


Periódicamente, los alumnos de las escuelas oficiales eran so 
metidos a exámenes públicos que, por imperio de la presencia de 
las distintas autoridades —a veces hasta la del Director de Estado 
constituían actos revestidos de gran solemnidad. La prensa perió- 
dica se hacía amplio eco de ellos, difundiendo la nómina de los 
alumnos que se presentaban a los exámenes, programas, autorida- 
des presentes, discursos, resultados de las pruebas, premios otorga- 
dos, concurrencia de público, y la opinión de los editores respecto 
al grado de adelanto puesto de manifiesto por los jóvenes edu- 
candos. (15) 

Los programas de esos exámenes —sobre todo los correspon: 
dientes a: la escuela de Rufino Sánchez que fueron publicados 
por los periódicos porteños contribuyen a dar una idea bastante 
aproximada de los contenidos de la enseñanza primaria que se im- 
partía en aquella época. Antonino Salvadores dio: noticias de algu- 
nos de ellos —todos en líneas muy esquemáticas— pero nosotros: 
preferimos reproducir el que vio la luz en 1814, no a través de la 
prensa periódica, sino por medio de un impreso que se pots 
en el Archivo General de la Nación (Colección de Juan José 
Biedma). El nos permite conocer detalladamente no sólo las Ca- | 
racterísticas del examen, sino también variados aspectos de las 
cuatro materias esenciales sobre las que se hacía el interrogatorio. 
Los exámenes de las materias que enseñaba Rufino Sánchez 
en su escuela eran de dos clases. El de la primera clase compren: 
día “los principios teórico-prácticos de caligrafía, la ortografía cas: 
tellana, fundamentos de nuestra Religión Católica, Apostólica, 
Romana; y de aritmética, las operaciones de los números aro 
jos, complejos, fraccionarios y quebrados”. El examen de pe 
clase comprendía, además de todos los puntos señalados para el de 
primera, “la analogía, sintaxis y prosodia de los idiomas castellano 
y francés, principios de geografía, obligaciones del hombre en so- 


(15) OSCAR F. URQUIZA ALMANDOZ, “Expresiones de la cúlruta. porteña á ua 

vés de su pensa”, en IV Congreso Internacional de Historia de América, Acidemia 
Nacional de la Historia, tomo. V; Buenos Aires, 1966.: Los exámenes públicos no 
siempre fueron demostraciones - integrales de los resultados oa en. las 
escuelas por la tarea regular de los: maestros. Se elegían: los anos más capaces 
y mejor preparados a quienes se sometía; además, a una dedicación especial para 
el examen, habilitándose -al- efecto: horas. extras de labor. 


Ss BO e 


ciedad; y de aritmética, razones y proporciones geométricas con 
aplicación a los casos que se darán al público en la 3% parte de 
aritmética del “Amigo de la Juventud”. 

En el impreso de que damos cuenta se hacía notar que el exa- 
men a realizarse el 26 de-enéro de 1814, sería solamente de pri- 
mera. clase, a saber: 


Caligrafía: “se abrirá el acto con la formación de una pauta 
proporcionada al carácter sistemático de nuestra letra. Se explica- 
rán entretanto las definiciones de caligrafía y las reglas teóricas 
para la formación de la misma pauta. Líneas radicales de la escri- 
tura, a saber: recta, curva, perpendicular, horizontal, oblicua, 
del ángulo en general. Concurrencia proporcional de dichas líneas, 
calidades de la letra para ser buena, prueba práctica de la perfec- 
ción de todas con relación a los distintos caracteres en general, y 
al particular de nuestro sistema”, 


Religión: “mientras se hace la operación práctica que debe 
probar todas las letras, se tratará de los misterios principales de 
nuestra religión. Al respecto se tomará por tema el símbolo de los 
apóstoles, explicando con espontaneidad cada una de las oraciones 
que le componen”. 


Ortografía: “seguirán después los fundamentos de la locución. 
Definiciones, sonidos, usos y variaciones de todas y cada una en 
particular de las letras. Reglas de silabear. Diptongos y triptongos. 
Abreviaturas y modos de usarlas. Notas de la pronunciación y pun- 
tuación. Figuras principales de la dicción”, 


Aritmética: “Definiciones principales de aritmética y número. 
Numeración arábiga y romana. "Tablas de monedas, pesas, medidas, 
romaneos y aneages más comunes. Las cuatro operaciones funda- 
mentales de los números abstractos, incomplejos, complejos, frac- 
cionarios y fracciones, sujetando su teoría y práctica al método y 
problemas del “Amigo de la Juventud”. 16 


(16) — Exaumen/ que: presenta al público/ -la/ escuela de primeras letras/ 2 la/ dirección 
del. ciudadano/: Rufino: Sánchez. Impreso sin pie de imprenta, un pliego folio 


Basa 


Ho 


38 


El impreso se cerraba con una súplica a las personas que con- 
curriesen al acto, para que interrumpieran las contestaciones de 
los alumnos en cualquier instante, y, a la vez, les hiciesen todas 
las preguntas que creyeran convenientes sobre los temas señalados. 

Los exámenes públicos se fueron sucediendo año tras año, Por 
cierto que siempre constituían la mayor atracción, los ofrecidos 
por los alumnos de la escuela a cargo de Rufino Sánchez. Muchas 
veces debieron realizarse en San Ignacio pues la concurrencia de 
autoridades y público llegaba a ser bastante numerosa. En los exá- 
menes llevados a cabo en marzo de 1816, estuvo presente el Dr 
rector de Estado Ignacio Alvarez “Thomas, quien, por resolución 
del 12 de abril premió, no sólo a los mejores alumnos, sino al maes- 
tro, obsequiando «a éste último con un par de pistolas y una cara- 
bina “para su particular uso, de cuya remuneración se hace digno 
su virtuoso anhelo y asegure Ud. a todos los niños que estén a: su 
cargo que el gobierno les distinguirá generosamente a medida de 
los adelantamientos que adquieran y deben procurar para formarse 
ciudadanos útiles a sí mismos, a los que deben el ser y al suelo 
en que vieron la primera luz”.07) 

El primer intento de reglamentación de la actividad. a 
en el período que estudiamos, fue de 1816. En ese año, el gober- 
nador intendente de Buenos Aires encomendó a los maestros Rufi- 
no Sánchez y Francisco Argerich la redacción de un reglamento 
para las escuelas de la campaña, Es fácil advertir en su articulado 
la influencia del reglamento que Belgrano estableciera para las 
escuelas de Jujuy, en 1813, algunas de cuyas cláusulas fueron 
incorporadas casi textualmente. Unite los varios aspectos contem- 
plados debemos destacar el de la obligatoriedad de la enseñanza 
y la creación de Juntas protectoras en todos los partidos, integra- 
das por el alcalde, el cura y un vecino de distinción. Las personas 


mayor; en ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, Colección Juan José Biedma. 
Reimpresión facsímile en “La Revolución de Mayo:a wravés de los impresos dela 
época”, concordados y compilados por Augusto E. Mallié, Buenos Aires, 1965, 
tomo 1H. 

(17) “La Prensa Argentina”, Ne 31, martes 16 de abril de 1816, en “Biblioteca de 
Mayo. Colección de obras y documentos para la historia 'argentina””, Buenos Ai 
tes, 1960, vol: VII, Estudió: Preliminar del distinguido historiador “Ricardo Pic- 
cirilli. 


o 84 


pudientes debían costear la pensión a los niños que para concurrir 
a las escuelas tuviesen que trasladarse lejos de sus hogares. Ade- 
más, se establecían diversas disposiciones sobre enseñanza agrí- 
cola, (18) 

El 31 de octubre de 1817, el Superior Gobierno estableció 
una nueva organización, para lo cual se designó como Director 
General de Escuelas al doctor Saturnino Segurola. El nuevo fun- 
cionario redactó los reglamentos de 1818. El primero, de fecha 16 
de julio, se dictó de acuerdo y en cumplimiento de la' prevención 
contenida en el acta de erección de escuelas municipales, dictada 
por el virrey Sobremonte en 1805 y se refería a las escuelas de la 
ciudad. En él se establecía, entre otras cosas, los requisitos para 
cl nombramiento de los maestros, la obligación de éstos de in- 
formar semestralmente sobre el estado de la enseñanza, tiempo de 
vacaciones, deber de maestros y ayudantes de delatar secretamente 
las faltas que se cometiesen, etc. 

El otro reglamento, que lleva fecha 18 de julio, se refería a 
las escuelas de campaña. Al igual que en el redactado en 1816, se 
disponía la formación de Juntas Protectoras integradas de la mis- 
ma manera que ya dejamos expuesta, y con las siguientes atribu- 
ciones: a) vigilar las escuelas; b) recaudar y administrar los re- 
cursos para su mantenimiento; c) proponer los nombramientos de 
maestros y ayudantes; d) levantar informaciones sumarias en casos 
de transgresiones, etc. Se reglaba, también, la conducta que debían 
observar los maestros; la distribución de los horarios de acuerdo 
con las estaciones del año; los requisitos para desempeñarse como 
maestro; además de otras disposiciones semejantes ya vistas en 
el primer reglamento. 

De la concepción que inspiró a estas disposiciones, ha dicho 
Salvadores: “Informa toda esa reglamentación la imposición de 
una autoridad única de amplias facultades, el reconocimiento de 
las jerarquías y las obligaciones administrativas y docentes que se 
impusieron a los preceptores”. 

Poco tiempo después de que se llevara a cabo este nuevo or- 


(18) ANTONINO SALVADORES, op. cit.; RICARDO LEVENE, “El primer plan de 
estudios proyectado para la Universidad de Buenos Aires”, Buenos Aires, 1918. 


0 


ilenaniento do la educación primaria en Buenos Aires, se produjo 
el alejamiento del doctor Segurola. Corrían nuevos cauces para 
la ensetianza de las primeras letras, con el reclamo de la implan- 
nielón del sistema lancasteriano, lo que no despertó ningún eco' 
Iivomblo en la opinión de Segurola, 

[ prensa periódica porteña había ilustrado con amplitud 
rolmor los sistemas educativos de Lancaster y Bell, mucho tiempo 
wten de que en Buenos Aires se estableciera la primera escuela 
¡lis tna tipo. Poco podía extrañar, entonces, la resolución adoptada 
jur al Cabildo el 17 de agosto de 1819, por la que se designaba 
a Tuyo Thompson, el introductor de «quel sistema en Buenos 
Alien, como Director General de Escuelas. (1% El nuevo funciona- 
o debía fundar una escuela modelo e instruir a los preceptores 
ilu low establecimientos dependientes del Cabildo sobre las carac- 
teyíntlcas y aplicación del nuevo método. 

Según Salvadores, el establecimiento quedó fundado a fines 
ilu 1819, pues por ese entonces se acordaron a Thompson cincuen- 
In pesos para los gastos. Por nuestra parte consignaremos un docu- 
mento que no deja lugar a dudas sobre la realidad de la erección 
de la primera escuela lancasteriana en Buenos Aires. Se trata del 
informe pasado al Cabildo por el regidor comisionado de las escue- 
las, TD. Manuel Bustamante, fechado en diciembre de 1819. Dice 
af: “La utilidad bien demostrada del método del célebre Lancas- 
ter en la enseñanza de las primeras letras; la facilidad de ese modo 
hreve y fácil con que los jóvenes se perfeccionan en el arte de sa- 
her lder y escribir y la aceptación general que merece hoy en toda 
la Huropa ilustrada, son otros tantos motivos que impulsaron a la 
municipalidad a que aun en medio de los apuros de sus fondos, se 
decidicse a hacer las erogaciones que exigiese su establecimiento. 
Nfectivamente se ha puesto en planta; un extranjero ilustrado lo 
preside y nada otra cosa resta que esperar sus felices resulta- 
dos", (0) 


pa 


(19) ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, 'Acuerdos del extinguido Cabildo de 
Buenos Aires”, serie 1Y, tomo VIII. 

(20) “El Americano”, N? 39, viernes 24 de diciembre de 1819. La colección que he- 
mos consultado pertenece al Museo Mitre, 


-286- 


Será durante la década siguiente —es decir, más allá de los 
límites de este estudio— que podrán advertirse las ventajas e incon- 
venientes en la aplicación del procedimiento lancasteriano y se 
producirá su difusión en Buenos Aires y en las provincias del 
interior. 


1 
LOS CASTIGOS CORPORALES 


Mucho es lo que se ha dicho sobre los castigos corporales en 
las escuelas de antaño. Juan P. Ramos les dedicó un capítulo de 
su “Historia de la Instrucción Primaria en la República Argenti- 
na”. Pero por cierto que lo allí narrado, bien podría haber inspi- 
rado a Octavio Mirbeau algunas páginas de su “Jardín de los su- 
plicios”, Guesta creer que los castigos corporales llegaran a los 
excesos de acentuado sadismo que presenta el doctor Ramos en 
su Obra. Sabido es que los azotes tuvieron amplia y efectiva vigen- 
cia, pero nuestra razón se resiste a admitir la existencia de aquel 
maestro que castigaba a sus alúmnos, exponiéndolos a la voracidad 
de los perros que hacían presa en sus piernas a tarascones que 
desgarraban cruelmente las carnes. En todo caso, si el hecho fue 
real, debió ser un vulgar caso criminal, producto de una mente 
alterada. Es decir, un caso aislado, pero nunca un denominador 
común para caracterizar las actitudes coercitivas de los maestros 
de la época. Cuesta creer, asimismo, en aquel otro episodio narra- 
do por Sarmiento, cuando el maestro Argerich colocó un huevo 
hecho un ascua en la boca de uno de sus niños, mientras le apre- 
taba las mandíbulas hasta que el infeliz arrojó el huevo y el pe- 
llejo de la lengua y el paladar. 

Apuntadas nuestras dudas sobre la veracidad de aquellos ca- 
sos, entraremos en la consideración de los castigos corporales, en 
lo que hace a la mención que de ellos hiciera la prensa de Buenos 
Aires, La primera vez que un periódico porteño se refirió al asunto 
fue el 13 de octubre de 1813. La “Gaceta” de ese día reprodujo 


o Y 


Halevieto del Poder Ejecutivo de 9 de octubre, “Habiendo llegado 
«contender este gobierno —se decía— que aún continúa en las es- 
velos ln práctica bárbara de imponer a los niños la pena de azotes, 
migo enbllgo es excesivo y arbitrario por parte de los ps 
¡Hi no catán autorizados para ello en manera alguna y perjudicia Í- 
al ue lor objetos mismos de las instituciones juveniles; siendo ade- 
min mhuurdo e impropio que los niños que se educan para ser Clu- 
lados libres, sean en sus primeros años abatidos, vejados y opri- 
wdelen por la imposición de una pena corporal tan odiosa y humi- 
Ile como Ja expresada de azotes; queda desde hoy en adelante 
alwulichi y proscripta semejante costumbre y pásese oficio al Cabil- 
lt ale ento capital para que lo haga ejecutar en sus escuelas, y al 
Iutendente de Policía en lós establecimientos particulares de esta 
«lun, hojo Ja inteligencia de que los maestros que la continúen 
uvin después del presente decreto serán privados de su oficio y 
vintlgndos como infractores, pudiendo en su lugar usar de los es- 
iinmulos decentes del honor y la emulación en sus discípulos con * 
utrng Correcciones que no sean penas corporales aflictivas, y cir 
vúlega a las provincias. Pérez, Posadas, Peña, Manuel Moreno, 
weeratario interino”. (1 e 

El historiador Antonino Salvadores, llevado por su admiración 
hincia la Asamblea del Año XIIL a la que consideraba como “la 
más democrática y empapada en los principios liberales de la revo- 
lución, de las asambleas argentinas”, consignó equivocadamente 
que el decreto había sido dictado por ella. En varios pasajes de su 
ubra se refirió al “decreto de la Asamblea que lleva fecha 5 de oc- 
tubre”. Ni una cosa ni la otra. Craso error del historiador citado, 
yu que ni la Asamblea dictó el decreto, ni éste lleva la fecha 
5 de octubre, 22 

La Asamblea General sólo se reunió en cuatro oportunidades 
durante la primera quincena de octubre de 1813: sesión ordinaria 
dul viernes 19, extraordinarias del sábado 2 y viernes 8, y ordina- 
via del viernes 15. En ninguna de ellas se trataron asuntos vincu- 


(21) “Gaceta”, Ne 74, miércoles 13 de octubre de 1813. ; 
(22) ANTONINO SALVADORES, “La instrucción primaria...”, Cit, PD. 69-70. Los 
mismos errores aparecen en su monografía “La enseñanza primaria y universitaria 


hasta 1830”, cit. 


ÓN ss 


lados a los castigos corporales en las escuelas. El decreto que d 

claró abolida la pena de los azotes, por considerarla Paria á 
bitraria, emanó del Poder Ejecutivo, o sea del Triunvirato A E 
grado a la sazón por José Julián Pérez, Gervasio Antonio ES Po. 
sadas y Nicolás Rodríguez Peña, cuyas firmas lo rubrican, e de 
también la del doctor Manuel Moreno, que actuaba en calidad 
de secretario interino. El decreto llevaba fecha del 9 de be 


de 1813, y fue dado a publicidad por la “Gaceta” del día miér- 


coles 13, 


ds bici AS preocupó por el estricto cumplimiento de 
puesto, no cabe la menor duda. En enero de 1814 se sustanció 

a causa seguida al presbítero Diego Mendoza por haber quebran- 
tado las disposiciones que prohibían a los maestros de il cas- 
tigar a los niños con la pena de azotes. A estar de las declaraciones 
de Mendoza, el 8 de octubre de 1813, a punto de las oraciones, se 
presentó en su escuela, doña María, viuda del doctor Maria 
Moreno, a suplicarle que a su hijo, de ocho años, “a quien el E n 
anterior el declarante había dado seis azotes por de infintess pe 
sales a que dan motivo los niños”, no le aplicase en lo sucesivo 
semejantes correcciones, Este hecho, sin duda, determinó la inter- 
vención del doctor Manuel Moreno, por entonces secretario del 
Triunvirato, para lograr que se tomaran las medidas necesarias a 
fin de conseguir la supresión de los castigos corporales en la 
Cuelas. Así surgió el decreto del 9 de octubre de 1813 ps 
bamos de considerar. (23) e 
A Mas como el presbítero Mendoza hiciera caso omiso' de las 
' ju adoptadas por el gobierno, y castigase con doce azo- 

s al niño Benito Santaballa por haber puesto una desvergiienza 
en ina plana, se ordenó al Intendente de Policía “hacer - q 
sária averiguación del hecho, ocurriendo en caso preciso al Proy. 
Gobernador del Obispado para el allanamiento del predicho tes 
bítero Mendoza”. Efectuada la investigación pertinente, los ad 
cedentes fueron pasados al asesor letrado del gobierno beto Elía 
cuyo dictamen fue singularmente ilustrativo, En sus primeras or 


(23) Cfr. EVARISTO IGLESIAS, “L: úbli 
o , “La escuela pública bonaerense hasta la caída de Ro- 


39 = 


nidernciones hacía referencia al principio jurídico por el cual nadie 
mede excusar su incumplimiento de la ley, alegando ignorancia 
du olla. La publicación del decreto en cuestión, requisito para tor- 
narse obligatorio su cumplimiento, se hizo, como hemos visto, por 
la “Gaceta” de Buenos Aires. Además, tampoco podía invocar el 
enenusado, el que no se le hubiere notificado particularmente de 
la resolución gubernamental, “de manera que confesando el pres 
hítero D. Diego Mendoza sobre la 6% de fojas 11 vuelta, haber 
leído el relacionado decreto, nada importa que no se lo intimasen 
en particular, puesto que vino a su conocimiento por uno de los 
medios legítimos”. Desde entonces había quedado obligado a una 
untricta observancia en su calidad de preceptor de primeras letras, 
“nin que su presbiterato lo exonere de la obsecuencia que como 
tal, y como ciudadano del Estado debió prestar a la Potestad tem- 
poral, y por ésta a sus leyes políticas y económicas, sujetándose 
por igual fundamento -a sufrir las penas estatuidas contra los re- 
Practarios”. 

Por todo ello, el asesor del gobierno aconsejó privar para 
siempre del oficio de maestro al presbítero Mendoza, “aplicándo- 
sele la pena que se contemple proporcionada al caso y circunstan- 
cias, sin que V. E. tenga necesidad de comunicarla al señor Pro- 
visor, pues que en su imposición obra y procede este S.P.E. con la 
plenitud de facultades que le conceden las mismas leyes para punir 
indistintamente a sus infractores, condenándosele además, en las 
costas del proceso”. El 21 de enero de 1814, el Triunyirato, forma- 
do entonces por Posadas, Rodríguez Peña y Larrea, dictó la sen- 
tencia, De acuerdo a lo pedido por el Agente de la Cámara y lo 
aconsejado por el Asesor General, condenó al presbítero Diego 
Mendoza a ocho meses de reclusión en el Convento de Recoletos 
“para que en el recogimiento debido aprenda a dar la inteligencia 
correspondiente a la Divina Escritura, y la obediencia que debe 
prestar a los preceptos de las autoridades legítimas”. Además, se 
lo inhabilitó para ejercer la enseñanza, quedando obligado a 
pagar cien pesos de multa por cada uno de los jóvenes que había 
castigado. Esta suma sería entregada a los propios jóvenes en ca- 
rácter de indemnización. 29 


(24) “Gaceta”, N? 89, miércoles 26 de enero de 1814. 


-=40- 


El castigo fue, sin duda, ejemplar. Es probable que dada la en- 
tidad de la: pena y la publicidad que se dio al caso, al menos du- 
rante un tiempo, los preceptores hayan amainado sus Íímpetus coac- 
tivos y recogido el látigo que habrá quedado colgado de un clavo 
en la vieja pared del aula, más como un símbolo del antiquísimo 
precepto: “la letra con sangre entra”, que como medio efectivo de 
castigo. 

Cuando a mediados de 1813, Manuel Belgrano redactó el re- 
glamento de sus cuatro escuelas, no hizo desaparecer por completo 
la pena de azotes sino que reglamentó el número de golpes que 
el maestro podía propinar a sus díscolos discípulos. Así, en el 
artículo 16, disponía que “a ninguno se podían dar arriba de seis 
azotes por defectos graves; y sólo por un hecho que pruebe mucha 
malicia, o sea de muy malas consecuencias en la juventud, se le 
podía dar hasta doce, haciéndolo esto siempre separado de la vista 
de los demás jóvenes”. Y como única penitencia —según el artículo 
15— el maestro podía imponer que los jóvenes “se hinquen de 
rodillas; pero por ningún motivo se les expondrá a la vergiienza 
pública, haciendo que se pongan en cuatro pies, mi de otro cual. 
quiera impropio”. 

Era evidente la preocupación de todos por morigerar los casti- 
gos. Pero mientras en unos, privaba el concepto de cortarlos de raíz, 
por otros se pensaba en la necesidad de mantenerlos aunque dentro . 
de ciertos límites, definidos en una reglamentación precisa. Sin em- 
bargo, cuando la Junta de Observación surgida a raíz de la revolu- 
ción de abril de 1815, sancionó el Estatuto Provisional, dispuso en 
la octava providencia del capítulo final la revocación del decreto del 
9 de octubre de 1813 que prohibía la pena de azotes en las escue- 
las. El castigo podía ser aplicado nuevamente “debiendo en caso 
de exceso o inmoderación acudir los padres o los que tengan a su 
cargo niños, a los Regidores Diputados de Escuelas, para que refre- 
nen y castiguen a dichos maestros cuando fueren culpables”, 

Al no ser incorporado este artículo al Reglamento Provisorio 
de 1817, dejó de tener vigencia, mas no por ello los castigos cor- 
porales quedaron erradicados. Rufino Sánchez y Francisco J. Ar- 
gerich, al redactar en 1816 el reglamento para las escuelas de 
campaña, mantuvieron los azotes como sistema disciplinario. A su 


ds 


lino, Saturnino Segurola se mostró igualmente era del 
¡lnántieo método, como lo muestra el artículo 11 del reglamento 
¡mea la Casa de Niños Expósitos, que redactó en 1817. Lo 
illiposición mereció la repulsa del Director de Estado que . Er 
probó cl mencionado artículo “en la parte que designa la pena de 
¿otos” (25) 

lo motivó, sin duda, que Segurola no reincidiera en su an- 
torlor criterio, y así, al formar los reglamentos de 1818, a los que 
yn nos hemos referido, suprimió los castigos corporales. 

No obstante esta prohibición, algunos preceptores —a la A 
nora de aquel don Higinio de que nos hablara Unamuno, po 
mer maestro en la escuela de sus amores— cuando se atu aban, 
verraban los ojos para ser más justicieros y cañazo por acá, Pa 
por allá, a frente, a diestro y a siniestro, al que le cogían y Sd 
paz con todos”. Se debió llegar a algunos excesos, porque en 1 . . 
el gobierno volvió a ocuparse del asunto. Y la prensa puts nio 
pródiga en comentarios acerca de un tema que cobral de r sd 
nante actualidad. El miércoles 28 de abril, la Gaceta” dio la pri 
mera nota al reproducir el decreto dictado por el Triunvirato E 9 e 
octubre de 1813 y por el cual se prohibía terminantemente la _ i 
cación de los azotes. “Una mejora tan saludable y análoga a los 
nuevos destinos de la patria —decía el periódico porteño— a 
desgraciadamente menos tiempo del que era necesario para as u- 
cir en nuestra juventud ideas exactas de la dignidad del hom re y 
ese noble orgullo y engreimiento laudable que conduce a las ac- 
ciones heroicas”, Después de historiar las vicisitudes sufridas po 
tal resolución, según lo dispuesto sucesivamente por el Estatuto e 
1815 y por el Reglamento Provisorio de 1817, la Gaceta e iia 
taba: “Nosotros ignorábamos que los azotes valiesen por toda co 
rección .Creíamos por el contrario y creemos, que haya otras tan 
sensibles para los jóvenes, con la diferencia de no O 
aquel afrentoso castigo”. Y de inmediato, el gacetero a. a las 
penalidades que, a su juicio, servirían a los fines persegui os sin 
menoscabar la dignidad de los jóvenes; una o dos horas de brea 
o un día completo sin poder regresar a su casa, podría ser una ade- 


(25) Cfr, ANTONINO SALVADORES, op. cit., p. 71. 


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cuada penitencia, máxime si la prohibición coincidía con día fes- 
tivo. Otros castigos podían ser el aumento de la tarea, o la privación 
forzosa de “alguna cosa muy halagiieña para el gusto de la juven- 
tud”, todos los cuales afectarían mucho más “a un joven tierno que 
no un castigo que muchas veces es insuponente (sic) por el modo 
y que sólo contribuye a disminuir el pudor y poner en ridículo la 
decencia”. 

Una vez sentada su posición, en lo que hacía a los castigos 
corporales, la “Gaceta” hizo pública su denuncia de que en algunas 
escuelas, por ignorancia o por maldad, se continuaba con “la bár- 
bara punición”. Por lo que reclamó del Cabildo las medidas nece- 
sarias a fin de cortar radicalmente el abuso”. (26) 

Mas no fue la institución capitular la que tomó cartas en el 
asunto, sino el propio Poder Ejecutivo. Por nota fechada el 22 de 
mayo de 1819, el ministro Gregorio "Tagle se dirigió al Cabildo a 
efectos de recordarle las disposiciones que prohibían la pena de los 
azotes, a pesar de las cuales se la seguía aplicando en muchas es- 
cuelas, principalmente en las de los conventos, de lo que el go- 
bierno se hallaba “instruido dolorosamente”. 

Claro está que la mayor parte de los maestros habían ex- 
presado su disconformidad por la prohibición de los castigos, y fue 
ante esa circunstancia que el ministro desechó de plano las protes- 
tas, pues, a su juicio, eran tan fútiles las objeciones que oponían 
los preceptores a las medidas justas del gobierno en este particular, 
que ni siquiera merecían ser atendidas. Por ello el Director de Es- 
tado ofició al Cabildo para que, sin pérdida de tiempo, se pasasen 
“órdenes ejecutivas a todos los maestros de escuelas, así en los con- 
ventos como fuera de ellos, bajo las más serias conminaciones, para 
que jamás vuelvan a hacer uso de un castigo tan ignominioso como 
bárbaro y degradante”. (7 

A escasos días de la resolución gubernamental, el periódico 
“El Americano” publicó una denuncia firmada con el seudónimo: 
“El que quedo”. Después de recordar los antecedentes que existían 
en la materia, dio las razones que lo movían a escribir al editor: 


(26) “Gaceta”, Ne 119, miércoles 28 de abril de 1819. 
(27) “Gaceta”, N? 123, miércoles 26 de mayo de 1819. 


== 4h 


una, u fin de incitar por la prensa a que el Cabildo tomara me- 
didas efectivas; otra, porque se hallaba convencido de la barbarie 
con que solía emplearse la pena de azotes en algunas escuelas. Y 
pura ejemplificar su aserto, citó la escuela de San Francisco. Cada 
mañana —según el denunciante— al pasar por la calle sobre la que 
duba la ventana del aula oía los golpes de la flagelación y los ayes 
de las víctimas. De ahí su indignación y su consiguiente reclama- 
ción para que las autoridades pusieran coto a semejante abuso. 
Vray Francisco Hernández era, por ese entonces, capellán del con- 
vento de San Francisco. Tocado por el artículo de “El Americano”, 
utilizó el mismo órgano periodístico para refutar al denunciante. 
Censuró con acritud el anonimato en que aquél se había escuda- 
do, para expresar de inmediato: “Si el señor Quedo habla del 
tiempo anterior a que se me confirió hace cinco meses dicha es- 
cuela, yo no respondo por no estar orientado en antecedentes; pero 
cs una tamaña injuria que sin discriminación de época, se atreva 
a censurar mi conducta”. (28) 

Las palabras del sacerdote obligaron al denunciante a salir de 
su anonimato. En carta publicada en “El Americano” reveló su 
identidad. Juan Cruz Varela —que tal era el acusador de marras— 
reanudó su arremetida contra fray Francisco Hernández, aludien- 
do ahora al escaso tiempo que hacía —según el sacerdote— que se 
encontraba al frente de la escuela. “Si fray Francisco no hace un 
mes que está en la escuela —decía Varela— yo puedo asegurar que 
de cinco meses acá he oído más azotes que los que pudiera sufrir 
en cinco años fray Francisco”. Y agregaba más adelante: “No ten- 
go el honor de conocer al R.P. fray Francisco ni aun de vista; nin- 
gún resentimiento puede animarme contra su persona, ningún de- 
seo de hacerle mal; ni creo que se puede entrever en mí algún 
interés en calumniarlo. ¿Qué otra cosa podía animarme que el pro- 
curar la cesación del abuso del azote y aun de la total extinción 
de su práctica?” 

La polémica entre fray Francisco Hernández y Juan Cruz 
Varela necesitó un acto más para llegar a su punto final, Estuvo a 


(28) “El Americano”, viernes 4 de junio de 1819. La colección que hemos consultado 
pertenece al Museo Mitre. 


mah — 


cargo del primero y en sus palabras campeó la ironía. “Tampoco 
tengo yo el honor de conocerle —dijo el sacerdote— pero mis cohér- 
manos, justos apreciadores del mérito ajeno, y bastante generosos 
para confesarlo, me aseguran que es un oficial de la secretaría de 
gobierno, de muy bellos conocimientos, que posee algunos idiomas 
y los habla bien; que tiene entrada libre al Parnaso donde las Mu- 
sas lo acarician y Apolo le prodiga sus favores”. No obstante esos 
méritos, el ciudadano Varela “lo había chasqueado completamente, 
pues las pruebas que produce en su comunicación ni son las que 
yo esperaba, ni según reglas de criterio, son las más exactas y con- 
cluyentes”, (29) 

No es posible decir en este caso de qué lado estaba la verdad. 
Sólo cabe afirmar que ante algunas denuncias públicas como la 
efectuada por la “Gaceta” y por Varela desde las páginas de “El 
Americano”, y dadas las medidas adoptadas por el Superior Gobier- 
no y el Cabildo de Buenos Aires, era evidente que algunos precep- 
tores habían hecho caso omiso de las disposiciones legales que pro- 
hibían la pena de azotes. 

Por cierto que los castigos corporales en las escuelas siguieron 
aplicándose durante muchos años. Y ello a pesar de las reglaménta- 
ciones vigentes que tendieron cada yez más a desterrarlos defini- 
tivamente, No creemos que estén en lo justo algunos autores que 
rasgan sus vestiduras lamentándose por el “abominable y bárbaro 
castigo” que se aplicaba en las épocas pasadas. Eran, sin duda, cosas 
de los tiempos. Consideramos ecuánimes, en cambio, los conceptos 
de Juan P. Ramos, al decir: “¿Hacían mal o hacían bien? Cosas del 
tiempo, según el tiempo se mantenían. Y no creemos que sea justa 
la protesta de indignación de las buenas y sentimentales almas de 
hoy al hablar de los castigos pasados. Las civilizaciones son dema- 
siado relativas para que podamos siempre, abominar del ayer”, 


(29) “El Americano”, N9 13, viernes 25 de junio de 1819. 


Poetas de Entre Ríos 
EMMA DE CARTOSIO 


LOS LOCOS 


stos rostros balbucean sonrisas, algo entre manos, el sol la lluvia 
mientras recorren la gran casa sin espejos ni ojos que devuelvan 
a los suyos, alguna mirada: de perro de pasto de guijarro. 
Los cuerdos, esos pobres grises, los han expulsado de las calles 
los edificios, las oficinas, los hogares, la soledad, la compañía 
y ellos asumen suave o violentamente el absurdo de ser si mismos 
porque abandonan ciudades pueblos escritorios ces, el yo el tu 
y se refugian en extensos corredores atravesados por silencios 
que rebotan hasta la máscara de un médico un enfermero 
que diestramente distribuye una paz de bóveda para Dia vida, 
Pero hay que tener cuidado, no creerlos huérfanos y a intempade 
porque de muy lejos y hondo les llega el impulso que los aísla 
en torno a un canto soñado por alguien ya muerto o aún no nacido 
que durante vida pasada, durante vida futura, sabe del amor 
que ahora se les licua en lágrimas o risa que nadie interpreta. 


LOS GRISES 


En filas oscuras a veces doradas por el otoño o la imaginación 
avanzan los condenados hacia sus sillones sillas esperas encuentros 
y al extender la mano la sonrisa la mueca denuncian un bostezo 

de ancha enorme boca que ninguno es y todos acatan por destino. 
La madre no los engendró para la tarea que día a día cumplen 
porque toda mujer es un empeño de realidad fuera del gris 

pero ellos no son primarios: ni rojo ni azul ni amarillo, ni nada 

que de veras se levante y grite su nombre diferente al de cada uno 
para aplacar la sed que acosa a las arenas, la sal, el cactus, el niño, 
Ellos aceptan, son el gris que todo dulcifica y amarga, el gris 

que jamás alcanza al blanco al negro, la definición terrible 

que de un golpe y exacto concluye con las medianeras de pueblo 

y crea el suplicio de lo duramente salvado a fuerza de coraje. 

De lejos y cerca son grises, una mancha que se extiende y beneficiosa 
para el espacio y el tiempo, esas maneras del absoluto cuando ríe. 


EMMA DE CARTOSIO, nació en Concepción del Uruguay y en esta 
ciudad hizo sus estudios secundarios en la Escuela Normal “Mariano Mo- 
reno” de donde egresó con el título de maestra nacional. Su vocación la llevó 
a la Universidad de La Plata y allí inició su carrera superior en la Facultad 
de Filosofía y Letras. Desde muy joven demostró su inclinación por las 
actividades literarias y ya en 1948 publicaba “Madura soledad” que obtuvo 
la Faja de Honor de la S.A.D,E, y fue seleccionado junto con otros treinta 
por Juan Ramón Jiménez, en su viaje a nuestro país, como “la joven poesía 
escondida argentina”. a 

Desde aquel libro inicial comenzaron los éxitos de Emma de Cartosio 
que en muy poco tiempo logró atraer la atención de la crítica, la cual se 
exteriorizó con juicios ponderativos sobre los valores de sus versos. “El arenal 
perdido”, “Elegías analfabetas”, “Tonticanciones para Grillito”, “La lenta 
mirada”, “En la luz de París”, “Cuando el sol selle las bocas”, constituyen 
algunos de sus libros más elogiados que han concitado la atención sobre sn 
personalidad tanto en nuestro país como en el extranjero. Junto con su labor 
poética nos ha brindado una serie de trabajos de crítica que completan su 
fisonomía literaria. En la actualidad ha dado fin a sus “Cuentos para la niña 
del retrato” que aparecerá editado por una editorial de la capital de España. 


JUAN L. ORTIZ Y LA POESÍA 
COMO DESVELO | 
por SUSANA GIQUEAUX 


Ser artista es no calcular y no contar, madurar como el 
árbol que no apresura su savia, que resiste confiado los 
grandes vientos de primavera sin temer que pueda no 


venir el verano. RILKE 


Erente a “la piel ardida del Paraná” que domina desde su ven- 
tana, Juan L. Ortiz el casi mítico poeta de Entre Ríos remonta el 
curso de sus setenta años. ; 

Su primera publicación El agua y la noche se hizo a instancias 
de Carlos Mastronardi, forzando un poco la decisión del poeta que 
hasta ese momento no había sentido necesidad de publicar. En la 
selección colaboraron César "Tiempo, Córdoba Iturburu y Petit de 
Murat; 1933 fue el año de aparición de ese primer cuadernillo im- 
preso en letra menuda, ilustrado con dibujos del autor a los que 
seguirían diez más: El 'alba sube, 1937; El ángel inclinado, 1938; 
La rama hacia el este, 1940; El álamo y el viento, 1947; El aire 
conmovido, 1949; La mano infinita, 1951; La brisa profunda, 1954; 
El alma y las colinas, 1956; De las raíces y el cielo, 1958. Recogie- 
ron poemas suyos las antologías de Borges, Ocampo y Bioy Casa- 
res, 1941: Luis Alberto Ruiz, 1955; Miguel Brascó, 1957; Luis 
Saadi Grosso, 1958; Isaacson y Urquía, 1963 y alguna otra que aún 
no llegó a nuestra mesa de trabajo. 

En 1969 Juana Bignozzi, joven poeta que por su edad y la fe- 
cha de aparición de sus obras está vinculada a las últimas promo- 
ciones poéticas, publicó bajo el sello Carlos Pérez, editor, una an- 
tología del poeta entrerriano seguida de un "Testimonio-reportaje 


48 


que permite a éste “dar la vuelta completa de los temas”. Aunque 
Ortiz desaprobó públicamente esta antología, las fallas de edición 
o de otro orden, de ninguna manera invalidan el excelente trabajo 
de Juana Bignozzi, que tuvo además la virtud de poner al alcance 
de sus admiradores parte de uma obra que circuló escasamente y 
que hoy es completamente inhallable. Los diez cuadernillos, más 
la obra inédita del poeta se están imprimiendo en este momento en 
una edición que comprenderá tres volúmenes con una nota intro- 
ductora de Hugo Gola por la editorial Biblioteca de Rosario de San- 
ta Fe. Esta edición aunque se anuncia limitada a 3.000 ejemplares 
es aguardada con sumo interés porque, estiman los amigos del 
poeta, el público podrá al fin tomar contacto con una obra de di 
fícil acceso. 

Por experiencia personal podemos afirmar que pocos poetas 
argentinos de la hora actual logran la conmovida audiencia que 
obtiene quien tiende hacía los otros: 


Muchas manos, muchas manos libres sobre el filo etéreo del otoño. 


(La mano infinita) 


La biografía del poeta cabe en muy pocas líneas, puede de- 
cirse de él lo que dijo Etiemble de Supervielle: “Vida sin historia”. 
Nació el 11 de junio de 1894 en Puerto Ruiz, hijo menor de una 
familia de diez hermanos. Fueron sus padres José Antonio Ortiz, 
natural de San Antonio de Areco y Amalia Magallanes de las islas 
del Tbicuy. Sus primeros años los vivió en Mojones, en plena selva 
de Montiel. En 1910 inició sus estudios en la Escuela Normal de 
Gualeguay donde hizo amistad con Carlos Gianello y con él escri- 
bió una novela nunca publicada: El alma de las llamas. 

Pronto dejó la escuela secundaria por la política. Embandera- 
do en el movimiento irigoyenista que le interesó como participa- 
ción del pueblo, se hizo orador y escribió en diarios radicales. 

Un año después, tenía 17 años, desembarcó en Buenos Aires 
“buscando un poco de contacto, deseando o anhelando vida lite- 
raria, que a la vez me disgustó”. Se alojaba en Villa Crespo o en 


HE 


Mnndí con sus parientes y desde allí peregrinaba hasta las biblio- 
Irvin, Ins reuniones de escritores de ideas avanzadas, las clases de 
| liuratura en la Facultad de La Plata y la frecuentación del Cole- 
ul Internacional de Olivos. Conoció a José Ingenieros y a Manuel 
| ljnreo, las literaturas orientales y la obra de Juan Ramón Jiménez, 
vntau dos últimas decisivas en cuanto a la influencia posterior. Con- 
vneeló a la tertulia de Ugarte en su casa de la calle Rincón y a pe- 
mir de que se le hizo un gran recibimento no volvió porque “tuve 
ln impresión de que había gente inteligente, muy ingeniosa pero 
y¡ne lefa poco”. 

Algún tiempo después se instaló en Gualeguay donde aceptó 
un puesto con la intención de viajar todos los meses a Buenos 
Alves. 

Fue entre los libros de actas del Registro Civil donde dejó 
volar la imaginación dibujando —algún tiempo dudó entre el di- 
hijo y la poesía— y componiendo versos. Saciaba su sed de 
pocsía y de conocimientos con la lectura voraz de poetas y sabios, 
leyendo antes de ir a la oficina o compartiendo por las noches las 
lecturas con su mujer. 

Porque se había casado el 12 de marzo de 1924 con Gerarda 
Silvana Irazusta y del matrimonio había nacido un hijo, Evar, hoy 
profesor de historia. En 1942 se radicó en Paraná frente al río, 
"rodeado de libros, gatos, boquillas, objetos y muebles que forman 
una sola atmósfera con su poesía, etérea, delgada, sutil” comenta 
Alfredo Veiravé. 

Quien quiera ahondar más en su biografía puede remitirse a 
sus largos poemas Villaguay y Gualeguay. Por nuestra parte prefe- 
timos acercarnos al instante privilegiado del poema y dejarnos se- 
ducir por la palabra apasionadamente inventada. 

Para esto, tres han sido las vías que hasta hoy han propuesto 
los comentadores de Ortiz, el paisaje, la apertura hacia los demás, 
el lenguaje. Pero trascendiendo, traspasando todo eso está el sentido 
del misterio, esas voces que desbordan el poema, acaso ese ritmo 
esencial que según Mallarmé descubre los secretos aspectos de la 
existencia y el universo. 


—50-— 


Al abordar el estudio de la poesía de Ortiz no pueden dejar 
de señalarse las influencias que contribuyeron a su formación, vale 
decir aquellas que ahondaron su particular concepción del mundo 
y aguzaron la intuición del sentido de la vida que había de dar tal 
carácter de universalidad a su obra, o aquellas otras que podía ad- 
mirar por cuanto el material poético se daba vertido sin estriden- 
cias en una substancia verbal muy depurada, lo demás ni se forma 
ni se adquiere, es esa oculta presencia que escapa a toda definición 
y que puede llamarse un milagro: la gracia. La mayor parte de 
csas influencias provienen de sus lecturas solitarias, en grado me- 
nor se cuentan la de aquellos poetas contemporáneos suyos a los 
que podía adherir sin reservas. 

Las reservas cabían sobre todo respecto a Lugones porque aun 
cuando confiesa que la primera influencia fue lugoniana, que casi 
llegó a ser admirador de Lugones, a quien encontraría en sí mismo 
el tono de una poesía apenas murmurada, poca impresión podía 
causarle la retórica modernista con sus juegos de sonoridades. Él 
quería cincelar en “oro etéreo” como Juan Ramón Jiménez y de 
ahí el lugar destacado que el poeta español ocupa en sus preferen- 
cias junto con otros españoles, Bécquer, Machado, las coplas po- 
pulares. 

En esa época quien más horizonte le dio fue Maeterlinck por- 
que descubría en el simbolista belga esa rara alianza entre el espíri- 
tu y la vida que dejaba intacto el sentido del misterio. Ortiz estaba 
ávido de grandes soledades musicales donde se suscitare una activi- 
dad creadora en armonía con la vida secreta del universo. Gomo 
poeta si Maeterlinck le interesaba por el lento murmullo del poe- 
ma elevándose desde innominadas sensaciones, más le, interesaba 
por el despojamiento tan cercano al silencio. Las huellas de esta 
influencia pueden rastrearse a lo largo de toda la obra pero aparece 
en plena nitidez en los últimos poemas donde el pensamiento ape- 
nas insinuado se detiene en el silencio de los puntos suspensivos: 


Y a] fin, ay, al fin... 
el grito hacia el mar 
o la noche... 
(De las raíces y el cielo) 


pe 


Junto a Maeterlinck hay que poner a todos los simbolistas, los 
hirlgas Rodenhach, Van Leberghe, Verhaeren, de los franceses el 
useendiente más visible es el de Samain en lo que se refiere a len- 
yunje y forma. En cuanto al de Mallarmé obra sobre el proceso 
vrundor mismo sometido a la luz de la conciencia, gobierna el ma- 
nejo del lenguaje poético, la selección de las palabras más eficaces 
por su sonoridad, su colorido y un poder de sugestión que despierta 
resonancias en los repliegues más interiores del ser. 

Algo semejante buscó en los románticos alemanes. Nadie se 
sorprenderá de esta aproximación de románticos alemanes y simbo- : 
listas que hace el propio Ortiz en las declaraciones recogidas por 
Juana Bignozzi porque ya nadie discute que los simbolistas ensan- 
charon las fronteras de las ambiciones románticas en su pretensión 
de llegar al conocimento de lo real, sea por el camino espontáneo 
dejando que las imágenes cristalicen en la sombra, sea reuniendo 
los signos del lenguaje por medio del artificio en busca de una re- 
lación entre palabra y realidad. De cualquier manera la finalidad 
cra alcanzar aquello que proponía Novalis: “Todo descenso en 
el yo, toda mirada hacia el interior, es al mismo tiempo ascensión, 
asunción, mirada hacia la verdadera realidad exterior”. 

Es natural que el movimento surrealista le interesara desde 
el comienzo, no sólo por su voluntad de “cambiar la vida” liberan- 
do al hombre de las condiciones y convenciones que pesaban sobre 
él, sino también porque el surrealismo estuvo en parte alimentado 
con el simbolismo inconsciente que es el de los mejores poemas de 
Maeterlinck. 

Es natural también que de los poetas surrealistas prefiriera a 
Eluard y su poesía que concentraba todo el amor del mundo a la 
retórica de Aragón. Tal texto de Eluard podría ser de Ortiz: 


en esa calle opaca y dura donde el cielo pálido 
se ahondaba un camino como se ahonda un beso. 


(La chanson complete — GALLIMARD) 


Entre los surrealistas aceptaba a Schehadé y a René Char, este 
último porque lo afirmaba en el sentido del paisaje. 
Se suman a estas influencias y preferencias las de Voronka y 


sa E ia 


los rumanos, los italianos Aldo Capazzo y Pascoli, las lecturas de 
Nietzche, Tolstoy, Barret, Cummings, Keats, Pasternak. En esta 
lista no puede dejar de mencionarse preferentemente a Rilke cuyo 
destino se parece tanto al del poeta entrerriano, marginado por 
propia decisión del mundo literario para cultivar una soledad ilu- 
minada de fervorosa fraternidad. "Tampoco a Supervielle con el 
cual tiene grandes afinidades. Como Supervielle Ortiz escribió un 
Nocturno en pleno día, más revelador que un tratado de “la noche 
íntima llena de mundo”, donde la experiencia vital se transforma 
en experiencia poética. 

Falta agregar, no por último menos importante, a los argenti- 
nos que despertaron su interés: Banchs, Carriego, Fernández Mo- 
reno entre los poetas mayores, todos poetas que orquestan sin brillo 
esa poesía en estado de latencia que él ama tanto. Además el 
Nicolás Olivari de la Musa de la Mala pata que le recordó al La- 
forgue de la incoherencia, Raúl González Tuñón con El violín 
del diablo y Oliverio Girondo tan revolucionario con los 20 poe- 
mas. Disentía con Mastronardi sujeto al rigor del método, no obs 
tante admira Luz de Provincia como sigue admirando la obra de 
otros entrerrianos, Carlos Álvarez, Sola González, Martínez Ho- 
ward, Teté Fabani “criatura de toda música”. 

Ha reconocido después de sus primeros entusiasmos que lo 
que había apreciado como novedades en los simbolistas y otros, ya 
estaba en las canciones anónimas de los chinos y hoy se vuelve prin- 
cipalmente a éstos y a los ritmos primitivos de diversos pueblos 
en busca de pautas prosódicas y musicales. 

Las influencias y las preferencias pueden estudiarse tanto 
como se quiera, nunca darán razón del don poético, de la gracia 
casi un milagro de levedad de esa obra 


tendida humildemente, humildemente para el invento del amor. 


(De las raíces y el cielo) 


* 


Los ecos más profundos suscitados por la poesía de Ortiz, sobre 
todo en los jóvenes poetas que, apremiados por la urgencia de rom- 


Et ES 


¡us enquemas y convenciones, enarbolan ideas renovadoras, se deben 
«1 nt permanente desvelo por la criatura humana, su angustia y su 


Himimparo: 


Uirfamos sólo el ruido de los carros largos con su carga de desesperación. 
(irfomos sólo el silencio de los niños junto a los ranchos transparentes. 


Verfamos sólo la figura deshecha con la bolsa al hombro sobre la 
[cima de la loma. 


CEl álamo y el viento) 
« lu escondida esperanza que deletrea con voz profética: 


Pero yo sé que un día 
los frutos de la tierra 
y del cielo, más finos, 
llegarán a todos. 


Que las almas más 
ignoradas 

se abrirán a los 
signos más etéreos 
del día, la noche 
y las estaciones. 


CEL alba sube) 


Desde su extrema juventud Ortiz se había sentido atraído por 
los movimientos de reivindicaciones sociales y políticas a los que 
adhirió apasionadamente. No obstante en el plano personal aceptó 
con la más conmovedora humildad un modesto destino en una ciu- 
dad de provincia sin reclamar nunca nada para sí. 

Pero más que la trayectoria terrestre del hombre interesan los 
derroteros interiores que llevan hasta el hondón donde los seres y 
las cosas cobran la más patética dimensión de su realidad. .De acuer- 
do a la concepción de su amado Novalis el camino interior con- 
duce al descubrimiento del mundo exterior. “Una vez encontrado 
el centro interior podrá captar mejor el mundo circundante” dice 
Albert Beguin en su estudio sobre el gran poeta romántico, palabras 
que podrían haberse escrito para Ortiz. En efecto éste habla en su 
Nocturno en pleno día de reecontrar en la sombra “el centro de 
relación” donde ya no existe, abolido el estrépito de la vida cotidia- 
na, más que “nuestro silencio y el silencio del mundo”. Tal vez 


os 


ese incierto murmullo que Wordsworth llamaba en uno de sus ver- 
sos: “The still, sad music of humanity” porque la música aparece 
en cuanto se interna como Supervielle —de quien imita el título 
y la interior peregrinación— en la noche de sí mismo: Nuestro sí- 
lencio y el silencio del mundo tan musicales ¡ah! tan musicales. 

Al comienzo —siempre siguiendo el mismo poema— se deleita 
en la sombra cruzada de brillos y florescencias, pero luego en el 
hondo retiro de la soledad todos los seres humanos están en él, son 
presencias reales si no sensibles, que se integran a su propio ser 
con su carga de humanos tormentos. En el silencio de su noche 
sólo hubiera querido ver los juegos de la luz y el agua, hubiera 
querido que el canto de la sombra fuese semejante al de los pá: 
jaros en el arroyo o al del grillo del alba y descubrir de pronto esos 
signos que revelan la secreta armonía del universo. Pero es la zo- 
zobra del mundo la que gime en la última estancia del alma, bo- 
rrado el límite de afuera adentro se imponen: 


En la sonrisa de las lomas criaturas amarillas con su pregunta terrible 
[de animales acosados 


y en el polvo de los caminos la inseguridad de los pies llagados, y junto 
[a los alumbrados el desamparo ante la noche. 


CLa rama hacia el este) 


Ese Nocturno en pleno día señala una de las líneas básicas en 
la poesía del poeta entrerriano, la que lleva hacia los demás, tan se- 
mejante a la inquieta fraternidad de Supervielle. Recordamos que 
al final del primer poema de Nocturne en plein jour, éste expre- 
saba en dos versos que han sido censurados como discursivos, su 
solidaridad hacia el prójimo: 


Y así vamos andando entre los demás hombres 
Unos hablando a veces al oído de los otros. 


En cambio el sentimiento fraternal de Ortiz en la primera 
composición del Álamo y el viento rebosa de gracia poética: 


manos, manos, tendido florecimiento del corazón unánime 
* entre las flores. y 


e OS 


Al cabo de la nocturna aventura —y toda creación es nocturna 
aventura, de ahí el carácter general que damos a este análisis— 
el poeta se libera de la tristeza de estar solo porque si no alcanzó 
a “estrechar el universo en el último límite del ser” tiene el senti- 
miento positivo de haber participado con todos los seres cia 
un una profunda comunión. Regresa enriquecido por la encendida 
piedad que ilumina a la esperanza porque 

Más allá de la sangre y de las lágrimas, más allá de la muerte y del 

[espanto, el día como una nave 


con su carga preciosa para las soledades ya seguras frente al canto 
[de la sombra. 


La esperanza que renace de la sangre, las lágrimas, las Pc 
ignoradas, los cuerpos sufrientes, de todas las revelaciones de E 
imgustia tiñe como una aurora las tinieblas más espesas. Dice e ] 
álamo y el viento a semejanza de Rilke en la Séptima Elegía: “Cria- 


turas terrestres la vida es gloriosa”. 
Y en el Alba sube: 


Pero sé que un día verás, oh hermano mío, en el horizonte 
temblar bajo el rocío, para ti, limpios jardines. 


e 
Una poesía que lo espera todo del amor es una poesía dicho- 
sa, no maravilla entonces que las palabras dichas, éxtasis, dulzura 


se repitan en casi todos los poemas. 
Por el fervor, como el poeta de Saint John Perse: 


andando el tren de nuestro tiempo 
andando el tren de este gran viento 


Ortiz asume su destino en la vida ardiente y nueva de su 


época. 


so E 


Si Ortiz es el poeta del fervor es también el de los instantes 

efímeros, el estremecimiento de la luz, la cambiante coloración de 
cielos y aguas, es el poeta de todo lo inestable, de todo lo que nunca 
se' podrá apresar. Le fascinan las cosas en devenir, dice a Juana 
Bignozzi que considera como una gracia una sensibilidad que per- 
mita prestar atención a ciertas cosas que son apenas estrellas 
fugaces. 
, , La presencia del paisaje singulariza —es harto sabido— la poe- 
sía orticiana. No un gran fresco entrerriano a la manera del Mas- 
tronardi de Luz de Provincia, ni tampoco las meras descripciones 
de otros poetas. Podría explicarse esa presencia empleando la defi- 
nición que hace Brunetiére de la poesía: “Una metafísica hecha 
sensible al corazón por medio de imágenes”, porque en los poemas 
de Ortiz los elementos naturales son la forma sensible de algo que 
los trasciende. 

- La comunión con “las criaturas secretas del mundo” se extien- 
de a todo lo que existe, la comunión puede ser también de orden 
telúrico y cósmico. Así lo vio Luis Alberto Ruiz: “Aspira a una 
perfecta comunión, ni más ni menos que si la naturaleza entera 
fuese una criatura sensible”. De ahí la humanización de los ele- 
mentos del paisaje que justifica el uso tan frecuente del vocativo: 
“Nos dueles, oh paisaje, que no puedes cantar... Perdón, oh no- 
ches de octubre”, 

“Todas las sensaciones, todas las percepciones llevan a un es- 
tado de permanente deslumbramiento. Ante la luz y el cielo, el 
agua y la orilla, los árboles y las flores, el sentimiento de asombro 
tiene la frescura de una primera mirada sobre el mundo porque el 
poeta, todos los poetas tienen la virtud de restituir al universo su 
maravillosa apariencia primigenia. “Es que el poeta nace a una vi- 
sión mueva —dice Albert Béguin— en el preciso instante en que las 
palabras la encierran”; 

Más allá del asombro progresa una singular tentativa; la de 
transferir al lenguaje los estados de una perfecta consusbtanciación: 


En el silencio del monte 
bajo el silencio del cielo. 
Era mi alma 

ese monte y ese cielo, 


Ln voz nocturna y crepuscular del agua 
era también mi voz. 
CEl álamo y el viento) 


11l mundo sensible le ofrece pretextos y puntos de partida para 
ue la palabra transfigure el espectáculo natural. “Una alta paz 
lis nyua en suspenso”, “unas ramas pálidas de encanto”, “un res- 
liwnclor último sobre las fachadas”, “un barranco rosa en la tarde” 
meen surgir la realidad interior fuera de cuya irradiación nada 
utihulste, “se despersonaliza”, dice, funde su propia vida en el pla- 
ver de sentirse árbol, flor, follaje, agua, canto, reflejos. 

Frente al río que corre se angustia porque no puede enten- 
der lo que dicen las ramas, lo que dice la corriente, lo que dice 
vl ciclo vago y pálido, se angustia porque se siente “solo entre las 
vonns últimas y secretas”. De improviso se borran las fronteras del 


vo y no yo: 


De pronto sentí el río en mí, 

corría en mí 

con sus orillas trémulas de señas, 

con sus hondos reflejos apenas estrellados, 
Corría el río en mí con sus ramajes. 

Era yo un río al anochecer, 

y suspiraban en mí los árboles 

y el sendero y las hierbas se apagaban en mí. 


CEL ángel inclinado) 


El poema —lo sabemos de sobra— no se origina únicamente 
en la sensación, en el acto poético hay un abandono a las fuerzas 
oscuras que llevan hasta la superficie la más escondida pulsación 
del ser y traen al recuerdo palabras, gestos, ritmos de una hora, 
o dicho bellamente con el poeta “la ceniza” de “los momentos 
que ardieron”. No es necesario remontarse hasta Baudelaire, sus 
correspondencias y analogías para descubrir que las apariencias 
alcanzan en ocasiones muy señaladas una “expansión infinita”, (0 
no ya en el plano de las equivalencias entre los datos de los dife- 


(1) Del soneto Correspondeacias de Baudelaire. 


BO 1 A 4 z--A AA 


= 5% 


rentes sentidos sino directamente captados por el espíritu del poe- 
ta que tras el mundo visible percibe los reflejos del mundo invi- 
sible. Sucede entonces que un algo innominado abre el poema 
sobre la vida secreta del universo y permite en sus momentos feli- 
ces arrojar algún destello de luz en la niebla que nos rodea: 


aquí te vi, espíritu primaveral, danzar o arder secretamente como la 
[alegría sin nombre, 


transparencia imposible de una dicha sobre el polvo. 


CEl álamo y el viento) 


Lo que hay de voluntario en esa aventura iluminadora es 
explicado por Ortiz cuando afirma que ve en el paisaje, o trata 
de ver, o sentir todas las dimensiones de lo que trasciende o de lo 
que lo abisma. En esa afirmación sumamente esclarecedora reco- 
noce tácitamente que lo que se admite como realidad está en co- 
municación con una realidad más vasta que abarca todas las vidas 
individuales y confunde los destinos particulares en un destino 
infinito: 


la eterna conciencia, una, que hace y deshace espumas. 
CEl aire conmovido) 


* 


Para hacer entrar en la fluencia del lenguaje esos fragmentos 
de vida secreta el poeta recurre a las palabras de todos los días, 
al nombre de cosas tan simples al parecer como cielo o luz que 
en virtud de correspondencias analógicas perfectamente determi- 
nadas o de reminiscencias y referencias indefinidas despiertan 
ondas tras ondas de emociones. Algunas afinidades más allá de la 
significación aparecen enriquecidas por un halo que llamaríamos 
mágico en cuanto evoca una realidad que escapa a la inteligencia 
razonadora: 


Me prestaréis, oh cabellos al viento, vuestro viento 
para ir hacia abajo de la noche por los hilos desunidos? 


CDe las raíces y el cielo) 


= 59) 2 


tito ne ln cxplayado largamente sobre el sentido de ciertas 
se qu Ple lena dls palabras en su propia poesía y en la de otros poe- 
to aque juntlfien desde luego en cuanto son resonancia o reflejo 
el rr miltología profunda. Si se dan en lo colectivo es porque 
txrolán en algún determinado contexto cultural, en ciertas creen- 
dto Heotuntes, Em cuanto a lo individual se afirma en la convicción 
1: 11 proceden de algo que escapa a la conciencia. Todo parece 
jura cier de cierta iluminación interior que guía el desarrollo del 
purtim de modo que las palabras se muestran en cada nueva repe- 
meti rodendas por nuevas presencias sensibles y nuevas armonías 
sens, lburadas de un sentido habitual ya gastado y asumiendo 
la limelón evocadora de una redlidad espiritual, verdadero acto 
lv hechicería poética. Son, como dice Novalis, “palabras santifi- 
mulan por alguna maravillosa reminiscencia” cuya oculta significa- 
In, según el mismo poeta se dirige “en nosotros a unos ojos que 
no extaban abiertos aún”. ) 

Tomo poema ilustrativo de cuanto acabamos de afirmar es 
lnble citar: No podemos entrar Abril... del Alamo y el viento. En 
tm poema la palabra orilla se repite casi línea a línea y cada repe- 
Helón es como si estuviera modulando estados de alma que dejan 
adivinar una orilla eterna. 

No menos sensible que a la virtualidad significativa de las 
palabras lo es a sus valores musicales. Siempre asiste al poeta un 
sentido natural de la música enriquecido en el simbolismo “de la 
musique avant toute chose” —la primera fuente donde bebió. “Sien- 
to el idioma, dice, la maravilla del idioma” en el cual halla esa 
música que siente. Pero no se trata simplemente de un verso mu- 
sical, cuya belleza sonora carezca de sugestión espiritual, Como en 
cl caso del simbolismo no basta “recuperar de la música su bien” 
como quería Valéry, por medio de las posibilidades musicales de 
la lengua, la intención es la de hacer aparecer misteriosas corres- 
pondencias entre el valor musical y el sentido de la palabra, su 
“virtualidad total” dice Ortiz entendiendo musicalidad y signifi- 
cación. Aquella música interior es la que el poeta percibe más allá 
de la música y cuyos planos sonoros se integran en la plena ar- 
monía del universo. 

No puede afirmarse de manera muy categórica que la poe- 


-60-— 


sía de Ortiz se componga únicamente de palabras, es evidente que 
contiene también silencios, intensidades, timbres y por sobre todo 
contiene ritmos. Estos ritmos no se miden por supuesto de acuer- 
do a la cantidad de sílabas. Ortiz los define como algo que “no 
se detiene en la sílaba y la traspasa sin: desasirse de la música”. 
“Tender hacia la duración intemporal del más allá”, diría Olivier 
Messiaen el compositor moderno que reintroduce el ritmo en la 
música y en el cual abreva nuestro poeta su necesidad de ritmos. 

También recurre a los chinos en cuyo lenguaje musical con 

ondulaciones que comienzan en sonidos mates para concluir en 
timbres cristalinos se apoya tan a menudo la levedad de sus 
poemas. . 
En éstós el verso, tan poco verso que él lo llama frase o línea 
o mención, nada tiene que ver con la prósodia tradicional, es ape- 
nas audible, la efusión respiratoria de un estado interior. Si Ortiz 
se aplica a sí mismo las palabras de Valéry “dar respiración al es- 
tado poético”, creemos más bien que a este poeta que encuentra 
en sí mismo las leyes de su verso le conviene como a ningunó la 
fórmula de Bachelard: “La poesía es una alegría del aliento, una 
dicha de respirar”. 

En el plano de las imágenes también se abandona a las que 
suben desde las profundidades del ser, en cuyo “centro de rela- 
ción” se anudan y desanudan los secretos vínculos que unen a 
todas las criaturas “desde la piedra hasta las estrellas”. La fuerza 
emotiva que las levanta obra también sobre el lector que se siente 
arrebatado a su cotidiano vivir y sumergido en una contemplación 
que transfigura la realidad que circunda su existencia. 


* . 


La poesía de Ortiz, entretejida en la trama de su propia 
existencia está llamada a crecer en la luz porque el poeta solitario 
ha logrado reunir todos los hilos dispersos, todo lo que en la crea- 
ción vive, palpita, se estremece, impreca o calla. 

Lo que hay de admirable en el lírico entrerriano, su canto 
profundo “que hace sensible el clima de los días”, la eritrega del. 
ser que “se da como una flor”, los secretos aspectos de la existen- 


A 


cin y el universo “con las melodías de los sentidos y los símbolos y 
las visiones” todo eso es su forma de experimentar la poesía como 
un sufrimiento de amor. Porque la poesía fue siempre para Ortiz 
“im desvelo tiernísimo y herido que se ilumina a la vez de pro- 
Focta”. 


BIBLIOGRAFÍA 


OBRAS DEL POETA: 


El alba sube, Ediciones Rumbo, Bs. As. 1937, 

El álamo y el viento, Ed. Sauce, Paraná 1947. 

La brisa profunda, Editorial Este, Paraná 1954. 

El alma y las colinas, Editorial Este, Paraná 1956. 

De las raíces y el cielo, Editorial Este, Paraná 1958. 

En el aura del sauce, tomo 1, Editorial Biblioteca, Rosario 1970. 


ANTOLOGÍAS: 


Entre Ríos Cantada, Luis Alberto Ruiz, Claridad, B.A., 1955. 
Juanele, Juana Bignozzi, Carlos Pérez, editor, B. A. 1969. 


BIBLIOGRAFÍA GENERAL: 


Poésie vivante N* 22, Ginebra 1967. 

El lagrimal trifurca, N? 2, Rosario 1968. 

Lair et les songes, Gastón Bachelard Corti, París 1943. 

De Baudelaire au surréalisme, Marcel Raymond Corti, París 1952, 
L'áme romantique et le réve, Albert Béguin Corti, París 1946. 
Dictionnaire de la poésie francaise contemporaine, Jean Rousselot, La- 


rousse 1969. 


Un Historiador de Entre Ríos 


Dr. CÉSAR BLAS PÉREZ COLMAN 


por FACUNDO A. ARCE 


Lo conocí hace muchos años, cuando me tocó ser su alumno 
en la histórica Escuela Normal del Paraná allá por 1932, Profesor 
de Instrucción Cívica, asombraba por su erudición y su memoria; 
se ganaba la simpatía de los jóvenes por su trato amable y siempre 
respetuoso de la personalidad humana. Jamás le oímos hablar'en 
voz altisonante, siempre el tono menor fue su manera de hacerse 
oír. De estatura mediana, más vale baja; menudo de cuerpo. Con 
una hermosá cabeza en donde bullían los pensamientos claros y 
elevados; un corazón generoso y maneras de caballero, labrado a 
la antigua. Era de los que al encontrarse con una dama en la 
calle, se apartaba hacia el cordón de la vereda y al enfrentarla se 
sacaba garbosamente el sombrero, lo colocaba sobre el pecho, al 
tiempo que decía el saludo, rubricado con una expresión: “servi- 
dor de Ud. Srta. fulana o doña o misia”, que algunas de estas que- 
daban aún por la década del 30 al 40. 

El destino me reservó la ocasión de ser nuevamente su alum- 
no en el Instituto, mismo en el tiempo de su instalación. (2 La 
frecuentación iniciada en el aula, se prolongó muy pronto al trato 
amistoso y cordial con que siempre distinguió a sus discípulos. 
Sus pláticas, como las de todo hombre ilustrado, fueron para no- 
sotros de gran provecho e hicieron crecer un sentimiento de res- 


(1) Nos referimos al Inscituto del Profesorado Secundario de Paraná, que reemplazó 
a la Escuela Normal Superior ““J. M. Torres” en 1933. 


> 


petuosa consideración que con el correr del tiempo se trocó en 
admiración y afecto. 

Por lo que queda dicho ha de justificarse el conocimiento que 
poseemos de mucho de lo que atañe a la vida del Dr. Pérez Col- 
man, ligado al lejano pasado por su ascendencia y al inmediato 
pretérito porque fue un destacado protagonista de acontecimien- 
tos que hacen a nuestro adelanto cultural, social y material. 


EL HOMBRE 


Sin entrar en disquisiciones y detalles, en cuanto al linaje 
de nuestro hombre diré que por sus venas corría sangre ibérica: 
española y portuguesa. Por la vía paterna descendía de los Men- 
dieta que tanto se distinguieron desde la conquista y que vinieron 
a Entre Ríos provenientes de Santa Fe, al finalizar el siglo XVII. 
Por su parte los Pérez, el abuelo era Blas Pérez, llegaron junto 
con los Mendieta a poblar la región de Gualeguay. 

La bisabuela del Dr. Pérez Colman, doña Felisa Mendieta 
de Pérez, murió longeva de más de noventa años. Mujer de tem- 
ple excepcional, presidió su prole hasta el último instante de su 
vida. Y hace al caso lo que Don César escuchó muchas veces de 
sus labios en horas de reminiscencias. Ocurrió el hecho por abril 
de 1811, cuando la abuela era una niña de unos pocos años, 11 
6 12 y el coronel Belgrano regresaba del Paraguay, camino de 
Concepción del Uruguay, para pasar el río de los pájaros y hacer- 
se cargo de la Jefatura del Ejército patriota. En tales circunstan- 
cias Belgrano llegó un día a la estancia del Coronel Miguel Geró- 
nimo Mendieta, tatarabuelo de nuestro informante, acompañado 
de su Estado Mayor y quizás con parte de su ejército. Se le hizo 
un cordial recibimiento e invitado a hacer un alto, para descansar 
tan solo agradeció el ofrecimiento dada la premura que llevaba. 
Pidió un vaso de agua fresca. Correspondió a la niña Felisa alcan- 
zárselo. Belgrano al tomarlo sacó sus manos de debajo del poncho 
que tenía puesto. Estaban enguantadas; la niña que nunca había 
visto una mano enguantada se asustó y estuvo a punto de dejar 


—= 65 


navr el vaso. Sorprendida, salió corriendo en busca de su madre 
uapnien dijo más o menos lo siguiente: “mamá, ese militar tiene 
jurlrehos en las manos”. Don César acotaba que los guantes de 
Holyrano le cubrían buena parte del antebrazo. El episodio señala 
vmmo muchas de nuestras mejores familias antecesoras, vivían ais- 
luly en el desierto de los campos. Un tiempo y una esforzada 
vpn de nuestra evolución que debemos conocer mejor, para 
Inyrar un panorama integral de nuestra historia, (2 

Dcbo agregar otro detalle de la ascendencia de Don César 
mea establecer una relación que importa a nuestro objeto. Por 
¡mete de madre, sus abuelos fueron Don José Britos, nacido en la 
Villa de Pombal (Portugal) y doña Ana Teresa de Jesús Martínez, 
nucida en Montevideo hija de don Francisco Fernández y Lucía 
Suvtaballe, El matrimonio de estos abuelos se realizó en Concep- 
ción del Uruguay en 1832. De esta unión nació doña Dolores 
Britos madre de Don César, casada con Benito Pérez. %) 

Queremos señalar que don Francisco Fernández fue persona 
de mucha actuación en Concepción del Uruguay. En su carácter 
de capitán de Milicias tuvo como subalternos a Urdinarrain y a 
Urquiza; fue Alcalde, diputado y encargado general de las Estan- 
cias del Estado. % A esto hay que agregar —y este es el objeto de 
la referencia que hacemos— que don Francisco Fernández cola- 
boró con el gobierno de Ramírez, a quien como comerciante que 
cra, facilitó muchas veces, recursos y artículos diversos. 

Como puede colegirse, por razones de parentesco y amistad, 
la familia de Don César estaba profundamente enraizada en nues- 
tro pueblo. Ello gravitó sin duda insensiblemente sobre el espíritu 
de quien con el andar del tiempo habría de dar muestras de inte- 
vés especial por el conocimiento de muestro pasado terruñero. La 
motivación estuvo en su propio hogar y le marcó el rumbo de un 
destino a cumplir en la historia cultural de la provincia. Y anti- 
cipándonos, quiero decir que muchos papeles que conocía don 
César, tienen la clara procedencia de sus antecesores. 


(2) Cfr.: CÉSAR BLAS PÉREZ COLMAN, Autobiografía (inédita). Archivo del Dr. 
César Blas Pérez Colman. 

(3) Cfr. CÉSAR BLAS PÉREZ COLMAN, Autobiografía (inédita). 

(4) Ibíd. 


— 66 — 


No es posible hacer una síntesis genealógica, no es este 
nuestro objeto. Pero antes de pasar a la consideración de otros 
asuntos queremos recordar a don Blas Pérez, casado con doña 
Juana Colman, abuelo paterno de Don César, fuerte hacendado 
del Tala y teniente coronel de las milicias entrerrianas. Hombre 
de cierta cultura, según relata Don César fue el propietario del 
primer diccionario que hubo en Rosario del Tala, sin perjuicio de 
otros muchos libros como “Las Mil y una Noches”, las obras de 
Cateaubriand, de Dumas, etc. El abuelo Blas nacido allá por 
1823, participó en muchas campañas y fue quizás el que más 
gravitó con sus relatos en el nieto ávido de escuchar episodios y 
proezas de los guerreros entrerrianos. 

Y en este orden de cosas sólo deseo agregar que el padre de 
Don César, Don Benito Pérez, escribano de profesión, se dedicó a 
las especulaciones comerciales, fue hacendado, periodista, legisla- 
dor provincial, Intendente de Concepción del Uruguay, Ministro 
de Hacienda del Gobierno de Leónidas Echagise, diputado nacio- 
nal, etc. En Concepción del Uruguay dirigió varios periódicos y 
fundó “El Republicano”. En Paraná fundó y dirigió “La Razón” 
en 1895. 


* 


Dejamos apenas esbozados algunos antecedentes familiares de 
nuestro personaje, porque ellos de por sí permiten apreciar, en 
cierta forma, la vertiente de donde provino la motivación inspirado- 
ra. Por otra parte Don César Blas Pérez Colman no vivió de las 
fulguraciones genealógicas. Su honestidad y su modestia repulsa- 
ban esto y a través de su vida demostro cómo el esfuerzo inteligen- 
te y honrado permite realizar el propio destino. 


EDUCACIÓN 


Resulta interesante referir los antecedentes de la enseñanza 
de las primeras letras, que recibiera en su niñez el Dr. Pérez Col- 
man, pues ello nos ilustra acerca de una modalidad propia de la 


— 6 = 


Úpoen, impuesta en gran parte por la falta de escuelas. Una tía 
pmlítica de Don César Blas, llamada doña Martina de Fernández, 
enseñó a éste y a su hermana María Teresa, los principios de la 
Iretura y escritura. El propio Dr. Pérez Colman nos dice: 


“Luego pasamos a una escuelita particular para niños de corta 
edad y de personas conocidas, tenía una anciana señora llamada En- 
carnación Cámara, perteneciente a una familia de Paraná, de actua- 
ción en los primeros años de la independencia. En esta escuela, que 
debió ser de la misma índole de las primtivas de la Provincia, cada 
niño llevaba su banquito o sillita, y sentados alrededor de Misia En- 
carnación dábamos nuestras lecciones, que por regla general eran in- 
dividuales, sin dejar por eso de ser en común en ciertos casos. En 
esta forma, Misia Encarnación, atendía a la enseñanza de doce o 
quince discípulos, que estaban a distinto nivel y que por consiguien- 
te debían recibir enseñanza diferente”. (5) 


DE LA ESCUELA “FRANKLIN” A LA ESCUELA “MODELO” 


De la escuelita de Misia Encarnación el Dr. Pérez Colman 
pasó, “sabiendo leer y escribir de corrido” a la Escuela “Franklin”. 
Sobre este establecimento del cual poco es lo que se sabe, nos 
dice el que fuera su alumno que lo 


“fundó en el Uruguay el Dr. José Benjamín Zubiaur, tayudado 
por los más tarde doctores Alejo Peyret, Alfredo Parodié y Andrés 
Gallino, todos entonces, como Zubiaur, estudiantes de Derecho, que 
faltos de empleo, y un poco por vocación, resolvieron establecer 
una escuela primaria en el Uruguay. Mi maestro era el Dr. Gallino, 
de quien recuerdo que nos enseñaba aritmética”. (6) 


En su “Autobiografía”, el Dr. Pérez Colman al referirse a su 
escolaridad, nos proporciona valiosa información para la historia 
de la educación en nuestra Provincia. Al mencionar establecimien- 
tos y maestros del tiempo de su niñez, hace un verdadero aporte 
a un aspecto de nuestra historia cultural. Por ello volvemos a nues- 
tra fuente y cedemos la palabra al Dr. Pérez Colman, quien nos 
dice: : 


(5) Cfr.: CÉSAR BLAS PÉREZ COLMAN, op. cit., p. 5-6, 


(6) Ibíd. 6. a 


68 — 


“De la Escuela “Franklin” pasé a la Escuela, “Modelo”, que se 
instaló en el Uruguay, siguiendo las enseñanzas pedagógicas norte- 
americanas, que se aplicaban por primera vez en el país desde la Es- 
cuela Normal de Paraná”. 

“Pertenecían al personal docente de la Escuela “Modelo” dis- 
tinguidos profesores que tuvieron más tarde grande y provechosa ac- 
tuación en el país. Recuerdo entre ellos a Pedro Capdevila, “Teófilo 
Aquino, Antonio P. Ceballos, Silvano Castañeda, Angel Graffiña, 
Sara Beretervide, Agustín González y su esposa Ana Lelong. Mi pri- 
mera maestra en esta escuela fue Sara Beretervide, luego Rosa Risso, 
Acela Tabier, esposa más tarde del Dr. Zubiaur, Etelvina Arraz y Sil- 
vano Castañeda, maestro este inolvidable en mis afectos, que preten- 
día enseñarme a declamar, aunque en vano, pues a mi timidez para 
presentarme en público, se unía mi falta de memoria para retener 
el verso”. (7) 


EN EL HISTÓRICO 


El Dr. Pérez Colman cursó sus estudios secundarios en el Co- 
legio Histórico del Uruguay, en tiempo en que era Rector el 
Dr. Honorio Leguizamón y Vicerrector el Dr. Juan Carlos Wa- 
wren. El ingreso se produjo cuando acababa de cumplir once años, 
lo cual indica que no se fijaba entonces uma edad mínima para 
ingresar al establecimiento. El Dr. Pérez Colman nos dice a este 
respecto lo siguiente: 


“Fueron mis profesores: el Rector Dr. Honorio Leguizamón, 
amigo íntimo de mi padre, el entonces Vicerrector Dr. Juan Carlos 
Warren distinguido caballero y hombre público oriental, emigrado 
político. Máximo Alvarez, primo de mi padre y distinguido profesor 
de matemática; Don Andrés Parodié, Don Guillermo Power, Don 
Teófilo C. Aquino, Don Benigno “T. Martínez, Dr. Lorenzo Presas, 
don Esteban Monié, Néstor Narvarte, Dr. Juan Carlos Tabossi, 
Dr. Agustín M. Alió, Dr. Alberto Ugarteche, Don Juan de Franc- 
kenberg, Don Enrique Gastrell, Don Andrés Masramón, Dr. Martín 
Reibel, Dr. Francisco Quesada, Don Guillermo Seekamp, Don Pa- 
blo Matheu, Don Enrique Spreáffico, Don Manuel Mallada, Dr. Car- 
los Jurado, Dr, Amador S. Tahier”. (8) 


(7) Es interesante y oportuno decir que el Dr. Pérez Colman, con voluntad inflexible 
y constancia ejemplar ejercitó de tal modo su memoria que con el tiempo llegó a 
ser un hombre de memoria extraordinaria. Recordaba sin falta alguna toda la 
Constitución Nacional, libros, documentos, etc. 

(8) Ctr.: CÉSAR BLAS PÉREZ COLMAN, op. cit., p. 17. 


= 69 = 


lil Dr. Pérez Colman concluyó sus estudios del bachillerato 
diciembre de 1891, habiendo sido compañeros de promoción los 
unientes: Mauricio Catren (doctor-médico), Arturo López Pi 
ión Cdoctor-Médico), Domingo Larralde (doctor-médico) Alber- 
to Suñer Cdoctor-médico), Pedro Etchegari (químico), Carlos Bóni- 
vnlzi Cdoctor-abogado), Alfredo Rodríguez (doctor-abogado), Lu- 
tilo B. López Cdoctor-abogado), Juan José Paiz, cursó estudios uni- 
versitarios, según lo refiere el Dr. Pérez Colman en su Autobiogra- 
ltn; Juan M. Gouchón cursó estudios hasta el último año de Dere- 
vho; Luis B. Alvarez (doctor-médico), José Churruarín Cdoctor- 
ubogado), Onésimo Leguizamón, que cursó estudios de Derecho.9) 


EN LA UNIVERSIDAD 


En 1892 el joven Pérez Colman inició sus estudios universita- 
rios, ingresando a la Facultad de Medicina de Buenos Aires. Al año 
siguiente interrumpió sus estudios por razones de salud, hecho por 
ul cual se dirigió a Paraná donde se hallaba radicada su familia. Sus 
conocimientos de Química Orgánica y Analítica, le dieron ocasión 
1 ingresar en la Oficina Química de la Provincia, dirigida. en- 
tonces por el sabio Dr. Alberto Saraví, padre del afamado poeta 
entrerriano Guillermo Saraví. En 1897 ganó por concurso de opo- 
sición el importante cargo de Jefe de la Oficina Química de Con- 
cordia, funciones que ejerció hasta júnio' de 1898, en que renuncia- 
ra por haberse graduado de Abogado y Doctor en Jurisprudencia. 
En efecto el joven Pérez Colman dando prueba de su espíritu em- 
prendedor y tesonero, al regresar de Buenos Aires no demoró en 
inscribirse como alumno de la Facultad de Derecho de la Universi- 
dad Provincial de Santa Fe, antecesora de la actual. Universidad 
Nacional del Litoral y creada como es sabido el 16 de .octubre de 
1889. ? ee 

En los primeros tiempos de su nueva experiencia universitaria, 
alternó el estudio como reportero del diario “Nueva Época” de San- 


ta Fe, Algo del oficio ya había aprendido al lado de su padre y aho- 


(9) Ibíd. 


O 0 


. ra,en unos pocos meses de intensas tareas, su inteligencia y facili- 
dad de captación, su cultura y don de gente, lo convirtieron en un 
competente periodista que habría de ser muy útil desde 1894 en la 
redacción de “La Razón”, que dirigía por entonces su padre en 
Paraná y que él mismo, llegara a conducir de 1899 a 1903. Este 
diario nació siendo un órgano opositor al gobierno del Dr. Salva- 
dor Maciá y se constituyó en vocero de jerarquía del periodismo 
paranaense. El propio Dr. Pérez Colman regaló la colección com- 
pleta a la Biblioteca Popular, hace muchos años y por su propia ma- 
nifestación sabemos que la importante colección desapareció por 
la incuria del empleado -responsable de su cuidado. Por esto no 
podemos ahora dar una información más circunstanciada de esta 
importante hoja periodística, tan ligada al quehacer de nuestro 
personaje y a la vida de nuestra Provincia. Sólo podemos agregar 
que el Dr. Pérez Colman incorporó a la redacción de “La Razón” 
a Antonio Monteavaro y a Martín de Goycoechea Menéndez. Era 
también un colaborador asiduo Don Luis Leguizamón, distinguido 
hombre público. En distintos momentos fueron igualmente com- 
pañeros de tareas, otras personas que alcanzaron a desempeñar re- 
levantes funciones, como Miguel J. Ruiz, Belisario Hernández, 
Francisco Cordero y Urquiza, Pedro S. Alier y sus hijos Miguel y 


Manuel, Leopoldo Monzón, Arturo Leguizamón y otros. (10) 


LA DOCENCIA 


A 1895 se remonta la iniciación docente del Dr. Pérez Col- 
man, que comenzó entonces tan fecunda actividad como profesor 
suplente del Dr. Alberto Saraví en el Colegio Nacional del Paraná. 
En 1904 se incorporó como profesor a la Escuela Normal del Pa- 
raná, dónde ejerció sucesivamente las siguientes cátedras: Legis- 
lación Escolar, Derecho Natural, Instrucción Cívica, Economía Po- 
lítica, Historia de la Civilización, Historia Antigua. Posteriormente 
ingresó a la Facultad de Ciencias Económicas y Educacionales, co- 


(10) Cfr.: CÉSAR BLAS PÉREZ COLMAN, op. cit. 


qa 


HS 


no profesor de Historia Argentina, desempeñando además las 
lunciones de Vicedecano, Delegado Suplente al Consejo Superior 
ile la Universidad Nacional del Litoral e integrante de la Comisión 
dle Fomento de la citada Facultad. 

Al cesar el funcionamiento de la citada Facultad, el Dr. Pérez 
(iolmán se incorporó después al Instituto Nacional del Profesorado 
Sucundario de Paraná, como profesor de Disciplinas Auxiliares de 
In Flistoria, En plena madurez intelectual, deseoso de hacer entrega 
generosa de su saber, ejerció una fecunda influencia sobre sus dis- 
efpulos, buscando más que el mero saber, la formación cultural y 
humana, el sentido crítico y constructivo. Su espíritu de católico 
liberal, democrático, se evidenció siempre respetuoso de la persona- 
lidad ajena y fue amplio y mesurado en sus juicios, pero sin rehuir 
los compromisos que traen aparejadas las ideas y la vida misma con 
su compleja trama de intereses y pasiones. 

Ya hemos dicho que como Profesor, el Dr. Pérez Colman tuvo 
la virtud de encender inquietudes por la historia entrerriana, ense- 
ando el camino de los repositorios documentales. Él, al igual que 
otro distinguido Profesor el Dr. José Luis Busaniche, dio el más 
franco y generoso apoyo a sus alumnos, y sin mengua de su auto- 
ridad fue amigo de ellos, tal como lo deben ser los maestros autén- 
ticos, que hacen de la docencia una misión altamente humana. 

Por ella se sobrevive no sólo por las obras sino por el recuerdo 
de sus inumerables discípulos. 


ACTUACIÓN PÚBLICA 


Desempeñó en la Justicia Nacional cargos de importancia en- 
tre los que es dable citar el de Juez Federal de Paraná y Vocal de 
la Cámara Federal de Apelación de la misma ciudad. De su paso 
por la Justicia Federal, recordaba con satisfacción que como Juez 
Federal le correspondió dirigir los trabajos de organización para la 
aplicación de la Ley del Voto secreto y obligatorio. El éxito al- 
canzado le significó un llamado del Presidente Sáenz Peña para 
felicitarlo personalmente. 


=Y%%= 


En el orden de nuestra política, debemos decir que fue elegido 
diputado ala Legislatura provincial, por el departamento Concor- 
dia, por el período 1901-1903. Resultó ésta la primera y única vez 
que desempeñó un cargo político, pues la experiencia le demostró 
qué no tenía vocación ni condiciones para esto. (1D Con todo puso 
el mayor empeño en llenar con responsabilidad la misión que la 
ciudadanía le había confiado. Trabajó con empeño y fue autor de 
algunas iniciativas, entre las que se cuenta el proyecto de la Ley 
del Día del Arbol que la Legislatura sancionara y promulgara el 
Poder Ejecutivo. Por ella, todos los 28 de julio, se celebra en la 
Provincia el Día del Árbol. La fecha se halla asociada a la de 
creación del Colegio Histórico del Uruguay y lleva implícita la 
idea de honrarlo, cada año de manera tan enaltecedora, como la 
que corresponde a su fecunda trayectoria histórica. 


EL HISTORIADOR 


El Dr. Pérez Colman dedicó gran parte de su tiempo a los 
estudios históricos. Profundizando en ellos, bien prorito se percató 
de que nuestro pasado era mucho más de los que enseñaban las 
fuentes cónocidas. Por ésto, encaró diversos temas históricos, fun- 
dando sus trabajos en la investigación documental. Nos ha 
dejado una valiosa producción historiográfica de la que pasamos 
a comentar los principales trabajos. 

A. nuestro juicio la “Historia de Entre Ríos - Época Colonial 
1520-1810”, tres volúmenes, publicada en Paraná en 1936-1937, 
es la obra más importante del autor, quien con ella ha concretado 
el mayor aporte historiográfico hecho hasta hoy, en lo que atañe 
al período colonial de Entre Ríos. Es una fuente de imprescindi- 
ble consulta, de vigencia permanente. Pero ella con ser rica en in- 
formación, no es completa, aunque es una piedra blanca dentro de 
nuestra historiografía. El mismo Dr. Pérez Colman nos señaló la 
necesidad de seguir adelante en la investigación del pasado colonial 


d 


(11) Cfr.: CÉSAR BLAS PÉREZ COLMAN, op. cit. 


7 = 


pura llenar lagunas e incluso perfeccionar capítulos, con nuevos 
portes o con una valoración ajustada al avance de la ciencia his- 
lórica. Circunstancias que no hacen al caso, han influído para que 
Ins investigaciones históricas en esta área se hayan postergado. 
(iuardamos la esperanza de que en un inmediato futuro, la historia 
volonial de nuestra Provincia se enriquezca con el aporte de los 
modernos historiadores que han de tener en la citada obra de Pérez 
Colman, una ayuda muy valiosa. Cabe agregar al respecto de esta 
obra que la Comisión Nacional de Cultura, la distinguió, premián- 
dola justicieramente. 

Podemos calificar al Dr. Pérez Colman como el historiador por 
excelencia de Paraná. Ese título le corresponde en justicia pues es 
iutor de dos obras de incuestionable valor: “La Parroquia y la 
Ciudad de Paraná en su Segundo Centenario 1730-1930”, Paraná 
1930 y “Paraná 1810-1860. Los primeros Cincuenta Años de Vida 
Nacional”, Paraná-Rosario 1946. Ambas constituyen un remarca- 
ble esfuerzo de investigación. El primero contiene la historia de 
esta ciudad desde sus orígenes hasta el año 1930, que señala el 
fasto de su bicentenario. Este libro hasta el año 1810 se comple- 
menta con el aparecido en 1936-1937 que ya hemos comentado y 
constituye una fuente de consulta para el conocimiento de nues- 
tros anales históricos. 


En cuanto a “Paraná, 1810-1860”, diremos que es una obra 
de historia integral sobre las cinco primeras décadas de la vida in- 
dependiente de la urbe. Primera en su género en cuanto a la his 
toria local se refiere; las diferentes materias se desarrollan en 40 
capítulos, todos ellos originales y atrayentes. Su lectura es recomen- 
dable no sólo para los especialistas sino para cualquier lector que 
quiera saber algo de la ciudad de Paraná. Muchas gratas sorpresas 
puede deparar y sin duda mostrará los méritos enaltecedores de un 
pueblo que ha signado su existencia por su laboriosidad, cultura, 
patriotismo y modestia. 

Resulta de indudable provecho leer la interpretación histórico- 
sociológica que el Dr. Pérez Colman presenta en su libro “Entre 


—7A 


Ríos, 1810-1853. Consideraciones sobre la función histórica, políti- 
ca y social del pueblo entrerriano”, Paraná, 1943. La obra se halla 
agotada y por su importancia podría merecer una reedición. 


* 


Otra obra de particular importancia es la titulada “Apuntes 
Históricos. El Nordeste de Entre Ríos. Fundación de Concor- 
dia”. Talleres de “La Acción”. Paraná, 1933. 

El libro, denso de original información, se desarrolla en 272 pá- 
ginas que comprende una Introducción, 22 capítulos y una Efe- 
mérides Histórica. Sin duda es la fuente primordial de consulta 
para saber del pasado de la región del Nordeste de Entre Ríos y de 
modo especial de la ciudad de Concordia. 

El Dr. Pérez Colman ha realizado este libro fundado princi- 
palmente en la búsqueda documental, practicada en el Archivo His- 
tórico y Administrativo de Entre Ríos, en el Archivo General de 
la Nación, en el Archivo de la Legislatura de Entre Ríos, en Archi- 
vos Parroquiales y en los de dependencias oficiales. 


OTRAS PUBLICACIONES 


El Dr. Pérez Colman tiene en su profícuo haber numerosos 
trabajos originales, publicados en diarios, periódicos, revistas y pu- 
blicaciones especializadas. Por razón de espacio, pasamos a dar tan 
sólo algunos títulos, por considerar que su conocimiento puede re- 
sultar de utilidad a quienes se interesan por nuestro pasado. 


A los títulos ya considerados, añadimos los siguientes: “El 
Porvenir Económico de Entre Ríos”. Imprenta “La Razón”. Paraná, 
1904. Premiado en los Juegos Florales de Paraná, 1904; “Sistema 
Penitenciario para Entre Ríos”. Imprenta “La Razón”. Paraná, 


César Blas 


Pérez Colman 


E JO 


1004; “La Prensa en su primer centenario”, en “Páginas de Oro de 
ln Ciudad de Paraná en su Primer Centenario. 1826-26 de Agos- 
tu. 1926”. Editor Alfeo Zanini; “La Reforma de la Constitución. 
Un capítulo trascendente. La Educación común”. Paraná, 1933; 
"Fundación de la Ciudad de Villaguay”, publicado en 119 Con- 
greso Internacional de Historia Americana, tomo II, Buenos Aires, 
1938; “Entre Ríos (1810-1821)”, publicado en Sección Terce- 
ra, Capítulo 1, de la Historia de la Nación Argentina, dirigida por 
Ricardo Levene, vol. IX. Buenos Aires, 1941; “El Presidente Urqui- 
za y Córdoba. Influencia de los cordobeses en el Primer Período 
Presidencial de la República”, en Congreso de Historia Argentina, 
del Norte y Centro, 12-16 de octubre de 1941, tomo 1. Córdoba, 
1944; “La Virgen del Rosario de Paraná, Antecedentes históricos 
de su devoción. Paraná, 1944; “La Primer Colonia Argentina Agrí- 
cola-Militar de Las Conchas, fundada por el General Urquiza en 
1853”. Paraná, 1945; “El Congreso de la Confederación y la Ciu- 
dadanía Argentina; El Diploma del Diputado Du Graty”. Paraná, 
1945; “Presidencia del General Urquiza”, publicado en la Historia 
de la Nación Argentina, capítulo VI, vol. VIII, editada por la 
Academia Nacional de la Historia bajo la dirección del doctor Ri- 
cardo Levene. Buenos Aires, 1946; “El Censo de Entre Ríos de 
1820 ordenado por el Supremo Entrerriano. Interesante documento 
histórico”, en Revista de la Academia de Entre Ríos correspon- 
diente a la Academia Nacional de la Historia. Paraná, 1946, etc. 


EL LIBRO PROMETIDO 


Un propósito no logrado del Dr. Pérez Colman, fue escribir 
un libro sobre Ramírez y su época. Durante mucho tiempo se de- 
dicó a reunir antecedentes documentales y éditos sobre nuestro 
paladín federalista. Desde joven lo atraía el personaje. De sus ma- 
yores había recibido interesante información; más de uno de sus 
antecesores había conocido al caudillo, había sido su jefe o había 
sido su soldado, Todo ello determinó un compromiso ineludible. 
En 1949 cuando se hallaba disponiendo el material para abocarse 


A QQ — A 


— 78 - 


al libro prometido por él y deseado por sus discípulos, la Académia 
Nacional de la Historia lo designó para despedir los restos del 
Deán Funes que habrían de ser trasladados a Córdoba. Fue en 
mayo. Entonces nos dijo que iría sólo a cumplir con un deber, vol- 
vería de inmediato porque el frío de Buenos Aires, le hacía daño 
pero, en la primavera tornaría a la capital para hacer las últimas 
indagaciones en el Archivo de la Nación, a fin de responder a las 
justas reclamaciones de sus amigos: dar cima al libro sobre Ra- 
mírez. El destino frustró el propósito y restó una contribución que 
habría sido importante a muestra historiografía. Cabe esperar que 
todo lo que él reunió a este fin, pueda ser algún día de beneficio 
para los estudiosos que habrán de tomar su testimonio. 


ACTIVIDAD CIENTÍFICA Y SOCIAL 


El Dr. Pérez Colman participó activamente en congresos y 
reuniones históricas, nacionales e internacionales, cuyos detalles 
escapan a este artículo. Fue miembro correspondiente O de nú- 
mero de instituciones argentinas o extranjeras. Entre las primeras 
de la Academia Nacional de la Historia y entre las segundas, para 
citar una, de la Societé des Americanistes de París. Desempeñó 
funciones directivas en numerosas instituciones culturales, patrió- 
ticas, sociales y deportivas. Fundador de instituciones importantes 
de muestro medio como el Club Social, el Rotary Club, el Paraná 
Rowing Club, Boys Scouts, etc. Su nombre ha quedado registrado 
como trabajador incansable por el adelanto de nuestro pueblo, 

Integró innumerables comisiones oficiales y privadas, consti- 
tuídas para cumplir diversos fines de bien público y cuya sola men- 
ción demandaría mucho espacio. 


APOYO AL MUSEO DE ENTRE RÍOS 


En 1917 un grupo de estudiantes presididos por el ilustre ar- 
queólogo, don Antonio Serrano, constituyó la Asociación estudian- 


til Museo Popular. La loable finalidad mereció decidido apoyo. El 


7% 


ldr. Pérez Colman fue de los que, como se dice, pusieron el hom- 
bro, Convertido el organismo en Museo Escolar Central, aceptó 
gustoso ser Jefe ad-honorem del Departamento de Historia y Nu- 
mismática cuyo desarrollo impulsó extraordinariamente. Estas mis- 
mas funciones pasó a desempeñar cuando el organismo se convir- 
tó en razón de su desarrollo, en Museo de Entre Ríos, del que 
también y en forma honoraria fue director durante el año 1937. 
lc su ponderable acción existen testimonios en el actual Museo 
listórico de Entre Ríos “Martiniano Leguizamón”. Por muchos 
conceptos, en este orden, puede llamarse un benefactor de nues- 
tros Museos, tanto del último mencionado como del actual Museo 
de Entre Ríos (C, Naturales y Antropología). 


* 


El Dr. Pérez Colman sobresalió en su tiempo, sin dejar la tie- 
rra de su nacimiento. No fue el acaso lo que esto determinó sino 
su firme resolución de no apartarse de Entre Ríos, donde sobran las 
posibilidades para los hombres de capacidad y carácter que no sólo 
tengan aspiraciones.sino que quieran verdaderamente al terruño 
que, afirmaba, mucho necesita de brazos e inteligencias. En esto 
también nos legó un ejemplo que es deber recordar a la juventud. 


* 


El Dr, Pérez Colman falleció en Buenos Aires el 23 de mayo 
de 1949, después de haber cumplido, como miembro de número de 
In Academia Nacional de la Historia, con la misión de despedir los 
restos del Deán Funes. Su sorpresiva muerte causó consternación 
en su pueblo que, el día del sepelio en la necrópolis local quedó 
puesta de manifiesto de manera elocuente. 

Nuestro recordado maestro había casado con Doña María En- 
riqueta Catalina Martínez de Fontes, que le sobrevive. 

La distinguida matrona, es descendiente de próceres de la in- 
dependencia nacional e hija de un ilustre colaborador del Presi- 
dente Urquiza, el Dr. Manuel Martínez de Fontes. Ella fue la 
principal colaboradora de la intensa y proficua obra de su esposo, 


— 80 — 


con quien formó un tradicional hogar. Sus hijos son: María Dolo- 
res (Sra. de Zeballos); Dr. Manuel María; Dr. Benito Mario 
(fallecido); Isabel Margarita (Sra. de Demaría)»; María Victoria; 
María Judith (Sra. de Casanova) y Marta Laura (Sra. de Tavani). 


ES 


La memoria del Dr. César Blas Pérez Colman ha sido justi- 
cieramente perpetuada por el Gobierno de Entre Ríos, al designar 
con su nombre una Escuela en Paraná, y a la Sala de Lectura del 
Museo Histórico de Entre Ríos “Martiniano Leguizamón”, a cuyo 
progreso contribuyera donando valiosas piezas y cumpliendo en 
forma permanente, funciones honorarias. Asimismo desde hace 
más de diez años, la Municipalidad de Paraná, a la que prestara 
remarcables servicios el Dr. Pérez Colman, designó una importan- 
te calle de la ciudad con su nombre. 

Para mayor información, se publica un Apéndice, el decreto 
dictado por el Gobierno de la Provincia, para honrar a este ilustre 


entrerriano. 


Al redactar esta reseña, en el 22% aniversario de la desapari- 
ción del Dr. Pérez Colman, benemérito hijo del solar montielero, 
pensamos que con ello hacemos algo positivo en informar a las 
nuevas generaciones acerca de quien hizo todo lo que pudo en Ae 
del engrandecimiento de la Provincia. Es además, una forma de 
testimoniar nuestra admiración y gratitud. 


Paraná, 23 de mayo de 1971. 


els 


ó DECRETO N?* 1469 M. G. J. E. 


Paraná, 16 Mayo 1969, 
VISTO: 


Que el día 23 de mayo de 1969 se cumplen veinte años del 
Fallecimento del Doctor César Blas Pérez Colman, digno de re- 
cordación por su vida fecunda puesta al servicio de la provincia; y, 


CONSIDERANDO: 


Que es de toda justicia honrar la memoria de quienes con un 
clevado ideario, trabajaron sin descanso por el engrandecimiento 
de nuestra provincia; 


Que el Dr. César Blas Pérez Colman, a través de su existen- 
cia, puso su inteligencia y sus mejores energías, al servicio del 
clevado propósito de contribuir al progreso moral, material y es- 
piritual del pueblo entrerriano; 


Que en el campo de la historiografía el ilustre hijo de Entre 
Ríos, ha hecho singulares aportes que tiénen la vigencia perma- 
nente de las obras de jerarquía, por su originalidad y su contenido 
conceptual; 


Que en el ejercicio de la docencia secundaria y universitaria, 
el Dr. Pérez Colman cumplió una fecunda labor, entregando el 
saber con vocación de maestro consustanciado con su apostolado 
c imbuído de los más nobles sentimientos argentinistas y de entre- 
rriano cabal; OS 


Que no sólo es ponderable su trayectoria como historiador y 
maestro, sino que es remarcable la colaboración patriótica que siem- 
pre prestó a toda iniciativa oficial o privada que tuviera por norte 
el bien general, tales como el desempeño de comisiones municipa- 
les, provinciales, nacionales y privadas; la fundación de institucio- 


0 


nes sociales, deportivas, científicas, patrióticas, culturales y de 
progreso; 


Que el Dr. César Blas Pérez Colman como magistrado de la 
Justicia Federal, por su dedicación alcanzó distinciones merecidas, 
como las felicitaciones del Presidente de la República, Dr. Roque 
Sáenz Peña, por haber organizado con toda eficiencia, la aplica- 
ción de la Ley del voto secreto y obligatorio en el territorio pro- 
vincial; 

Que la cultura terruñera le debe su contribución como pe- 
riodista y como propulsor de instituciones de consagrado prestigio 
como el Museo de Entre Ríos con cuyas colecciones de índole 
histórica, se constituyó el actual Museo Histórico de Entre Ríos 
“Martiniano Leguizamón”, y la Biblioteca Popular del Paraná; 


Que como diputado provincial fue el autor del proyecto de 
la ley vigente sobre el Día del Árbol que lleva implícito un home- 
naje a la fecunda creación del Colegio Histórico del Uruguay; 


Que quien mereció siempre los distinciones de sus contempo- 
ráneos, habiendo sido distinguido con numerosos nombramientos 
honoríficos, entre los que se cuenta el de miembro de número de 
la Academia Nacional de la Historia, merece también el recuerdo 
justiciero de su progenie entrerriana; 


Por ello, 


El Gobernador de la Provincia 
DECRETA: 


Artículo 19 — Dispónese que la Sala de Lectores del Museo 
Histórico de Entre Ríos “Martiniano Leguizamón”, se denomine: 
“Doctor César Blas Pérez Colman”. La Dirección de Cultura adop- 
tará las medidas del caso para que en el sitio se coloque la respec- 
tiva placa de bronce con leyenda alusiva. 


Artículo 22 — El Consejo General de Educación de la pro- 


0 


vincia, arbitrará las medidas del caso para que una escuela de su 
dependencia lleve el nombre del ilustre hijo de Entre Ríos. 


Artículo 39 — Dispónese que el día 23 de mayo de 1969, en 
la tumba que guarda los restos del Dr. Pérez Colman, en el ce- 
menterio de Paraná, se deposite una ofrenda floral en nombre del 
pucblo y Gobierno de la provincia, dándose lectura a este Decreto. 


Artículo 4? — El presente Decreto será refrendado por el se- 
for Ministro de Gobierno, Justicia y Educación. 


Artículo 52 — Regístrese, comuníquese, publíquese, etc. 


FÁVRE 
Marciano E. Martínez 


AMALIA AGUILAR VIDART DE SEGUÍ 


POEMA PARA UNA MUCHACHA TRISTE 


AMí estás, silenciosa. 

En el rústico mundo de tu falda 

se ha dormido ese niño 

por el que fuiste madre, esta mañana. 
Un espacio sin hombre 

sobre tus ojos líquidos resbala. 
Muchacha triste. Pájaro sin vuelo 

con presupuesto de quebradas alas. 
Cómo te duele esa pregunta intacta 
para tu intacto idioma sin palabras! 
Cómo te acosa ese recuerdo insomne 
de mecer nueve lunas con el alma, 
cuando un septiembre te besó los labios 
y un geranio dio flor en tu ventana! 


Sólo ahora lo sabes. 

Sólo ahora de súbito comprendes. 

El sueño que soñaste fue ese trompo 
que no sigue girando para siempre. 
Aunque lo empuje de horizontes puros 
una pequeña mano sin juguetes, 
Aunque acaricien musicales vientos 


- su redondo andamiaje de claveles, 


Aunque el dolor denuncie las inercias 
al denunciar en grito lo que eres. 


Aunque la sangre se te vuelva surco 
de fecundadas plataformas verdes. ; 
Aunque un rayo de sol se haga infinito POEMA PARBA EL INMIGRANTE 
al constelar su piel sobre tu frente 

y aunque nadie te diga, que es tu hijo, 
un poema de amor para tu suerte, 


Llegaste desde lejos. 

Desde el límite antiguo de los mares. 
Desde donde el acento de tu cuna 
se delata en la voz de tu lenguaje. 
Un afán de recónditas visiones 

que trazaban poemas de trigales 

te mostraba una tierra fabulosa 
distendiendo en el oro sus imágenes. 
Entonces, escuchando al sortilegio 
de la esperanza fuiste el inmigrante, 
que aprisionó lejanas golondrinas 

en la dársena inquieta de su sangre. 
Partiste. Y los sueños fueron proas 
de geográfica piel sobre tu carne ' 
y una rosa de vientos se mantuvo 
temeraria en la playa de tu alcance, 
y cruzaron espacios de nostalgia. 

y anduvieron audaces por el aire p 
los timones de fe que pronunciabas 
con ancladas raíces inmutables. 
—Corazón con memoria para el tiempo. 
Con premura de vísperas nupciales. 

te quemaron promesas de alboradas 
para el dulce resumen de más tarde. 
—Tú, marcaste el periplo señalando 

un encuentro simbólico de márgenes 
donde estaban los rostros del futuro 

y la hazaña de amor de otros altares. 
Yo no sé en qué medida 

del soñar y su linde inexorable 


alcanzaste las nítidas estrellas 

con la lágrima ardida de tu viaje. 

Pero sé que sufriste 

malhiriendo de miedo lo que ansiaste. 
Confiscando en el hueso del silencio 

el regreso a la tierra de tus padres. 

Como sé, que hay dos razas que sumadas 
en el místico haber de tus afanes, 

han nutrido en el brote de tus hijos 

tu perfecta conquista de inmigrante. 


AMALIA AGUILAR VIDART DE SEGUÍ, profesora, ensayista y 
publicista y cuyos antecedentes literarios hemos dado a conocer en otros 
números de esta revista, es por sobre todas las cosas, poeta. Su producción, 
aparte de haber sido traducida a otros idiomas, ha merecido reiteradamente 
distinciones literarias en distintos lugares del país. En 1968 con su poema 
“Mensaje a España de un hijo de América” obtuvo el primer premio en el 
Concurso Internacional que para los poetas de habla latina del continente, 
auspiciara el Centro de Estudios Hispanoamericanos conjuntamente con la 
Asociación Patriótica Española de la Capital Federal. 

A su libro inédito “El Artesano”, pertenecen los ¡poemas que damos 
a conocer. 


LOS LÍMITES DEL CUENTO 
Y LA NOVELA 


por ROBERTO ANGEL PARODI 


En los últimos años han proliferado los tratados tendientes a 
precisar los límites no ya sólo de la novela, género más abierto y 
libre, sino también del cuento, el cual por sus características espe- 
ciales resulta difícil de encasillar dentro de normas precisas y de- 
finitorias. 

Lo cierto es que, como consecuencia de las profundas crisis 
que ha sufrido la humanidad en el transcurso de su existir, ambas 
formas literarias han experimentado hondas alteraciones. Esos cam- 
bios mentales dentro del arte occidental son perceptibles cuando 
se observa la evolución de las formas desde las primeras manifesta- 
ciones hasta la actualidad. 

Sin embargo el pensamiento siempre se ha opuesto a aceptar 
que un género pudiera desaparecer, tal vez por un natural instinto 
de conservación, y se ha creído, por lo tanto, observar una transfor- 
mación o“una segunda existencia de algunos de ellos en otras espe- 
cies que, en apariencias, tiendan a continuar los propósitos de aqué- 
llos. Tal es el caso de la epopeya y de la novela. La primera extin- 
guida en su acepción tradicional, ha sido en cierto modo reempla- 
zada por la novela en la que se ha visto la reencarnación de los 
ideales de los antiguos aedas. Pero los cambios son de tal manera 
fundamentales que afectan la estructura misma de los géneros y los 
colocan en planos diferentes. La épica se desarrollaba a lo largo de 
un tiempo que el autor preestablecía de antemano; todos los hechos 
se ubicaban en el pasado absoluto y la misión del escritor consistía 
en narrar algo acontecido de lo cual tenía el secreto y los hilos que 
manejaban los menores actos de los héroes, 


— 90 — 


Nunca la epopeya propiamente dicha mostró una visible dis- 
crepancia entre el mundo interior y la realidad externa en que se 
movían sus personajes. Por el contrario, el narrador, como sus ac- 
tores, se manifestaban conforme con lo que les rodeaba y exhi- 
bían una serie de convenciones que le aseguraban al hombre un 
lugar preestablecido, una adecuación que no tenía nada de proble- 
mática; no se discutía, en fin, el destino mismo del ser humano 
robustecido por una serie de creencias que lo mantenían ubicado 
dentro de un mundo del cual se sentía partícipe. Mas, cuando se 
producen las grandes crisis, tambalea esa adecuación y las grandes 
obras literarias fueron fieles expresiones de ese sentir que venía 
a cambiar la posición del hombre y a problematizar sus expresiones 
artísticas, no bien éstas tratan de interpretar la angustia que lo 
aqueja. 

Fue indudablemente Cervantes, quien dio a la literatura la 
primera manifestación de ese estado de ánimo, y España que había 
conocido como ninguna otra nación la diferencia que media entre 
un esplendor no igualado y el fracaso de su idealismo, fue el esce- 
nario donde el hidalgo habría de “confrontar con la realidad los 
altos ideales que lo impulsaron a salir de su sosiego. Otros pueblos 
más capacitados para encarar racionalmente los conflictos, más do- 
tados para la economía y menos atenidos a normas caballerescas, 
reemplazarían a España en la primacía militar y política de su 
A 
época. 

Nadie como Cervantes conoció los sinsabores de esa quiebra 
de los valores que habían sostenido a la nación y a la caballería, Y 
nadie, como él, sintió también esa falta de adecuación para quie- 
nes habían participado en la gran empresa. De un hogar hidalgo, 
pero pobre, se enroló en la hazaña y a su regreso no pudo situarse, 
sin desazón, dentro de un mundo burgués que era la negación de 
los años que había vivido. Y su obra máxima refleja precisamente 
la distorsión de aquella conformidad tradicional que sujetaba el 
mundo exterior a los dictados de una conciencia que, fortalecida 
por la fe, ordenaba sin discrepancias todas las divergencias y daba 
sentido a la vida, con los ojos puestos en una eternidad capaz de 
otorgar al hombre un premio o un castigo para su conducta, dentro 
de un mundo creado por esa fuerza superior, 


91 -— 


Deliberadamente o no, Cervantes fue el primero, por lo me- 
nos en España, en destacar esa falta de conformidad entre los sue- 
ños y la realidad, entre un mundo en el que se debe vivir, y una 
circunstancia que negaba esos valores, o por lo menos no se mos- 
traba conforme con los ideales que el ser humano era capaz de 
concebir. Nadie, por otra parte, había expresado con más claridad y 
con mayor vehemencia o realismo que la novela de caballería, los 
altos ideales que embargaban a los hombres de los siglos medios. A 
través de sus páginas se repetían las hazañas en nombre de la fe, de 
la verdad, de la solidaridad, que ejecutaban los héroes sin que la 
realidad los desmintiera. 

Pero, cuando quien tiene que escribirlas es precisamente uno 
de esos valientes, mas ignorados caballeros, ya de regreso del campo 
de batalla, la adecuación se pierde y el optimismo original se trans- 
forma en ironía y en sarcasmo. 

Cervantes sabe de su héroe porque él ha sido el mismo don 
Quijote, antes que éste cabalgara por los campos de Montiel. Poco 


"le cuesta, por lo tanto, ponerlo en camino, pero lo que nunca sabre- 


mos es si el escritor concibió también deliberadamente esa ruptura 
con un orden que hasta entonces parecía imperturbable. Con 
don Quijote resulta vencido el idealismo abstracto, y ya de vuelta 
por los campos de Castilla, el caballero arrastra la tristeza de su 
fracaso, de su desventura que inspiró a más de un poeta, como ocu- 
rrió con León Felipe: 


Por la manchega llanura 

se vuelve a ver la figura de don Quijote pasar. 

Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la armadura, 
y va ocioso el caballero sin peto y sin espaldar, 

va cargado de amargura, que allá encontró sepultura 
su amoroso batallar (...) 


El drama del hidalgo se repite en todos aquellos que han 
querido imponer el mundo de sus sueños por sobre los datos de la 
realidad sensible. En esos casos la falta de adecuación genera el 
desaliento, la tristeza y el sufrimento. Cervantes resuelve el pro” 
blema de una manera cristiana, haciendo que don Quijote abjure 


—9- 


de sus ideales y retorne a ubicarse dentro de la perspectiva de San- 
cho, conforme a los dictados del sentido común. Pero si aún en 
este escritor el sentimiento religioso era más fuerte que la angustia. 
que le afligía, no sucederá lo mismo en los autores posteriores me- 
nos fortalecidos en su fe que Cervantes. Desde que el escritor com- 
prende que el idealismo abstracto no es el camino certero, busca 
en el repliegue interior una vía de escape para los problemas que 
le aquejan. 


La novela psicológica cobra entonces una actualidad insos- 
pechada; desde Dostoyewsky observamos como el autor se interna 
en el mundo de la psiquis y ahondando en ella pretende un cono- 
cimiento mejor del ser humano. 


Por esa razón, cuando la novela, a la que podríamos llamar 
romántica, pierde efectividad frente a su falta de adecuación, el 
pensamiento creador se retrae hacia las moradas íntimas del alma 
y apoyándose en ese mundo de interioridad esquiva los conflictos 
exteriores y se resuelve por profundizar el análisis psicológico. Esta 
novela introspectiva cobra vigor en tanto que esa pérdida de fe 
en el mundo físico es cada vez mayor y hacia ella se van a orientar 
en forma más asidua las especies narrativas. 


La creación en la esfera de la subjetividad, con sus propias re- 
glas y con su apariencia de universo absoluto que no depende del 
exterior, es una reacción lógica del hombre frente a su pérdida de 
fe en los valores tradicionales. De ese tipo de novela a la actual 
media un cambio de orientación en los designios del escritor que 
vuelve a la escena, no ya como un simple espectador o un actor 
romántico, sino que a través de sus obras pretende o dar una visión, 
realista de esa falta de adecuación, o se dispone a influir en sus 
semejantes con una literatura orientada a cumplir dichos pro- 


pósitos. 


La novela social sale a la palestra en busca de esa ubicuidad 
que el ser humano trata de encontrar infructuosamente. Y habría 
que agregar, como un nuevo intento de hallar una manera original, 
a la llamada novela objetiva que muestra ser, precisamente, una 
corriente extrema, sin posibilidades de popularizarse por sus mismas 
características, y exhibe una modalidad que es en todo contraria, 


03 


tanto a la novela romántica como a la que agotaba el análisis psi- 
cológico. Este tipo de narración pretende dar a los objetos una par- 
ticipación mucho mayor, como testigos en algunos casos, como acto- 
res en otros, que comparten con los personajes, muy distintos a los 
corrientes, la tarea de conformar el argumento que en todos los ca- 
sos, si existe, es de contornos muy imprecisos, y se diluye a lo largo 
de la monotonía descriptiva que impera en estas obras. 

La novela actual, en su aspecto más visible, ha dejado de lado 
el tono meramente recreativo de la prosa tradicional y los héroes o 
arquetipos y sus hazañas han sido reemplazados por el hombre co- 
mún y sus problemas cotidianos. En general podemos decir que, 
salvo lógicas excepciones y otras en vía de experimentación, la no- 
vela moderna se ha mostrado muy sensible a la circunstancia que le 
toca vivir al grupo de sus contemporáneos. 


Acotaciones preliminares 


Numerosos son los autores que se han ocupado de las formas 
dentro del campo narrativo sin que, en general, se haya arribado 
a conclusiones totalmente satisfactorias. Así ocurre, por ejemplo, 
con Wolfgang Kayser, “ quien al tratar el tema se remite al estu- 
dio morfológico de André- Jolles. (2 Este considera que existen 
formas básicas o simples, las cuales constituyen como una especie 
de múcleos en los que se han condensado cada uno de los impulsos 
espirituales que mueven al hombre. Precisamente se detiene a 
nombrar dichas especies de esencias: hagiografía (leyenda), mito, 
enigma, sentencia, caso, acontecimento memorable, cuento de ha- 
das y chiste. Estas categorías representan el modo vital dentro del 
cual se puede desenvolver el género narrativo y alcanzar, según las 
proyecciones que le dé el autor, las características del cuento, del: 
relato o de la novela. André Jolles sostiene que el núcleo central 
de una narrración, por más extensa que fuere, puede reducirse en 
último término a una de las denominaciones incluidas en la tipo- 
logía que hemos citado. 


(1) WOLFGANG KAYSER, “Interpretación y análisis de la obra literaria”, editorial 
Gredos, Madrid, 1948. 
(2) ANDRÉ JOLLES, “Einfache formen”, Halle, 1930. 


== 


Kayser, en su exténso estudio, sólo le dedica al cuento propia- 
mente dicho, una página de su obra, aunque debemos reconocer 
que antes se ha referido en general al problema del género narra- 
tivo con su reconocida minuciosidad. En dicha página repite las 
argumentaciones conocidas en torno a la tan mentada brevedad 
de esta forma literaria y a su necesaria condensación. No se interna 
el crítico citado, en otras cuestiones que surgen naturalmente de 
su estructura y considera que las categorías de las cuales hablára- 
mos son también aplicables al cuento. Su incursión por el tema no 


nos soluciona, por lo tanto, todas las dificultades a que esta forma 
literaria nos enfrenta, 


Otros autores sin las pretensiones de abordar de manera tan 
detallada toda la materia literaria, se han ocupado en forma parti- 
cular del cuento y de los principales conflictos que suscita, Mas, 
antes de entrar a analizar dichas conclusiones es necesario ponernos 
de acuerdo sobre una serie de detalles generales que tienen íntima 
relación con este asunto y pueden servir de punto de partida para 
clarificar las cuestiones surgidas de su estudio, 

Como ya veremos, la misma denominación de esta forma na- 
rrativa ha traído problemas en cuanto a la posibilidad de determi- 
nar con exactitud los comienzos de su empleo con la acepción con 
que hoy le otorgamos en el campo de la creación. En ese sentido 
sus orígenes son remotos y se ha pretendido encontrar ejemplos 
de esta categoría literaria en los pueblos más primitivos, asociándo- 
sela, por otra parte, a otras manifestaciones con las cuales tiene 
cierta semejanza. Sus comienzos se mezclan con la mitología y la 
religión, de las cuales pudo haber tomado sus primeros motivos. 
Tan antiguo como la fábula o como el poema tradicional estuvo 
ligado al apólogo y al ejemplo de quienes se fue desvinculando has- 
ta destacarse con características propias. 

Podríamos hablar, en general, de dos grandes etapas que nos 
servirán para simplificar los conceptos sobre esta forma literaria: el 
cuento hasta Poe, y el cuento desde este autor en adelante. En la 
primera etapa acontece con este tipo de narración lo mismo que 
ocurre con la novela y el poema. Las normas tradicionales, los cá- 
nones fijan para cada uno de estos géneros una serie de condiciones 
generales de las cuales difícilmente se evadan los escritores. Y si 


9 - 


hien esas premisas no han sido fijadas con exactitud para el Aa 
los autores se mueven dentro de ciertas pautas impresionistas Surg 
das más bien de la costumbre que de una teoría. Así como el o 
se maneja dentro de una métrica y una nomenclatura paa A 
sin que la revolución romántica haya significado una rup E ma 
con la tradición, el cuento no sufre tampoco variantes un aj 
mentales y aparece asociado a otras especies con las que tiene pun: 
tos de contacto. 

La novela, por su parte, conserva, también, ra Suri 
condiciones que la particularizan, la omnisciencia de pas S A 
intervención corriente como elemento de enlace entre eh á > el 
el lector, el predominio de la parte anecdótica, de er E en S e 
tendencia al folletín y al sentimentalismo. Es verdad que da 
manticismo primero, y el realismo después, representaron na le 
dentro del campo novelístico, pero los mismos lo fueron Ss S ar 
nada en la modalidad de encarar los temas, en la prepon ss s 
del personaje central, en los cuadros de a en E E 
descripciones o en las novelas de tesis que se aplical an a des E 
un esquema aprobado a priori. Si bien las excepciones > En z 
casas, las corrientes dominantes siguen dando primacía : En g , 
nista y a los detalles, a la relación con el lector, tratando , que 
nada escape a su entendimiento, en cuyo caso n en su a ñ e 
oportunas reflexiones. Lo mismo sucederá más tar e con as A E 
lineal, lo cíclico es lo corriente, no se ha advertido la posibi A a . 
confabular al lector con la trama de la obra y tampoco se A 
turbarlo, ni desorientarlo. El novelista típico del siglo XIX escri e 
dentro de un mundo que tiene límites precisos, una a a 
la vida que no suscita mayores rebeldías y un conformismo que tras 
ciende de las páginas de sus obras. E 

Con el cuento sucede algo semejante a lo largo de los siglos 
que van desde sus remotos orígenes hasta Poe. Desde muy pronto 
comienzan a manifestarse las peculiaridades de lo que se jo 
derse por dicha forma literaria, aunque muy pocos 0 a E a pen 
cargue de dogmatizar en su torno. Se habla priand pl . ES 
de fabliella y, como dice don Juan Manuel, de ejemplo, p e a 
que la denominación no aparece con firmeza, la en 
car algunas de las cualidades que habrán de particularizarlo. 


a 6 


Desde el Panchatantra, el Sendebar, el Calila o el Disciplina 
Clericalis, hasta llegar a don Juan Manuel y Boccaccio, el cuento 
aparece ya como la relación de un suceso que, como tal, ya ha 
acontecido y ha de ser recordado en boca de un narrador. Este ca- 
rácter cerrado del cuento es visible aún en el medioevo donde no 
puede desprenderse de su intención moralizadora, como tampoco 
había ocurrido con las antiguas narraciones hindúes, donde su 
espíritu es marcadamente utilitario. Desde aquellos lejanos años 
hasta el siglo XIX, el cuento conserva características inalterables, 
y no porque las mismas hayan sido fijadas por la retórica que lo 
considera como una categoría inferior, sino debido a que el meca- 
nismo de esta forma lleva al autor a contemplar ciertas condiciones 
sin las cuales la materia narrativa deja de ser un cuento para con- 
vertirse en una cosa muy distinta. 

Desde antiguo fue común la inclusión de cuentos dentro de la 
llamada narración enmarcada. Una trama breve, simple, servía 
para encadenar o hilvanar los ejemplos, y esto ocurre tanto en las 
colecciones literarias hindúes como en el Conde Lucanor o en el 
mismo Decamerone, donde Boccaccio, tenido por algunos como ini- 
ciador del cuento moderno, no puede escapar a lo que es tópico 
de su época. Dentro de ese conjunto de creaciones acumuladas 
en esos siglos no es difícil encontrar alguna narración perfecta, como 
“Don lllán el gran maestre de Toledo”, en la cual su autor nos 
ofrece un ejemplo cabal donde sobresale la estimación del tiempo 
mágico que constituye el verdadero soporte del cuento. Toda una 
serie de acontecimentos que necesitarían años para realizarse se en- 
cierran en el breve espacio de unas horas y gracias a este artificio 
logra Don Juan Manuel a través de su personaje, poner en eviden- 
cia las falencias de su huésped. 

- Mas a pesar de estas expresiones aisladas, de los aciertos de 
Boccaccio y de otros autores posteriores, será necesario llegar hasta 
Edgar Allan Poe para encontrarnos coh el primer autor que se apli- 
ca a la tarea de teorizar sobre el cuento y de brindarnos una serie 
de narraciones perfectas, donde aparecen aplicadas sus ideas y su 
extraordinario espíritu creador. Para la mayoría de los críticos el 
cuento moderno nace con Poe y adquiere una índole definida hasta 
el punto de convertirse en una de las formas predilectas de los 


“EL ALEPH” (Borges). Tinta por César Schepens 


=9- 


¡utores posteriores. Llegado a este punto de nuestro análisis es con- 
veniente precisar algunas de las conclusiones que se han vertido 
nlsladamente a través de lo expuesto: 


a) No podemos precisar con exactitud cuándo comenzó a uti- 
lizaxse la palabra “cuento” para denominar un determinado 
tipo de narración. En los siglos XIV y XV se prefiere usar 
los términos: apólogo, ejemplo y menos fabliella, para 
nombrar una composición semejante. El sustantivo “cuen- 
to” se comienza a emplear tímidamente y recién en los si- 
glos siguientes cobra mayor vigencia. 


b) Es posible que debamos buscar los orígenes del cuento, su 
forma primitiva, en las narraciones míticas, y en este sen- 
tido Francisco Ayala dice: “El cuento propiamente dicho 
podría considerarse como manifestación arcaizante del poe- 
tizar, como forma de interpretación y revelación del miste- 
rio anterior a toda literatura”. (D 


c) Es corriente que la literatura tradicional utilice el cuento 
para interpolarlo como motivo de diversión dentro de una 
novela o, en otros casos, como apoyo a las ideas sustenta- 
das en la misma. Esto ocurre, por ejemplo, en el Quijote y 
en Don Segundo Sombra. 


d) Frecuentemente el cuento medieval aparece con un mar- 
cado tinte didáctico. Boccaccio se apartará de esa norma, 


e) Hasta el siglo XIX no es tenido en gran estima por la crí- 
tica y es rara la dedicación, en forma sistemática, de un 
autor a este género. 


£) Definir todo lo que se debe entender por cuento suscita las 
mismas dificultades que explicar lo que abarca la palabra 
poema. Ambas son denominaciones genéricas aplicables a 
un sinnúmero de obras que, paradójicamente, pueden pa- 
recer, en cierto modo, disímiles, pero que contienen en 
esencia lo que la crítica exige para que sean tenidas por 
tales. 


(1) FRANCISCO AYALA, “La literatura como poesía”, “La Nación”, 11-5-1969. 


— 100 — 


Por cuento pueden catalogarse diversas narraciones: 
breves o relativamente largas, en primera o tercera perso- 
na, realistas, alegóricas, fantásticas, en presente O pasado, 

. las cuales se identifican porque presentan una estructura, 
una disposición particular, cuyos caracteres expondremos 
en las páginas siguientes, 


El cuento después de Poe. 


A partir del siglo XIX, primero el romanticismo y luego la 
corriente realista traerían una vitalización de esta forma narrativa 
que tan poco pesará estéticamente en las centurias anteriores. Pero 
para encontrarnos con el primer teorizador en torno a las modali- 
dades que debe reunir el cuento, debemos llegar hasta la mitad del 
siglo y referirnos a la trascendencia de Edgar Allan Poe que es 
considerado por la mayoría de los críticos como su iniciador, por 
lo menos en su concepción más moderna. ] 

Este genial escritor norteamericano, a propósito de un comen- 
tario sobre la obra de un contemporáneo y compatriota, el autor 
Nathaniel Hawthorne, a quien se deben los “Cuentos contados 
una vez”, hace una serie de consideraciones sobre el género, las 
cuales le permiten arribar a ciertos postulados estimados como bá- 
sicos por la crítica. : : 

Poe dice en forma textual: “Un escritor idóneo ha construido 
un cuento. Si es prudente no habrá moldeado su pensamiento para 
acomogarlo a sus incidentes, sino que después de concebir cuida- 


dosamente un cierto efecto único y singular, inventará tales inci-' 


dentes combinándolos de tal manera que puedan ayudarlo a esta- 
blecer ese efecto preconcebido. Si en su primera fase no tiende ya a 
destacar ese efecto, quiere decir que ha fracasado en su primer 
paso. En toda la composición no debe haber una sola palabra cuya 
tendencia directa o indirecta no esté al servicio de ese designio 
pre-establecido”. - 

- Conocidas las condiciones que estima fundamentales para que 
la narración sea un verdadero cuento, podemos reducirlas esencial- 
mente a dos: brevedad e intensidad. Pero las teorías del autor 
norteamericano encierran otras conclusiones no. menos importan- 


1 


— 101 — 


tes que complementan las anteriores. Poe habla del efecto único 
y singular, como aspiración que se logra, a su juicio, combinando 
los incidentes de tal manera que sú trabazón conduzca a lograr 
dicho fin. Se refiere, también, a la originalidad, pero declara que 
la misma no debe ser un impedimento que la torne impopular y 
en este caso tiene mucha importancia la naturalidad con que se 
encara la composición. Por otra parte se detiene en dejar sentada 
la falta de fin estético en este tipo de narración que corresponde, 
según su criterio, al dominio de la Verdad. Hace una aclaración 
acerca de la alegoría en el cuento, de lo cual no se muestra muy 
partidario, y la admite siempre que la misma no asome demasiado 
a la superficie. ' 

Precisa su carácter retroactivo, perfectamente enmarcado en 
el tiempo, como un hecho, como algo que pertenece al pasado, y 
sobre el cual el relator hace una especie de recapitulación. Por di- 
cha causa se habla de la naturaleza insular del cuento y de su fox- 
ma cerrada. Esta condición particular de referirse a un hecho per- 
teneciente al pasado no impide que se elija para ubicarlo el tiempo 
presente, y que en él se narre el caso imaginado. Por el contrario, 
muchas veces este recurso simple de actualizar el suceso le otorga 
mayor dramaticidad, sin afectar su forma cerrada, 

Con Poe se inaugura una.etapa bien defimida dentro de la 
historia del cuento y su obra coincide con la aparición de grandes 
cultores del género, entre los cuales se incluyen: Oscar Wilde, 
Walter Scott, G. Sand, Larra, Irving, Guy de Maupassant, Leo- 
poldo Alas, Anatole France, Tolstoy, Dostoyewsky, etc. No todos 
ellos siguen una misma línea en la elaboración y existen muchos 
casos en que sus narraciones escapan de los límites fijados por 
Poe, por ejemplo, en “Bola de sebo” más bien se tipifica una 
época que un suceso único al que se ciña el escritor, y el hecho 
mismo parece tener menos importancia que aquel fin ya enun- 
ciado. 

- En estas oportunidades la crítica vacila y se. han inventado 
paliativos para salir del paso, llegándose a hablar de cuentos largos 
y de novelas cortás, como si lo esencial fuera la extensión. En lo 
que debemios ponernos de acuerdo es que, si bien la brevedad sería 
lo apetecible para que fuera más perfecto, evitando muchos inci- 


— 102 — 


dentes y reiteraciones que no hacen al asunto principal, lo cierto 
es que muchos no discuten la condición de ser tales, a obras como 
“El perseguidor” de Cortázar o a “Una rosa para Emile” de Fauck- 
ner, porque en ellas los autores no se apartan del suceso y sobre 
la lentitud y las divagaciones predomina la unidad, aunque los 
personajes cobran mayor relevancia que el mismo acontecimiento. 

En ambos casos nos enfrentamos con hechos sucedidos que el 

relator va narrando sin que advirtamos esa particularidad con que 
en la novela los personajes van haciendo los acontecimientos. La 
extensión, en fin, no aclara mucho el concepto, porque puede ha- 
ber una novela que no sea extensa como ocurre con “El extranjero” 
de Camus y un cuento dilatado. Lo evidente es que la primera apa- 
rece como algo que se ya creando, mientras que el segundo está 
fijado de antemano. 

Mucho se ha elogiado la elaboración de un cuento de Natha 
niel Hawthorne, titulado por el nombre del protagonista: “Wake- 
field”. Se refiere en esta obra un hecho insólito: un hombre, luego 
de vivir varios años en compañía de su mujer se aleja, al principio 
con la intención de hacerlo por pocos días, más pasará cerca de 
veinte años ante de regresar a su hogar. El interés gira alrededor 
de las cavilaciones del personaje, sus dudas, su encuentro con su 
esposa, su falta de decisión para dar un corte al asunto. El autor lo 
plantea dentro de un tono conjetural, y si bien no dejan de aso- 
mar sus palabras con cavilaciones propias, el cuento se acerca mu- 
cho, en principio, a las narraciones contemporáneas donde la ac- 
ción o el suceso es mínimo y todo se desenvuelve dentro de la hi- 
pótesis. A 

El cuento de Hawthorne ha sido por demás comentado, pero 
conviene reparar en que presenta al suceso como leído en un viejo 
periódico, a pesar de lo cual revela, luego, un conocimiento tan pro- 
fundo del personaje como no puede desprenderse de una simple 
noticia. Lo llamativo es que ya en la primera página nos entera 
del hecho con la sumariedad periodística, sin omitir el final. Lo 
demás es una reconstrucción que hace el autor con la peculiar ma- 

nera tradicional de encaminar al lector con oportunas reflexiones. 
En muchos pasajes acude al recurso de volver al presente la 
historia y de incitarnos a imaginar las escenas, como por ejemplo, 


— 103 — 


a A a 
cuando dice: “Imaginemos ahora a Wakefield despidiéndose de 

; : g 

E crepúsculo de una tarde de octubre”. Hawthorne no 


pp muy por el contrario, frecuen- 


oculta nunca su condición de relator, e 2 

icmente se hace presente para aclarar algunos de E Y pa hol 
i em 

plicarnos la clase de hombre que era Wakefield. Lo pri 

conjeturas sobre las causas que han llevado a un ser ta E ple, 

ciones, a asumir una actitud inusitada para 


j j bi 
tan sin pasado, sin am umir a 
NE ee de sus hábitos. Las disquisiciones del autor llena 


j cier- 
mayor parte de la obra, y ni él mismo se atreve a dar una a e 
ú . ” 5 u y 
ta sobre la determinación del personaje: un hecho simp . ee 
lida aparentemente transitoria, por vanidad, por egoísmo pe: an 
per con una vida monótona, le llevan a estar veinte años sep 
de su hogar. ie 
El tiempo transcurrido importa poco; para bs ad E 
décadas parecen, simplemente, dos semanas. eos nda ad 
j j apacible ; 
ue hasta el tiempo desap ' 
retorno a la normalidad q : a 
Hawthorne nos dice al final, como una especie pep 
isteri ndo. 
muestro misterioso mundo, 
el desorden aparente de 0sO Tm celrencal 
j igor —y los sis 
] ema con tan exquisito rg 
está ajustado a un sist n exq ia 
entre > y todos a uno— que el individuo que se desvía SE ps 
: j su 
momento, corre el terrible albur de eg para es en 
Í i j as 
j del Universo”. Estas palabr 
como Wakefield, el paria p a 
enado mundo de mi 
:do de su cuento, que en el or : 
cl agan p ps la pretensión de ilustrar sobre los 
de desvincularse de los hábitos y de los 
la circunstancia y en este caso, sobre 


siglo pasado, sólo puede t 
peligros o inconvenientes 
compromisos que nos atan a 
todo, a la sociedad. 
Sobre este cuento, cuya particularidad mayor con 
| ue 
el escritor refiere el suceso a manera de SN a a 
un periódico, y luego lo desarrolla especulando sobr pan 
la determinación del personaje, ha escrito acá pa a a g 
j ta “El li e los au 4 

tación para El libro 
sos en una breve presen cia E 

j lisis de Poe y alguna circuns 
Dice Borges que salvo el aná Pe 3 
j irable composi 
j ti aber ienorado esta adm: 

ferencia, la crítica parece h: g A 

ción. Y agrega: “La materia es contemporánea y el interés proce 

, ga: 


siste en que 
ha leído en 
porqué de 
jo- 
(mm 


(1) “El libro de los autores”, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1967. 


e 104 


de la singular psicología del protagonista. Wakefield, como fanta- 
sía de la conducta; como estudio patético de las posibilidades hu- 
manas anticipa el Bartleby (1856) de Hernan Melville y las in- 
venciones de Kafka”, : 

El entusiasmo que el citado cuento despierta en el autor de 
“El hombre de la esquina rosada” y su relación con los escritores 
modernos es susceptible de algunos reparos que estriban fundamen- 
talmente en el hecho de que, aunque aquí se describe más que se 
narra una situación, la diferencia surge de que Kafka jamás busca 
el aspecto psicológico, ni conversa con el lector. Carecen también 
los cuentos de Hawthorne de una clara intención alegórica como 
gustó tanto al autor judío. Lo cierto es que Poe fijó las condiciones 
primarias, a las cuales debe atenerse el cuento para ser tal. El con- 
tenido dogmático de sus conclusiones es lógico que sufriese con 
el tiempo algunas adiciones, pero los caracteres básicos han perma- 
necido inmutables, 


El cuento a través de nuestros críticos, 


En nuestro medio, a pesar del cultivo frecuente de esta forma li- 
teraria, debemos llegar, si no nos equivocamos, hasta Horacio Quiro- 
ga para encontrarnos con alguien que reúna algunas consideraciones 
sobre la materia. En su “Decálogo del perfecto cuentista” expresa- 
ba el autor de “Anaconda”, cuáles eran las bases sobre las que, a su 
Juicio, debía estructurarse ese tipo de narración y entre sus ob- 
servaciones fundamentales podemos anotar aquellas que se refieren 
a su carácter breve por excelencia, y a la necesidad de que el re- 
lator no introduzca incidentes que retarden el asunto. Este debe 
seguir una línea sin altibajos desde el principio al fin. No admite 
ningún obstáculo, ningún adorno, ninguna acotación que afloje 
el interés. 

En este sentido Quiroga se aparta, algunas veces, de lo que 
él mismo preconiza en su decálogo. Si bien estas alteraciones son: 
insignificantes, lo cierto es que con alguna frecuencia hace digre- 
siones que revelan el pensamiento del narrador. Su predisposición 
a sacar conclusiones es visible, por -ejemplo, en “Los mensú”. En 


— 105 — 


otros casos echa por tierra la sorpresa del final imprevisto, que, 
como hemos visto, tampoco tiene en cuenta Hawthorne, y así Qui- 
roga en “El hijo”, “La insolación” y “El hombre muerto”, nos an- 
ticipa la suerte de sus personajes. db 

Otras de las condiciones que exige es la adecuación del len: 
guaje, su autenticidad, el hecho de que la lengua empleada no re- 
sulte artificiosa y se subordine a las intenciones del relato. es 

Un crítico argentino, contemporáneo, que se ha especia izal O 
en el estudio del género dentro de nuestro país, Carlos dei 
gelo, (2 suma sus juicios meditados para una epa a 
de los límites que debe respetar esta especie literaria. astráng 
hace una recapitulación de los intentos de definir el tema a nos 
ocupa, aportando diversas opiniones, algunas extravagantes, hasta 
las más simples de reducirlo todo a la extensión. 

Precisamente en el capítulo XVIII, titulado “Elementos para 
una definición del cuento”, formula en forma fundamentada una 
serie de consideraciones sobre la materia, algunas de las cuales, 
empero, pueden ofrecer algunos reparos. Dichas reglas, por llamar- 
las de alguna manera, son las siguientes: a , 

1) “Un cuento es serie breve y escrita de incidentes , 0d 
este particular hacemos hincapié en lo cuestionable de lla- 
mar “serie de incidentes” al suceso o motivo único. Y en 
cuanto a que sea escrito no es totalmente exacto porque 
eliminaría sin razón toda posibilidad de estructurar en for- 
ma oral un cuento que puede ser muy logrado. 

2) “De ciclo acabado y perfecto como un círculo ] A 

3) “Es esencial el argumento, el asunto o los incidentes en sis 

4) “Trabados éstos en una única e ininterrumpida ilación , 
Esta cláusula bastaría para descalificar numerosas narracio- 
nes de autores modernos que, tomando a su arbitrio el 
tiempo, han dado al suceso una estructuración no total- 

- mente ajustada a la ¡lación o a la lógica. A 

5) “Sin grandes intervalos de tiempo, ni de espacio”, Sin des 
conocer la razón de lo que en general pretende Mastrán- 

gelo con esta premisa, es de hacer notar que tampoco este 


(1) “El Cuento Argentino”. Librería Hachette S. A. - Buenos Aires 1963. 


— 106 — 


hecho es de por sí descalificatorio. Hemos visto ya que en 
la obra de Hawthorne pasan veinte años antes que el pro- 
tagonista se decida a volver a su casa. Lo que interesa 
es que ese tiempo real o como se lo quiera llamar, no tenga 
psicológicamente más valor que la de un transcurrir que 
en definitiva y a juicio del protagonista pueda reducirse al 
breve plazo de unas semanas. 

6) “Rematado por un final imprevisto, adecuado y natural”, 

En muchos casos el final no es imprevisto, porque el mismo 

autor se ha encargado de anticiparlo al lector y como sucede 

con algunas películas que sorprenden al público y terminan 

cuando éste no lo imagina, ocurre con algunos cuentos sin 
ue pierdan su condición de tal. 

Mario A. Lancelotti “4? ha aportado sobre el tema que nos 
ocupa una serie de valiosos artículos publicados no hace mucho 
tiempo en “La Nación” y aumentados, luego, en su ensayo: “De 
Poe a Kafka”, que ha continuado incrementando con nuevos apor- 
tes periodísticos. Nos interesa seguir el pensamiento de este crítico 
porque sus valiosos análisis nos brindan numerosas observaciones 
interesantes y. abarcan, además, la problemática del cuento, sus lí- 
mites, el tratamiento del tiempo y otras cuestiones fundamentales 
que toma como motivo de sus meditaciones. 

Algunas de las observaciones de Lancelotti coinciden con las 
que ya hemos citado al comentar los críticos anteriores, entre ellas 
la brevedad del circuito narrativo y el hecho de que el cuento re- 
quiere una fuerza de concentración, un estrechamiento a tal punto 
que el cuentista, para este ensayista, procede como un obseso. 

Y agrega: “Desde el punto de vista del lector el cuento es 
acto riguroso de leer: lectura por excelencia. No leemos un cuento 
con los mismos ojos que seguimos una novela o meditamos un tra- 
tado científico. En la primera la lectura no es jamás demasiado 
atenta y es natural que así sea: nos toma desde ángulos y distancias 
muy diversos. Distraído por una trama en la que de algún modo in- 
terviene, el lector lee y no lee a un tiempo. Una novela puede 
reposar en las manos. Un cuento es operación estricta del ojo. Aten- 
ción al estado puro. La menor derivación pone en peligro el inci- 


(1) MARIO A. LANCELOTTI, “De Poe a Kafka'”, Eudeba, Buenos Aires, 1965. 


LA METAMORFOSIS (dibujo a tinta) — César Schepens 


— 109 — 


dente, que es el suceso y el efecto. Más que a conmovernos, el 
cuento tiende a asombrarnos y estilísticamente el cuentista es un 
virtuoso. Su “tour de force” consiste en convertir el acontecimiento 
en un lenguaje”. 

Partiendo, como decíamos, de que el cuento es tributario de la 
brevedad e intensidad, el crítico hace hincapié en que en este gé- 
nero domina esencialmente la técnica: el cuento es el arte del narra- 
dor; es estilo propiamente dicho o la singular manera de abordar 
el relato de un suceso, En Poe, dueño de esa técnica, domina la 
inclinación por los números, por el desmenuzamiento de los hechos 
y por la erudición, cosa que se manifiesta, también, en la mayoría 
de los cuentos de Borges, que si no tienen el rigorismo del autor 
norteamericano, ostentan una llamativa y no disimulada propen- 
sión por narraciones donde las ciencias ocultas, las religiones extra- 
ñas, las filosofías orientales y, en fin, la erudición abruma el acon- 
tecimiento mismo que pierde humanidad ahogado por las citas y 
los nombres insólitos. 

Lancelotti se plantea los límites del cuento y en ese sentido 
repite que este tipo de narración se enmarca en el pasado absoluto. 
Esto debe entenderse en cuanto al tiempo que condiciona su estruc- 
tura misma. El cuento ha sido pensado o recreado de tal manera 
por el autor que, antes de escribirlo, tiene ya la solución o el desen- 
lace, En ese sentido es fundamentalmente algo ocurrido, cerrado, 
insular, aunque pueda, desde luego, desarrollarlo en tiempo pre- 
sente y ponga el relato en boca del protagonista, Su condición real 
depende, no tanto de la extensión, sino de la forma en que se en- 
cara el suceso como algo singular de lo cual no se aparte el escritor 
en ningún momento. En cambio, cuando divaga en incidentes o 
se detiene demasiado en describir un tipo de vida o una situación 
social, es indudable que no ha logrado concretar el cuento de ma- 
nera cabal. 

Las conclusiones más importantes que surgen de la lectura de 
su ensayo son las siguientes: 


1) “El cuento se da en un tiempo propio caracterizado por el 
dominio del suceso como hecho referido. El signo de esta 
temporalidad específica del cuento es pues el pasado, bajo 
cuyo imperio tiene lugar la explicación de tal suceso”, 


— 110 — 


2) “En el cuento el narrador queda fuera del hermético 
círeulo temporal del relato. El tiempo del narrador y el del 
relato son, así, independientes”, 


3) “La naturaleza tética o proposicional del cuento, dirigida 
a desentrañar y desenvolver los datos y las circunstancias 
del acontecimiento en el plano de una solución lógica, le 
imprime un carácter filosófico “a priori” o formal”. 

4) “Dentro del rigor temático y estilístico que él mismo se 
impone, el cuentista es absolutamente libre. Aceptadas las 
premisas del relato, el lector se limita a seguir las alternati- 
vas, a las que asiste, por así decirlo, desde afuera”. 


5) “El cuento es un orbe cerrado o finito. El novelista pre- 
senta y su tarea es mostrativa, El cuentista indaga y define, 
su actitud es demostrativa”. 


Continuando con sus especulaciones sobre esta materia, en 
notas posteriores publicadas en el diario “La Nación”, (D Lancelotti 
formula otras reflexiones que son útiles para determinar fielmente 
los límites del cuento: “En esencia éste obedece al crecimiento ce- 
lular y su análogo geométrico configura un círculo que partiera, 
por espirales, del centro a la superficie. Tal es su proceso ideal. Lo 
que equivale a decir que proviene de adentro... Todo cuento logra- 
do alcanza el sentido último o final del hecho vulgar o aparente, 
y éste es el propósito que cabe asignar al dictado de Poe cuando 
afirma que persigue la Verdad con mayúscula. Es, por lo tanto, 
toda narración que bajo la especie de un hecho singular nos su- 
giere la grave presencia de la generalidad que lo traspasa... El cuen- 
to se basta a sí mismo y, recluido en su celda, vive al margen del 
tiempo común. Si la exigencia de la novela es la novedad, la del 
cuento es el invento. Una novela, un poema, un drama, pueden 
estar privados de la originalidad. Un cuento es necesariamente 
original”, 


Alba Omil y Raúl A. Piérola han aportado, recientemente, sus 


(1) MARIO A. LANCELOTTI, “Cuento y novela”, “La Nación”, 9 de marzo de 
1969, Buenos Aires. 


—- 111 — 


conclusiones (2 que, por razones de espacio, sintetizamos, eligiendo 
aquellas que confirman lo que ya hemos dicho u otras que por con- 
tenido nos han parecido interesantes. Para dichos autores “el buen 
cuento nace como una totalidad. Desde un comienzo, el escritor ya 
tiene en sus manos la entidad entera, es decir, tiene todo previsto, 
en especial, su final. Luego viene lo otro: dosificación del interés, 
selección de vocablos, búsqueda de matices sugeridores, en una pa- 
labra, elaboración... Por tanto, estamos ante un género tan riguroso 
que no admite lo superfluo, lo que no esté estrictamente en fun- 
ción de ese final al que apunta, de esa intensidad que lo sostiene, 
de ese desenlace que espera ansioso el lector. El relator no puede 
distraerse ni demorarse gratuitamente en pintura de atmósferas, 
descripción de personajes, objetos o paisajes. Pueden existir, 16- 
gicamente, estos elementos, pero al servicio de una estructura... Los 
cuentos auténticos se sustraen al tiempo real, concreto, se despo- 
jan de su materialidad accidental. La fuga de la realidad por obra 
de arte no debe entenderse en un sentido negativo de escapar a una 
situación que nos resulte agobiante y opresiva, sino positivamente 
como emancipación de la chatura habitual o del asedio imperativo 
de lo físico para instalarnos en los carriles de lo trascendente, de 
lo mágico, de lo bello”. 

Edelweis Serra, en un artículo publicado en la revista de la 
Universidad Nacional del Litoral, (% nos habla acerca de su es- 
tructura y después de reconocer sus fuentes remotas en el Asia 
lejana, hace una clara división entre el cuento-apólogo que va fra- 
guando la tradición y pasa de pueblo en pueblo, y el cuento mo- 
derno que es de creación nítidamente individual. Agrega, entre 
otras observaciones, algunas que no están del todo de acuerdo con 
Poe, especialmente la que acuerda al cuento una finalidad estética, 
cosa que negaba el autor norteamericano. Separa, además, el ver 
dadero cuento de un simple relato que puede cumplir con algunos 
de los atributos del género, pero que no tiene por qué poseer un 


(1) ALBA OMIL y RAÚL PIEROLA, “El cuento y sus claves'”, Editorial Nova, Bue- 
nos Aires. 

(2) EDELWEIS SERRA, “Estructura y análisis del cuento”, Revista de la Universidad 
Nacional del Litoral, Santa Fe, 1966, Nro. 68. 


pS 


final meditado, ni depender de un suceso singular y coherente, ni 
tender para nada a la generalización. 


“El cuento —para serlo— ha de presentarse como una estruc- 
tura unitaria, con plena solidaridad entre tema y expresión. El 
cuento es cuento no sólo únicamente por la narración de un su- 
ceso, de una acción o de un contenido, sino en tanto lo narrado 
es traspuesto en término de arte, independizado de una materia 
prima que deja de ser la misma para plasmarse en otra realidad. En 
otras palabras el cuento es un signo literario o creación verbal en 
íntima cohesión entre el significado y el significante constitutivos 
de aquél, o sea entre el plano del contenido y el plano de la ex- 
presión. El escritor de cuentos es un artista, un hacedor —como el 
poeta— porque no solamente narra un suceso, sino que lo forma, 
lo configura o crea verbalmente como una entidad subsistente por 
sí misma en el mundo del arte”. Más adelante dicho autor nos dice 
que cuento es el acto de narrar uma cosa única en su fragmento 
vital y temporal. Así como el poema poetiza una experiencia sin- 
gular e irrepetible, el escritor de cuentos está en posesión de un 
suceso que cobra forma significativa y estética en la fluencia lógico- 
poética de lo narrado. El estilo indirecto —incluso el estilo directo 
del narrador como protagonista, del monólogo interior o del mismo 
diálogo de los personajes, cuando los hay, —delatan al cuentista co- 
mo actualizador y trasmisor hegemónico y unívoco del suceso, al 
que no solamente expone, sino indaga en su problemática. Rescata 
el hecho, lo propone, lo escruta, lo explica definitiva, provisoria o 
fluctuamente, da su clave nítida o misteriosa, en fin, apuntando 
siempre con rigurosidad cognoscitiva-afectiva al asunto con máximá 
concentración e intensidad. 

Encuentra, además, que el cuento ha alcanzado caracteres 
propios desde los eximios narradores como Poe, Maupassant, Che- 
jov, Chesterton, Kafka y Buzzati, entre otros, quienes le han con- 
ferido cierto carácter conjetural, paradójico, existencial, llegando 
a adquirir proporciones muevas que lo alejan de su estructura tra- 
dicional y le otorgan otras dimensiones, todo lo cual tiene que ver 
con procesos semejantes que se han de sentir en otras esferas y en 
otros géneros, como así también en el cine. 


— 113 — 


Reflexiones finales sobre el cuento. 


El secreto del cuento es posible que se halle en las palabras 
con que Poe nos trata de explicar de qué manera debe haber ac- 
tuado el autor desde los comienzos mismos de su obra. Su tarea ini- 
cial habrá sido —aclara— la de concebir un cierto efecto, una sen- 
sación, un estado de ánimo, una verdad que desea transmitir a sus 
lectores. Ese resultado o consecuencia preconcebido por el escritor 
servirá de sostén a toda la narración, la que tendrá siempre como 
mira que ese objetivo final llegue con el máximo de intensidad al 
público. 

Concebido o ideado el efecto, el segundo paso consistirá en 
inventar el asunto o la suma de incidentes que conducirán a pro- 
vocar dicha sensación que el autor ha deseado transmitir. "Todo el 
plan estará subordinado a ese intento, de tal manera que podremos 
hablar del éxito del cuento en la medida en que dicho efecto haya 
llegado hasta los lectores. Un ejemplo aclaratorio lo podríamos bus- 
car en algunos de sus cuentos. Así en “El corazón delator” concibe 
Poe la intención de hacer sentir al público la carga insoportable que 
representa el sentimiento de culpabilidad, la frecuencia con que 
el causante de un hecho delictuoso no puede sobrellevar, sin con- 
fesarse, el peso de su desgraciada acción. En este caso Poe pone en 
boca del personaje el relato de pormenores del hecho y ni siquiera 
nos dice su nombre, porque lo que importa es el caso, el aconteci- 
miento en tanto los actores pasan a un plano secundario. 

El protagonista cuenta en primera persona, a manera de con- 
fesión, de monólogo frente al público, la forma en que cometió el 
crimen. El asunto es sencillo: un joven que vive con un anciano, 
en una casa de inquilinato, trama la muerte de éste y describe, 
más tarde, la forma macabra en que pudo llevarla a cabo, Poe se 
detiene en describir las menores acciones del asesino que cuenta 
con evidente sadismo todos los incidentes, hasta culminar con la 
muerte del anciano. Cometido el crimen, el autor entierra el cuer- 
po de la víctima debajo de las tablas del piso de la habitación. 

A la madrugada llegan dos policías advertidos por algún vecino 
que alcanzó a oír ciertos gritos proferidos por la víctima. El crimi- 
nal los atiende con corrección, contesta a todas sus preguntas y llega 


TM = 


a sentarse, con naturalidad, sobre una silla que ha colocado en el 
mismo lugar donde ha sepultado al anciano. Pero de aquí en ade- 
lante los acontecimentos se precipitan y nos llevan aceleradamente 
al final final previsto. El asesino comienza a percibir los latidos del 
corazón de la víctima. Al comienzo puede sobrellevarlos, mas bien 
pronto se tornan insoportables por su intensidad y el protagonista, 
trastornado y vencido por su mente enferma, nos cuenta que no 
pudo soportar la necesidad de confesar su culpa a los sorprendidos 
policías. Única manera de acallar aquellos latidos que lo marti- 
rizaban., 

Es evidente que Poe ha logrado con felicidad transmitirnos la 
sensación que deseaba, ese efecto que deja como resultado este 
cuento, en el cual el lector percibe la insufrible carga que significa 
mantener en secreto una falta tan grave. No debemos, sin embar 
go, confundir ese interés del escritor con la intención moralizadora 
que se albergaba en los cuentos del medioevo. Entre uno y otros 
media una gran diferencia; en don Juan Manuel se advierte siem- 
pre el propósito moralizador y a veces utilitario, en cambio aquí 
está latente el sentido último del acontecimento que se ha narrado. 

Esta particularidad que tiene el cuento de sugerirnos la gene- 
ralidad que traspasa el hecho o el suceso es, tal vez, la condición 
esencial que lo separa del relato. En éste no se adecuan los inciden- 
tes a un fin preconcebido y se los narra simplemente, mientras que 
el cuento logra su expresión más cabal y artística cuando logra, 
como saldo de su lectura, hacer sentir el efecto o la sensación que 
se fijara su creador. 

Desde este punto de vista podría negarse la condición de ver- 
daderos cuentos a algunas narraciones de Cortázar que no cumplen 
con la propiedad antedicha y donde —como en “El Perseguidor” y 
“Reunión” se evidencia muy claramente la presencia del personaje 
por sobre el suceso o los incidentes que se detallan. En esos casos 
estamos frente a simples relatos o reportajes y no delante de verda- 
deros cuentos. 

Aun en Kafka —cuya obra asume caracteres tan particulares— 
es perceptible que trata el acontecimiento, que en él cobra la índole 
de una situación, como un medio de expresar su verdad a los lec- 
tores. En “Una confusión cotidiana”, A y B —aquí tampoco inte- 


= 115 — 


resan para nada los nombres de los personajes—, luego de un pri- 
mer encuentro feliz jamás logran repetir ese éxito inicial. Lo que 
parecía ser una cita sin consecuencias se convierte en una confusión 
de resultados irreparables. La intención de Kafka es demostrarnos 
lo absurdo de nuestra existencia, hacer evidentes los imponderables 
que se interponen a nuestros deseos y la imposibilidad del hombre 
de gobernar los acontecimientos. 


Arnold Hauser (D que descubre una afinidad profunda de 
Kafka con el manierismo, hace algunas agudas reflexiones sobre las 
obras y el pensamiento del autor judío. Fundamentalmente nos 
dice que sus relatos no son ni símbolos, como los designa Max 
Brod, ni alegorías, como los domina Georg Lukacs, ni parábolas, 
como los llama Walter Benjamín, sino verdaderas metáforas que 
en su lenguaje indirecto nos dan una versión sorprendente de la 
realidad, aunque presentando los hechos de forma muda, sin co- 
mentarios ni glosas. “El contenido de las novelas y relatos de Kafka, 
el proceso interminable sin la formulación de una culpa, sin acu- 
sación ni posibilidades de defensa, el castillo inaccesible con sus in- 
numerables oficinas, sus porteros imútiles y sus puertas cerradas, el 
hijo que se transforma en un insecto y es despreciado y aprovechado 
por la familia, la construcción subterránea con su vacío y su si- 
lencio de muerte, todo ello son otras tantas metáforas del aislamien- 
to, de la alienación desesperanzada, de la distancia eterna, infinita 
e insalvable de todo sentido que pueda dar satisfacción y superar 


la duda”. 


En una síntesis final concretamos a través de una serie de pos- 
tulados las condiciones que creemos inherentes al género que estu- 
diáramos: 


1) El cuento es acontecimiento puro. Aun los títulos de mu- 
chas narraciones de este tipo lo revelan. El personaje es 
secundario a tal punto que en muchos casos su nombre no 
es imprescindible, 


(1) ARNOLD HAUSER, “Literatura y manierismo”, Ediciones Guadarrama, Madrid, 
1969. 


> 116 — 


2) Está ubicado en el pasado absoluto; es una forma cerrada, 
insular. Constituye por sí mismo una unidad y a diferencia 
de la novela no pierde interés ni envejece porque está fue- 
ra del tiempo corriente. 

3) La elaboración de un cuento supone haber previsto de an- 
temano un determinado efecto o un resultado con los que 
se pretende conmover o sorprender a los lectores. 


4) Todo cuento es generalmente breve e intenso; la erudición 
y las divagaciones entorpecen el relato. 


5) El cuento supone una técnica especial y la habilidad del 
narrador para disponer de tal manera los incidentes que el 
interés siga una línea creciente hasta llegar al prefijado 
final. 

6) Todo cuento tiene una intención demostrativa de la que 
carece el relato; intención que induce al lector a generalizar 
la fuerza que trasciende de los hechos. 

7) Muchos cuentistas modernos han reemplazado el suceso 
por una situación, a veces expresada en forma de una me- 
táfora total, y a través de la cual el lector participa de la 
intuición de quien la concibiera. 


LOS LÍMITES DE LA NOVELA. 


Se ha pretendido definir a la novela teniendo en cuenta su ex- 
tensión y se ha hablado de un número de palabras desde el cual 
la obra del creador puede asumir dichas proporciones. Y aun se ha 
querido ver una diferencia entre la novela española generalmente 
en un solo tomo y las de origen francés o alemán que es corriente 
se continúen a lo largo de dos o más libros. Pero, dejando de lado 
esta particularidad que no atañe a su esencia, debemos buscar su 
verdadera definición en otros atributos. 

Mariano Baquero Goyanes, (2 en su ensayo sobre este asunto, 
aborda en forma didáctica la tarea de reducir a términos precisos 


(1) “Qué es la novela”, Editorial Columba, Buenos Aires, 1961. 


= 117 — 


mucho de todo lo que se ha escrito en torno a este género. Señala, 
entre otras cosas, los argumentos expuestos por Ortega y Gasset en 
sus “Ideas sobre la novela”, donde distingue tres etapas fundamen- 
tales: la narrativa, la descriptiva y la presentativa, la última de las 
cuales sería una de'las formas de la novela moderna. 

Insiste en destacar el carácter de ficción que tiene toda obra 
literaria, entendiendo que el antor al escribirla está por encima de 
la intención simple de narrar una historia verdadera, por más que 
se apoye en datos fehacientes e incuestionables. Su labor consiste 
en presentar esos sucesos a través de un enfoque personal y en la 
forma de un asunto que, a pesar de ser ficticio, puede dar una 
visión más perfecta de una época que los simples hechos reales vis- 
tos aisladamente. Es decir que el género novelesco pertenece a la 
categoría de ficción, aunque palos lo duden considerando el sín- 
número de referencias a hechos reales que pueden aparecer en la 
narración. Nadie pintó, por ejemplo, mejor que Remarque las vici- 
situdes de los soldados en la segunda guerra mundial y sin em- 
bargo nunca el autor hace hincapié en que lo anecdótico sea total- 
mente real. Aun en las biografías noveladas donde indudablemente 
se recogen muchos datos verdaderos es visible que el autor no se ciñe 
con exclusividad a ellos y deja un margen librado a su imaginación. 

La definición se hace más difícil cuando se trata de fijar los 
límites de lo novelesco, + causa de que su flexibilidad es extremada 
y en ella cabe una abundancia de procedimentos como no ocurre 
en otros géneros, sin contar el hecho de que el escritor puede mane- 
jar el tiempo a su entera voluntad. El problema se agrava cuando se 
aprecia la enorme diferencia que existe entre la novelá de los siglos 
pasados y la que se cultiva en la actualidad. Ha sido corriente des- 
tacar que en aquélla el autor procede como un verdadero dios, ya 
que mueve a su antojo a los personajes y nuncá deja de indicar que 
es él quien nos está llevando de la mano en el relato. Se ha seña- 
lado, también, que raramente deja de proceder en forma cíclica, 
lineal, y sólo usa con frecuencia el recurso de interpolar. Así ocurre 
cuando Cervantes deja la historia principal para narrar un cuento, 
y, en otros casos, abandona el relato de una novela interior para se- 
guir a sus personajes principales y volver luego a retomarla. A estas 
Emptedtcas debemos agregar como particularidad de la “novela 


— 118 — 


tradicional que el conocimiento de la psicología de los actores no 
nace tanto de los hechos como de las observaciones del propio 
escritor. 

Destacada la omnisciencia y la rigidez del relato es importante 
precisar aquello que tiene que ver con la técnica narrativa y que va 
desde la presencia del relator hasta el hecho de delegar el asunto en 
un ¡personaje o en hacer que un mismo tema sea contado, fragmen- 
tariamente, por todos sus protagonistas. Incluso el novelista acude 
al diálogo directo y deja a los actores solos en presencia del lector. 

Mas lo importante ¡para nuestro ensayo es tratar de aclarar las 
diferencias entre el cuento y la novela, problema sobre el cual dice 
José Luis Vístori (2 en su ensayo: “Uno y otra son convenciones; 
aquél tolera esa especie de voz que refiere un suceso. Ésta quiere 
ser el suiceso mismo.” Y agrega más adelante: “El uso de la primera 
persona gramatical parcializa los hechos, situándolos en el punto 
de vista de quien relata, y en este caso el análisis resulta admisible, 
en tanto dependemos de lo que refiere un testigo que no puede ser 
desmentido y que ve o vive las cosas a su manera”. Porque existe 
una gran diferencia entre aquella forma y una novela en la que el 
autor aparece entre bambalinas, apuntando a los personajes, y don- 
de se cree obligado a hacer frecuentes explicaciones de los hechos 
que presenta, naturalmente, en tercera persona. 

También la narración en primera tiene sus riesgos si cae en 
el exceso de convertirse en una historia clínica en su afán de pro- 
Fundizar el análisis psicológico. La novela da a quien se interna en 
ella la libertad de elegir los procedimientos a los que quiere ce- 
ñirse; no tiene, además, las exigencias del tiempo que limitan el 
cuento, y, por otra: parte, permite al autor desviar la atención de 
los lectores hacia temas distintos del asunto principal sin que se 
quiebre esa flexible unidad que debe tener o conservar toda na- 
qración. 

Lógicamente, cuando hablamos de la novela, debemos tener 
cuidado en destacar si nos referimos a l+ de tradición por la que 
se expresaron los grandes clásicos, poblada de personajes convin- 
centes, y la narrativa moderna que pretende apartarse cada vez 
más de la ficción para presentar situaciones o casos donde los acto- 


(1) “La voluntad de realismo”, Edición Colmegna, Santa Fe, 1963. 


LEJANA (Cortázar), tinta por César Schepens 


— 121 — 


res se mueven dentro de un mundo que quiere ser tan real como 
sea posible. Es indudable que hoy se escriben menos novelas a la 
manera tradicional, sabiamente meditadas, novelas de creación o de 
imaginación como las de tantos autores del siglo pasado. En la ac- 
tualidad el escritor bosqueja, generalmente, un argumento con la 
intención de pintar una época, destacar un estado de cosas, probar 
una teoría o divagar sobre la condición humana a través de una 
pintura de ambiente, un análisis psicológico o un deambular de un 
tema a otro buscando lo grotesco o lo absurdo. 

Max de Montariol (» en un breve escrito sobre las dificulta- 
des de la novela, al referirse a que vivimos en una época de extre- 
mismos, recuerda una frase de Bonald: “La literatura es la expre- 
sión de la sociedad”, y agrega: “La obscenidad, la sordidez, la cru- 
deza que se reprochan a la novela de hoy son en gran parte la 
resultante de la lucha entablada por todos los derechos en rebeldía 
y los del sexo en primer término. Se dice que el novelista ha ter- 
giversado su misión que sería específicamente la de narrar his- 
torias, al escribir relatos con un trasfondo sociológico o filosófico. 
Puede ser. Aunque queda todavía por demostrar cómo podría desa- 
tenderse el novelista de los tumultuosos problemas sociales y mora- 
les de hoy, si ellos interesan a toda la colectividad y limitarse a crear 
mundos ficticios sin ninguna base real”. 

Quien encara con acierto esta distinción es Pierre de Boisdef- 
fie 2 cuando advierte que el escritor tradicional y algunos autores 
modernos como podría ser Mujica Láinez entre nosotros, se preocu- 
pa por el esfuerzo de creación antes que por dar testimonios; 'así 
ocurre con Balzac, Flaubert o Mauriac. Aquellos novelistas escri- 
bían en función de una arquitectura y producían obras organiza- 
das donde el autor trabajaba no sólo el argumento, sino que cui- 
daba en especial el estilo de las mismas. Tenía un destinatario: la 
clase media, que los leía y comprendía. Ese grupo se ha reducido a 
causa de hechos económicos y como resultado de las revoluciones y 
de las guerras. Le ha sobrevivido otro auditorio más crédulo y me- 
nos atento. Por otra parte la publicidad se ha apropiado del negocio 
del libro y de la misma forma que se impone un jabón de tocador 


(1) “Las dificultades de la novela”, diario “Clarín”, 4-2-1966, Buenos Aires. 
(2) “El escritor ante el mundo actual”, diario “La Nación”, 1-6-1969, Buenos Aires. 


— 122 — 


a las masas difunde una novela de tal manera que dirige la lectura 
del público, , 

Antes era el lector quien elegía, hoy es la propaganda quien 
se encarga de señalar las obras en boga, los grandes éxitos y como 
bien dice: “antes una obra se leía y se guardaba; hoy con muchas 
de ellas ocurre lo mismo que con un producto de consumo que uno 
arroja luego de haberlo utilizado”. El éxito del libro depende de la 
publicidad y a veces del escándalo. Por otra parte ya no existe esa 
conciencia de sublimación de la creación literaria. 

El mismo crítico pone como segunda causa el hecho de que 
los escritores hayan perdido la fe: “Balzac o Flaubert eran hombres 
totalmente justificados por sus obras”, veían en la literatura una 
forma de trascendencia y entre otros casos el sustituto de la sal- 
vación o una experiencia religiosa. En cambio el escritor de hoy 
ha reemplazado esa certidumbre por un pensamiento destructor. 
A la visión optimista tradicional le ha sucedido el desencanto y el 
nihilismo que ha proclamado aun la muerte de la especie. “La lite- 
ratura no es ya una actividad amable y frívola, esa fácil y placentera 
distracción simbolizada en una novela de Anatole France, por el 
contrario, se ha convertido en gran parte en la expresión de la 
angustia que oprime al hombre, en la especulación sobre el destino 
de la especie, y ha desembocado muchas veces en el absurdo y aun 
en la negación de toda solución satisfactoria”. 

Claro está que la afirmación del autor francés no puede ser 
aplicada en su totalidad ya que en la época actual nos enfrentamos 
con muchos escritores que siguen los caminos tradicionales, como 
Jorge Amado en la literatura del Brasil o tantos otros que tras una 
anécdota de lineamientos lógicos dejan traslucir sus pensamientos 
sobre temas políticos, filosóficos o sociales que interesan al hom- 
bre moderno. 

Es útil para enfocar los problemas de la novela en torno al tra- 
tamiento del tiempo la obra de Jean Pouillon. (» Este crítico ubi- 
cado en la corriente existencialista toma como ejemplos para su es- 
tudio las creaciones de Dos Passos, Faulkner, Stein y Simone de 
Beauvoir, y nos revela que el novelista se maneja a través de dos 


(1) “Análisis de la novelística” Editorial Paidós, Buenos Aires, 1970. 


— 123 — 


modalidades o dimensiones que son: la conciencia y el tiempo. Nos 
habla de una especie de dimensión psicológica que supone la visión 
real de los personajes lograda por la suma de imágenes, de visiones 
o impresiones que se logran en la novela al margen del tiempo. La 
dimensión psicológica de la obra está representada, pues, por todas 
aquellas reflexiones por medio de las cuales se profundiza la per 
sonalidad de los personajes. Esa visión escapa a la estima común 
del tiempo, que sería la segunda dimensión y que lógicamente in- 
volucra una “duración”, es decir el transcurso en el cual el autor 
sitúa los actores y desarrolla los acontecimientos. 

Pouillon, en el capítulo que dedica a Faulkner, cuestiona el 
fatalismo que agobia a sus personajes, el que no está de acuerdo con 
su punto de vista de la determinación interior que califica al ser 
humano, o sea la asunción de un destino personal libremente ele- 
gido y sólo trabado por la contingencia de la cual ningún mortal 
puede escapar. 

- Después de la primera guerra mundial y en coincidencia con 
fenómenos simultáneos que afectaron a la poesía y al teatro, apare- 
cen las teorías de Georg Lukacs (D que se encuentra en la con- 
fluencia de tres grandes corrientes del pensamiento alemán de su 
tiempo: el neokantismo de Heidelberg, las teorías de Dilthey y la 
fenomenología husserliana. Hacia 1914 escribe su famoso libro que 
recién habrá de aparecer en 1920 y donde hace una fundada ex: 
posición sobre el tema con hallazgos importantísimos, sobre todo si 
se tiene en cuenta que lo compone en una época cuando todavía 
no eran tan evidentes para los contemporáneos los lineamientos de 
la moderna novelística europea. 

Lukacs explica las diferencias entre la epopeya y la novela tra- 
dicional con respecto a la contemporánea, basándose en que el ser 
humano ha pasado a vivir una etapa diferente que se caracteriza 
porque ha perdido confianza en los antiguos valores. En otras pala- 
bras y a su juicio se ha derrumbado un mundo perfectamente con- 
formado. Asistimos al silencio de Dios o al hecho de que Dios nos 
ha abandonado. Sólo Dante llegó a describir lo paradójico de un 


(1) "Teoría de la Novela”, ediciones Siglo Veinte, 1966, Buenos Aires, 


- A 


mundo del niás allá perfecto y de eterna salvación frente al de acá 
proclive a la caída y al pecado, 

Durante ese período en que el hombre se siente amparado 
por una fuerza superior que ha ordenado el universo, la novela no 
significa una búsqueda, sino que se pierde en lo sentimental, en la 
aventura y en las andanzas del héroe. Son, según su criterio, cuen- 
tos de hadas, pues en ellas la trascendencia no es captada. Y agre- 
ga que la primera gran novela de la literatura universal aparece 
cuando el Dios cristiano comienza a abandonar el mundo en que 
el hombre se vuelve solitario. Habla de una religión en vías de 
apagarse. 

La narrativa tradicional, sentimental o de aventuras, ha re- 
nunciado a proyectarse fuera de sus propósitos primarios para re- 
ducirse a pintar una tensión social o a seguir las andanzas de su 
héroe. Se forja así la novela de entretenimiento que desiste de toda 
interioridad y de enraizarse en el mundo de las ideas. Representa 
una especie de conformidad del hombre con lo que le rodea, en 
tanto que la moderna muestra esa falta de adecuación entre el 
mundo interior y el exterior, cosa que ya puede apreciarse en el 
mismo Cervantes quien resuelve el conflicto dentro de su fe, pero 
que deja traslucir todo lo grotesco que ese choque significa, “El 
tiempo en que ha vivido Cervantes, dice Lukacs, fue el que asistió 
a la última floración de una gran mística desesperada, al esfuerzo 
fanático de una religión en vías de apagarse, para renovarse por 
sus propias fuerzas; el tiempo que vio desarrollarse un nuevo cono- 
cimiento del mundo. Es la época del demonismo en libertad, de la 
gran confusión de valores en el interior de un sistema axiológico 


aún subsistente. Y Cervantes, en tanto que cristiano fiel y patriota | 


ingenuamente leal, ha alcanzado la esencia más profunda de esa 
problemática en su obra literaria, la necesidad para el heroísmo 
más puro, de volverse grotesco para la fe más firme, de tornarse lo- 
cura, desde que las vías que conducen a la patria trascendental se 
han tornado impracticables”, 

Dada la fecha de su aparición, 1920, Lukacs no pudo conocer 
el “Ulises” de Joyce ni las producciones de Kafka, y sin embargo 
su ensayo constituye como una especie de presagio de aquéllas, El 
crítico se refiere exclusivamente a la que considera literatura no- 


= 125 — 


velesca, eliminando las formas degradadas, como denomina a las 
wlwas de entretenimiento. Sólo estima como verdaderas a las que 
muestran el antagonismo entre el hombre y el mundo y habla de 
ies tipos de narraciones: la idealista, la psicológica y la educativa. 
lin definitiva, a su juicio, el héroe de la novela es siempre un ser 
problemático porque, aun jgnorándolo, busca valores absolutos; mE 
húsqueda que progresa sin jamás avanzar, un movimiento que Lu- 
lkacs ha sintetizado en la fórmula: “El camino ha terminado, el 


pe : ; 
viaje comienza”. 


LA NOVELA CONTEMPORÁNEA. 


Joyce y Kafka, geniales autores de la literatura de nuestro 
siglo, han dado rasgos particulares a la narrativa y han desenca- 
denado de una u otra manera una serie interminable de imitadores 
que se han servido de sus actitudes y de sus innovaciones estilís- 
ticas. Ambos pueden situarse dentro de límites bien definidos que 
los caracterizan y los exaltan; el primero, creador por excelencia, 
en un argumento que puede reducirse a unas pocas líneas y en un 
espacio temporal casi idéntico al que lleva la lectura de la obra, 
nos atomiza en sus menores detalles las actividades de los prota- 
gonistas de sus novelas, introduciendo una serie de novedades que, 
si bien hoy se han hecho comunes, en aquel entonces constituían 


llamativos recursos. 


Joycé funda una estética nueva y parte de principios diferen- 
tes a los de la literatura de su época. En cierta ocasión expresó con 
respecto a su forma de escribir: “Nunca trato de embellecer mi 
obra con los estilos convencionales”. Juzgaba, además, como su- 
perflua a la crítica. El libro que le significó mayor fama apareció 
en 1922. La novela carece de acción en el sentido corriente de 
la palabra; sólo tiene extensos diálogos y largos soliloquios. El ar- 
gumento es simple: menos de un día en Dublín, un jueves 16 de 
junio de 1904. Dos son los personajes importantes, Esteban Déda: 
lus y Leopoldo Bloom, y tal vez tres con Molly, la esposa del último, 
y su extensísimo monólogo del final, 


— 126 — 


Juan Jacobo Bajarlía (” ya contaba siete formas de inconexión 
y seis estilos de vanguardia en el “Ulises”. Por ejemplo, nos en- 
contraremos con que Joyce, en tanto actúa el personaje, pasa a de- 
tallar lo que éste piensa. Fluye así sin conexión con lo anterior el 
mundo del pensamiento y las situaciones se entrecruzan. En otras 
oportunidades y cuando hablan dos personajes introduce lo que 
él está pensando, o lo que medita uno de los interlocutores, mien- 
tras parece escuchar lo que el otro dice. 

Opina Bajarlía que el mérito de Joyce, en cuanto al estilo, es 
el de haber querido crear la frase simultánea, la frase donde se 
viertan todas llas ideas sin sujeción al tiempo, o describiendo en un 
solo instante todos los objetos sometidos al órgano de la visión. 
Borges pone de manifiesto ese conflicto entre la aspiración del es- 
critor y la realidad, cuando en la página 190 de “El Aleph” expre- 
sa: “Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré 
sucesivo, porque el lenguaje lo es”, (2 

Otro de los recursos es el de las frases asociativas de tipo in- 
consciente o subrrealista cuyo fin es el de descargar la conciencia, 
cosa que ocurre con frecuencia en el “Ulises”. A ello hay que 
agregar la enorme cantidad de neologismos que aparecen en la obra, 
muchos de los cuales no tienen más que un fin onomatopéyico o a 
veces sólo el de juego o recreo. En la formación de nuevos vocablos 
pudo haber influido el futurismo, sobre todo en la soldadura de 
palabras, en las abreviaturas y también en esa especie de criptogra- 
mas que hacen tan difícil la traducción de la obra. 

En cuanto al fondo de la novela no podemos decir que tenga 
algo que von con la “Odisea”, sus personajes poco o nada tienen de 
común, salvo el hecho de que el autor cuenta todas las peripecias 
del protagonista hasta que regresa a su casa, luego de un día que 
nos parece sumamente accidentado y donde le espera su malhumo- 
rada esposa. Acaso el parecido mayor radique en que ambas no se 
inician con las andanzas del personaje principal, y así como la 
“Odisea” relata las aventuras de Telémaco, el “Ulises” describe lo 
que hace Esteban, un amigo de Bloom. 


(1) “Literatura de vanguardia”, Editorial Araujo, Buenos Aires, 1946. 
(2) Edición Emecé, Buenos Aires, 1962. 


—- 127 — 


Los hallazgos de Joyce son incontables: ha creado nuevos vo- 
cablos, ha construido una especie de palabra simultánea que trata 
de expresar un hecho de una sola vez, sin la tardanza de las ora- 
ciones a las frases y con la intención de despertar la sensación de 
inmediato, Es perceptible, además, en la novela, una contención 
del sentimiento, una tendencia a la extravagancia. No hay enjuicia- 
miento, sino que el autor se limita a mostrar, a exhibir a sus perso- 
najes a través de múltiples aspectos y dentro de una forma frag- 
mentada, dislocada, que se resiste al sentido por las continuas 
asociaciones y porque no sigue una línea temporal dado que se deja 
llevar por las conexiones, a veces arbitrarias, del pensamiento. La 
parte final de su obra es una especie de culminación de su estilo: 
un monólogo de la protagonista, un largo soliloquio, un dejar que la 
pluma siga el pensamiento, sin ningún signo, sin ninguna atadura 
ni freno, con total desnudez y realismo, y donde aparece el len- 
guaje coprológico que será corriente en algunos pasajes del “Ulises”. 

La influencia de Joyce es manifiesta en la mayoría de los auto- 
res contemporáneos que se han servido de algunas de sus innova- 
ciones; bastaría anotar cuánto le deben al “Adambuenosayres” y 
“Sobre héroes y tumbas”, en lo que respecta a las innovaciones es- 
tilísticas, para tener una idea clara de los alcances y la repercusión 
de la obra del autor irlandés. 

Kafka esgrimía una frase como símbolo de sus imútiles esfuer- 
zos por llegar hasta Dios: “La meta existe, el camino es lo que 
falta”. Esa imposibilidad vital de hallar ese vínculo que le permitie- 
ra conocer la Verdad, hace infructuosa su búsqueda y desemboca 
en el absurdo. La angustia que genera ese compromiso está patente 
en sus obras, tanto en sus cuentos como en sus grandes novelas 
que significativamente han quedado inconclusas. 

La misma angustia y una idéntica dificultad para encontrar 
el camino verdadero han cundido en la literatura europea contem- 
-poránea que se ha teñido del pesimismo que trasciende de las crea- 
ciones del autor judío. Kafka se condenó voluntariamente al si- 
lencio ante la imposibilidad de redimirse mediante la literatura, y 
él mismo expresa los pasos de su renuncia: “Primero me limitaré a 
Praga, luego a mi habitación, a mi cama, después a una determina- 
da posición del cuerpo, por fin a nada más. Tal vez pueda enton- 


=— 128 — 


ces zenunciar a la dicha de escribir. Lo que importa es hacerlo gus- 
tosamente”., 

Una de las características de su estilo es la formulación de 
antinomias que, al enfrentar conceptos contradictorios, van destru- 
yendo en forma progresiva el sentido de lo que se manifiesta. En 
ese aspecto dice Walter Falk (2: “Dos milenios y medio creyó el 
hombre occidental en la obra y en la posibilidad de poder superar 
lo malo del mundo y, sobre todo, el sufrimiento mediante el acto 
de la obra. Las experiencias de Kafka quitan la razón de ser a esta 
creencia, Con ello desaparece la esperanza sustentadora de la cul- 
tura occidental. Si Kafka tiene razón, entonces el hombre puede 
seguir creando obras, pero tan sólo como las figuras kafkianas, tan 
sólo como él mismo: como actos de la desesperación, como intentos 
para engañarse a sí mismo, carentes de fe y de esperanza”. 

Como manifestación de la búsqueda de nuevas fórmulas que 
permitieran renovar la fisonomía de la narrativa clásica, aparece 
en nuestro siglo la llamada novela objetiva, cuya trascendencia 
no ha superado la expectativa con que se esperaron sus resultados. 
La denominación, muy discutida por sus partidarios, nació de un 
artículo publicado por Roland Barthés a propósito de la primera 
novela de Robbe-Grillet, y ha sido repetida sin mayor análisis por 
la crítica. Sin embargo, el autor de “La jalousie” ha reclamado el 
carácter de subjetiva para su obra basándose en que los objetos 
cambian de forma y de tamaño según el estado de ánimo de 
quien los mira que sigue siendo el sujeto de la novela. Silvina 
Bullrich en un artículo sobre el género (2 expresa que: “La dife- 
rencia fundamental con la literatura a la que estamos acostum- 
brados es, en este plano, el camino inverso que siguen las sensa- 
ciones del protagonista y su falta de tendencia a lo íntimo, a lo 
confidencial”. 

La novela contemporánea se ha apartado de la tradicional sin 
postergarla definitivamente, y menos en los últimos años en que 
pareciera disminuida la corriente que Alberto Zum Felde 3? llama 


(1) “Impresionismo y expresionismo”, Ediciones Guadarrama, Madrid, 1963, pág. 250. 
(2) “El objerivismo: otra teoría de la soledad”, diario “La Nación”, 25-11-1963. 
(3) “La narrativa en Hispanoamérica”, Ediciones Aguilar, Madrid, 1964, pág. 26. 


—- 129 — 


de inmersión intuicional introspectiva en el oscuro mundo del 
subconsciente, ante una especie de compensación intelectual pa- 
ra evitar que el nihilismo de aquélla desemboque en la angustia 
total o la anarquía. 

Lo cierto es que a pesar de una rehabilitación parcial del as- 
pecto argumental y de la adecuación del personaje con el medio, 
la novela ha soportado una de sus más profundas crisis, la cual 
ha desterrado a aquellas obras preocupadas exclusivamente por lo 
formal, para poner en primer término la relación del protagonista 
con el mundo que le rodea, su circunstancia y su mensaje, 


LA CONQUISTA DE LA ENERGIA 


por GINO LOMBARDI 


Antiquísimas leyendas, inmortalizadas por los poetas griegos, 
nos presentan a Prometeo creando del limo de la tierra el primer 
hombre, dándole con la ayuda de Minerva, la prudencia de la 
liebre, la sutileza: de la zorra, la ambición del pavo real, la feroci- 
dad del tigre y la fuerza del león. Prometeo se aventura en las 
regiones celestes, robando a Júpiter el fuego que anima a los as- 
tros, para regalárselo a sus amigos los hombres. La ira y venganza 
del Dios es terrible, encadena a Prometeo a una roca, donde un 
águila roe permanentemente sus entrañas. 'El genio humano es 
simbolizado por Prometeo y sus sufrimientos, el rescate pagado 
por tal audacia. 

Este mito y otros similares, con que distintos pueblos tratan 
de explicar el origen del fuego, indican el valor que dio la hu- 
manidad primitiva a esta conquista, primera manifestación apre- 
ciable de energía a su disposición; en ella se encuentran en poten- 
cia todos los progresos de la técnica humana; desde sus comienzos, 
fuente de calor, protección contra las fieras, luz en las largas no- 
ches invernales y luego el nacimiento de técnicas nuevas como la 
alfarería y la metalurgia, en un uso coherente de un conjunto de 
procedimientos. 

Toscas armas e instrumentos, que proveen a su defensa, ali- 
mentación y vestido, obras de la particular anatomía de su mano, 
con pulgar oponible, guiada por la chispa divina de su inteligencia, 
permiten a un ser indefenso, sin garras, sin colmillos, sobrevivir 
en un medio tremendamente hostil y perpetuar su especie, 

Sin embargo, el progreso es de una lentitud desesperante;. 


— 132 — 


si con la certeza del análisis radioactivo, la impronta del hombre 
cn su medio habitat es fijada en un millón de años y se repre- 
senta en una escala de un metro de longitud, los últimos cinco 
milímetros cubren desde la época de los faraones hasta nuestros 
días... y los últimos doscientos años, están representados por sólo 
dos décimas de milímetro. 

Es que debe llegarse al siglo XIX para que la investigación 
sistemática de los fenómenos naturales, reemplace al empirismo y 
se den las condiciones ¡para iniciar el gigantesco salto tecnológico. 

Es el tiempo en que la perfeccionada máquina a vapor de 
Jaime Watt, permite a Stephenson preparar la epopeya de la loco- 
motora, que en las primeras décadas del siglo pasado, transforma 
los medios de comunicación, impulsa la siderurgia y despeja el 
camino para que pueda cristalizar la audaz idea del ingeniero 
francés Lenoir, de utilizar como energía motriz, la explosión en 
un cilindro, de una mezcla de aire y gas de alumbrado. Corría el 
año 1860 y casi simultáneamente un simple obrero: Zenobe Gram- 
me, construye la “dinamo” con un dispositivo de “arrollamiento” 
y conexión que permite obtener el efecto más intenso de la acción 
recíproca de las corrientes y los imanes. En la exposición de Viena 
de 1873, se descubre de modo casual, que la dinamo de Gramme 
era en realidad una máquina reversible que podía emplearse como 
motor. 

Si los descubrimientos trascendentales fueron obra de la ca- 
sualidad, aprovechada por espíritus despiertos o de la intuición, 
aplicada con tesonera constancia; la practicidad, universalidad e 
innúmeras aplicaciones, surgen del perfeccionamiento logrado por 
la investigación científica, aplicada a cada etapa del desarrollo 
tecnológico. 

Quizás, debe buscarse en los logaritmos de Neper, en las le- 
yes del movimiento de Newton o en el cálculo infinitesimal de 
Leibnitz, el origen de la verdadera revolución que condujo a la 
humanidad al siglo del maquinismo. * 

La conversión de la energía desorganizada: calor, en energía 
organizada: trabajo, es interpretada ¡por la nueva ciencia Termo- 
dinámica, fijándose desde el célebre teorema de Carnot, la direc- 
ción del perfeccionamiento de las máquinas térmicas. 


— 133 — 


Y también sobre bases matemáticas, es en este siglo que se 
cimenta el portentoso desarrollo de las aplicaciones de la electri- 
cidad y las radio-ondas, son los trabajos de Ampere: “Memorias 
sobre la teoría matemática del electromagnetismo” del año 1823, y 
los sistemas de ecuaciones diferenciales de Maxwell, presentadas 
en su trabajo: “Magnetismo y electricidad” en el año 1864; aplica- 
bles al ambiente perturbado electromagnéticamente. Maxwell, que 
muere prematuramente, no alcanza a ver su genial concepción, 
confirmada pocos años después por los experimentos que Hertz 
realiza en Alemania. 

Y cuando alborea el siglo XX, se producen dos descubrimien- 
tos inesperados: el cuanto elemental de acción de Max Plank y 
la radioactividad por Antonio Becquerel. 

El descubrimiento de Plank fue una de las más grandes sor- 
presas de la historia' de la “ciencia, en evidente contradición con 
todos los conocimientos de la época. Toda la física fundada sobre 
la continuidad de los procesos físicos, debía recomenzarse por 
completo. Y así podrán explicarse con las ideas de Plank: el efecto 
fotoeléctrico, extraña conexión entre el color de la luz incidente 
y la velocidad de los electrones emitidos; podrá Niels Bohr 'elabo- 
rar la concepción planetaria del átomo y descifrarse por primera 
vez un espectro, vale decir, las líneas brillantes o negras que se 
observan cuando se descompone la luz de una fuente gaseosa, 
ya sea por la emisión o absorción de cuantos luminosos. * 

Rutherford, físico contemporáneo de Plank, utilizando una 
fuente de partículas rápidas, emitidas ¡por una sustancia radioac- 
tiva, las deja caer sobre una hoja metálica delgada y encuentra 
que en ciertos casos, las partículas alfa eran difundidas hacia 
atrás. Rutherford expresaba: “es el acontecimiento más increíble 
que me ha tocado vivir, tan increíble como si viera una bala de 
revólver rebotar contra una delgada hoja de papel, volven atrás y 
herirnos”. El cálculo matemático confirma la única explicación: 
admitir que la masa del átomo está concentrada en un núcleo de 
ínfimas dimensiones. 

La repercusión del cambio de ideas científicas, la comproba- 
ción de que los elementos del Universo no son inmutables, fijos, 
definidos, lleva a María Curie a expresar: “Los filósofos no tie- 


> ho 


nen otra alternativa que recomenzar la filosofía y los físicos la 
física”. 

Luego de fructíferas décadas en que innumerables científicos 
acrecientan con sus trabajos el cauce y el aporte al caudal de cono- 
cimientos, se lega al año 1934: Fermi y sus colaboradores inves- 
tigan la acción de los neutrones sobre el uranio y el torio; espera- 
ban que por absorción de neutrones se produjeran elementos trans- 
uránicos. Los hechos observados eran complicados y los resultados 
desconcertantes. Además de elementos transuránicos, algo más es- 
taba ocurriendo... 

Poco se avanzó hasta 1939, en que nuevamente Fermi hace 
hincapié en que si se emitían suficientes neutrones, se podía pro- 
ducir una reacción en cadena en una cantidad suficientemente 
grande de uranio, 

Poco después Einstein y Alexander Sachs, presentan un pro- 
yecto 'al Presidente Roosevelt; se forma el Comité del Uranio y se 
inician los trabajos para obtener en grandes cantidades el isótopo 
U-235; material fisionable capaz de producir reacciones explo- 
sivas. 

En Diciembre de 1942, en la Universidad de Chicago, se 
realiza por primera vez una reacción nuclear automantenida en 
una pila de uranio grafito. De esto a los reactores de producción 
de Hanford y a las bombas de Hiroshima y Nagasaki es historia 
conocida. 

Soslayando el estremecedor aspecto de la apocalíptica poten- 
cia destructora de la energía atómica, que actualmente disponen 
en su arsenal las super potencias, centrada la fe en el dominio 
de la razón, se avisora una era extraordinaria, de insospechadas 
posibilidades, por el dominio de una energía inagotable: 1 kilo- 
gramo de uranio 235 equivale a a: 000 de toneladas de carbón 
de piedra. 

La industria de la potencia nuclear está aún en su primera 
infancia, pero en ¡pocos años será la fuente iprincipal de energía en 
el mundo. y 

Simultáneamente, la producción de radioisótopos, brinda a 
la ciencia en la actualidad, materiales baratos y abundantes para 
ser utilizados como marcadores, en procedimientos ya de rutina en 


.— 135 — 


numerosos campos. Un material radioactivo trazador puede seguir 
el comportamiento de un material a través de una serie de mani- 
pulaciones físicas o químicas, efectuando el control por electros- 
copios o contadores de gran sensibilidad. 

Aún. quedan alucinantes posibilidades en esta epopeya: de la 
osada conquista de la energía. Los científicos están trabajando ya 
con resultados a la vista, sobre la idea de formar elementos más 
pesados a partir del hidrógeno, llevando a escala industrial en 

*pilas de fusión”, el proceso de transformar el hidrógeno en helio, 
PA aniquilación de parte de la materia y producción de energía. 
Es el proceso de la bomba de hidrógeno realizado en forma útil, 
controlada; la energía liberada es de una magnitud «asombrosa: 
Si el hidrógeno que contiene ¡el agua que cabe en una taza de 
té se convierte en helio, se libera una energía equivalente a 3.000 
toneladas de carbón, suficiente para calentar una pequeña casa 
durante 400 años o impulsar cien automóviles alrededor del mundo. 

El astrofísico se explica estas cosas, o mejor dicho, le permite 
comprender cómo se imantiene la temperatura de las estrellas, La 
aglomeración del hidrógeno en elementos pesados, proceso me- 
diante el cual, el sol que emite 4.000.000 de toneladas de radia- 
ción por segundo, podrá seguir suministrando energía aún miles de 
millones de años. 

El ser indefenso, sin garras, sin colmillos, se ha ubicado en 
el centro de la creación, pero ¡paradójicamente siente su gran- 
deza y su pequeñez, tanto en lo físico, como en lo moral, Ya en- 
foca su radio telescopio a los confines del «universo y puede oír 
aún los cataclismos cósmicos del génesis alejados con las galaxias 
a decenas de miles de millones de años luz, o va al otro extremo 
de la escala, a la ínfima pequeñez del átomo, de asombro en asom- 
bro, en ese microuniverso, donde medran las partículas sub-ató- 
micas más extrañas, donde se habla de discontinuidad del espacio 
y se duda de la del tiempo, de la aniquilación de la materia o de 
su reconstitución. 

- El pensamiento científico que al decir de Poincaré: “es un 
relámpago en una larga noche, 'pero ese relámpago es todo”, 'es el 
que ilumina el sendero del''hombre en pos del escurridizo horizon- 
te de los misterios de la creación. 


El enorme poder que le confiere poseer el control de cósmi- 
cas fuerzas, enfréntale con la posibilidad de su autodestrucción, 
aparejada con la pérdida del sosiego espiritual, la despersonaliza- 
ción y sumisión en el uso y dependencia masiva de las máquinas 
y robots de su invención. 

Vive la angustia de Prometeo, apoderado del fuego celestial 
que mueve los astros, pero como las aves de rapiña que roen las 
entrañas del Titán encadenado: el egoísmo y la injusticia, en es- 
cala mundial, no permiten a todos los pueblos, agobiados por el 
hambre, las guerras, el atraso, participar en la abundancia de bie- 
nes que canalizados a través de los logros de la ciencia y la técnica 
están dispuestos en renovada e inagotable magnitud por la pro- 
vidente previsión del Creador. : 


ROSA MARÍA SOBRÓN DE TRUCCO 


INTERIORIDAD 


Fue primero un azul entristecido. 
Un barco anclado en prófuga ribera, 
Gaviota con anhelo repartido 
entre cuerpo de otoño y primavera. 


Fue después la quemante algarabía 
de un sol alucinante y sin espera. 
La pasión vertical del mediodía. 
La fatiga, el temblor que desespera. 


Y entre azules y rojas ansiedades, 
asomando de pristinas edades, 
palpitante de amor en tibia danza, 


llegó la caridad de la alegría. 
La certeza de Dios, que florecía, 
verde el paso, segura la Esperanza. 


MUCHACHA RIBEREÑA 


Cuando la lacia luz del azabache 

se demora en tu pelo, 

grávidos camalotes viajadores 

te envidian desde lejos. Quisieran 
ser el trono del esquivo 

perfil de tu sonrisa. 

Tremolar en tu cuerpo amorenado 
por el sol de la vida. Descifrar el enigma 
que amochece tus ojos, 

trazados en la cara 

por la frágil caricia de algún pez 

o el alto resplandor 

de alguna tarde 

sin fecha y sin destino. 

Juguetea un asombro nuevecito 

en tus manos de noche iluminada, 
mientras remas el viaje de tus sueños, 
cada día temprano 

y siemipre tarde. 

Mientras miles de ocasos se deshojan 
en roja languidez sobre tu alma... 
Estampas tus afanes silenciosos 

en cada ramo de agua. "Te despeinas 
en verde pajonal, 

a cielo ábierto desplumado en garzas. 
Ignoras la ambición horizontal 

de las muchachas ciudadanas, 

pues flamea en tu piel 

la clara luz de verticales resonancias. 


Suerte de virgen criolla me pareces, 
encendiendo la lámpara 

tras dioses escondidos 

en el verdoso corazón del agua... 


Hilacha de la isla que te crece 
gota a gota. 

Muchacha aceitunada 

con algo de rocío y de durazno, 

de miel silvestre y de fogata, 
recoge la ancestral pureza Íntima 
del viejo Paraná 

que te resguarda de metálicos odios. 
Y proclama 

para todos los seres que te amamos, 
esa dulzura inédita y clarísima 

que te ha ganado, filo a filo, el alma. 


ROSA MARÍA SOBRÓN DE TRUCCO. — Nació en la ciudad de 
Nogoyá, pero reside desde hace mucho en Victoria donde ejerce la enseñanza 
secundaria y desempeña, actualmente el cargo de vicedirectora de la Escuela 
Normal. “La espera iluminada”, aparecida en 1964 significó su incorpora* 
ción definitiva al mundo de las letras y sirvió ¡para poner de manifiesto la 
singularidad de su lirismo. Además de los libros de poemas que ha escrito, 
Rosa María Sobrón de Trucco, incursionó con notable éxito en el campo de 
la crítica, destacándose su trabajo sobre Gaspar L. Benavento que mereció la 
distinción de las autoridades provinciales. En 1970 aparece “La estación”, 
notable demostración de sus condiciones en la marrativa que comprende una 
serie unida de relatos donde revive episodios de su niñez en el escenario de 
la pintoresca y lugareña ciudad que le viera nacer. “La estación” ha sido 
recibida muy elogiosamente por la crítica que ha destacado la pureza de los 
valores que la destacan. “Muchacha ribereña”, una de sus últimas poesías, 
incluída en muestra revista, habrá de formar parte de un próximo libro de 
versos que, sin duda, acrecentará los méritos de sus entregas anteriores, 


PERSISTENCIAS TEMÁTICAS DE LA 
LITERATURA ENTRERRIANA 


1% PARTE 


por HÉCTOR CÉSAR IZAGUIRRE 


Olegario Víctor Andrade, el poeta profético y grandilocuente 
que cantara el himno heroico a la grandeza sanmartiniana, reavi- 
vara en sus versos el mito prometeico y exaltara el porvenir de la 
raza latina, regresa un día al rincón donde transcurriera su infan- 
cía. Y al reencontrarse con todo aquello que consideraba perdido, 
deja a un lado su lira estridente para permitir que los recuerdos 
se deslicen serenos, como esa brisa o esos murmullos tenues que 
acompañaran su niñez provinciana: 


Todo está como era entonces: 
la casa, la calle, el río, 

los árboles con sus hojas 

y las ramas con sus nidos. 


Todo está, nada ha cambiado. 
El horizonte es el mismo; 

lo que dicen estas brisas 

ya otras veces me lo han dicho! 


Andrade no podía imaginar —al expresar poéticamente ese 
reencuentro con su tierra—, que abriría para la literatura provin- 


a HE 


ciana una serie de sendas, ricamente transitadas por las posteriores: 
generaciones. 

Persistencias de temas —aclaramos— que no han ahogado la per- 
sonal cosmovisión de sus escritores, concretada a través de una ri- 
queza de matices que escaparán a la índole de este trabajo, que 
intentará, por el contrario, indagar hasta qué punto Entre Ríos, 
con su particular geografía, su prolongada gesta heroica, su es- 
tructura socio-económica y la idiosincrasia de sus habitantes, ha 
eravitado en la obra de sus escritores. 

Y al comenzar esta búsqueda deberemios recordar que toda 
selección implica una dolorosa mutilación, de la que sin embargo 
no podemos escapar. 


El paisaje en la literatura provinciana. 


“La Vuelta al Hogar” de Andrade se inicia con una enume- 
ración que menciona a la casa y a la calle pueblerinas, pero de 
inmediato surge la presencia del río, “de los árboles con sus hojas 
y las ramas con sus nidos”... 

Y la poesía se puebla entonces de sauces nostálgicos, de sei- 
bos que lucen sus collares de topacio, de piadosas enredaderas y 
toscas achiras. 

Es que Entre Ríos es paisaje ceñido por cordones fluviales 
que la enlazan y aíslan, paisaje sereno y policromo que asciende 
por la suavidad de las lomadas, se desliza espejeante en sus riachos, 
y se detiene parcialmente en el suburbio al que llega sin embargo a 
través de cercos, plazas y baldíos. “Las casuchas se aburren de 
mirar el paisaje” dice Mastronardi en una de sus poesías. Y la si- 
tuación llega hasta nuestros días: “Recuerdos de Paraná” de Sadí 
* Grosso nos habla de esa continuidad del campo en la ciudad, que 
a pesar de su progreso aún permite vislumbrar praderas desde el 
centro: 


Mi ciudad tiene colinas; 
vienen del campo a ondular; 
en vez de trigo son calles, 
y esas calles son mi hogar. 


co A 


Martínez Segovia —“Pregón y Canto” para su tierra— ya pu- 
do, sin embargo, observar ese largo distenderse de la ciudad que 
agobia al viejo “Boulevard Alsina” con sus barrios extendidos que 
no han respetado el freno artificial de su cemento: 


Boulevard Alsina, límite de pueblo 

por donde, asombrada, sale la ciudad. 
Boulevard Alsina por donde entra el campo 
con su simple y noble candidez rural. 


Derramando barrios, chorreando el asfalto, 
lenta... lentamente vas quedando atrás. 
Tú que eras cintura, límite de pueblo 

á vas siendo adornado para ser collar. 


Y cuando la ciudad pareciera agobiar con la rigidez estática 
de sus casas alineadas, surge el sueño lila del jacarandá para ale- 


grarla. Así lo siente Carlos Alberto Alvarez: 


De flor lila se ha vestido 
la gracia de Paraná, 

y una muchacha acostada 
se me antoja la ciudad, 


una muchacha dormida 
—lila en la flor de la edad— 
toda graciosa y curvada, 
durmiendo a todo soñar. 


En feliz coincidencia Poldy de Byrd asocia su infancia en 
Paraná con el mismo lila, que tornaráse azul para María Ruth 
Fischer; azul como ese aire que también se cree jacarandá... 

Y en ese despertar feliz de naturaleza que invade la ciudad, 
sufre Ana Teresa Fabani su soledad que la impulsa a aprisionar 
en su seno a la noche confidente: 


me Ti 


Por toda la ciudad se dice el alba 
y en todas las colinas se despierta. 
Sólo en mi corazón nadie la salva 
de ser pálida luna descubierta. 


Por toda la extensión se anuncia el día 
y en todos los caminos se agiganta. 
Sólo en mi corazón que nadie guía 
crece la soledad como una planta. 


Desde esa angustia vegetal de la poetisa uruguayense podría- 
mos trasladarnos en tiempo y distancia, a la naturaleza agreste que 
fuera compañera de la infancia de Martiniano Leguizamón. 

Allí encontraríamos los juegos de luces y contrastes de colo- 
res que matizan sus relatos de “Recuerdos de la Tierra” y las prin- 
cipales situaciones de “Montaraz”. 


Una oscuridad lentamente vencida por efluvios luminosos, 
que chisporrotean, se complementa con la exaltación del sol lla- 


meante de Diciembre, que se refleja en pastos que semejan lente- 
juelas, Otras veces, la masa plomiza de la creciente cubre de un 
vaho misterioso a esa naturaleza sorprendida, que ve cubierta de 
plata oscura sus bajíos... 

En esos momentos, las lomadas acallan sus rumores: algún 
aleteo desesperado cobra tono dramático en el sosiego de la noche 
circunstancialmente alterada por chirridos metálicos de insectos. 

Allá en la lejanía, mientras tanto, la luz pareciera dormirse en 
la grandiosidad sombría de Montiel, cubierta de ramajes y mallas 
de enredaderas. 

Esa Selva de leyenda es, en nuestros días, gótico latido ve- 
getal para Luis Gonzaga Cerrudo, que así la viera: 


En la voz primitiva de los montes 
hay un verde sonido de campana, 
catedrales de fronda provinciana 

en un sueño de agujas y horizontes 
sobre la ronda azul de la mañana. 


— 145 — 


Latido vegetal y sin distancia 

donde el claro cuadrante de la infancia, 
midiendo la estatura de otro tiempo, 
hizo imágenes puras, conmovidas, 

del éxtasis eterno de sus vidas 

que son como de santos en un templo. 


Sin embargo, ese Montiel, que un día viera transitar las hues- 
tes de los caudillos provincianos, será para Delio Panizza símbolo 
señero de una Entre Ríos heroica. Coincide Guillermo Saraví, en 
su poema “El Supremo Entrerriano”, con esa visión de la Selva 
que aún sueña destinos de gloria y escucha bramar en su interior 
a los manes de la tribu vencida... 


Duerme Montiel su sueño milenario. 
Los Ríos con sus hálitos más frescos, 
halagan al Cacique solitario 

como dos abanicos gigantescos 

que fueran dos barreras naturales 

de la heredad, y a ras de cuyas olas 
los discos de las lunas estivales 
brotan como tremendas amapolas. 


En esa espesa ramazón por donde circulan oscurecidos arro- 
yos, han encontrado refugio los matreros que ya “Montaraz” con- 
signa. Junto a perros cimarrones, las lianas y enredaderas enlazan 
los árboles a su destino salvaje: allí encontrará asilo el legendario 
“Calandria” que llevara a la escena, a través de Martiniano Le- 
guizamón, toda la astucia y habilidad aprendida en ese medio 
agreste que, años más tarde, recibiría con la misma hospitalidad 
a los errantes fugitivos que deambulan perseguidos por la justicia, 
en las páginas de “Montielero”, la novela de Manrique Balboa. 

Precisamente en esa obra, pacíficos troperos se entrecruzarán 
con matreros y policías bravos, de un tiempo heroico en que la 
historia podía escribirse en el lomo arisco de un caballo... Sin 
embargo, los capítulos finales de “Montielero” ya registran el len- 


a Hb 


to avance de la agricultura que alambra campos, o desmonta y ara 
a esa tierra virgen. 

Desde ese mítico Montiel nuestra visión se dirigirá a los bajos 
y pajonales que la sagacidad de Fray Mocho llevara a la literatura 
a través de “Tierra de Matreros”, submundo entrerriano en donde 
la civilización se ha detenido ante esas formas primitivas de vida, 
surgidas entre bañados y montes, que parecieran anticiparse, a tra- 
vés de esos desterrados, a los relatos misioneros de Horacio Quiroga: 


“Si no fueran los hombres de temple que son, no podrían 
soportar esta vida llena de privaciones y miserias, luchando 
con la muerte, momento a momento: son libres pero no pue- 
den salir de esta cárcel de paja y agua que han elegido vo- 
luntariamente. ¡Qué fisonomías las que se encuentran, qué 
caras lombrosianas, qué miradas torvas, qué cabezas deformes!”. 


Allí vive Aguará, que matiza bañados con esporádicos viajes 
a Buenos Aires; primitivismo con lecturas de Pierre Loti... 

No muy lejos de esos bajos que describiera Fray Mocho, en 
el centro de la isla del Pillo, “en la margen derecha del arroyo de la 
Camiseta, se levanta la pulpería del vasco Zubizarreta”, centro 
obligado de reunión de los personajes de “El país de los chajás” 
del padre Spiazzi —“Martín del Pospós” para el mundo de las le- 
tras—, que reitera en nuestro siglo aquellos temas que el colorido 
descriptivo del uruguayo Marcos Sastre popularizara en el Tempe 
Argentino, y Fray Mocho continuara con las tonalidades realistas 
ya comentadas. 

En ese mundo, el tiempo tiene una dimensión distinta: es que 
el pajonal, el barro costero y las aguas turbias no tienen la urgencia 
urbana. “Todos parecieran obrar como esa singular Doña Cruza 
que demora durante toda una mañana al forastero con esta tran- 
quilizadora frase: “enseguidita momás va a cáir don Clemente”, 
sin observar que las horas van dilatando una espera que culmina 
cuando la paciencia ya no tiene argumentos para soportarla, 

Desde esa pulpería, podríamos llegar a las islas que frente al 
Paraná constituyeran el mundo poético de Reynaldo Ross, a quien 
así evocara Alfonso Sola González: 


e NS 


Detrás de la isla Puente tus manos posos 
no enseñarán ya nunca 

el esperado paso azul del camalote, 

y la vieja madera de un bote andará sola 

sobre el agua de siempre, entre las voces 

de los que te quisimos, Reynaldo, y te llamamos 
cuando la muerte cruza las pacíficas islas. 


Es que Ross compartió distancias con los pájaros y con ellos 
pudo observar cómo el horizonte se fundía en el río, cual prolon- 
gado azul navío. Y en ese mundo de calladas voces, que también 
recordara Mastronardi, encontraríamos a José María Díaz, maestro 
de escuela flotante que un día se deslizara hasta Paraná, sin poder 
olvidar ese ritmo azul de las tierras puras: 


En el celeste río está mi vida, 
mi corazón en remos ya reposa. 


Y esa persistencia de los temas fluviales en nuestra literatura, 
cuya explicación resulta innecesaria, no se detiene en las islas del 
Paraná, que según Carlos Alberto Alvarez viven sueños de barcos, 
en su quietud, sino que se prolonga fraternalmente hacia la franja 
oriental del territorio, en ese Uruguay que dormita junto al rumor 
de islas que irrumpe en los sueños de Jorge Enrique Martí para 
transportarlo al mundo de su infancia. 

Con ese mismo Uruguay monologa Emma de Cartossio que 
espera reencontrar allí el ceño adusto de su abuelo... 

Don César Blas Pérez Colman en su ya clásica Historia de 
Entre Ríos, señala que tres elementos esenciales y dos secunda- 
rios priman en la conformación del territorio provincial. Ellos son 
los grandes ríos circundantes, las cadenás de colinas y la enorme 
red fluvial interior. Los secundarios, por su parte: la gran selva 
de Montiel y el delta del Paraná. 

Una simple confrontación de esa geográfica enumeración con 
los temas hasta ahora considerados nos muestran, no sólo la espe- 
rada coincidencia sino también la gravitación esencial que el paí- 


A 


saje ha tenido en el hombre entrerriano que la ha reflejado en su 
expresión creadora. : 

Elio Leyes ha sintetizado perfectamente esa relación eta 
del provinciano con su tierra: “Aquí, en esta provincia, el terrón 
del erial fue mudado bien pronto en sementera; como el potro ci- 
marrón luego de ser vehículo de montoneras, tiró el carro y el 
arado, Ese terrón ¡había servido para revestir antes el rancho. El 
rancho de terrones se hizo aula, en la urgencia de los hombres de 
gobierno por dar tedhos ¡para la alfabetización. Queremos decir 
que la faena agraria devino aquí tempranamente escuela y no hay 
que extrañarse de que los entrerrianos junto con las primeras co- 
sechas de granos, obtuvieran el agraz del silabario y la base de la 
suma, la resta y la multiplicación. En el corazón de Montiel, 
cuando aún dialogaban el ululato de los montoneros y el bramido 
del puma, ya podía oírse alternando al menos la lección de geo- 
grafía, la explicación de los fenómenos celestes y un cómputo de 
los tiempos, con sus. hechos más salientes”. (D 


la gesta del arado. 


Desde ese reencuentro del hombre con el paisaje que, como 
afirmara Mastronardi, se caracteriza en nuestra literatura “por la 
concisión de sus trazos y la sobriedad de su colorido”, (2 podría- 
mos acercarnos al drama humano de las “Tierras Blancas” de Juan 
José Manauta que suponen un paréntesis trágico al esplendor ve- 
getal de Entre Ríos. Allí encontraremos suelos erosionados, yer- 
mos, résecos. Tierras sin brillo, gomosas, que pueden incitar al ar- 
tista pero que desvelan al hombre. 


“No el apetito, sino el hambre; el hambre de los árboles que arrigan 
en la tierra y la de los peces que los lleva a remontar el río. 
El Hambre de Odiseo, el hambre de la luna que gira y la de las 


escarchas del invierno. 


(1) ELIO C. LEYES: “Esencia de lo entrerriano”, Anuario “El Diario”, Paraná, 1964. 
(2) CARLOS MASTRONARDI: “Formas de la realidad nacional”. Ediciones Cultu- 
rales del Ministerio de Educación, 1961. 


— 149 — 


El hambre de los picaflores y la de los granos aventados por el 
labriego. 

El hambre de los corderos de setiembre y la de los recién nacidos. 

El hambre de los seres oscuros de la tierra. 

El hambre de los ríos que desembocan en el mar y la de los vientos 
de marzo que traen la lluvia para el trigo, 

El hambre muerta de las tierras blancas y la de las cosechadoras 
pagadas y enmohecidas. 

El hambre de las cosas viajeras: golondrinas que vuelven y ca- 
malotes con collares de luz. 

El hambre, el hambre de la tierra vieja y misternal, asesina, jugosa 
y obediente”. 


Esas “Tierras Malditas”, vanamente aradas, que parecieran 
petrificar las semillas, aparecen también en la obra poética de Be- 
navento y de Juan L. Ortiz. Y la poesía se nutre entonces de sutil 
téma social que tecuerda, en la voz de Ortiz, a los pobres desplaza- 
dos que vegetan en los altos barrancos, donde una piadosa natura- 
leza cubre sus indigencias: 


Ellos están allí entre las altas barrancas 
En lo hondo. Ellos viven allí. Con el sueño amenazado 
y un posible abrir de ojos aún más trágico que el de las albas 
Po [habituales 
sorprendido en su inocencia por un ico todavía más 
[incomprensible. 


Ellos están allí porque solamente allí pueden estar 

Porque solamente allí pueden plantar sus latas y sus lonas. 
Olvidados como los otros, desconocidos como. los otros, 

los del horror lento o rápido o brutal de aquí o de allá... 


Y el tema se renueva en “Adiós a las ciudades y otros poemas” 


de Gloria Montoya de Daneri: 


El rancherío suspira un eterno amanecer que no amanece 
con la paja ardida de ilusiones 


— 150 — 


que mueren con cada luna y renacen con todos los soles 
que vienen de siempre y desde siempre mueren. 

calman las costas sus gargantas resecas 

con un sorbo de río amodorrado 

retornan los deshilachados con su pesca y su red 

a su eterna cena de pescados. 


Otras veces, esa naturaleza normalmente amiga se desata en 
temporales, y entonces el tranquilo arroyo obliga al hombre a de- 
mostrar su baquía, ya para salvar sus animales, ya para contemplar 
resignado —como en el relato La Creciente de Gudiño Kramer— el 
impulso vital de las fuerzas desatadas. Otras veces, la contingencia 
descubre, tal como sucede en el cuento “Apenas vivir” de Arnaldo 
Cruz, la sorpresiva hospitalidad de seres solitarios que hasta ese 
momento sólo despertaran temores y fantasías. 


Pero frente a ese desamparo, surge el contraste feliz de las tie- 
ras altas que muestran la esencial estructura agrícola-ganadera de 
la provincia. El sol es la esencia vital de ese mundo que se abre 
con la generosidad del surco y pareciera gritar a los cuatro vientos 
la gracia sensual de un mundo pródigo: 


Pardea el surco eclógico en el llano 
apto para el bautismo de la siembra, 

y se entrega la tierra como una hembra 
a la solicitud del hortelano. 


De generoso sol todo se inunda 
como si el sol descendiese en ríos 

de lumbre; y en los grises sembradíos 
hincha la gleba su matriz fecunda. 


Esta exaltada y modernista visión de la vida campesina que 
Daniel Elías nos trasmite, se desata sensual de los verdes ramajes 
lujuriantes o del sueño febril de la glicina que trasmite su fervor 
a la luz dominical; se detiene en el blanco delantal de la criolla, en 


— 151 — 


el brillo esmaltado de algún jarro o en el simple y fugaz círculo 
que dibuja el balde del aljibe. 

Para Amaro Villanueva, ese sol renovador tiene sangre de toro 
y estira el campo garra a garra, “con el cuero estaqueado de un 
relincho”. 

Pero esta exaltación campesina encuentra su expresión más 
lograda en “Luz de Provincia”, a través de cuyos versos Entre Ríos 
abre sus brazos de agua para reflejar esa gracia ordenada de sus 
riachos y lomadas; el arrullo cansado de su fronda o el deleite colo- 
rista de esos ocasos perdidos entre trigales que traen ecos de luces 
lejanas, que acercan rostros, fechas y patios profundos. “Desde la 
perífrasis inicial, que es todo un hallazgo —ha dicho Roberto Paro- 
di— (3) y como un anticipo del éxito del poema, a la que se suma 
la suave aliteración de la vocal a, ¡para ampliar más la sugerencia 
de la vasta sugestión acuática, la obra que se abre con una visión 
unánime de la provincia: un panorama dilatado que la abarca en 
un espacioso territorio surcado de verdes lomas y ríos generosos”. 


Un fresco abrazo de agua la nombra para siempre; 
sus costas están solas y engendran el verano. 
Quien mira es influido por un destino suave, 
cuando el aire anda en flores y el cielo es delicado. 


La conozco agraciada, tendida en sueño lúcido. 
Da gusto ir contemplando sus abiertas distancias, 
sus ofrecidas lomas que alegran este verso, 

su ocaso, imperio triste; sus remolonas aguas. 


Mastronardi selecciona su paisaje. Cada estrofa pareciera trans- 
portarnos a un mundo distinto péro sutilmente relacionado con el 
anterior. “Para imprimir unidad al poema —dícele Mastronardi a 
Luis Alberto Ruíz— (% se deslizan veladamente algunas líneas 


(3) ROBERTO A. PARODI: “Conocimiento de Carlos Mastronardi”*. Ediciones “Ser”, 


1969. 4 
(4) LUIS A. RUÍZ: “Entre Ríos Cantada”. Antología Iconográfica de Poetas Entre- 


rrianos, Edic, A. Zamora, 1955. 


= 152 — 


“preparatorias”, las que hacen las veces de puentes a la vez que sua- 
vizan o resuelven las transiciones bruscas. Con ello se quiso evitar 
que se mezclaran y confundieran los diversos “ambientes” que vi- 
ven en el poema”. 

Esta estructura nos permite pasar rápidamente de los ocios del 
domingo a los sonoros maizales de las quintas, y desde allí perder- 
nos nostálgicos en los atardecidos arroyos, a los que lacios juncales 
vigilan. 

En sus versos, la tragedia de las tierras blancas se torna ale- 
gría de vistosos linares y rumores de hacienda. 

Esos sembrados, que colorean la tierra, nos llevan a los recuer- 
dos de “La Minga”, fiesta tradicional que Leguizamón evoca en 
“Recuerdos de la Tierra”. Consistía ella en una amplia reunión de 
familiares y amigos que colaboraban en la recolección de las se- 
menteras, y participaban, como es de suponer, en alegres diversio- 
nes que incluían cantos, bailes y cuadreras... 

Leguizamón, al ver que esas costumbres del campo se han 
ido perdiendo, señala al gringo, de quien dice: “...han vencido al 
criollo en su propio elemento enseñándole a ser agricultor: mas 
al renunciar a los procedimientos primitivos y rutinarios se han 
borrado casi totalmente esos rasgos de desinterés, ese desdén alta- 
nero y bizarro por las riquezas que lo caracterizaba”. 

En “Alma Nativa” insiste en esa posición: no cree en la fruc- 
tífera fusión racial a la que denomina “simbolismos fantásticos”. Y 
agrega: “Eso no se ve más que en las comedias donde las gringuitas 
de los colonos se dejan alzar en ancas por el primer combpadrito 
que les arrastre el ala”... 

Es que el escritor tradicionalista temía que se perdieran, ante 
el empuje inmigratorio, esas virtudes —que él tanto exaltara,— de los 
ya viejos tiempos heroicos. 

Fray Mocho tiene en cambio, en la misma época, una actitud 
de simpatía hacia esos colonos que veía llegar al puerto de Buenos 

Aires. Sin embargo, en algunas oportunidades su condición de pe- 
riodista lo impulsará al cuadro impactante o a la nota caricatu- 
resca. U) 


(3) Véase al respecto: GLADYS ONEGA: “La inmigración en la literarura argentina”, 
Universidad Nacional del Litoral, Cuadernos Instituto de Letras, Rosario, 


= 153 — 


Es significativa la posición de uno de sus personajes: el estiba- 
dor que diez años antes iba al puerto para insultarlos, les fue to- 
mando cariño “y hasta a llegar a'cordarme de que mi abuelo había 
sido d'ellos”. 

Don Elisio Soto, personaje de “Montielero”, pareciera reiterar 
en cambio la posición de Leguizamón: “De carcamanes y de tur- 
cos se están llenando los pagos. Cualquier día van a salir ustedes 
acollarao con la hija de algún gringo”. 

En la actitud del autor de “Montaraz”, entiendo, no debe yer- 
se un enfrentamiento con las formas nuevas que el progreso tra- 
jera, sino más bien una nostálgica defensa de lo que se va per- 
diendo, unida quizá a una muy isleña posición entrerriana de re- 
celo ante lo nuevo y lo desconocido. 

No olvidemos que Pérez Colman al estudiar la relación del 
entrerriano con la naturaleza cree conveniente recordar estos con- 
ceptos de Ganivet: “...El insular sabe que tiene su defensa más 
firme en su aislamiento: podrá aceptar una dominación extraña, 
si carece de fuerzas para mantener su independencia; pero de hecho 
es independiente y sabe además que la fuerza de caracterización 
de su suelo insular es tan vigorosa, que si algunos elementos extra- 
ños se introducen en él, no tardarán en adquirir el sentimiento de 
la autonomía...” (6) 

Precisamente, esos europeos se adaptarán tanto a las costum- 
bres de la tierra que justifican la sorpresa y simpatía de Leguizamón 
al leer “Los gauchos judíos” de Gerchunoff que le hablan de un 
mundo nuevo, con religión, tradiciones, costumbres e idiomas dis- 
tintos. 

Y sin embargo, esos hombres han llegado a imitar actitudes, 
vestimentas y habilidades del gaucho, a quien admiran y temen 
pues lo comparan con los bandidos románticos de sus leyendas 
populares. 

La presencia del europeo en tierras entrerrianas da un nuevo 
matiz a esta gesta del arado. La colonización judía, en particular, 
brinda a la literatira provincial un original tema que ha per- 


(6) CÉSAR B. PÉREZ COLMAN: “Entre Ríos - 1810-1853”, Museo de Entre Ríos, 
1943. 


— ho 


durado hasta nuestros días, entre otros ejemplos, a través de algunas 
escenas de obras dramáticas de Samuel Eichelbaum que nos tras- 
ladan a las colonias judías cercanas a Villaguay. Cerca de esas 
tierras se concreta la trágica persecución de Alejandro Schutzman, 
personaje que da nombre al relato de María Esther de Miguel in- 
cluido en su libro “Los que comimos a Solís”. Este judío aqueren- 
ciado con la tierra nueva, a la que ha vencido luego de arduas lu- 
chas y paciencia bíblica, no logra superar en cambio viejos resque- 
mores. La situación se agrava, hasta alcanzar dimensiones de tra- 
gedia, cuando pretende a la muy criolla hija del comisario Ramón 
Cáceres, de ese Villaguay montielero, eje de la mitológica épica 
provinciana. 


Los relatos de Gudiño Kramer, de ambientes entrerriano y 
santafesino, nos ofrecerán en cambio la inevitable fusión de razas, 
aunque alguno de sus personajes, Don Pancho Gamboa por ejem- 
plo, conserve viejas inquinas. 


Sin embargo no debemos olvidar que ya en “Los gauchos 
judíos” un criollo se ha aproximado a los colonos: es Remigio Ca- 
lamaco, el boyero, que se acerca a ellos para relatarle sus 
viejas hazañas de la época de Crispín Velázquez o matizar la noche 
con viejas canciones del terruño. 


Una posición de nobiliaria superioridad se conserva, en cam- 
bio, en la Sra. de Aravena, personaje de la tragicomedia en un acto 
“El abanico de Venecia” de Juan Carlos Ghiano. Esta señora des- 
deña, a lo largo de su vida, a los presuntos pretendientes de su 
hija Pepa por no tener el abolengo de los Aravena o ser nuevos 
ricos con solo veinte años de residencia en el pueblo... 


Aunque no se plantee directamente un problema derivado de 
la inmigración, es evidente el enfrentamiento entre esa familia tra- 
dicional y fundadora, y las nuevas generaciones —quizá la de los 
hijos de aquellos inmigrantes— que las han ido desplazando. 


Delio Panizza, por su parte, exaltará al gringo que en el siglo 
pasado llegara a San José y Colón, para concretar felizmente los sue- 
ños colonizadores de Urquiza: 


= 155 — 


¡Gringo!... Sobre la tierra que se estira 
como una lonja, se abismó su anhelo 
y su alma ilusa se perdió en el cielo 
como un pájaro loco... Absorto mira 


la pampa, el monte, la extensión... Suspira 
bajo la desazón de su desvelo; 

pero siente que brotan de este suelo 

como los sones de una nueva lira... 


María Esther de Miguel recordará en su cuento “Mi pueblo” 
la colonización italiana de Larroque. Y Emma de Cartossio ima- 
gina en una poesía el lugar ideal del reencuentro con su abuelo 
muerto, Y piensa entonces en el cielo azul de Como, cuando él 
era un niño rubio y Argentina una simple palabra sin mapa ni 
afanes de viaje. Hilario Fuentes, personaje del cuento “Raíces” del 
libro “Todos los hombres, ningún amor” de Adolfo Argentino 
Golz, sueña en el asiento del viejo colectivo que lo aproxima a Pa- 
raná, con el posible casamiento de su hijo con la hija del alemán 
Kumer, el gerente de la Coperativa Agrícola... 

Más hacia el centro de la provincia, Fermín Chávez nos ha- 
bla así de su región: “Yo conocí el acordeón mucho antes que la 
guitarra. La campaña de Don Cristóbal no tiene guitarreros y los 
abuelos que cantaban décimas ya escasean, En cambio, cunden los 
acordeonistas. Muchas veces he pensado sobre la condición de es- 
tos gauchos sin guitarra y me he dado a mí mismo una respuesta: 
las familias fundadoras de los distritos Don Cristóbal y Crucesitas 
no son de sangre guitarrera. La colonización realizada en el siglo 
XVII dejó en esos arroyos y en esas cuchillas muy pocos andaluces. 
Don Cristóbal y Crucesitas tienen raigambre vasca...” Y concluye 
más adelante: “La cuota de españoles del sur fue muy reducida y 
la de la guitarra también y fue por eso que el acordeón centro- 
europeo se aquerenció tan fácilmente por los distritos nogoya- 
CeroS...” 

Pero esta prolongada gesta del arado no ha desplazado total. 
mente a la estructura ganadero-pastoril que en la literatura se ex- 


— 156 — 


presa a través de una constante exaltación del jinete y del caballo, 
que nos traen recuerdos de distancias largas, de rodeos, domas, ye- 
ras y sortijas... De hombres que parecieran acentuar su personali- 
dad sobre el caballo; de troperos que deslizan sus afanes en las 
páginas de “Montielero”, Y con este tema surge el recuerdo del 
chasque, evocación de la infancia de Leguizamón; de las domas 
incluidas en “Tierra de Matreros” de Fray Mocho; las historias 
con caballos de Gudiño Krámer, el arreo de tropas desde las islas 
que describiera “Martín del Pospós”, hasta llegar a la lírica eu 
cación del resero, en el soneto de García Saraví: 


Hieren la soledad y la pedrada 

de los vientos rompiéndose en sus ojos. 
Y la huella del cardo y los abrojos, 

y tanta oscuridad iluminada. 


Duelen las uvas y la madrugada, 
las piernas firmes, los estribos flojos, 
y la muerte mordiendo los coscojos 
de su vida marrón y desgastada. 


La gesta de las lanzas y las tacuaras federales. 


Una vez se miraron y entendieron dos hombres. 

Los vi salir borrosos al camino y callados, 

para explicarse a fierro: se midieron de muerte; 
4 . 

Uno quedó: era dulce la tarde, el tiempo claro... 


Y el tono virgiliano de “Luz de Provincia” se puebla de im- 
proviso de rumores lejanos de lucha; de duelos criollos; enfrenta- 
mientos de matreros con policías que aún estaquean; de revolucio- 
nes sorpresivas como las que Manrique Balboa describiera en “Mon- 
tielero” y que nos hablan de Polonio Velázquez, del Coronel Goró; 


de “hernandistas” y “gorosistas” en franca huida... 


o 


= 157 — 


Esos ecos nos irán trasladando lentamente al mundo heroico 
que evocara Leguizamón. No olvidemos que en “Montaraz”, el au- 
tor describe la lucha que, por la primacía lugareña, libran en el 
suelo entrerriano Ramírez y Artigas. Y en esa apasionada defensa del 
terruño, encuentra el matrero Apolinario Silva la senda que lo 
reintegrará a una sociedad que admira su valor y su exaltado in- 
dividualismo. 

Y con la misma insistencia que en su momento utilizara para 
defender al gaucho, Leguizamón reivindica, en Buenos Áires y 
en época poco propicia, a la figura de Urquiza, exaltada ya, desde los 
versos juveniles, por Andrade que volcará, ya maduro, su fervor pe- 
riodístico en idéntica tarea esclarecedora. 


Pero esa persistencia de los temas heroicos mo se detiene en 
los sucesos y en las figuras de gravitación lugareña o nacional, sino 
que se despliega generosa hacia la margen vecina del Uruguay, 
para cantar en los prolegómenos de la guerra del Paraguay, a la 
heroica defensa de Paysandú que, si conmueve a Andrade, hácele 
afirmar a Gervasio Méndez: 


Los siervos que obedecen del látigo al chasquido, 
que tienen de cobardes, la talla, el corazón, 

con atrevida planta hollar han pretendido 

la tierra de los libres, la tiexra en que han nacido 
los héroes inmortales de Sarandí y Rincón. 


Y si años más tarde, Gervasio Méndez y Olegario V. Andrade 
lograban merecidos lauros por sus exaltadas evocaciones de la glo- 
ria sanmartiniana, en ese aprendizaje provinciano de los temas he- 
roicos, estimamos, debería buscarse el hilo inicial para aquellos ce- 
lebrados poemas. 

Es que Entre Ríos, a través de su pueblo y sus poetas, no ha 
olvidado a sus héroes ni a las gestas esenciales. 

Y cuando ya lanzas y tacuaras descansen del prolongado aje- 
treo, la evocación se renovará a través de Daniel Elías que recuerda 
a la lanza enmohecida, al trabuco baldado o al montonero atrevido 
que se ha alejado “por la senda de la muerte y del olvido”... 


— 158 — 


A Y la tradición persiste en el “Llanto por el soldado- desconoci- 
o de la Independencia” de Ernesto Bourband T. que exalta su 
anónimo trajinar, y ese desvanecido rostro apagado lentamente 
junto a esa naturaleza, que sin embargo lo recuerda: 


Sólo el arroyo te escribió un retrato 
que se borró al galope de tus riendas. 
Un retrato con vira de follajes 

y un jirón de paisana nubes trémulas... 


a di . 
: Eco ese rostro anónimo se concretará en la figura legendaria 

e Ramírez, evocado en el extenso poema “El Supremo Entrerria- 
no” por Guillermo Saraví. En él, Montiel despierta pretéritos sue- 
ños al cobijar al caudillo entrerriano que le trae reminiscencias de 
glorias ya olvidadas: 


La Selva empieza a levantar la frente; 
del nuevo día el resplandor ardiente 
rompe su sombra y su glacial escarcha... 
sobre las huellas del centauro errante, 
la montonera que tras él levante 

será ella misma, pero puesta en marchal 


La antigua gesta provinciana será para Delio Panizza tema 
constante de inspiración. El Poeta de Montiel pareciera haber sen- 
tido la imperiosa necesidad de continuar la exaltación de las figuras 
y valores tradicionales que constituyeran, en su época, los motivos 
esenciales de la obra de otro escritor de Rosario del Tala: Don Mar- 
tiniano Leguizamón. 

; F , , 
á Panizza hará de su poesía un bastión republicano y federalista. 
u postura solitaria es, en ciertos aspectos, síntesis de una actitud 
provinciana de apasionada defensa de sus derechos y autonomía. 

Su voz de juglar se conjuga, en la visión que de él pintara 

Leoncio Gianello, con el Caballero de la Triste Figura: 


— 159 — 


Porque eres el cruzado de una loca quimera 
sabes en tu rima sonora y montielera 
infiltrarnos el alma de una puesta de sol; 


porque tienes el culto sagrado del manchego 
y fundes en las glorias de tu espíritu griego 
la nobleza altiva y el orgullo español, 


por todo eso seremos lanzas de tu mesnada, 

o los acompañantes de alguna payada, 

o los zapateadores de algún pericón; 

por eso te rodeamos como a un viejo caudillo 
que desde el basamento triunfal de su tordillo 
hubiera alzado un poncho que sirve de pendón...! 


Ese consecuente afán libertario del entrerriano se ha forjado 
a lo largo de cruentas luchas federalistas y puede ser un eco, entre 
otras causas, de esa particular geografía aislante; de la gravitación, 
especialmente en el siglo pasado, del elemento étnico español, in- 
dividualista por naturaleza y tradición y de cuya estirpe surgieron 
los caudillos esenciales. Esta situación se complementa con una 
tardía “mestización”, concretada en forma elocuente recién a me- 
diados del siglo anterior con la llegada de los aportes inmigratorios, 
ya que el indígena había sido prácticamente exterminado y sólo 
podía ofrecer el inestimable ejemplo de su valiente defensa del 
terruño. 

A estas circunstancias podríamos agregar la existencia de una 
situación floreciente en la provincia hasta más allá de la mitad del 
siglo anterior que evitó, sin duda, las irritantes diferencias econó- 
micas, normales en otras regiones, y posibilitó, en su momento, el 
arraigo de sus hijos. Y por sobre todo no olvidemos el papel prota- 
gónico que Entre Ríos tuvo en el reiterado enfrentamiento político- 
económico con el puerto de Buenos Aires, que generó una apasio- 
nada defensa de sus derechos, que normalmente culminé en algún 
campo de batalla... : 

Esta celosa actitud federalista —que la cercanía geográfica de 


nn 


— 160 — 


Buenos Aires debió acrecentar— encuentra, Como hemos visto, el 
eco viril en la literatura provinciana que exalta a sus caudillos, ya 
en el momento heroico en que la pluma se asocia a la lanza; ya 
en este siglo, cuando esa hidalga montonera ha serenado sus voces 
para dar paso al trabajo febril de sus hijos. 

Por eso no debe sorprendernos que en nuestros días un poeta 
de aguda sensibilidad vanguardista —como Gustavo García Saraví— 
cante al soldado de la independencia que vive ya, junto a los gol- 
pes y al olvido, “ y además hace leguas que está muerto”... 


El hombre y el paisaje. 


Este prolongado paréntesis épico nos ha ido alejando paulati- 
namente de los iniciales temas vegetales a los que llegáramos a tra- 
vés de “La vuelta al hogar”, que nos brindará ahora nuevas moti- 
vaciones. 

Cuando Andrade regresa a ese tiempo detenido de su Guale- 
guaychú infantil, no sólo describe ese paisaje reencontrado sino 
que lo tiñe de notas subjetivas a tal punto que asistimos a una ver 
dadera identificación del hombre con su tierra, que comparte las 


nostalgias del poeta: 


Todos aquí me confiaban 
sus penas y sus delirios, 

con sus suspiros las hojas, 
con sus murmullos el río. 


Qué triste estaba la tarde 
la última vez que nos vimos. 
Tan sólo cantaba un ave 
en el ramaje florido. 


Era un zorzal que entonaba 
sus más dulcísimos himnos. 
Pobre zorzal que venía 
a despedir a un amigo, 


— 161 — 


Años después Leguizamón vive idéntica experiencia al des- 
pedirse de la agreste naturaleza de su heredad pues sabe que debe 
alejarse para ingresar al Histórico Colegio del Uruguay. 


Para Gaspar Benavento esa relación es tan honda que siente 
a la provincia como una campesina risueña, dueña de la luz y de 
las sombras, que se baña en la claridad de sus aguas y se tiende 
sensual junto a las barrancas para contemplar las velas de los na- 


La 
víos lejanos, y esperar allí que la envuelva un perfume de selva 
£lorecida. 


En otro poema, es el propio poeta el que siente correr al río 
por sus venas, a un río que anhela reencontrar la raíz vegetal de sus 
esencias: 


La esencia vegetal de mis raíces 
busca la hondura de la tierra parda. 
Todo el amor y el sueño de la tierra 
por mis trenzadas fibras se levanta 
y el afán vegetal que me dirige 
impreca al cielo por la luz y el agua. 


Esa consustanciación del hhombre con la tierra alcanza hon- 
dura humana en Pedro Fuentes, muchacho de orillas que Emma 
de Cartossio asocia a sus recuerdos infantiles y cuya historia na- 
rraba el verano a las orillas azules: : 


Pedro Fuentes 
Así te llamaban 
los árboles, el viento y las vecinas. 


Eres la pena vegetal que nos crece 
por dentro en los veranos 

cuando el río pregunta por ti 

a las orillas azules de mi sangre. 


=- 162 — 


Pedro Fuentes 

en cada guijarro 

se lee tu nombre y apellido 
Pedro Fuentes 

en cada de a pie 

se cita la mañana contigo 
Pedro Fuentes 

en cada noche del verano 
la marejada silba tu silbido. 


Esa naturaleza, particularizada en el río, será la confidente de 
Carlina Ruíz: 


Sobre el agua que corre 
va flotando mi pena... 

. Con una flor de camalote 
ha vestido su queja... 


Co... ... o... ............ 


Y yo, desde la orilla 
“con tu nombre 
* dibujado en los labios 
la contemplo... 


Piensa Carlina que un día ella se irá tras esa mirada... Y en- 
tonces sus caricias serán, sobre el río que seguirá corriendo, como 
la flor azul del camalote, como corola abierta de azucenas... 

Otras veces la soledad no admite esperanzas, Y la poetisa se 
aleja “...caminando... caminando...” por esas rutas abiertas que no 
le han permitido, sin embargo alcanzar esas dos lunas que cielo y 
río le ofrecen: 


Una diáfana en el cielo 

y Otra rizada en el agua. 
La'rioche tiene dos lunas 
pero yo a ninguna alcanzo. 


163 — 


Y esa naturaleza aparece tímida en ese tapial con luna, en 
el que se enmarca “esa historia sin historia” que pudo escaparse de 
la letra de un tango para esconderse, segura, junto a la sensibilidad 
poética de Marta Zamarripa: 


La han despedido un poco de su historia 
los boletos de tren y los horarios. 

A veces se recuerda —algunas veces— 
ayer que fue, y afán del empedrado. 
Suele ponerla triste el almanaque. 

Pero en Diciembre la rescata un árbol. 
Desde su noche de tapial con luna, 
vale la pena inaugurar el llanto... 


Pero esa relación hombre-paisaje alcanza su vibración más 
íntima y sutil en la voz tenue e insinuante de Juan L. Ortiz, en 
cuyos versos Entre Ríos alcanza hondura metafísica, de excepcional 
tono lírico. Ortiz se: detiene en los elementos esenciales del paisaje 
hasta transfigurarlos poéticamente. Captará así la dulzura de los 
campos, las sutiles frases rotas del aire, las confidencias vegetales, 
el anhelo lila del jacarandá o la: simple mirada de niña perdida 
que toma la tarde junto a las gramillas y al agua leve que se asoma 
a las alambradas: »: 


Perdón, oh mañanas 

que con trashúcidos dedos 

habéis tocado mis párpados pesados, 

y no os hé respondido 

para asistir a la revelación de las flores, 
de la hierba brillante, del río deslumbrado.., 
Perdón, oh tardes de. las tres 

ligeras, ligeras, todavía 

frescas como acuarelas celestes. 

Un hombre que va a pescar 

Una mujer vestida de blanco. 


2%, 


Las “orillas del río, amarillas de flores. 
Una nube en el cielo y una nube en el río. 
Una sobrevida temblorosa de espejo... 
Perdón oh tardes 

que apenas os haya mirado. 


El río rosado de sus poemas, ya se detiene ante el canto del 
ave en la medianoche confidente, ya se nutre de infantil energía 
y se desliza obstinado y sordo sin atender la invitación de la luna 
que lo incita a la contemplación. El poeta se ha fundido con el 


paisaje: 


Era mi alma 

ese monte y ese cielo 

ey las islas y los arroyos? 

Mis raíces estaban en verdad 

en un paisaje más vasto. 

La voz nocturna y crepuscular del agua 
también era mi voz 

Y las ramas inclinadas 

en un silencio pendiente 

hacia el día fluido 

o las estrellas rotas o fijadas, 

eran mi cortesía permanente 

hacia la luz viajera y abismada. 
Pero ese monte y ese cielo 

lo resumían todo. 

Eran mi paisaje, yo era su paisaje. 


Es que Ortiz, alcanza un estado de éxtasis junto a esa natu- 
raleza, Por eso las colinas entrerrianas serán, para él, suavidades 
húmedas que bajan —niñas ellas— para danzar junto a la costa 
del río. Y a sus líneas insinuantes plenas de encanto, se acercará 
la luz para acariciarla con dicha infinita hasta adormecerse en 
ellas, como ese cielo que se desmaya sobre sus curvas oscuras. 

Mastronardi en sus “Memorias de un provinciano” traza una 


— 165 — 


íntima semblanza de su amigo Ortiz: “En vez de salir en busca 
de otro empleo —tenía uno muy modesto— buscaba el recogimien- 
to y pedía el éxtasis a las aguas del río vecino y a los atardeceres 
silvestres. No escrutaba sino que se integraba en la naturaleza: 
tra un gajo más de aquellos árboles ribereños. Los cielos y los 
campos que para los demás son lluvia y pasto; generaban en él 
estados mágicos. Frecuentaba la costa frondosa, donde muchas ve- 
ces lo sorprendí como embelesado y ausente, los ojos agradecidos 
en el horizonte. Esos hábitos singulares y la fuerte impresión 
de irrealidad que dejaba en la gente ávida, no le privaba de ami- 
gos. En mis ya numerosos años no he conocido hombre más bueno 
y comprensivo”, concluye Mastronardi. 


Entre Ríos, la tierra de los hijos pródigos. 


Una sensación de tierra desvastada brinda la provincia, luego 
de la prolongada rebelión jordanista. El aniquilamiento es total: 
no sólo alcanza a la economía provincial sino que se manifiesta 
dramáticamente en el sacrificio cruento de sus hijos. Esta situa- 
ción complementará dolorosamente la pérdida de la preeminencia 
política que Entre Ríos tuviera hasta Pavón, en el orden nacional. 
Al exilio provocado inicialmente por causas políticas, se sumará 
un abatimiento general que favorecerá la lenta evasión hacia zonas 
más propicias. Esta última situación se agravará más tarde. Las ru- 
tas camineras fueron desplazando a las.-vías fluviales, y la provin- 
cia sufrirá su prolongada incomunicación geográfica que. la per- 
judicará en la competencia litoral para proveer de materia prima 
a una Buenos Aires que crecerá en forma desproporcionada, favo- 
recida por ese aporte lento del interior. 

Es que Entre Ríos, en particular, ha mantenido su esencial 
estructura agrícolo-yganadera, apenas matizada por una pequeña 
industria que no ha logrado detener a sus Rajas que han conti- 
nuado su viaje a la urbe populosa. 

Una suma de fracasos y esperanzas truncas han desalentado, 
a través del siglo, muchos anhelos empresarios. Y esta situación ha 


— 166 — 


generado lentamente una mentalidad de recelosa dinámica, que 
ha contribuido a detener aún más su obligado desarrollo. Las nue- 
vas obras de comunicación deberán, necesariamente, sacar de ese 
peligroso letargo a una provincia que, especialmente en su zona 
central, continúa su asombrada espera. 


Y el panorama ha sido de tal magnitud que ha alcanzado a la 
esfera, i intelectual e incluye a sus principales escritores, hasta tal 
punto que, en este aspecto, lo extraño ha sido quedarse en la 
provincia... j 

Sin embargo, esa experiencia extra-provincial ha dejado hue- 
llas profundas y amargas en los hijos que .regresan algún día al 
terruño y evocan lo perdido como si se tratara de un Edén, al 
que al menos en el borde abismal de los recuerdos quisieran re- 
tener. Dice Andrade, uno de los primeros exiliados: 

Hoy vuelve el niño hecho hombre 
no yá contento y tranquilo, * 

con arrugas en la frente 

y el cabello emblanquecido 


Aquella alma limpia y pura 
como un raudal cristalino, 
es una tumba que tiene” 

la lobreguez del abismo. 


Otro poeta de Gualeguaychú, signado” por destino, cruel, 
Gervasio Méndez, añora también esa infancia pueblerina, cuando 
el dolor aún no había tronchado sus esperanzas y se deslizaba, 
enamoradizo, por sus calles íntimas: 


Es el recuerdo del Edén perdido, 
del paraíso de mi edad temprana, 

- del nido de mi amor y mi inocencia, 
del jardín más hermoso de mi tierra. 


— 167 — 


Es la memoria de la tierra hermosa 
«donde el hogar en que nací se halla, 
sembrado de violetas y azucenas, 
rodeado de naranjas y de acacias. 


Mastronardi sentirá un hondo placer al recorrer las islas, dor- 
de el verano canta, o al recobrar las luces de sus tardes pretéritas. 

“Emilío Berisso' añora "también las granjas donde pasara st 
juventud, mientras Alfonso Sola Caniles presiente. así su reen- 
cuentro' con Paraná: 


Si vuelvo a Paraná, me estarás esperándo 

y veré la glicina que conoces. j 

En el ocaso inmenso estarás conversando ' 

con mis sombras de entonces, con mis lejanas voces. 


s 


Se repetirá entonces, el zaguán con hortensias, el jacarandá 
reiterará sus lilas y las glicinas le hablarán nuevamente de. los 
graves crepúsculos ióaadas : 

Alfredo Martínez Howard recuerda la selua: en. que ma 
su infancia. Y sus versos, como los de cualquiera de: estos volun- 
tarios exiliados, pareciera un eco repetido de Fray Luis que añora 
huertos felices, distante de Jemipeatosos mares ciudadanos: 


Y aquí mi endo mía. Mi selva como un hue d 
y aquí el ave sagrada y aquí la flor madura, : : 
y aquí la huella trémula sobre el camino .cierto. 


, 


Para Luis Alberto Ruíz ese reencuentro tiene, en cambio, la 
dimensión de lo irrecuperable. Ya no será la vegetal ensoñación si- 
no el patio, los balcones, el cuatto. de la niñez, posiblemente con 
la misma telaraña de antaño y la antigua soledad. Pero nada se 
xeconciliará con el poeta: quizá algún rostro recupere fugazmente 
su forma, pero el “Tiempo ha fijado una distancia que ya nadie 
puede salvar. Por eso el poeta se interroga en otra poesía: 


— 168 — 


C¿Dénde está el corazón, dónde el único sitio 
poblado de heliotropos que conoció mi infancia? 
¡Todo lejos de mí, todo lejano, 

ahora que a duelo llaman las campanas!). 


Todos estos ejemplos nos permiten ver cuán hondo es el sen- 
timiento que la provincia cala en sus hijos, a tal punto que la nos- 
talgia de la tierra es un estado normal de sus poetas. Es como si 
la ciudad-puerto hubiera mutilado una pureza, destruido una ilu- 
sión de vida plena, fragmentado ese ensueño vegetal que famas 
ni situaciones económicas han conseguido borrar de quienes ya 
no están aquí, en esta Entre Ríos que, como afirmara en un so- 
neto Diego Fernández Espiro, canta junto a las ondas su arroban- 
te melodía o se desplaza por los campos prósperos con su fulgente 
resplandor matinal... (7) 


El retorno al mundo de la infancia. 


Esa heredad de Martínez Howard, ese arenal perdido de 
Emma de Cartossio, nos trasladarán continuamente al mundo de 
la infancia. Paisaje y niñez se asocian en el recuerdo, como si 
juntos quisieran forjar una suerte de fortaleza interior contra los 
embates de la vida. 

El reencuentro de Alfredo Veiravé con la plaza de Guale- 
guay le hace sentir su dramática condición de desterrado. Es que 
allí ha vuelto a ver las duras flores de la ausencia y el polen ama- 
rillo del verano. Y su nostalgia —esa nostalgia tan entrerriana— 
convoca a los rumores antiguos. Reaparecen perdidas lágrimas en 
el rostro viajera del poeta, en esa plaza “que es un invento del 
reposo”, 

Es la luz misma, la que abrió mis ojos 
al resplandor de un cielo sosegado, 
Allí está mi corazón de desterrado, 
con nostalgioso y vívido volumen. 


(7) Capítulo especial de estos emocionados recuerdos lo constituyen las evocaciones de 
los ex-alumnos del Histórico Colegio, que hasta fines del siglo anterior estudiára- 
mos en “Hacia una Juvenilia del Colegio del Uruguay”, Revisra “Ser”, No 8, 


1969. 


— 169 — 


Todo vuelve hacia ella, la lejana 
resurrección de un sueño incorruptible. 
(En esta plaza nace la terrible 

forma del ángel que soñara Rilke). 


Y esa infancia matizada con recuerdos de campos y aldeas, 
revive en “Días en el Pueblo” de Juan Carlos Ghiano o en “los 
lejanos años caseros de infancia y adolescencia”, evocados por Mar- 
celino Román en su libro “Comarca y Universo”. 

Este tema es constante en la poesía de Emma de Cartossio. 
Motiva sus “Elegías analfabetas”, reaparece en “El arenal per- 
dido” y “Madura Soledad”, para llegar al sugestivo epígrafe de 
Albert Camus, en uno de sus últimos libros: “Sí, todo ese ruido... 
cuando la paz estaría en amar y crear en silencio! Pero aún hay 
que saber tener paciencia. Esperar aún a que el sol selle las bocas”. 
En sus versos, la poetisa grita la desesperación de un mundo 
anónimo, amorfo, sin sangre, que transita por la vida sin sentirla; 
como esos intelectuales que conociera en Europa y que ya han 
olvidado que es hermoso no serlo... 

Otro libro evocativo, “La puerta colorada” de Carmelina de 
Castellanos, se inicia con la poesía “Ronda” de Emma de Car- 
tossio: 


Aquí una vez yo tuve edades 

y al verde y al azul en el espacio 

de una cuna, una rayuela y un pupitre. 
Aquí una vez yo tuve edades 

y al verde y al azul en el espacio 

de un fervor, una fe y una esperanza. 
Aquí una vez yo tuve edades 

y al verde y al azul en el espacio 

de una certeza, un dolor y un silencio 
Aquí una vez yo tuve voz 

y al verde y al azul en las palabras 
íntimas y puras, que a Dios crean. 


= 170 — 


Lo notable, sin embargo, en la literatura entrerriana, es que 
ese reencuentro con el murndo de la naturaleza y la niñez se da 
también en los poetas que no se han alejado de la provincia, 


Delio Panizza regresa un día a su Rosario del Tala natal, y su 
lira de hierro se suaviza, como antes la de Andrade, ante la pre- 
sencia envejecida de las cosas amadas: 

Las mismas gentes por estas calles, 

algo más viejas y náda más; 

las mismas gentes parsimoniosas . 
que se reunían a murmurar..... 


Y las muchachas alborozadas, 
amigas todas, como en ayer; 
y los amigos olvidadizos 

- y a los que siempre recordaré... 


Ya mencionamos el solitario monólogo de Ortiz con el pai- 


saje. Y a su nombre podríamos agregar el de Daniel Elías, intere- * 


“sado en alejarse de las togadas para recuperar la primavera cam- 
pésina. 

Y hasta el poeta que cantará el triste adiós a la bohemia des- 
gastada por el tiempo, el bardo de los festines bárbaros y de las 
rosas fragantes, el cantor selecto del mundo rubendariano de la- 
gos, cisnes y lunas pálidas, Guillermo Saraví, retoma también un 
día la vieja ruta de Fray Luis: 


Me. son familiares las sendas del huerto 
que añoran las cosas de un tiempo mejor. 
Aquí, donde vimos un sueño ya muerto 
trasuntado en dulces promesas de amor. 


Idilio de: niños como un lirio abierto. 

en las soledades del jardín en flor... . 
Las sendas calladas... El rincón desierto... 
Todo pasa, todo, menos mi dolor. 


—- 171 — 


Chabrillón, por su' parte, se identifica con el otoño entre- 
rriano: 


Yo soy como Entre Ríos, 
la del feliz otoño; 

abril de los diamantes, 
mayo de plata y oro. 


Por eso ha podido decir Julio César Pedrazzoli: “Todos los de 
este Entre Ríos, corazón lleno de tierra, agua, pájaros y canto, huer- 
ta azul del sentimiento, sabemos la honda sugestión de su paisaje 
otoñal, Es nuestro otoño la plenitud segura de nuestra manera de 
ser provinciana. Otoño es la estación creativa, Lleno de una sere- 
nidad gozosa, es entonces cuando somos fértiles como su tierra, 
cuando cuajamos yemas silenciosas pero de segura floración en la 
inquieta primavera”. (8) : 

Ese retorno a la naturaleza llega, como ya lo observáramos 
en Ruíz, Martínez Howard y Veiravé, a más recientes promocio- 
nes. Jorge Enrique Martí siente, junto a ese Uruguay, que se le 
azulan los dedos y todo-su ser es una copia del cielo... Rosa María 
Sobrón de Trucco ve ese aire verdecido, esos seibos que enrojecen 
las aguas, y siente que ese ríode infancia que un día la llevara 
al amor, se identifica con su ser: : q 


Quedó detrás la llanura 
que sostuviera mi infancia, 
y siento ya que este rÍ0 
se va trenzando en mi entraña 
vigorosa y dulcemente, 
con su sueño de lomadas, 
con su corola de juncos 
y sus siestas de cigarras. 
Por él giré hacia el amor. 
Me va nutriendo su savia 
con un salpicar de tardes 


(8) JULIO CÉSAR PEDRAZZOLI: “Líricos entrerrianos”, Edic. Castellyí, 1959, 


= 172 — 


que el horizonte desgaja, 
con un rocío de estrellas 
en la noche dibujadas, 

con un sedoso repique 

de gorriones y torcazas. 
¡Ah! yo no sé si los seibos 
al agua la han puesto grana 
o se han plateado los seibos 
de tanto y tanto besarla. 


Ese litoral azul en que ha nacido llama a Amalia Vidart de 
Seguí con las voces de la infancia para recordarle ese mundo de 
auroras y rocíos que ha dado sustancia a su ser. Podríamos mul- 
tiplicar los ejemplos pero siempre nos dejarían similar impresión: 
el hombre de estas costas, altivo, soberbio, republicano y austero, 
alcanza la raíz total de su existencia, como lo afirmara Aráoz en 
un poema, junto a esa naturaleza amiga y confidente. Las luchas 
épicas cuyo recuerdo aún perdura en el orgullo del pueblo, y el 
exilio forzado de muchos entrerrianos, han debido acrecentar ese 
desvelo vegetal hasta hacerlo alcanzar dimensiones de desgarra- 
miento. 

La ciudad, aun la pacífica ciudad provinciana con rumores 
de aldea y fragancias de campo, no ha detenido ese anhelo que 
pareciera buscar la esencia libertaria original junto al cauce de un 
ftroyo, en la serena contemplación de un paisaje o en el zig- 
zaguear ondulado de sus ríos. 


UNA ÉPOCA DE VIOLENCIA 


por ALBERTO J. MASRAMÓN 


Al caer definitivamente el coronel don León Sola el 1% de 
noviembre de 1830, la anarquía desgarra nuestra provincia al punto 
de haber veintiún gobernadores en cinco años, como contragolpe 
del antagonismo de los partidos en pugna. 

La borrasca de odios se adueña de nuestro pueblo. ¡Cuán in- 
grata vida de fortines, sobresaltos y escaramuzas! ¡De gestos deli- 
rantes, órdenes desatinadas, fatigosas maniobras de pasiones...! 

Mas, hay algo que aglutina a todos por igual en la contienda: 
ser soldados de la libertad, forjados en los épicos encuentros por la 
independencia. 

“Como un campo de espigas ondea la batalla”, declama Ho- 
mero, y al conjuro de esta imagen nos retrotraemos al Entre Ríos 
de entonces, con sus montoneras en marcha, levantando tolvane- 
ras y despidiendo chispas al fulgor del sol. Ahí van detrás de sus 
pendones, en alto las tacuaras, desparramando por los ámbitos de 
la tierra de los grandes ríos, sus ideales, estremeciendo virilmente 
los espítitus o apuntalando con sus armas la provincia en marcha. 

Luchadores incansables, son incapaces de cortar sus carreras 
militares 'y volver a la vaina sus espadas, aún ante la enredada y 
oscura madeja de las pasiones. 

¿Leyenda o historia? En todo caso, tales escenas se imponen 
a la imaginación por su grandeza... 

Larga es la serie de gobernadores que luchan en una época 
terrible con una senda sembrada de obstáculos: Ricardo López 
Jordán (padre), Pedro Barrenechea, Pedro Espino —que por no 
saber escribir “no es digno ni apto para colocarse en la primera 


silla”—, Toribio Ortiz, Pascual Echagúe... 


O 


Este último, electo varias veces consecutivas, gobierna desde 
el 1% de marzo de 1832 hasta el 15 de diciembre de 1841, día en 
que el congreso provincial, dispone el cese en sus funciones y por 
una mayoría de siete sobre nueve votos, entrega el mando al gene- 
ral don Justo José de Urquiza. El nuevo mandatario en forma di- 
recta o por intermedio de sus delegados, se mantiene hasta su 
muerte en 1870. 

«Los años iniciales del gobierno del general Echagie se carac- 
terizan por ser de progresos: dota a la provincia de una bandera 
que reemplaza a la de Artigas y Ramírez; agrega al escudo de 
Entre Ríos el lema Unión, Libertad y Fuerza; funda escuelas de 
primeras letras en Villaguay y Feliciano; cátedras de filosofía, teo- 
logía y latinidad; adquiere una nueva imprenta; dispone la funda- 
ción de la ciudad de Diamante y otras medidas de interés. 

Súbitamente, en 1839, la tranquilidad se trunca por completo. 
Llegamos a la época de las grandes reacciones contra Rosas. El pri- 
mer intento serio de conspiración es el del gobernador de Corrien- 
tes, coronel Berón de Astrada, quien cuenta con unos cinco mil 
hombres y el auxilio de los aliados. 

Así se reanuda el cruento drama de la guerra civil con sus 
principales actores: Lavalle, Paz, Echagie, Oribe, Urquiza y Ri- 
vera. No vamos a entrar al análisis de cada una de las operaciones 
militares que tienen por escenario el litoral argentino porque ello 
escapa al objeto del presente trabajo, sino al efecto que ellas ejer- 
cen en nuestro medio, 

Con las mismas, los desertores aumentan día a día, viviendo 
en grupos alzados, amenazando de continuo el orden: público. El 
hambre se traduce en sus rostros demacrados. El núcleo aumenta 
y de mil quinientos que son al principio hacia 1844 sobrepasan 
los cinco mil desertores. La mayor parte de ellos pertenecen a los 
departamentos de Victoria, Nogoyá, Tala. y Villaguay. 

El problema se acentúa ya que el gobierno carece de armas 
para ihacer respetar su autoridad. No hay armamento en las po- 
licías ni dónde comprarlo. Los salteadores se cobijan en los bosques 
y el desquicio es tal que en algunos pueblos desaparecen hasta los 
guardianes del orden. Cunde el hambre. Los robos se multiplican 
y el ganado que no se puede comer es llevado por los salteadores. 


= 175 — 


Por eso; la voz de:alerta se propaga y al menor ruido de- sospecha, 
al primer ladrido de los perros, los pobladores redoblan la vigilan- 
cía, Las partidas de ladrones se agrandan sin cesar, arreando con 
lo que encuentran, armados con lanzas, carabinas y anchos sables. 

Medio siglo de guerra civil desarrollan una ferocidad asom- 
brosa en el hombre de esta época, que gusta matar no con balas, 
sino de una manera real, primitiva, macabra, feroz. Hacerlo a la 
distancia no le da satisfacción; el homicida debe sentir los temblo- 
res de la víctima, ver la sangre correr por sus manos. El veterano 
práctico en el cuchillo, goza degollando y su lujuria llega al de- 
leite de la operación. Un contemporáneo apunta: “Es como un 
consuelo, tener como víctima a un joven, poseedor de un buen 
cuello, después del desfile de duras y flacas gargantas”.- 

En el delirio de la 'sangre, las cabezas de las víctimas apare- 
cen por último clavadas en sendas picas, desafiando quizás el re- 
cuerdo espectral de la del Supremo Entrerriano embalsamada y 
puesta en una jaula a manera de escarmiento. 


ES 


Como puede apreciarse, el puñal y las luchas, diezman las 
robustas vidas de la población de nuestra provincia. En Victoria 
—como eco de las montoneras—, el proceso es alarmante. La esta- 
dística que se registra en la entonces Vice Parroquia de Aranzazú, 
anotada por los Pbros. León de Mier y Miguel Vidal para los 
años 1840-1848, es muy elocuente. 


Dentro de su laconismo, el documento nos informa: 


Año 1840 
Febrero 2: Eusebio Acosta: casado con María del Carmen 
"Juárez, que murió de puñaladas en el campo CLibro 
19 de Def. fol. 11D). 


Marzo 18: José María Britos y "Tomás Santa Cruz, ambos 
casados, que murieron de puñaladas en el campo. 


s —- 176 —- 


Marzo 29: Benito Argiiello: soltero, qué murió de puña- 
ladas en el campo. 


Junio 1%: ...Un correntino que murió de lanzazos en el 
campo. 


Junio 27: Marcos Rosa: casado con Manuela Basualdo y 
Manuel de Sosa, soltero, que los hallaron degollados 
en el campo por una partida de correntinos. 


Julio 4: Diego Andino: soltero, que lo fusilaron en esta 
plaza. 


Agosto 8: José Lorenzo López, casado con María Escobar, 
que murió degollado en el campo. 


Año 1841 


Febrero 5: Domingo Luque, viudo de María Mercedes Gó- 
mez, y un hijo suyo, llamado Pedro Nolasco Luque, 
soltero, a quienes mataron a puñaladas en el campo 


(L, 1, E. 117), 


Diciembre 17: Cosme Damián López, que murió de pu- 
ñaladas en el arroyo del Crespo, casado con Josefa Ro- 


dríguez y pobre. 


Año 1842 
Febrero 6: Rafael Arvallo, que lo mataron de una puña- 
lada, casado con Juana de León. 


Febrero 11: Mauricio Jara, soltero, que murió fusilado en 
el campo y sin sacramentos. 


Agosto 26: José Sinforoso y Barbulo Cuello, hermanos que 
fueron degollados, soldados pobres. 


—= 177 — 
Año 1843 
Octubre 1%: Pedro Díaz, conocido por “Pistola”, a quien 
mataron a puñaladas. 


Diciembre 23: Juan Arnau, soltero, que lo mataron a pu- 
fñaladas en el campo. 


Año 1844 


Setiembre 29: Santiago Broín, soltero, que fue muerto en 
el campo a puñaladas. 


Setiembre 30: Gregorio Zapata, soltero, que fue muerto en 
el campo a puñaladas. 


Año 1845 


Diciembre 11: Marcelino Manso, soltero, de edad de quin- 
ce años, hijo legítimo de Blas Manso y de María 
Liendro. Confesó. Fue muerto fusilado por la justicia. 


Diciembre 13: Juan Alberto Acosta, soltero, de edad de 
18 años, soldado de la divisa Victoria. Falleció fusilado 
sin sacramentos en el campamento. 


Año 1846 


Marzo 23: Mariano Flores, viudo. Falleció de muerte vio- 
lenta el 27 de enero del presente año en defensa del 
orden, luchando contra desertores. 

Se observa una gran cantidad de fusilados por disposi- 
ción del gobierno. 


Año 1847 


Abril 10: Venancio Cuevas, soltero. Falleció de muerte vio- 
lenta, sin sacramentos. 


— 178 — 


Junio: Inocencio Vergara, soltero, soldado, falleció fusila- 


do CF. 183). 0D 


Los policías tuvieron que cumplir una tarea sumamente ar 
dua. Por eso dentro de la rigidez del documento que exhumamos, 
vemos también —como en el último caso— la acción inclemente 
de la justicia aplicando la pena capital a los culpables. 


*k 


La pena de muerte se cumplió por última vez en Entre Ríos 
el día 4 de junio de 1894 en la persona de los asesinos José Ló- 
pez Osuna y Juan Almada. El 30 de agosto de 1893 el vecindario 
de Paraná tuvo conocimiento de un hecho sumamente dramático 
en la jurisdicción de Bajada Grande. 

En la mañana de ese día el jefe de la familia Don Antonio 
Franzotti marchó a la Capital de la Provincia para efectuar su 
acostumbrado “reparto de leche. En esas circunstancias fueron 
asesinados su señora esposa, tres hijos y un peón. Entre las vícti- 
mas se encontraba un niño de ocho meses y los autores robaron 
250 pesos. 

Los asesinos fueron, como queda dicho, José López Osuna, 
oriundo de Santa Fe, quien fue detenido en los pajonales de Ba- 
jada Grande y Juan Almada, conocido cochero de Paraná, que 
fue preso en las proximidades de E. Racedo cuando intentaba in- 
ternarse en la selya de Montiel. Las declaraciones arrojaron deta- 
lles de la ferocidad del procedimiento. Uno de éstos se refirió al 
pequeño de ocho meses que tomado por Álmada se lo tiró a 
Osuna como una pelota, quien lo recibió en el aire en la punta del 
puñal. 


Carabinero de la época de Rosas. 
Según D'Hastrel. (Museo Histórico 
Nacional) 


El 8 de septiembre tuvo lugar una lcd pública de 
repudio a los autores entregándosele al Gobernador Hernández 


Soldado de la caballería de Urquiza. 
Según Fortuny. (Museo de Luján) 


(1) Archivo de la Casa Parroquial de Victoria (Entre Ríos), Vice Parroquia de Aran- 
zazú, anotada por los Pbros. León de Mier y Miguel Vidal. Año 1840-1848. 


— 181 — 


un memorial para que la justicia no le conmutara la pena a los 
horrendos criminales. 


La Justicia y el Gobernador aplicaron la vindicta pública y 
Almada y Osuna fueron fusilados en la Cárcel Pública de Paraná 
en presencia de autoridades y mumeroso público. Después de esta 
ejecución que tuvo lugar el 4 de Junio de 1894 no se aplicó más 
la pena de muerte en la Provincia. 2 


ES 


Con estos ejemplos, tomados de la larga lista de asesinatos 
de entonces, imaginamos escenas repetidas. Á veces, al delator, 
que frente a su conciencia, tiembla y balbucea, pero denuncia... 
Otras, al atacante que de pronto gesta el espectáculo macabro 
del degúello... Abiertos quedan en una postrera contracción los 
ojos del muerto. Abiertos y vueltos hacia arriba, mirando con ho- 
rrible fijeza el cielo en busca de protección divina. Un largo 
hilo de sangre, purpura su camisa; caen los brazos y de las boca- 
mangas, asoman las manos inertes... El acto consagrado, satisface 
el sentimiento del hombre inspirado por el instinto de la caza en 
su modalidad más primitiva... 


Acuciado por las espuelas que les traspasan los ijares, el ca- 
ballo del homicida, corre ahora para apartarse del lugar trágico. 
Inclinado hacia adelante, con la boca entreabierta y fatigosa, ce- 
ñida las piernas a los flancos sudorosos de la bestia, ya escapa. Su 
silueta se pierde en su enloquecedor galope, envuelto en la pol- 
vareda del recuerdo, pero dejando en sus resonancias, ese ayer 
de hombres y pasiones que hablan elocuentemente al historiador 
y al artista. 


(2) ANÍBAL S. VASQUEZ: “Dos siglos de vida entrerriana”, Paraná, 1950, pp. 
280-281. 


SOFIA ACOSTA 


RÍO HECHO DE AZUL, EL RÍO MÍO 


Piedra de fuego soy, rabdomante precisa 
que te ausculta y descifra 

tus perfiles, tus huellas, 

tus siglos en mis días. 


Penetrada de ti voy y regreso 
a los claros remansos, busco el último adiós 
y me reencuentro. 


Allí me identifico con tu canto, 
con tu raíz sin tiempo y de ternura. 


Tal vez tengo un presagio de retorno. 


Soy 


casi feliz criatura de tu hechura. 


Río hecho de azul, el río mío, 
con sus ciclos de pájaro y serpiente, 
de vida y muerte tatuando las orillas. 


Cuántas veces diré hasta que vuelvas. 
Cuántas vendrás a mí para alejarte 
azul, azul, hasta sentirte noche. 


LA RED 


Sí. Yo tengo desde siempre un río alucinante 
claro y oscuro són de apresuradas y nítidas alla 
un dolor hecho flor abierta desde adentro Ñ 
un barro tibio en islas y una arena 
marcada con mis pasos. 


Sí. í 

í Un ro que me azota con su lento tropiezo, 
su no irse jamás y no quedarse 

tosca arcilla en mis dedos. 


Un río adiós continuo, 

un río hecho r 

a ho regreso frente a la costa brava 
: pasto sediento aprisiona los pájaros 

y la muerte convida dulcemente y espera. 


Ah, enemigo río con mi rostro en tu Tostro 
quebrando las orillas, 
E 
Ab, río hecho de sol en .mi tormenta 
. . d 
de niebla casi azul en mi alegría. 


Quien cortará los lazos, la red del laberinto 
la absurda comunión que nos devuelve 
al centro de nostalgia 

como dos primorosos artífices en duelo 

dos fieles enemigos labrando sus cañenas. 


— 185 — 


SOFÍA ACOSTA. — Es indudablemente una de las escritoras argenti- 
nas que en mayor medida se ha proyectado fuera del país haciéndose cono- 
cer en los medios especializados de gran parte de América y Europa. Sus poe- 
mas han tenido cálida acogida en innumerables revistas y periódicos de am- 
plia difusión en nuestro continente, sobre todo en las repúblicas de México y 
de Perú. 

Sofía Acosta nació en la ciudad de Santa Fe, pero se considera entrerria- 
na por adopción. Desde 1960, con la aparición de su primer libro titulado 
“Omega”, comienza a tener resonancia nacional una labor que hasta enton- 
ces no había trascendido los ámbitos de la provincia. “Poemas del agua”, edi- 
tado algunos años después, confirmó las excelencias de su verso, su honda 
sensibilidad y su lirismo manifestado a través de temas ligados esencialmente 
a la vida y el destino del hombre. En numerosas oportuni ades ha participado 
en certámenes literarios que no han hecho más que destacar los valores de 
sus poemas, así ha ocurrido en el Concurso Bianual “Poeta Félix Basanta” que 
tuvo como escenario la ciudad de Villa Dolores y donde este año obtuviera la 


máxima distinción. 


JUEGOS DE NIÑOS DE ANTAÑO 


por MIGUEL ANGEL RODRÍGUEZ 


El ámbito geográfico de nuestros juegos no era muy dilatado. 
Preferíamos un “hueco”, el limitado por las calles Misiones y La 
Paz; y dos esquinas: las formadas por San Luis y Rosario Tala, y 
San Luis y La Paz. 

Calles de tierra, calles de barro espeso, pegajoso, abundante 
en los largos tediosos días invernales. 

En esta zona, las casas se estrechaban en apretujado racimo 
edilicio; más allá de este límite, comenzaban a alternarse casas hu- 
mildes y baldíos. 

Por la noche, las siniestras sombras de las arboledas, especial- 
mente de paraísos, moreras y alguna que otra higuera, y la presen- 
cia de perros nos cohibían y nuestros itinerarios nocturnos eran 
breves. 

Noches con estrellitas titilantes, que parpadeaban en las al- 
turas sin que nos llamaran la atención; con luna viajera que adqui- 
ría importancia en algunas veladas pasajeras debajo del foco eléc- 
trico esquinero. . 

Sinfonía en oscuro en tono mayor, parafraseando a Rubén 
Darío, en que la sombra lo absorbía todo, dejando apenas el oro 
movedizo, pequeño e inquieto de un foco. Pero sí magnífico por 
el concierto —verdadera sinfonía de voces— en las cunetas barrosas 
por el agua servida, grasosa y mal oliente o en las lagunitas forma- 
das en los bajos de un baldío, en donde ranas y sapos, en do mayor 
y si bemol, cantaban sus discordes cantos pluviales. 

Escuchábamos —porque después venía la depredación— aten- 
tamente: aquí una rana con voz de tiple; ahí un sapo joven, tenor; 


— 188 — 


y al lado, un escuerzo hacía oír, de vez en cuando, su grito bajo, 
a cuyo conjuro, nos parecía entonces, todas las demás voces se es- 
fumaban. Y volvía el concierto, después del breve silencio, con 
mayor intensidad, alternativo, en escala pentatónica, como si el 
pentagrama musical estuviera alterado. 

“Ranae regem petiere a love”, dice Fedro, y parecía realmen- 
te que en esas noches frías, neblinosas, oscuras, los habitantes de la 
laguna pidieran más agua. Nosotros decíamos: —Piden más agua 
las ranas. 

No sé a qué historia o leyenda, o si era a muestra desaprensiva 
e inhumana —no del todo consciente— condición de chicos travie- 
sos, debíamos nuestra intemperancia, mo decimos odio, hacia los 
batracios; pero lo cierto es que comenzábamos la matanza con las 
“hondas”. Cuando algún sapo quedaba muerto con las patas para 
arriba, le dábamos vuelta, porque según la opinión popular era una 
manera de seguir pidiendo agua después de muerto, como una 
révancha a la torpeza infantil. 

Los grillos enfundaban sus élitros en los días lluviosos, ape- 
nas un piar débil y quejumbroso de algún pajarillo en los árboles o 
el chistido agorero, fatídico de las muchas lechuzas que entonces 
había, inquilinas de torres de iglesia y de palos hieráticos. Con la 
mirada fija y fosforescente y su volar sorpresivo nos asustaban y al 
chistar no podíamos de dejar de hacer el signo de la cruz y excla- 
mar: —¡Cruz, diablo! 

Los ladridos formaban también su sinfonía, porque bastaba 
que un cuzco asustadizo comenzara, para que, en cadena sonora y 
como mensaje canino, las voces se extendieran hacia la lejanía cada 
vez más débiles: voces graves de mastines, agudas de perro faldero 
o el aullido prolongado y gimiente de algún can añorando a su 

dueño, sentado sobre sus patas traseras y con la cabeza extendida 
hacia arriba. 

En esos días lluviosos en los barrios proletarios, el olor a torta 
frita se extendía por la tarde, mientras las pituitarias de los tran- 
seuntes identificaban la casa de la fritura. 

Los chicos se sentaban en el umbral en grupos reducidos para 
charlar sobre temas deportivos o escolares. Las actividades propia- 
mente lúdicas desaparecían, pero otras agresivas irrumpían en el 


— 189 — 


círculo: los hondazos con bolitas de barro, las zancadillas para de- 
rribarse en la calle fangosa. 

A veces se escuchaba a alguien que, con voz desafinada, can- 
taba unos pareados libres y con rima consonante desigual: 


Que llueva, que llueva, 
que la vieja está en la cueva. 


Los pajaritos cantan, 
la vieja se levanta. 


De noche, algunos pocos nos sentábamos en el único lugar sin 
barro de la calle: la boca de tormenta de las cañerías cloacales, 
cuya tapa de hierro se levantaba unos cuarenta centímetros sobre 
el nivel de la calle. Allí, nimbados por la luz de arriba, contábamos 
cuentos de aparecidos, de fantasmas, de la solapa, del lobisón, del 
hombre sin cabeza y tantos otros que llenaban nuestras cabezas 
alocadas. No conocíamos los cuentos “verdes”. 

Cuando la temperatura comenzaba a caldear el ambiente, 
las noches se poblaban de los mismos ruidos; las ranas en menor 
escala cedían ante el avance de los cantos de los grillos. 

Las luciérnagas —comapán o mamúa como las llamábamos en- 
tonces— convertían los baldíos en cielos reducidos: estrellitas fu- 
gaces jugando a las escondidas y que nosotros perseguíamos gol- 
peándolas con ramas de árbol. Á veces juntábamos varias mamúas, 
las encerrábamos en un vaso de vidrio para que alumbraran, aun- 
que débilmente, la habitación en que dormíamos. 

Las mañanas de los días hábiles eran aburridas; unos pocos 
desperezaban las horas mirando por encima del tapial o, con un 
libro en la mano, simulaba estudiar los temas escolares para la 
clase de la tarde, que concluía a las 17 y 30. 

Volvíamos en pandillas, sucios, las medias caídas, envuelta 
con el guardapolvos la cartera (no portafolios: vocablo inexistente) 
de cuero y la pizarra con marco de madera afuera, porque no cabía. 

Llegábamos al barrio, de inmediato quién a tomar suculento 
café con leche; cuál, unos mates dulces con pan con grasa; uno 


— 190 — 


aparecía comiendo a dos carrillos un socotroco de pan; otro, con 
tortas negras, pegadas por sus caras con azúcar, en donde se nota- 
ba el redondo mordisco de dientes anchos y separados y cuyo due- 
ño denunciaba en la comisura de los labios y en la punta de la 
nariz su hambre canina. 


En las noches cálidas, mientras las familias se sentaban en la 
vereda con las menos ropas posibles (por lo general el padre en 
chancletas o descalzo y en camiseta), los chicos nos entreteníamos 


en juegos un tanto femeniles, aunque era rigurosa la separación 
de sexos. 


Cuando algún varoncito, único entre varias hermanas, parti- 
cipaba de sus actividades lúcidas lo lamábamos “mariquita”, “ma- 
ricón”, “pollerudo” o “pollerita”. Cuando vestía bien, destacándose 
ostensiblemente del resto que vestíamos ropas humildes, lo desig- 

EA “ » 113 $, »” e La 4 » 
nábamos “manate” o “manatito” (de magnate) o “cajetilla”. Lle- 


gábamos a veces al insulto denigrante para su condición de varón, 
llamándolo “manfloro” Chermafrodita). 


Comenzábamos por esconder un objeto pequeño (bolita, mo- 
meda de cobre) en una de las manos y el rival debía adivinar en 
cual de ellas estaba el objeto. Pegábamos directamente en la mano 
y si acertábamos, el objeto nos pertenecía, 

A veces utilizábamos un cantito al que otorgábamos poder adi- 


vinatorió, apoyando alternadamente la nuestra sobre las dos exten- 
didas del adversario: 


Seta, bayeta, 

Martín de la Cuesta, 
me dijo mi madre 
que tenía un buey 
que sabía arar, 

que sí, que no, 

que en ésta está. 


Al aumentar el número de los congregados, paralelamente cre- 


cían las posibilidades de otros juegos con mayor participación ju- 
venil. 


“La esquinita” exigía no menos de cinco jugadores: cuatro se 


— 191 — 


imaginari uinto 
ubicaban en sendos ángulos de un imaginario cuadrado y el q 


al dar tres palmadas, obligaba a los otros a 


en el centro, quien, e 


cambiar de esquina y que aprovechaba para desalojar 


ellos. ' 77 
En este caso, el desalojado pasaba al centro y asi continu 


EL do” era más movido. El muchacho elegido “ti- 


El “tigre corri : y dde 
r j uien, éste se conver 
gre” corría a los otros y si tocaba a alg ; 


erseguidor del resto. , iaa 
d La mancha” o “el tigre con mancha” era una var 


j canzar 
tenida del anterior, porque el perseguidor trataba de hora sir y 
tocar al perseguido en cualquier parte del cuerpo, a cuy poo 
nuevo tigre debía poner una mano en la parte tocada y co 
el juego. " É 
ds L insólito residía en que se trataba de tocar una pto he ] 
cuerpo en que fuera difícil de apoyar la Ein E he E e 
ici idícula y provocar la hilari rupo. 
a adoptar una posición ri > sali ee 
j tía en intocable —un p 
Cada perseguido se conver cable — E 
derecho de edad. si alcanzaba a decir “pido E e . 
rado sobre un solo pie o encimaba el dedo mayor E e E e 
alcanzaba a tocar una pared, que se convertía en reducto br 
A ici día, en caso de 
En el “tigre sentado”, cada participante podía, 


., 
j ción. 
elioro, sentarse en cuclillas para escapar a la persecu de 
E e 1 “tigre rengo” (o “tero rengo”) todos debían correr so 
nel “ti gl 


olo pie. El apoyo del otro en el suelo, convertía al perseguido 
un S . 


en perseguidor. ae ala 
May parecido al “tigre” era la “embopa” o lembop gq 


, ba. 
i : el juego repetía: 
el perseguidor antes de comenzar el juego rep 


Embopa, embopa 
al que le pego, 
le toca. 


¡ cado se 
El verbo tocar significaba corresponder, o sea que el a , sn 
convertía en perseguidor y en el momento de alcanzar a un 


2 “ » 
jugadores debía pronunciar embopa.”. 


— 192 — 


“El gallo ciego” era un juego común a ambos sexos. Elegido 
el que debía estar dentro de la ronda, se le tapaban los ojos con un 
pañuelo, se le hacía girar dos o tres veces sobre sí mismo y luego, 
caminando a tientas y con los brazos extendidos hacia adelante, tra- 
taba de apresar a un jugador a quien debía identificar por sus ras- 
gos fisonómicos mediante el tacto. El identificado se convertía en 
gallo ciego, 

La variante agresiva consistía en que un participante de la 
ronda le diera una patada (no conocíamos el puntapié) en las nal- 
gas o un pescozón. 

En “la palma corrida” los participantes se dividían en dos filas 
enfrentadas, con las palmas de las manos hacia arriba y adelan- 
tada. 

Uno cualquiera de los bandos comenzaba la ofensiva: llegado 
a la fila contraria, la recorría de un extremo a otro, pegando con 
la propia mano abierta la extendida de los rivales. Mientras el 
golpe era suave, nadie se movía; con un golpe fuerte, el pegador 
comenzaba a correr hacia su propia fila, seguido del rival, para al- 
canzar la zona libre de amenaza. 

De inmediato el perseguidor realizaba la misma práctica de- 
lante de la fila oponente. Se convertía en ganador, el equipo que 
lograra apresar el mayor número de rivales. 

Se utilizaban sutilezas para engañar la expectativa del rival: 
ya amagando una fuerte pegada y resolverla luego en una caricia, 
ya un ademán suave y pegar sorpresivamente violento, ya quedán- 
dose inmóvil y, a una distracción breve del rival, golpear fuerte. 

“La cinchada” se realizaba en contadas ocasiones por la im- 
posibilidad de conseguir una gruesa soga. Cuando alguno de los 
nuestros traía un cordel sustraído al padre, nos dividíamos en dos 
bandos y, marcadas dos rayas en el suelo separadas por tres metros, 
cada bando comenzaba a tirar en sentido contrario. Ganaba el 
que lograba arrastrar al otro fuera del límite especificado. 

Algunas veces comenzábamos la brega y de pronto uno de los 
bandos aflojaba súbitamente y el otro caía de nalgas al suelo. 

Solía un grupo desafiar a otro y, apenas comenzada la compe- 
tencia, éste la abandonaba porque las manos, al resbalar en la soga, 
se embadurnaban de bosta de vaca o de: barro. y 


— 193 — 


“Al gran bonete” era un juego de rapidez y reacción mentales 
y de atención permanente al que dirigía, ante el temor de pagar 
tres prendas. En este caso, imponíase al perdedor un castigo de im- 
posición forzosa. 

e ; , p Ñ 

Aquí la imaginación de los chicos era fértil: se elegía un cas- 
tigo de difícil cumplimiento o que lo pusiera en ridículo. 

A. cada jugador se le asignaba un color. Era obligatorio pro- 
nunciar los derrengados versos libres y sin rima con rapidez: 


Al gran bonete 

se le ha «perdido un anillo 

y dice que el bonete azul lo tiene. 
—¿Yo, señor? 

—Sí, señor. 

—Pues no, señor. 

—Pues ¿quién lo tiene? 

—El bonete blanco. 


El distraído que contestaba cuando no le correspondía o nom- 
braba su propio color, pagaba prendas. 

No conocemos el nombre sintético del juego de otra manera 
llamado “Antón, Antón Pirulero...”. 

Cada participante debía imitar con las manos los movimien- 
tos propios del instrumento musical que le había asignado el di- 
rector, frente al cual nos sentábamos en fila, Este hacía rotar las 
manos formando círculos breves, mientras cantaba la siguiente abu- 


trida cantinela: 


Antón, Antón Pirulero, 
cada cual atienda su juego. 
El que no, el que no 
una prenda tendrá. 


Sorpresivamente cambiaba los giros por los movimientos imita- 
» 


tivos de un instrumento (guitarra, violín, piano, “bandolín”, “man- 
dolión”, flauta). El ejecutante, por ejemplo, de guitarra hacía girar 


— 194 — 


las manos o “tocaba” su instrumento, según el director lo imitara 
o no. Director y ejecutante se intercambiaban movimientos alter- 
nada y rápidamente. 

Cuando ambos coincidían en el mismo simulacro, o el ejecu- 
tante, apresurado por la impaciente buscada rapidez del director, 
tocaba otro instrumento que no era el asignado, pagaba prenda. 

En el verso, el verbo final “tendrá”, significaba “deberá pagar 
en castigo”. 

Un juego de fácil equivocación por una especie de magia o de 
trabajo subconsciente, que obligaba a imitar al director. 

“Montar a cococho o cocoyo” era subir a Hhorcajadas sobre la 
espalda de un compañero que se convertía en caballo, formando 
ambos una especie de centauro bicéfalo. 

Este juego se prestaba a numerosas variantes de breve 0 
ción, porque el caballo quería intercambiar oficio o se cansaba de 
inmediato. Entre las más comunes: carreras cuyo trayecto alcanzaba 
a lo sumo quince metros, pero que dejaban exhausto al equino; pe- 
leas con varas flexibles de árboles o trapos mojados. 

La que gozaba de prestigio entre nosotros consistía en pelear 
a mano uno contra todos. Triunfaba el que lograba mantenerse á 
cococho de su compañero. Todas las artimañas y engaños, siempre 
que fueran ejecutados con las manos, eran permitidos. 

Después de este juego quedábamos rendidos de cansancio. 
Desarticulado el centauro, vueltos a la realidad humana jinete y 
conducido, tirados en el suelo, conversaban en forma entrecortada, 
mientras respiraban hondo para reponer oxígeno. 

“El Martín pescador” era jugado por mujeres y varones; éstos 
de poca edad, sin malicia, se ubicaban unos detrás de otros para 
tirar luego en sentido contrario. 

Los dos primeros jugadores se tomaban de las manos y consti- 

tuían una valla, mientras el resto formaba una hilera que desple- 
gada perpendicularmente a aquélla, iba pasando entre ambos bra- 
zos del puente, quedando detenido el último, a quien se proponía 
elegir entre dos colores, flores, frutas, dulces y, según la elección, 
se ubicaba detrás de uno u otro, tomándolo por la cintura con sus 


propios brazos...” 


— 195 — 


El primero de la hilera cantaba: 


Martín pescador 
¿se podrá pasar? 


y los dos que formaban el puente contestaban a dúo: 


Pasará, pasará, 
pero el último quedará. 


Concluida la elección, comenzábase a tirar en sentido contra- 
rio, siendo el nexo de unión de las hileras adversarias las manos de 
los dos primeros que, al rato, empezaban a ceder, 


Un juego insólito para el barrio proletario se practicaba en la 
plaza pública, porque exigía un banco largo. No recordamos su 
nombre. is 

Cuando por casualidad nos encontrábamos en la placita del 
Seminario o en la de la Casa de Gobierno, oscura y solitaria, grave 
y solemne por la figura del edificio inhabitado, cuyo reloj de voces 
cascadas nos daba la hora sin sentido para nosotros, nos sentábamos 
en un banco con las piernas apretadas de uno contra las del otro. 

Previamente habíamos hecho varios nudos a un pañuelo, de 
modo que al pegar con él produjera dolor o molestia, Elegíamos a 
uno de los chicos, quien, frente a la fila de los sentados, debía 


buscar y arrebatar el pañuelo, que pasaba de mano en mano, oculto 
entre las piernas, 


Cuando el buscador se descuidaba, aparecía una mano enar- 
bolando el pañuelo con que rápido se lo golpeaba en la cabeza. 
La misma mano lo hacía desaparecer entre las piernas. 

Si el pañuelo era encontrado, el autor del descuido pasaba a 
ser buscador y, por consiguiente, a ser golpeado. 

Para el “salto rana” se hacían dos rayas en el suelo separadas 
por seis o siete metros, ubicándose los chicos fuera de las mismas, 


sentados sobre las pantorrillas, puestas las manos en las corvas y 
apretadas por el muslo y la pantorrilla, 


— 196 — 


A una orden, todos empezábamos a saltar lo más rápido posi 


ble para alcanzar la meta a donde llegábamos exhaustos. 

La “escondida” constituía un verdadero castigo para el que 
debía contar y buscar luego a los compañeros escondidos, 

Tras un árbol o arrimándose a la pared, el contador —de alguna. 
manera hay que llamarlo— se cubría la cabeza con ambas manos, 
contaba hasta el número estipulado y luego preguntaba: —¿Ya? 

Uno de los escondidos contestaba: —Sí. 

La búsqueda significaba alejarse de la base, a la que el con- 
tador corría a tocarla con la mano, diciendo en voz alta “piedra 
libre” al descubir a uno de los escondidos, a quien correspondía 
contar en la próxima ronda si no se adelantaba en el toque al pri- 
mero. La expresión citada era de obligatoria pronunciación para el 
que tocara la base. 

El contador debía descubrir o identificar a los participantes por 
sus nombres, pues la equivocación de la identificación obligaba a 
salir de su escondite al jugador que gritaba “cincuenta tanto” (sin 
s). Esta expresión equivalía a contar nuevamente al mismo primer 
jugador, como un castigo por su equívoco. ; 

- La “rayuela” era una actividad lúdica no muy atrayente: pri- 
mero por exigir poco esfuerzo y habilidad; segundo, porque en 
nuestras calles y veredas de tierra se borraban con facilidad las 
marcas, : 

En determinada ocasión, cuando había llovido esa tarde, en la 
vereda de baldosas rojas de la casa de algún “manate”, marcába- 
mos las rayas y con un tejo de madera o una piedra chata nos en- 
treteníamos. 

Arrojar el tejo en la zona correspondiente y saltar con un pie 
levantado, pues con el otro debía dirigirse al tejo para sacarlo fuera 
de la figura, no era difícil. 

Cuando el número de chicos reunidos era de cinco o seis, ju- 
gábamos al “oficio mudo”, parecido a lo que hoy ha dado en lla- 
marse mímica: éramos verdaderos mimos, a los que no faltaba la 
sutileza del gesto facial y la expresión a través de éste de los matices 
anímicos, 

Divididos en dos grupos, el que comenzaba a actuar en pri- 
mer término se separaba y sus integrantes se ponían de acuerdo en 


— 197 — 


el oficio a imitar. De inmediato se presentaba ante el otro grupo, 
uno de cuyos integrantes exclamaba: —“Basta de hablar y haga su 
oficio”. 

El primer grupo trataba de imitar los movimentos propios del 
oficio elegido, pero como previamente no se habían puesto de acuer- 
do en los actos y gestos a realizar, a veces cada uno hacía un movi- 
miento no disparatado sino diferente correspondiente a distinta 
etapa del mismo oficio, 

El grupo opositor después de estudiar. bien los gestos y movi- 
mientos arriesgaba una respuesta. Si coincidía con el oficio, pasaba 
a ser mámico: si se equivocaba, uno en actividad pedía permiso, 
hacía una cruz con los dedos índices, la besaba, expresando que no 
habían acertado. 

El bando en actividad no podía hablar. Perdía su condición de 
actuante con una sola palabra: de aquí los recursos sutiles emplea- 
dos para lograr que pronunciara una mísera sílaba. 

No recordamos para qué fecha del año jugábamos con zan- 
cos, que nosotros pronunciábamos “ancos” porque la zeta inicial del 
sustantivo se confundía con la ese del artículo plural. 

Por lo general, confeccionábamos el zanco con palo de escoba 
y un triángulo o cuadrado pequeño de madera clavado a cuarenta O 
cincuenta centímetros del suelo. : 

El aprendizaje inicial era duro y con experiencias dolorosas. Al 
fin lográbamos mantener el equilibrio y caminar sobre aquellos 
palos; después venía un simulacro de baile, que era la máxima ex- 
presión de dominio. Ya estábamos en condiciones de emprender 
otras actividades con los zancos. 

Nos reuníamos varios en la esquina del barrio, dando rienda 
suelta a nuestras habilidades; éste se sostenía unos segundos sobre 
un palo; ése saltaba elevándose algunos centímetros del suelo; aquél 
corría. 

Nuestro espíritu belicoso afloraba. Nos dividíamos en dos 
bandos y comenzábamos a entrechocar con el único objeto de derri- 
bar al adversario. Perdía el equipo con el mayor número de apeados. 

Hemos dedicado en la Revista SER algunas líneas al juego 
llamado “rango y mida”. Al remover la pila de los recuerdos, surge: 
otra variante que se nos quedó —no podemos decir en el tintero— 
en la estilográfica:. el rango con relación. 


— 198 — 


Para cada uno de los lances había una expresión que se pro- 
nunciaba en orden correlativo al número de saltos. 

Al comenzar decíamos: —“Cachurra monta la burra”. Cada 
uno de los jugadores en vez de saltar, subía a horcajadas sobre el 
que estaba agachado. 

Al primer salto pronunciábamos: “—Primera sin tocar y lo per- 
dono”, es decir, no tocando al jugador agachado y perdonándole el 
castigo, 

Segunda: —“Culadera”. Después de saltar, el jugador pasaba 
por detrás y tocaba con sus nalgas, en forma violenta, la del sa- 
crificado, 

Tercera: —“Rodilla en tierra”. Ejecutado el salto, el jugador 
debía a continuación poner una rodilla en tierra, pero quedarse er- 
guido y quieto. 

Cuarta: —“Tiro mi manta”. Después del salto, se arrojaba al 
suelo, tratando de que no fuera lejos, un pañuelo. 

Quinta: “Recojo mi manta” o “recojo mi cinta”, buscando la 
consonancia. El problema se suscitaba después del salto, porque el 
jugador debía quedarse como clavado en el lugar en que apoyó los 
pies y, desde aquí, decúbito ventral y con las manos en el suelo, re- 
coger el pañuelo con la boca. Cuando más lejos se arrojara el pa- 
ñuelo, más difícil el rescate, exigiendo un potente salto para alcan- 
zar mayor distancia, : 

Sexta: —“Taquito”. El jugador activo al saltar pegaba simultá- 
neamente con el talón las nalgas del muchacho agachado. 

Séptima: —“Tornillo”. La mano cerrada con índice y pulgar 
sobresalientes, se hundía con fuerza y haciéndola girar a manera 
de tornillo sobre la espalda. 

Octava: —“Palmada”. Se aplicaba fuerte en la cabeza o en las 
nalgas, 

Novena y décima: no hemos encontrado referencias y los re- 
cuerdos, se resisten a nuestra requisitoria. 

Once: —“Caballito *e bronce”. Montábamos sobre el compa- 
fiero inclinado como al comenzar el juego. 

La elección de la víctima o del director de un juego se 
hacía mediante varios procedimentos que, a fuerza de repetidos y 
conocidos, provocaban situaciones irritantes entre los chicos, que, 
a veces, llegaban a los trompis. 


— 199 — 


- Para elegir la mejor parte de una cancha de fútbol, dos palitos 
de distinto tamaño; a los jugadores, mediante la pisada , 

El contar era muy común: formados en ronda, ino comenza- 
ba señalando a cada participante con un número; operación rá- 
pida, quedando libre de responsabilidad el participante al que co- 
respondiera el número quince, Así se repetía la cuenta hasta que- 


dar dos jugadores. 
Otras veces utilizábamos cantitos: 


Un din, din, 

de la tuli, tuli, panga 
Un cañón 

que pasaba por España. 
—Chiquito vení. 

—No quiero venir. 


Un din, don. 


El siguiente con reminiscencias gálicas, tal como lo recitába- 
mos entonces: 


Pitipí sembrá, 
Cuti va de ya, 
mama de sorté 
bulibú caché. 


Los versos solían tener cierto ritmo y alguna que otra rima 
consonante: 
Uno, doli, treli, catoli 
quili, quilote, 
Estaba la reina (o.rana) 
en su camarote. 


. 


Se hacía coincidir cada palabra con un participante y era li- 
berado de cualquier compromiso aquel al que le correspondiera la 


última palabra o sílaba: don, caché, camarote. 


— 200 — 


Los disturbios se iniciaban al quedar dos o tres jugadores de la 
ronda inicial, pues todos sabíamos que la liberación dependía de 
cómo comenzaba a repetir el verso. 

Insistimos en que los juegos varoniles se caracterizaban por su 
brusquedad: ya porque algunos de ellos exigieron de por sí un es- 
fuerzo mayor o porque le agregábamos algunas innovaciones para 
convertirlos en violentos y casi peligrosos. 

Las actividades lúdicas de las niñas, a las que dedicaremos pos- 
teriormente algunas páginas, tenían gracia y delicadeza; sus movi- 
mientos rítmicos, acompañados de una música fácil y pegadiza. 
Juegos no violentos, muchos orientados hacia la misión específica 
de la mujer. 

La circunstancia geográfica reducida o la imposición de nues- 
tros padres de no alejarnos de la vereda de la propia casa, nos obli- 
gaba a participar en un juego algo femenino como “frío, frío... ca- 
liente, caliente”. 

Actuaban dos bandos: uno escondía un objeto determinado, el 
otro debía encontrarlo, 

Comenzaba la búsqueda, si uno de los participantes se encon- 
traba lejos del lugar del escondite del objeto, decíamos: —Frío, frío... 
a medida que se iba acercando: —Caliente, caliente... 

—Se quemó — significaba haber encontrado el objeto, 

El bando buscador antes del juego debía dar tiempo y no mi- 
rar al bando adversario y, mucho menos, el lugar del escondite. 

Estas reglas se respetaban y constituían verdaderas normas éti- 
cas, anticipo de otras definitivas de la sociedad, y escuela moral de 
los niños. 

Ciertas tardes, reunidos en la esquina, conversando sobre el 
último filme en serie o episodios y sobre la situación peligrosa en 
que quedaba el personaje masculino principal, veíamos venir a uno 
de los muchachos del barrio y, tácitamente y sin mirarnos, formá- 
bamos dos hileras enfrentadas, al parecer sin motivo. 

Llegado el inocente visitante, era empujado alternadamente de 
una hilera a otra en forma brusca y sin darle tiempo a reaccionar, 
hasta que, por fin, lograba zafarse de los empellones, Á este juego 
lo denominábamos el “túnel”. 

La imaginación trabajaba para encontrar motivos de risa o 
burla mediante la broma grosera. 


— 201 — 


“La zancadilla” consistía en trabar ambos pies del inocente, 
adelantando el propio, de modo que no pudiera dar el paso. La caí- 
da al suelo era lógica consecuencia de tan burda actitud. 

Solíamos caminar por la calle entretenidos en arrojar piedras 
o golpeándonos mutuamente con ramas de paraíso y espetándonos 
los apodos para provocar la risa de los demás. 

De pronto, al ver a alguien no integrante de la barra, dos de 
los nuestros comenzaban a discutir, se lanzaban insultos y, siguien- 
do la ficción teatral, intentaban darse puñetazos. Entonces el que 
llevaba una vara lisa, para no pelear con ventajas, según lo decía 
públicamente, hacía ademán de entregarla al recién llegado. El pe- 
leador la retiraba presto, tratando que la mano del desprevenido se 
deslizara en la vara embadurnada de heces fecales, 

“El caballito” exigía un conocimento de la idiosincrasia de la 
víctima y sutileza expresiva del taimado confidente, porque mien- 
tras éste trataba de entretenerla con su conversación, un tercero a 
hurtadillas se colocaba, apoyando pies y manos en el suelo, detrás. 

El confidente de pronto empujaba hacia atrás a su interlocu- 
tor, quien no podía retroceder y, tocando con su espalda la espalda 
curva del agachado, caía luego estrepitosamente al suelo. 

Esta broma solía generar peleas, azuzada por la chusma ado- 
lescente ávida de brusquedad. Se tejían historias, se recordaban 
antiguos rozamientos, se empujaba al uno contra el otro, hasta que, 
encendida la chispa, los contendores se preparaban para la pelea 
adelantando las manos como los boxeadores. 

Se insistía en que uno de ellos mojara con el dedo ensaliva- 
do la oreja del adversario, con el mismo valor de quien arroja 
el guante a la cara enemiga, o se borrara una raya trazada en el 
suelo que representaba al adversario. 

—Borrá la raya, si sos malo (aguerrido, peleador) — decía uno 
de ellos y el otro, por no parecer flojo ante la mesnada, la borraba; 
de inmediato, trompis. 

Entonces formábamos una rueda circundando a los conten- 
dores. Terminaba con la llegada de un milico o de un padre a 
quien había avisado un “estómago resfriado”. "Todos nos desban- 
dábamos enseguida. 

El mundo del niño es el juego. Un niño solo es una actividad 


en vacación. Y era nuestro gran drama quedar solo un domingo 
: ? 


— 202 — 


por la tarde o un día hábil por la mañana. El tiempo parecía demo- 
rarse adrede. 

Contemplábamos la actividad humilde y sonriente de nuestra 
madre ocupada en barrer, lavar y cocinar, todo al mismo tiempo. 

Un matungo arrastraba su figura desmedrada con un chico 
descalzo por jinete, empleando sus talones sucios y rajados como 
espuelas. Un carro iba dando tumbos por la calle despareja y los 
ejes de ambas ruedas rezongaban chirriantes, ¡Qué largo el tiempo 
de estar solo! 

Pero hete aquí que la loca de nuestra cabeza, la imaginación, 
trabajaba para: nosotros. 

Un botón servía para entretenernos: le hacíamos pasar por 
dos de sus ojos hilos que retorcíamos en un solo sentido y luego 
tirábamos de ambos extremos. Se producía un movimiento rotatario 
del botón al retorcerse en un sentido y otro ambos hilos, que aflo- 
jábamos y estirábamos alternadamente. La rotación producía un 
suave zumbido. 

Perforados los tabiques de los nudos de una cañavera, el pedazo 
de caña quedaba convertido en un tubo vegetal, cerbatana, con 
que arrojábamos frutas de paraíso o un manojo de plumas con 
una aguja. 

- Con frutitas de paraíso organizábamos batallas campales'con 
grave peligro de la integridad de un ojo. Nuestras madres preveían 
las' consecuencias desgraciadas de esta' arma arrojadiza en manos 
adolescentes por lo que solían repetir: —Un chico, buen chico; dos 
chicos, mal chico —agregando—, el diablo no duerme en camisa 
o el diablo anda suelto. : 

Dos muchachos solían ingeniarse para hacer complicadas fi- 
guras con un piolín. Se unían ambos extremos de éste, se daba 
un giro completo en las dos manos y utilizando los dedos se tiraba 
en distintos seritidos, formándose ya una cunita, ya una mesa a cual- 
quier trama sin poderla asociar a ningún objeto conocido. El otro 
participante tomaba de distinta manera dicha trama formando nue- 
vas figuras. El repertorio al cabo de un tiempo se agotaba. 

Con un fruto de paraíso tratábamos, presuntuosos, de sorpren- 
der a los compañeros con una prueba que considerábamos inusitada, 

Puesta la bolita'sobre los labios entreabiertos y abocinados, so- 
plábamos suavemente y la manteníamos durante varios segundos en 


TN 


el aire. Repetíamos la operación, levantándola más alto cada vez; 
de tanto soplar quedábamos mareados. 

El juego del balero no lo practicábamos, por imposibilidad eco- 
nómica de nuestros padres en comprarlo. Alguna vez aparecía ante 
nuestro grupo uno de los “manatitos” que, balero en mano, des- 
pertaba o nuestra codicia o el gesto despectivo —en cierto modo el 
resentimiento del sumergido social- de levantar los hombros y 
adelantar el labio inferior apretado contra el otro, 

Cuando un objeto pequeño se nos caía en la calle polvorienta, 
si no lo encontrábamos recurríamos al siguiente expediente: escu- 
píamos sobre la palma de nuestra mano izquierda y con el índice 
de la derecha golpeábamos fuertemente la saliva contenida en el 
cuenco. El líquido por presión chisgueteaba en distintas direcciones. 

Hacia donde saltaba más lejos la porción más voluminosa de la 
escupida, se buscaba el objeto perdido. Por casualidad solíamos 
encontrarlo por las inmediaciones. 


+ 


Algunos juegos infantiles en su desarrollo presentan cierta si- 
militud con actividades del hombre en la sociedad. 

La “naria” representa la puja de dos bandos rivales aspirando 
al triunfo por eliminación del adversario; “la torre en guardia”, la 
defensa de un castillo cuyos pobladores han puesto centinelas para 
no ser sorprendidos; la “troya” tiene similitud con el cerco de llión, 
en Asia Menor, defendida por los troyanos y atacada por los 
griegos. 

“La rayuela”, nacida posiblemente en un ambiente religioso, 
señala las dificultades del hombre en la vida, sus avances y retro- 
cesos, sus alegrías y fracasos, pero también su voluntad y tenacidad 
para salvar los obstáculos y triunfar alcanzando “el cielo”. 

“El Martín pescador”, la actividad de pescadores que tratan de 
atraer al pez mediante un cebo —en el juego el nombre de fruta o 
flor para decidir al participante— y luego la correspondiente sarta 
de víctimas que cada uno consigue mediante la “carnada” elegida. 

“Antón, Antón”... remeda una orquesta de varios ejecutantes 
con instrumentos distintos. La similitud es mayor en el juego “el 


E 


oficio mudo” en el que los participantes deben realizar las acciones 
propias del oficio, profesión o tarea elegidos. 

En el “tigre”, la persecución del felino al hombre indefenso, 
que trata de escapar y ponerse a salyo. 

En “el gallo ciego”, el acontecer del hombre en la vida: en 
medio de tinieblas gira a uno y otro lado desorientado, las manos 
como buscando el camino que lo oriente y la luz que lo ilumine. 
La identificación de alguien es su propia liberación: ha encontra- 
do su destino y, liberado, marcha feliz. 

El gallo ciego dentro del círculo de los jugadores es la repre- 
sentación del hombre sin rumbo rodeado de dificultades. 


eS 


La importancia de la actividad lúdica es incuestionable, Ya di- 
jimos que es una válvula de escape a los contenidos psíquicos y de 
nivelación y equilibrio somáticos del niño. 

El problema de los niños y jóvenes actuales es, entre otros, 
falta de actividad física a través de los juegos, El niño actual tiende 
a ser y estar quieto, mientras la radiofonía —un peligro sigiloso— le, 
deforma la mente, le imprime esquemas comerciales y le reduce el 
vocabulario; y la televisión —el segundo—, y ¡grave! y ¡sutill lo ab- 
sorbe en inmovilidad de horas y le ofrece figuras fugaces y no ideas, 
escenas groseras o violentas o excitantes. La inmovilidad a esta al- 
tura de la vida es peligrosa: crea malos pensamientos. 

En el caso de la radiofonía, el vehículo es aún la palabra que 
conlleva pensamiento, pero en la televisión prepondera la imagen. 

La radiofonía no le exige ningún esfuerzo mental, porque 
todo se reduce a escuchar tandas de noticias, números musicales 
deprimentes, las famosas novelas y los concursos de cantores. 

La radio entra en el hogar sin resistencia y sabido es que el 
mundo de los negocios, al hacer la propaganda de sus productos, 
utiliza la insistencia machacosa que graba en la mente del más obs- 
tinado lo que desea. De ello deduce el niño que el comercio, la 
industria, los negocios, el dinero, la banca —no les quitamos el valor 
que ellos poseen— es lo fundamental. ¿Y la cultura? ¿Y el mundo 
de los valores de que les hablamos en la cátedra, ¿dónde está? 


— 205 — 


La televisión es la gran esclavizadora: retiene, especialmente 
a niños y jóvenes, en una holganza de horas en que van pasando 
las tiras filmadas con las eternas hazañas de cow-boys, las series de 
pistoleros, gangsters y hombres fuera de la ley, quitándoles momen- 
tos en que el niño podría dedicarse a jugar, a crear el mundo de 
su fantasía, y al joven lo aparta de otras actividades más elevadas 
y conducentes a su equilibrio psico-somático. 

Transcribimos textualmente lo expresado por una revista ex- 
tranjera acerca de la televisión: “Hay que contar, sin embargo, que 
entre los seis y los dieciséis años, en los países dotados de sistemas de 
televisión de cierta importancia, el niño dedica entre quinientos y 
mil horas por año a la contemplación de las emisiones, lo que en 
números redondos eleva a doce mil horas el tiempo dedicado a la 
televisión, durante la vida escolar, es decir, casi tanto espacio como 
el que transcurre en las aulas”. 

Ni la radio ni la televisión exigen proceso mental. Escuchar y 
ver simplemente no son pensar. Si no hay proceso mental y con un 
hurto de horas a que el niño podría dedicarse a jugar, le estamos 
provocando una honda crisis de su dualidad permanente. 

Esta reminiscencia del tiempo que pasó, de los juegos que ale- 
graron nuestra vida pueril y adolescente, tiende a presentar las 
imágenes del pasado, pero, también, a alertar sobre la despreocu- 
pación por las actividades lúdicas de los niños. 


ES 


Ningún juego es completo si sólo tiene un participante. Le 
quita el aspecto de recreación, de emulación y de alegría que pro- 
duce la realización conjunta de la actividad. 

El niño solitario no juega. La expresión de que el hombre es 
un ser social, es válida para él. 

El juego es actividad social y un lenguaje mediante el cual los 
niños se entienden, acatando sus normas y admitiendo el castigo o 
de su inexperiencia o de su equívoco. 

Abarca un reducido grupo social —el conjunto de muchachos 
en ese momento en actividad— con una lengua especial, cuyas pa- 


— 206 — 


labras, algunas al parecer raras, adquieren una significación par- 
ticular, 

Las normas a que se ajustan tienen un valor relativo: sirven 
para ese instante. El que no las acata, es segregado: tal ocurría en- 
tre nosotros, cuando alguien quería imponer su propio criterio le- 
sionando los presupuestos del juego. 

Los sancionábamos no haciéndole participar o por propia vo- 
luntad se apartaba del resto de sus compañeros. Al fin, viéndonos 
alegres, arreboladas las caras por el esfuerzo, despreocupados, en- 
tregados en cuerpo y alma a nuestra actividad, se reintegraba manso 
o pedía su incorporación. 

Dos mundos se interfieren en el juego: el de la realidad, que 
lo restringe a una actividad particular, física, material; y el de la 
fantasía que, adecuándose en parte a aquél, lo desborda y le en- 
gendra alegría y optimismo. 

El niño solitario exige otro partícipe, por eso suele crear per- 
sonajes que intervienen en sus juegos y con los cuales dialoga. 

El juego constituye un mundo al que no penetra el adulto que, 
por eso mismo, suele ser intransigente. Esfera lúdica, cuyos valores 
están en relación con la edad de los participantes. Los objetos —co- 
sas— de que tienen que valerse para jugar, poseen importancia rela- 
tiva: no por más onerosos son los más buscados. Una simple pelota 
de goma para la “ronda” o de trapo para “patear” u oxidadas aran- 
delas de hierro tenían más valor circunstancial que juguetes cos- 
tosos. 

Tales cosas adquirían entonces y adquieren hoy el mismo sig- 
nificativo valor que la muñeca de trapo con que dialoga la niña, 
dejando abandonada en la sala, sentadita, a la muñeca moderna que 
abre los ojos, camina, y cuya piel y formas orgánicas se asemejan 
a las de carne y hueso. 

Esta valoración circunstancial que los niños otorgan a las cosas, 
no la perciben ciertos padres, sobre todo aquellos que regalaron el 
último moderno triciclo o el manomóvil Injoso a su hijo, quien, ol- 
vidándose del precio repetido por el orgullo paterno, va en busca de 
su amiguito para jugar a la rayuela o a cualquier otro juego con 
participación pueril. 

El niño actual no juega en la calle ni en los baldíos, que van 
quedando pocos, como en nuestra época. El progreso material, el 


— 207 — 


denso tráfico y el tránsito por todas las calles de la ciudad, le restan 
a los chicos actuales un lugar de esparcimiento. 

Los clubes deportivos cumplen a medias su función, porque 
para participar de los juegos y deportes que ofrece, se debe nece- 
sariamente ser socio. Reduce la muchedumbre adolescente. 

El Estado se ha desentendido de la educación lúdica de los 
niños. 

Ogaño la calle es un peligro, antaño era el campo de sueños 
infantiles. l 

La participación activa en los juegos fomenta el proceso ima- 
ginativo, por eso los chicos de antes no se aburrían, porque a las ac- 
tividades lúdicas por ellos conocidas agregaban algo de su propia 
inventiva o creaban otras. Y esa pila emocional y física que es el 
niño, quedaba desgastada al llegar la hora de dormir. 

Sueños reparadores, tranquilos y apacibles poblaban las noches 
infantiles; a lo sumo, la risotada de alguien recordando un lance 
feliz del juego de esa tarde o el quejido de una rodilla pelada, de 
un puntapié en la pantorrilla o de un ojo negro. 

En la actualidad hay un adelanto de la edad, como si se hubie- 
ran corrido las fechas correspondientes a la infancia, a la niñez, a la 
pubertad y a la adolescencia. 

Cuando vemos hoy a varios chicos reunidos en la vereda como 
si estuvieran confabulándose para iniciar un juego, todos están es- 
cuchando con una radio de bolsillo un partido de fútbol o la última 
canción beat o pop. 

Los juguetes costosos actuales han hecho, sin querer, egoístas 
a sus poseedores, precisamente por lo que sufre el bolsillo del padre. 
Pero antaño, ¿qué podía engendrar egoísmo, si eran tan insignifi- 
cantes los juguetes: una tarasca mal fabricada, unas argollitas de 
lata o un bate hecho con un palo de escoba? 

Por el juego el niño expande libre su personalidad en el grupo. 

Actividad espontánea, sin jefe ni director, pero cuyos presu- 
puestos, que el grupo intuye, se respetan y cumplen. Las leyes 
de juego son transmitidas por vía oral en el sentido de que se apren- 
den jugando, no tanto por la parte afirmativa del juego, sino por los 
castigos a las transgresiones. El niño aprende que el castigo es el 
no juego. 

Aprende viendo, pues las reglas son breves y claras, 


— 208 — 


Las transgresiones voluntarias de algunos díscolos, traían como 
consecuencia la degeneración del juego y el dispersamiento de la 
mayoría: primero, porque se hacía intolerable la presencia de tales 
muchachos; segundo, porque rotas las leyes lúdicas, nadie sabía a 
qué norma ajustarse. 

Cuando los revoltosos desaparecían o eran separados del juego, 
éste se restablecía pacíficamente, de la misma manera que en cual- 
quier grupo social retorna la tranquilidad eliminados los inadap- 
tados, 

Se sobrentiende que el concepto de pacífico se aplica al retorno 
de la actividad dentro de la ley, pero no a la tranquilidad de ánimo 
de bandos contrarios que buscan el triunfo en el juego. El enarde- 
cimiento, el grito extemporáneo, la burla, el insulto a veces, el en- 
contronazo violento eran cosas comunes, sin trascendencia, resulta- 
do de fuertes personalidades en pasajera enemistad. 

Después de tantos esfuerzos y mientras se reponían las gastadas 
energías somáticas, en corro, era muy frecuente hacer repaso de 
las habilidades o torpezas de uno y otro jugador, autoelogiarse el 
grupo vencedor, pavoneándose ante el mustio enemigo. Era una es- 
pecie de esgrima verbal para mantener la rivalidad, 

Nuestro breve vocabulario se expandía en la tardecita quieta, 
acompañado de risas y carcajadas, de gestos y ademanes. Vocabu- 
lario especial rico y popular; giros idiomáticos rápidos, coloridos, 
sencillos y fáciles para ser entendidos por el grupo; descuidadas ora- 
ciones unimembres; frases elípticas para destinatarios enemigos y 
muchas interjecciones con mímicas. 

Vocablos con significación sólo conocida por los.chicos del ba- 
trio. Valgan algunos ejemplos: socotroco, pedazo irregular de pan; 
cococho, montar a horcajadas sobre la espalda de otra persona; cru- 
bica, (hacer crubica) hacer añicos; mamúa o comepán, luciérnaga; 
torear, ladrar el perro, provocar al enemigo; buraco, agujero; tuyan- 
go, medio loco; garasino, el trompo alargado con púa afilada; batata, 
el trompo muy pequeño, usado para jugar a la troya; tarasca, pan- 
dorga cuadrada o cuadrilonga de dos varillas; manate, muchacho 
de buena posición económica, bien trajeado, de modales afemi- 
nados... : 

Se explica que las actividades lúdicas tuvieran para esos años 


— 209 — 


importancia y prestigio entre los chicos, porque los deportes eran 
poco conocidos y practicados, excepto el fútbol. 

El juego del frontón, que entonces se jugaba a mano, era 
practicado por los socios adultos de algunas instituciones deportivas, 
pues no era costumbre que los niños fueran socios de clubes. Á imi- 
tación de los pelotaris, solíamos convertir la pared del almacén de la 
esquina, en frontón, utilizando una pelota de goma. Una raya 
hecha con carbón servía para indicar que la pelota debía pegar por 
encima de aquélla. 

El atletismo no tenía cultores entre nosotros, porque su escasa 
práctica y el reducido número de atletas no servían de estímulo y 
escuela para los muchachos, unido a la falta de un campo nivelado 
y, sobre todo, carente de motivaciones de alegría. 

Algunas veces organizábamos carreras de velocidad de esquina 
a esquina o de resistencia dando vueltas a la manzana o competen- 
cias de salto en largo o en alto; en muy pocas oportunidades, con 
garrocha, hecha con una caña tacuara. 

El atletismo es un esfuerzo individual sin participación del 
grupo; es antigrupal. Las actividades lúdicas se fundamentan en 
el conjunto. . 

El niño solitario es serio y no juega; el atleta es un solitario. 

El equipo, el bando, el grupo, como se lo quiera llamar, es la 
confabulación en la alegría y el entusiasmo. 

El atleta significa el triunfo de la individualidad; el juego, el 
del grupo social. En el atletismo el triunfo tiene nombre. El juego es 
anónimo, nadie prevalece con su apodo o apellido, 

El juego es escuela de ciudadanos, con participación libre en 
el conjunto; nadie era coaccionado para integrarlo, ni siquiera el 
conocimiento avezado o la habilidad personal constituían exigencias 
sine qua non para la participación en cualquier juego. 

El poder de decisión se asentaba sobre la voluntad libre y so- 
berana del niño. 


COMO MIRAR UN CUADRO MÍO 
por el Prof. CARLOS ASTE 


Los modernos medios de reproducción gráfica permiten que 
en estos momentos la obra abandone el solitario taller del pintor 
o el limitado número de concurrentes a una Sala de Exposiciones 
para llegar, intacta y simultáneamente, a centenares de espectadores. 

Consecuentemente, las reflexiones que el artista pueda realizar 
sobre su obra o el acostumbrado diálogo que en la Muestra se 
origina, deba ser reemplazado por observaciones análogas pero vol- 
cadas en forma de nota periodística. 

A esa necesidad responde este comentario y este es el motivo 
por el cual enfrento el difícil compromiso de escribir sobre mi pro- 
pia obra. 

Tan delicada misión confío cumplirla con el valioso concurso 
de citas de autores conocidos, a los que acudo con respeto y recono- 
cimiento y que, con incuestionable experiencia, respaldarán mis 
modestas apreciaciones. 

Referente a la reproducción masiva de la obra de arte, el diario 
“La Nación” de Buenos Aires hace muy poco tiempo, mencionaba 
una muestra llevada a cabo en Art Gallery International cuya mani- 
fiesta intención era didáctica y promocional, es decir coincidente 
con el espíritu de la publicación a la que van dirigidos los presentes 
párrafos. En la muestra citada se incluía una serie de grabados con 
tiradas especiales que superaban los cien ejemplares, afirmándose 
que así se facilitaba el acceso de un público más amplio a la obra de 
arte, 

“Probablemente —continuaba el diario metropolitano— interese 
al autor las posibilidades de ampliar el número de mensajes emiti- 


— 212 — 


dos y, consecuentemente, multiplicar las posibilidades de comuni- 
cación a través de la imagen. La manera de ampliar la receptividad 
de la obra tal vez consista en una prédica sistemática y, fundamen- 
talmente, en una actitud del artista que acepte relacionarse con el 
medio al cual busca dirigirse sin temor a perder su “status” o los 
secretos de su temática o de su técnica”. 

Al referirme pues, a la manera que debe ser enfrentada una 
obra mía, acudo, impensadamente, a la serie inevitable de observa- 
“ciones que ya pertenecen a un fondo común de la plástica de nues- 

tro tiempo. 

Es así como advierto que mi labor ha comenzado con el acento 
sobre lo temático-figurativo, primero de tipo naturalista para ir 
derivando a lo onírico. Pero siguiendo los dictados de una evolu- 
ción lógica, “el tema va penetrando cada vez más en el cuadro —co- 
mo bien lo dice Roger Pla— de tal modo que el motivo temático, sea 
cual fuere, va quedarido atrás, como debe ser, para ir aflorando a la 
piel de la tela la pura trama pictórica y compositiva”. 

En términos, muy generales no resulta errado afirmar que la 
pintura que se encamina en tales corrientes expresivas no es cono- 
cida suficentemente. Quizá mi obra tampoco escape a esta apre- 
ciación. 

¿A quién se le puede imputar la culpa de esta circunstancia? 
¿Habrá que imputársela al público que instintivamente huye de 
cualquier esfuerzo o habrá que imputársela a los artistas? 

A mi juicio, artistas y público están comprometidos. 

El público y el artista se acercan a la obra de arte por intui- 
ción. Sólo que la intuición del artista —como se ha dicho— es cosa 
muy distinta de la intuición del público. Para el artista, intuición 
significa sensibilidad y conocimientos técnicos. Para el público sig- 
nifica hallar la mejor manera de sentir la obra sin demasiado 
esfuerzo. 

El artista y el público están, pues, muy lejos uno de otro cuan- 
do consideran a la obra de arte. Por eso muchas veces las obras de 
los artistas quedan mudas para el público; por esa razón tantas otras 
veces, el público es frío con la obra de arte. 

Mas la existencia de tal distancia no equivale a expresar que 
«¿deba ser acortada dándole al espectador algo fácil. Permitaseme de- 


1. 


Serie de los Pescadores y Hechiceros (Oleo). 
Propiedad del Sr. Bensión Sulam. 


2 


2. Serie de los Pescadores y Hechiceros (Dibujo: tinta y 
“collage””, 


— 217 — 


cir que el público, en cuanto se refiere a la obra de arte, no tiene 
ningún derecho de pedir. El artista nada le pide, antes bien, le 
entrega su obra como un don. El artista, es cierto, tiene el deber de 
dar: el público tiene su derecho: el de recibir pero indudablemente, 
sin imponer sus gustos ni deformar, con sus exigencias, a la obra de 
arte, El artista da con entusiasmo. El público debe recibir con 
respeto. ] 

Fundamentalmente, el intercambio entre artista y público 
debe ser un acto de pureza, genuino y sincero. Es así como —al mar- 
gen de la apreciación técnica que de las obras pueda hacerse— con- 
sidero a mi labor auténticamente representativa de propios senti- 
mientos. No atiende, por lo tanto, a especulaciones que no sean los 
verdaderos intereses del cuadro. Leopoldo Hurtado en su libro 
“Espacio y “Tiempo en el Arte Actual” señala acertadamente esta 
exigencia: “...Proporciones, tonos y sombras que pueden existir en 
el modelo, pero que no es necesario que existan. Basta con que 
sean verdaderos desde el punto de vista de las necesidades expresi- 
vas del artista”. 

Nadie ignora que uno de los prejuicios más difundidos en lo 
que a pintura se refiere, es creer que el cuadro debe imitar, o alu- 
dir al menos, a la realidad circundante. “El tema de un cuadro es 
en él, completamente secundario —dice Konrad Fiedler en su obra 
“De la esencia del Arte”— y aunque lo conozcamos perfectamente, 
nada nos enseñará respecto de lo que el artista quiso representar 
mediante ese tema”. 

El tema, bien se sabe, es un mero pretexto, Con el pretexto del 
tema, busco la obra. Mis temas son, con insistente frecuencia, las 
extensas playas del mar, sus pescadores, sus casas, sus barcas y su 
trabajo. El hombre y su trabajo llega a ser la constante en mi obra 
reciente. Escasos son los recursos frente a estas visiones y como 
se sabe, no brindan, habitualmente, aspectos variados o pintorescos. 
Por elementos, casi no hay más que cielo, arena y agua. 

Siempre he pensado que esta austeridad argumental me con- 
duce a desentenderme de la parte referencial, que se agota rápida- 
mente, y desembocar en el gradual abandono del relato. Impensa- 
damente me vuelco a la creación de un mundo que aspira enrique- 
cerse progresivamente en imágenes y sugestiones y poblado con 


— 218 — 


formas enteramente irreales. Así ha surgido un ser que no existe 
más que en mis cuadros: mezcla de pescador y hechicero, sin sexo 
definido, sin rostro convencional, con pies y manos inverosímiles, 
vistiendo un ropaje desusado, en permanente posición estática y 
de marcado hieratismo. 

Con idéntico espíritu los he rodeado de cielos de colores insó- 
litos, casas de extraños aspectos y barcas que, evidentemente, no 
pueden navegar jamás. Envuelve este clima de pura irrealidad la 
presencia de plantas curativas y pájaros brujos, fetiches, amuletos 
y totems, acompañados de invocaciones táctiles y sonoras, mágicos 
llamados a las fuerzas y poderíos inexistentes pero que no obstante, 
parecieran regular el suceder de los acontecimientos. 

Este claro deseo de alejarme de la aparente realidad obedece 
a un conciente punto de vista. Leopoldo Hurtado en el libro ante- 
riormente citado lo expresa con sencillez. “Los medios técnicos de 
reproducción de las formas hacen también que el arte se indepen- 
dice de una de sus tradicionales funciones, esto es, la reproducción 
o imitación de las formas naturales. Ya el artista —continúa afir- 
mando— no tiene porqué preocuparse de la tiranía de los datos 
puramente intuitivos que le Hevaban a configurar la materia de 
acuerdo a las formas llamadas naturales. Hay otros medios mecáni- 
cos, como la fotografía, por ejemplo, que se encargan de ello con 
una precisión mucho mayor”. 

Con gran frecuencia también, se han objetado ciertas defor- 
maciones que aparecen en las obras actuales a cuya influencia no 
soy ajeno. Acudo otra vez a Leopoldo Hurtado que sostiene que: 
“Sería pueril atribuir esa deformación del dibujo a incapacidad téc- 
nica del artista. Debe suponerse, de una vez para siempre, que todo 
artista de categoría logra realizar lo que se propone. Y en cuanto al 
arte contemporáneo —continúa— tenemos una prueba de ello en 
que muchas veces el artista, en sus dibujos 'o cartones preparatorios, 
se ciñe estrictamente a la verdad anatómica o natural y luego de- 
forma el dibujo en la obra definitiva. Es prueba de que la deformi- 
dad o estilización obedece a un sentido de expresión artística; y 
puede notarse, asimismo, que esa deformación se acentúa a medida 
que el artista va dominando su técnica”. 

Aspiro para mi obra, además, sin ignorar que el camino es 


Serie de las lunas y los arenales (Oleo). Propiedad del 


Sr. Bensión Sulam. 


3. 


== ===> = = 2 


“(esaduta ) LoInisoduo) 


Agos 
LS 


PSN 
ARSS 
CON] 


v 


— 223 — 


largo y difícil, una gradual abstractización. En pos de ese ideal eli- 
mino detalles y pormenorizaciones que ciertamente nada agregan 
a la obra, por el contrario, son totalmente superfluos y hasta diría 
sumamente peligrosos. Béla Lázar lo explica con claridad cuando 
sostiene: “El artista dotado de fantasía abstracta busca las formas 
eternas que se ocultan detrás de las impresiones del momento y per- 
sigue también el contorno que delimita la esencia de las cosas, que 
las concreta y les presta unidad y armonía. Así renuncia al color, 
al matiz, al espacio, a los efectos atmosféricos, puesto que no le 
interesa lo anecdótico sino lo estructural, lo esencial, lo eterno. 
Todo esto reside en la línea que es abstracción y cálculo, que con- 
vierte cada forma en un arabesco y hace de ella una fuente de 
ritmos y armonía”. 

En las Naturalezas Muertas, composiciones que siempre tuve 
en gran estima, el tránsito hacia expresiones más actuales es muy 
evidente. En ellas persigo, ante todo y en forma casi excluyente, 
una estructura o construcción tan sólida como me sea posible lograr. 
No olvido que el cuadro es antes que un tema determinado, un 
conjunto orgánico, una unidad que debe valer por sus propios me- 
dios expresivos, es decir, por sus solos recursos plásticos. Es así que, 
fundamentalmente, acudo a equilibradas formas geométricas donde 
superficies y volúmenes se contrapesan organizando la totalidad de 
la obra. Como muy acertadamente lo dice Lhote, el Cubismo ha 
enseñado a construir, a dar solidez al dibujo, más cuerpo a los ob- 
jetos, a hacer más pesante, en fin, lo que los impresionistas ensaya- 
ron soliviantar con sus vibraciones coloreadas”. 

“El éspacio cubista —agrega Hurtado— sólo es apreciado en 
cuanto sirve para la delimitación de las superficies, y no tiene 
sentido como ámbito, lejanía o perspectiva. La falta de movimiento 
del objeto hace innecesario presentarlo en profundidad”. 

En otro orden de observaciones, no puedo dejar de mencionar 
la permanente búsqueda de nuevos materiales y procedimientos que 
en mis obras se utilizan y que resultan relativamente originales. 
Dejando de lado los óleos, cuya pintura siempre está adicionada 
con innumerables agregados y aplicada en una extensa variedad 
de maneras, también en los simples dibujos, las monocopias y en los 


o PO o 


grabados busco construirlos con materiales que bien puedo calificar- 
los de no tradicionales. 


Deseo de esta forma encontrar la materia que mejor sirva para 
expresarme, es decir, no admitiría que la creatividad, la parte men- 
tal, se encuentre trabada u obstaculizada por el aspecto meramente 
material, J. A. García Martínez en su libro “Dimensiones de la 
Creación Estética” sostiene: “Desde que el cuadro debe ser un ob- 
jeto en sí mismo y se postula la vigencia de lo pictórico puro, las 
características propias interesan más que lo que pueda representar. 
Desde entonces, los procedimientos empleados por los artistas, los 
materiales que utilizan y su manera de aplicarlos, son la base de 
la calidad. Y si antes el concepto de calidad se identificaba con el 
de fidelidad, ahora, en cambio, la calidad tiene un valor por sí 
misma. Representa la exaltación de los procedimientos, la suprema- 
cía de la tela y de los recursos técnicos sobre la imagen misma y se 
trata, en última instancia, de uma de las más grandes conquistas del 
arte contemporáneo, El artista utiliza cualquier medio para lograr la 
expresión que se propone”. 

- Estas breves consideraciones que me he permitido realizar alu- 
den a distintos pormenores de la obra pictórica, a los que no escapa 
mi producción, y ofrecen, como se ve, gran diversidad de aspectos 
(técnicos, temáticos, emotivos, etc.), muchos de los cuales no siem- 
pre resultan fáciles clarificar en la medida de lo deseado, pues con 
frecuencia, autor y espectador hablan idiomas no totalmente si- 
milares. 

Tal enunciación me recuerda las palabras con las que se inicia 
el Prólogo de la Psicología del Árte de Henri Delacroix cuando dicé 
que son muchos los ángulos desde los cuales se trata de explicar 
el hecho artístico. 

“Intrínsecamente —se afirma en el Prólogo mencionado— el 
hecho artístico no es la obra de arte. El hecho artístico es la con- 
junción de factores que inciden en la creación, ejecución y proyec- 
ciones de la obra de arte. El hecho artístico es susceptible de 
análisis; la obra de arte, no. La obra de arte no depende de las 
explicaciones que suscita; se da desinteresadamente, nada nos pide, 
nada nos reclama y no sabemos aún cómo ni por qué se adentra en 
lo mejor de nuestro ser. Percibirla y amarla es todo uno. Un tre- 


5. 


Serie de los Pescadores y Hechiceros (Dibujo: técnica 
Mixta). 


Serie de los Pescadores y Hechiceros (Monocopia). 


6. 


= 999 = 


mendo silencio rodea esta primera admiración. Sigilosamente unas 
veces, otras rudamente, nos transporta a la esfera de lo indefinible. 

Desde ese instante del encuentro, envuelto en silencioso reco- 
gimiento, se inicia el tránsito a la conciencia. Cuando avanzados por 
esa ruta lo complejo de la función hace más intenso el placer, Es 
entonces cuando se establece un nexo entre el hecho artístico y la 
cosa de arte, los que se refunden en una plenitud que en mucho se 


asemeja al éxtasis místico, al hondo amor y algún poco a la fi- 
losofía”. 


ADHESIÓN 


COMISIÓN MUNICIPAL DE CULTURA 


y 
SOCIEDAD EDUCACIONISTA “LA FRATERNIDAD” 


MARTA ZAMARRIPA 


HAY UN DÍA 


Hay un día 

en la mitad del tiempo 

y del andarnos. 

Cuando alguien se nos ya 

y no nos queda 

más que la sombra del ayer 

y un pájaro. 

Un día, 

que puede ser de abril 

o de noviembre. 

O de agosto en zaguanes 

cerrados y oscurísimos, 

Un día 

que nos invade una tristeza súbita, 
Un oleaje que no entendemos. 
Una especie de conformidad 

que nos silencia el clamor cotidiano 
y el desmedido empeño 

por concluír de llorar un llanto 

que empezó con nosotros hace mucho. 
Ya sin interrogaciones, recorremos 
las banderas que alzamos una vez. 
La mano en el bolsillo descosido. 
Y esa manzana para ser mordida 
una tarde de luz y de tejados. 


Algo viejo que es nuevo 

nos habita, 

Y regresa, indecible, a nuestros ojos TE MUERES LENTAMENTE... 
el perdido candor de doce años 

que alguno de nuestros retratos 


conserva. 3 Te mueres lentamente... 
, En tu universo azul y desgarrado 

sirenas sin verdad dicen los barcos. 
No te rescata ya la madrugada. 
Ni ese viento varón de las esquinas 
ciñéndote la falda. 
Ni la luna canyengue. 
Ni caminar contando alcantarillas... 
Te vas muriendo de lo que no has sido. 
Y una tristeza parecida al mundo 
habita en esa voz que ya no dice. 
Quisiste ser, apenas, un velamen... 
La que llena dos vasos de buen vino 
alrededor del hombre y del invierno. 
Mástil, no más, querías, 
para izar la ternura de los días. 
Para el himno de amor de las mañanas. 
Ahora, si te nombran, oyes sólo 
la voz gramatical de tu existencia. 
Sabes que en ti jugaron a la nada 
con el revés marcado de los naipes. 
Y sabes que una vida se parece 
a ese pájaro muerto en la vereda. . 
No puedes inventarte la alegría. 
Ni la voz que te nombre simplemente. 
Ni traicionar tu exacto sentimiento 
con dos tragos de amor sobre una cama. 
Solo puedes morirte lentamente... 
Como te vas muriendo por los días. 
Sin más ni más. Alrededor de agosto, 
¡qué oscuro es el perfil de la esperanza...! 


MARTA ZAMARRIPA. — Nació en la ciudad entrerriana de Victoria. 
Recibió el título de profesora especializada en Castellano y Literatura en el 
Instituto Nacional de Paraná. En la actualidad ejerce la enseñanza secunda- 
tia y superior en la ciudad de Concordia. Desde sus años de estudiante ha 
venido acrecentando su prestigio en el ejercicio de las letras y su trayectoria 
se ha visto jalonada por importantísimos éxitos que han tenido repercusión 
nacional. ! 

Vinculada, por otra parte, al periodismo, puso de manifiesto todo su 
dinamismo y la pujanza que la caracteriza en la dirección de la sección ]i- 
teraria de prestigiosos periódicos provinciales. Pero, sin duda, es en el 
ámbito del verso donde Marta Zamarripa ha encontrado su verdadero lugar 
y claramente lo dicen las distinciones que por méritos propios ha logrado 
en repetidos concursos llevados a cabo en distintos puntos de la República. 
Aunque la mayoría de su obra permanece inédita, sus poemas, difundidos 
- en diarios y revistas, han puesto de relieve la belleza y la honda humanidad 
de su lirismo, 


a] 


ASPECTOS SOCIOECONÓMICOS DE LA 
EUROPA MEDIEVAL: LOS GREMIOS 
DE ARTESANOS 


por SARA ELENA B. DE MACCHI 


El año mil en el occidente cristiano. 


En el transcurso de los siglos X y XI el panorama europeo co- 
mienza a transformarse. Si tuviéramos que concretar el cambio en 
una fecha, mencionaríamos el año mil como el del despegue de 
Europa occidental. 


Un monje de Borgoña, Raúl Glaber, escribió por ese entonces 
una célebre crónica, uno de cuyos pasajes dice: 


“Como se aproximaba el tercer año que siguió al año mil (1) 
se vio en casi toda la tierra, pero sobre todo en Italia y en las 
Galias, reconstruir los edificios de las iglesias aunque la mayoría, 
por estar muy bien construidas, no lo hubieran necesitado. Una 
verdadera emulación empujaba a cada comunidad cristiana a tener 
un templo más suntuoso que el de sus vecinos. Hubiérase dicho 
que el mundo se sacudía para despojarse su vetustez y se cubría 


(1) Hemos traducido este pasaje de: “La civilisation de loccident médieval”, Jacques 
Le Goff, Arthaud, París, 1965 que coincide en la fecha con lo que se afirma en 
la obra “El año mil” de Henri Focillon, traducción de Consuelo Berges, Alianza 
Editorial, Madrid, 1966. 

Por el contrario en la “Historia de la Iglesia”, Llorca, García Villoslada y 
Montalbán Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1963, 'T. II, p. 133 se traduce 
“el tercer año anterior al año mil” al tiempo que se objeta la traducción del 
mismo pasaje en la “Histoire de J'Eglise'”” de Fliche-Martin. El propósito de los 
autores es el de desvirtuar los presuntos temores del fin del mundo citando el texto 
de Glaber con fecha anterior al supuesto año fatídico. 


— 238 — 


en todas partes de un blanco manto de iglesias. Entonces, casi todos 
los centros episcopales, los de los monasterios consagrados a diver- 
sos santos e incluso las aa de los pueblos fueron reconstruí- 
dos más hermosos, por los fieles...” 


Este renacimiento artístico del que nos habla Glaber coincide 
con el renacimiento urbano que se opera en Europa luego de dos 
siglos de paralización mercantil. La población europea que en el 
año 700 había sido de 27 millones alcanza a 42 millones en el año 
mil y a 73 millones en el 1300. Precisamente, el impulso dado a la 
construcción de catedrales responde, en cierto modo, a la necesidad 
de albergar mayor número de fieles. 

Las razones que inciden en este cambio demográfico son nume- 
rosas y de variada índole, cuya explicación en su totalidad, escapa 
a nuestros propósitos. 

En el siglo XI reina en occidente una paz relativa. Las inva- 
siones han cesado y tanto normandos como húngaros, luego de 
convertirse al cristianismo, se asientan y forman importantes esta- 
dos, baluartes de su nueva fe. 

Las ambiciones de los feudales, con su secuela de duelos, lu- 
chas, destrucción y muerte, fueron si no frenadas al menos entor- 
pecidas por la acción de la Iglesia que instituyó la Paz de Dios al 
prohibir los combates en determinados días del año considerados 
santos. Y aunque la Paz de Dios no siempre fue respetada, al me- 
nos significó un triunfo de las fuerzas morales sobre la descontrola- 
da avidez material. Hacia el año 1040 persistió la Iglesia con sus 
propósitos y dio la "Tregua de Dios que limitaba las acciones guerre- 
ras a sólo cuatro días semanales, de lunes a jueves. Los nobles es- 
tuvieron más dispuestos a acatar la Tregua lo que contribuyó a una 
mayor seguridad general. 

En el año mil, dos personajes sobresalen en occidente con re- 
lieve propio: el sajón Otón 1M y el Papa Silvestre 11. Para ese en- 
tonces se había concretado la aspiración medieval en la formación 
de una monarquía donde papa y emperador equilibraban sus po- 
deres para gobernar a la cristiandad. La concepción imperial fue 
conformada en el joven Otón por diversas influencias, entre las que 
se destacan las de su maestro Gerberto, futuro Silvestre 1L Fue 
éste, una de las mentes más ilustradas y esclarecidas de la época, 


— 239 — 


con ideas políticas muy amplias, visionario y realista a la vez ál 
punto que se lo ha considerado como un lejano precursor del hom- 
bre del Renacimiento. En 1003 muere Silvestre 11 mientras su 
creación política persiste con diferente suerte. Si el fracaso es evi- 
dente pues ya no era viable la restauración de ningún imperio, al 
menos quedó el intento de crear un orden universal permanente 
que, como en el antiguo imperio, asegurara una nueva y fecunda 
paz romana. 

El año anterior, 1002, significó un alivio para la cristiandad 
toda. En Medinacelli moría Almanzor, terror y azote de cristianos 
españoles. Los años que corren desde el 997 hasta su muerte fueron 
críticos para España. El interrogante giraba en torno a su futuro. 
¿Se perdería para África o se recuperaría para Europa? Almanzor, 
guerrero y estadista musulmán, califa de hecho durante el reinado 


del débil Hisham II dirigió campañas arrolladoras contra los reinos 


cristianos y así cayeron sucesivamente ciudades, fortalezas y monas- 
terios. Pero la destrucción y el saqueo de Santiago de Compostela 
sumado a la profanación de la tumba del apóstol, near los hechos 
que indignaron grandemente a la cristiandad. La muerte de Alman- 
zor, al par que alivió tensiones en el mundo cristiano significó la 
declinación del Califato de Córdoba y su disgregación en numerosos 
reinos. 

Mientras tanto en Francia, hacia el año 1000, se echan los 
cimientos de una poderosa dinastía: la de los Capetos que logra per- 
petuarse por la habilidad de sus fundadores que consiguen con- 
vertir la corona en hereditaria para los miembros de su familia. De 
los humildes comienzos de los Capetos en la Isla de Francia surgirá 
un estado fuerte, con una sólida a ss pieza clave en el juego 
de los equilibrios políticos. 

En esta apretada síntesis de la Europa del año mil no podemos 
omitir la referencia a la creencia, en muchos espíritus, de la llega- 
da del Anticristo y del fin del mundo. 

Aunque historiadores serios prescindan de su mención o no 
den crédito a las versiones, (2) pensamos como Henri Focillon que 


(2) El medievalista HENRI PÍRENNE en su obra “Las ciudades medievales”, Editorial 
Paidos, Bs. As., 1962, p. 58, dice: “La famosa leyenda de los terrores del año 
mil no carece de significado simbólico. Es, sin duda, falso que los hombres espera- 


- HD 


no puede eliminarse un dato de psicología colectiva “incluso cuan- 
do presenta, como ocurre a menudo, un carácter fantástico. Estas 
grandes obras afectivas, como el amor y el miedo que agitan a todo 
un pueblo, no son forzosamente ilusiones novelescas. El quid está 
en coimprobarlas por lo pronto, en los textos, en analizarlas, en ca- 
librar su amplitud y su intensidad relativas según los tiempos, según - 
los lugares”. (9 

Siguiendo a Focillon, algunas escasas crónicas de la época, en- 
tre ellas la de Glaber, hacen mención a los terrores colectivos ante 
la proximidad del año mil: predicadores que en París anunciaban 
el fin del mundo seguido por el Juicio Final; rumores que augura- 
ban el fin del mundo cuando coincidieran la Anunciación y el Vier- 
nes Santo; la aparición del Libellus de Antechristo escrito para des-- 
truir la creencia de la aparición del Anticristo; iluminados como el 
eremita Bernardo que invocando una revelación, aseguran la pro- 
ximidad del fin del mundo anunciada por la aparición de cometas 
y meteoros que en la imaginación popular eran siniestros heraldos 
proclamando el reinado de Satanás. 


Desarrollo socioeconómico del siglo XI y despertar de 
las ciudades. 


La disminución de la inseguridad a que hacíamos mención, 
pese a algunos temores en el milenario, se vio acompañada por una 
serie de inventos y.perfeccionamientos técnicos que aplicados al 
medio rural, elevaron considerablemente los rendimientos agrí- 
colas. 

En principio, comienza una verdadera batalla contra el: bos- 
que seguida de la roturación y desecado de pantanos. Es el gran 
operativo del medioevo para rescatar tierras laborables. El remplazo 
de la madera por el hierro en las herramientas agrícolas brinda un 
arado de mayores proporciones, con ruedas y vertederas, que re- 


ran el fin del mundo en el año mil, pero el siglo que se abre en esta fecha se 
caracteriza —por oposición con el precedente-— por una renovación tan notable 
de la actividad, que podría interpretarse como el despertar de una sociedad opri- 
mida largo tiempo por una angustiosa pesadilla”. 

(3) Ob. citada. 


HA 


sito 
mueve la tierra a mayor profundidad. La difusión, lenta pero efec- 
tiva, del cultivo científico alternado, permite aumentar las áreas 
cultivadas, dejando descansar un tercio de la tierra en lugar de la 
mitad, incluso se incrementan cultivos nuevos como la cebada. 

Además se extiende la cría del caballo que remplaza al lento 
buey en la labranza. Se utiliza con mayor rendimiento la fuerza mo- 
triz de los elementos naturales: molinos de agua y de viento liberan 
al hombre de pesadas cargas y remplazan la fuerza motriz del 
esclavo. 

Mejores rendimientos de la tierra y aumento de superficies 
cultivadas generan abundancia de alimentos e inciden en el au- 
mento demográfico. La técnica ha vencido las proverbiales ham- 
bres medievales y será decisiva, también, en la transformación d 
los cuadros sociales. h 

A fines del siglo X surge un renacimiento comercial que se 
polariza en dos focos: uno al Norte de Europa, en Flandes y otro 
al Sur en Venecia e Italia meridional. El primero que domina el 
movimiento marítimo del Norte y el segundo que monopoliza las 
rutas marítimas a Oriente. 

Para la época que tratamos la esclavitud ha dejado de ser mano 
de obra abundante y barata. Se ha atribuido su paulatina desapari- 
ción a la acción del cristianismo, pese a que la Iglesia no la prohibió, 
sólo aconsejó a los amos dispensar un trato humanitario a sus es- 
clavos y a éstos, sumisión aún frente a la injusticia, Philippe Wol££ 
considera que la desaparición de la'esclavitud se debió ante-todo al 
agotamiento de sus fuentes: la guerra y el comercio de esclavos y 
que el cristianismo sólo contribuyó a su extinción en forma indirec- 
ta. (% La conquista de lás regiones consideradas reservas de esclavos 
fue seguida de la acción evangelizadora de la Iglesia la que prohibía 
someter a esclavitud a los cristianos. Vale decir que la conquista, 
antiguamente poderoso medio para la obtención de esclavos, ahora 
se volvía contra sí misma al agotar por medio de la conversión la 
fuente proveedora de los mismos. 

Las transformaciones técnicas aplicadas a la agricultura han li- 


(4) “Historia General del Trabajo”, PHILIPPE WOLFE y FRÉDERIC MAURO, Edicio- 


nes Grijalbo, Barcelona, 1965. 


— UA 

berado gran cantidad de mano de obra. En las reservas señoriales ya 
no se requiere tanta gente obligada a realizar prestaciones de ca- 
rácter personal, se limitan simplemente a remplazarlas mediante el 
pago de cierta suma de dinero o por la entrega de productos agrí- 
colas, El señor, dueño del dominio, al par que obtiene nuevas ren- 
tas puede arrendar la tierra liberada obteniendo recursos comple- 
mentarios, En forma simultánea y por efecto del aumento de sus 
ingresos surge en él el deseo de una vida material más elevada. Se 
vuelve más exigente, abandona los productos toscos de la industria 
-doméstica y prefiere las excentricidades de la mesa y del vestido. 
El clérigo, por su parte, empleará los nuevos recursos en embellecer 
santuarios y construir iglesias. Á su vez, los campesinos liberados 
de las prestaciones personales abandonan las zonas rurales para esta- 
blecerse en las ciudades donde se dedican a otras actividades aun- 
que siempre en función de las exigencias de los señores: la artesanía 
y el comercio. 

: Precisamente la emigración del campo a la ciudad, proceso que 
se opera entre los siglos X y XIV, es uno de los mayores fenómenos 
de la cristiandad. Los muevos pobladores de la ciudad, gente que 
escapaba a la tierra, algunos de extracción servil, desprovistos de 
prejuicios y dispuestos a ganar, se alojan en los burgos, recintos 
fortificados de las ciudades que no sólo proporcionan albergue sino 
también el nombre a la nueva sociedad urbana. 


Los gremios: origen y evolución. 


Pese a las discusiones que se suscitaron y suscitan todavía en 
torno al origen de los gremios, existe un consenso general en deri- 
vatlos de las cofradías religiosas, asociaciones laicas con fines frater- 
nos, que adquirieron gran auge en la Alta Edad Media, 6 


(5) Esa es la opinión de: HENRI PIRENNE, “Historia económica y social de la Edad 
Media”, FCE, Méjico, 1966. : 
PH. WOLFF y F. MAURO, ob. citada. 
ROBERT LATOUÚCHE, “Orígenes de la economía occidental”, UTEHA, Méjico, 
1957. ES: 
TONOS LOT et ROBERT FAWTIER, “Histoire des Institutions Francaises 
au Moyen Age”, Presses Universitaires de France, Paris, 1962, T. II. 
JACQUES HEERS, “El trabajo en la Edad Media”, Editorial Columba, Bs. As., 


1967. 


— 243 — 


Estas cofradías designadas con diferentes nombres: fraternitas, 
societas, participium, beneficium, caritates dejan entrever la natura- 
leza y el fin de la institución. Tenían un objetivo piadoso y sus in- 
tegrantes se favorecían con las plegarias comunes elevadas en favor 
de los vivos y los muertos. Junto a estos fines, comunes a todas las 
cofradías, existían otros, como la participación en las diversas ma- 
nifestaciones de la vida parroquial, culto de la Virgen y de los San- 
tos, atención de menesterosos, enfermos y viajeros, construcción 
y reparación de iglesias, atención del alumbrado de las mismas. Ya 
en el siglo XIII las cofradías intervienen activamente en la lucha 
contra las herejías al tiempo que organizan peregrinaciones remotas 
a Tierra Santa, a Santiago de Compostela o al Monte San Miguel. 

Cada cofradía contaba con su estatuto que difería según las 
regiones pero que, en general, fijaba rigurosas condiciones de ingre- 
so y las obligaciones de los miembros así como las penas por la 
violación del estatuto que llegaban, en algunos casos, a la expulsión 
del cofrade, 

Los obispos estimulaban la formación de cofradías pues, por su 
intermedio, la vida parroquial adquiría mayor brillo y relieve pero 
por otra parte trataban de subordinarlas a su control dado que los 


- gastos destinados a fiestas y banquetes perjudicaban las obras pia- 


dosas a más de otras derivaciones, como las que se deducen de un 
documento del año 852. En él, Hincmar, arzobispo de Reims, afir- 
ma en un sínodo la necesidad de disciplinar “las agrupaciones usual- 
mente designadas como guildes o cofradías” porque si bien hay que 
apoyar sus propósitos altruístas —agrega— “en cambio, comilonas 
y banquetes, prohibidos por la divina autoridad, que suelen dar pá- 
bulo a violencias, exigencias injustas, placeres vergonzosos y vanos, 
riñas que llegan a menudo al... homicidio y al odio, y a disensiones, 
quedan terminantemente prohibidos”, (9) E 

Recién a fines del siglo XI o principios del XII las cofradías 
unen a sus propósitos iniciales un carácter profesional. Dice H. 
Pirenne que las primeras agrupaciones de artesanos se distinguen, 
precisamiente, por sus tendencias piadosas y caritativas. Y añade: 
“Pero deben de haber correspondido al mismo tiempo a la necesidad 


(6) PH. WOLFF y F. MAURO, ob. citada. 


—= 244 — 


de protección económica” pues “por importante que haya sido la 
asociación, no bastó, sin embargo, para provocar la constitución de 
los gremios”. N 

Según Pirenne en la formación de los mismos tuvo un destaca- 
do papel el poder público ejercido por los señores instalados en las 
ciudades con anterioridad a la llegada de los artesanos y posterior- 
mente, por las autoridades comunales cuando se formaron las cons- 
tituciones urbanas. 

En realidad con esta intervención, ambas partes resultaban be- 
neficiadas. Las autoridades protegían al consumidor de posibles 
falsificaciones y a la vez aseguraban al productor el monopolio 
del producto al liberarlo de toda competencia. El asociado volunta- 
rio no disponía de ningún recurso legal que prohibiera en forma 
compulsiva el ejercicio de la profesión fuera del gremio correspon- 


. diente, de ahí que no fuera extraño al mismo gremio el solicitar a 


las autoridades una reglamentación. Se supone que algunas tasas 
que pagaban ciertas asociaciones de oficios en ciudades de Francia, 
Alemania y Países Bajos respondiera a aquella necesidad. 

Con el correr del tiempo se vio a los gremios de artesanos lu- 
char para escapar al control de los poderes públicos e incluso para 
intervenir en el gobierno al lado de los ricos mercaderes aunque 
otros, como ocurrió en Nuremberg, no pudieron sacudir el severo 
tutelaje del Consejo Municipal. 


Organización de los gremios. 


Erróneamente se ha empleado el término corporación para 
designar a las asociaciones de oficio en la Edad Media, cuando este 
término aparece recién en el siglo XVIII ¡En la época se los designa- 
ba con diferentes nombres, según las regiones, a saber: cofradías, 
gildas o guildes, hansas, artes, ministeria, handewerk, innung y 
zunft, 

Los artesanos, que constituían el principal núcleo de la pobla- 
ción urbana, se agruparon en gremios por razones de autodefensa, 
persiguiendo dos fines: uno gremial y otro político. El primero, 


(7) H. PIRENNE, “Historia económica y social de lá Edad Media”. 5 


E 


para evitar la competencia mutua y controlar el mercado y el se- 
gundo para defender sus derechos y privilegios frente a los señores 
dentro de cuya jurisdicción se encontraban las ciudades, No se con- 
cebía a un habitante de la ciudad fuera de su correspondiente aso- 
ciación. Quien vivía al margen de las mismas era: considerado un 
ser antisocial, casi delincuente. 

En el siglo XII los burgueses de Estrasburgo, mediante la 
firma de un documento, dejaron claramente delimitados los dere- 
chos que les correspondían frente a la otra parte representada por el 
Obispo de la ciudad que ejercía jurisdicción sobre la misma. Allí se 
mencionaban algunos gremios y las prestaciones militares que de- 
bían realizar sus miembros en favor del Obispo: cada herrero de- 
bía entregar las herraduras para cuatro caballos con sus respectivos 
clavos; los zapateros, las fundas de cuero para guardar los elemen- 
tos necesarios y los peleteros, las pieles y abrigos. 

Todo ello supone una estricta organización, la que estaba de- 
bidamente establecida en los Estatutos o Reglamentaciones. Du- 
rante siglos casi todos los gremios se rigieron por ellos, recopilados 
en el “Libro de los Oficios o Reglas de la Corporación”, obra de- 
bida a Esteban Boileau (1200-1269). Este personaje era preboste 
de París, el cargo más importante de la ciudad ya que era primer 
magistrado y representante del rey con funciones militares, judicia- 
les y legislativas. 

Según el derecho consuetudinario consagrado por el “Libro 
de los Oficios” el gremio se dividía en tres grados o estamentos: 
maestros (los que enseñaban), oficiales o compañeros Casalariados) 
y aprendices (los que se instruían). 

La cúspide de la escala la ocupaban los maestros, Se lograba 
este status mediante la presentación de una obra maestra, el pago 
de un derecho y la herencia o compra de un taller. Desde el mo- 
mento en que se lo admitía al maestrazgo podía recibir aprendices, 
generalmente uno o dos y contratar otros tantos oficiales, asistir a 
ls asambleas de la corporación, elegir o ser elegido para los distin- 
tos cargos. Entre las graves penalidades a que estaba sujeto figura- 
ba el de desempeñar más de: un oficio. 

Según la expresión de Pirenne el maestro artesano es “un em- 
presario independiente” pues a él pertenecían el taller, las herra- 


Y - 


mientas, la materia prima y el producto manufacturado; en conse- 
«cuencia, recibe las ganancias de su venta. 


El maestro artesano comenzaba y daba término a su obra, a 
diferencia de nuestro obrero actual que ve sólo una parte del pro- 
ducto manufacturado, la que le corresponde realizar, ya que las res- 
tantes las efectúan otros obreros en distintas etapas. 

. El aprendiz, por su parte, podía ingresar al taller del maestro 
a los diez o doce años. A. partir de ese momento el maestro ejercía 
sobre él una tutoría moral, material y profesional absoluta pues le 
daba alojamiento, alimento, vestido, lo vigilaba y castigaba si co- 
rrespondía al tiempo que lo iniciaba en los secretos del oficio de 
acuerdo a las normas establecidas por el gremio. Para gozar de la 
calidad de aprendiz era requisito indispensable ser hijo legítimo y 
a veces certificar pureza de sangre. Si bien es cierto que el apren- 
diz era un maestro en potencia, en la práctica muy pocas veces 
podía alcanzar esa meta. 


Cuando expiraba el plazo del aprendizaje muchos aprendices 
ingresaban a una categoría intermedia, la de los oficiales o compa- 
ñeros y eran contratados por los maestros en los lugares públicos 
Ciglesias, plazas, ferias) por un determinado tiempo y retribución. 
En París se los reclutaba en la Place de Gréve y como allí se reu- 
nían los obreros sin trabajo surgió la expresión faire gróve (hacer 
huelga). Su máxima aspiración era alcanzar el maestrazgo, finali- 


dad difícil de lograr por las exigencias y trabas interpuestas. 


* En los ¡Estatutos de los olleros de estaño de París (8) que figu- 
ran en la recopilación de Boileau encontramos algunos requisitos 
para acceder al maestrazgo así como diversas obligaciones, prohibi- 
ciones y penalidades. Por ejemplo: 


«y : . 

1. — Quienquiera que desee ser ollero de estaño de París, puede 
serlo francamente, con tal de que haga una buena obra, y 
leal, y puede tener cuantos oficiales y aprendices quiera. 


2. — Ningún ollero de estaño puede trabajar de noche ni los 
días de fiesta, salvo durante los días en que se celebre la 
feria urbana. Quienquiera que lo haga, se estará a 5 suel- 
dos de multa que deberá pagar al rey; porque la claridad 


(8) * PH. WOLEF y F. MAURO) op. citada, 


HE 


de la noche no es bastante para que puedan durante ella 
hacer trabajo alguno de- su oficio bueno y leal. ES 
3. — Ningún ollero de estaño puede mi debe en derecho produ- 
cir obra de su profesión que no esté bien y lealmente aleada, 
según lo requiere la obra misma: si obra en contrario pier- 
de la obra y se estará a 5 sueldos de multa debidos al rey”. . 


THEATER Uso... oso ons»sno 


.. 


Como vemos, por el artículo 29 del Estatuto que reproducimos, 
queda terminantemente prohibido el trabajo nocturno, prohibición 
que era común a todos los gremios pues la luz de las antorchas o 
candiles podía desmerecer la calidad del producto. Esta prohibición 
no era en salvaguarda de la salud del artesano sino de la nobleza 
de la obra. 


La jornada laborable se extendía desde el amanecer hasta las 
vísperas (cuando aparecía el lucero de la tarde) excepto los domin- 
gos, las fiestas 1eligiosas que eran muy numerosas y las de los 
santos patronos de cada gremio. 

La venta del producto se hacía directamente de productor a 

consumidor ya que la clientela del taller se limitaba a los habitantes 
de la ciudad y de su zona de influencia, Además los artesanos del 
mismo gremio se agrupaban en una misma calle o en un mismo 
barrio lo que favorecía su control así como las transacciones. 
_ * Pero en algunas ciudades, sobre todo en las más desarrolladas, 
además de la industria de consumo local y por lo tanto limitada, 
existía una producción en mayor escala dedicada al intercambio 
internacional que tuvo otras características aunque la organización 
de los gremios fuera similar a los anteriores. ¿ 


Los mercaderes que se dedicaban al comercio internacional 
proveían de materia prima a los artesanos que la devolvían en for- 
ma de objeto manufacturado, La industria textil, la más importan- 
te industria medieval, abarcaba un cúmulo de artesanos, algunos 
tales como tejedores, bataneros, lavadores, hilanderos, cardadores. 


Como la materia prima había que adquirirla en regiones aleja- 


das y luego ubicar los paños también en zonas diversas y distantes, 


ello excedía las posibilidades de un simple artesano el que se trans- 
formaba en un asalariado del comerciante al por mayor, Este, ge- 


Coi dr 


.- DE 


neralmente, conseguía el capital, suministraba los elementos de 
trabajo, contrataba a los trabajadores, fijaba los precios y salarios, 
se ocupaba de la distribución y venta del producto y corría con 
todos los riesgos del éxito o del fracaso de la operación. 

Flandes, Inglaterra y el norte de Italia fueron las regiones 
que por aquel entonces se dedicaron a la exportación de paños en 
gran escala dentro de una organización económica decididamente 
capitalista. Precisamente, algunos célebres banqueros como los Mé- 
dicis y los Fiigger eran de extracción artesanal textil (el nombre 
Fiigger proviene del latín fuccare que significa teñir). () 

Por tratarse de industrias destinadas a la exportación que ex- 
cedían el marco local de comercialización no los incluímos en el 
presente trabajo. 


1 


Conclusión. 


Debemos suponer que los gremios medievales al asegurar la 
protección económica, física y espiritual de sus miembros eran 
instituciones igualitarias, pero no fue así. Si bien es cierto que por 
el control del trabajo que ejercieron eliminaron las falsificaciones 
y las ganancias ilícitas y por el proteccionismo las posibles compe- 
tencias, en el marco social favorecieron las desigualdades. Su orga- 
nización jerárquica permitía la movilidad dentro del gremio pero 
en la realidad las dos categorías inferiores tenían muy pocas posi- 
bilidades de promoción. 

Existe una amena y colorida descripción de la intervención 
de las guildas o gremios en una festividad veneciana que nos sumi- 
nistra un cronista medieval, Martino da Canale, en ocasión de 
celebrarse la ascensión al poder del dux Lorenzo Tiépolo, en 1268, 
y que transcribimos a manera de ilustrativo epílogo: 


“En primer término llegó la armada, que se desplazó en el 
puerto; cincuenta galeras y otras naves, cuyas tripulaciones aplau- 
dían y proferían vivas en cubierta; luego se presentaron las guil- 
das a pie: en primer término los maestros forjadores, coronados 


(9) “Historia económica social y general”, ANTONIO CORTESE, Ediciones Macchi, 
Bs. As., 1968. 


E. JE 


con guirnaldas y portando estandartes y trompetas, a continuación 
pasaron los peleteros, ataviados con seda escarlata y capas de ar- 
miño y marta; luego los tejedores, ricamente adornados, y después 
los diez maestros sastres ataviados de blanco con estrellas de color 
carmesí. Pasaron a continuación los maestros pañeros que llevaban 
ramas de olivo y coronas (también de olivo) en la cabeza; los sé- 
guían los fabricantes de pana, vestidos con ropas forradas de piel 
y tejidas por ellos mismos; los tapiceros llevaban guirnaldas de 
cuentas doradas y capas blancas bordadas con flores de lis, avan- 
zaban de dos en fondo, precedidos por niñitos que cantaban chan- 
sonettes y cobles. Después llegaron los fabricantes de paños de 
oro (vestidos todos con esas telas) y sus servidores ataviados con 
telas de púrpura y de oro; luego se presentaron los fabricantes de 
sedas, ataviados con sedas, y los carniceros, vestidos de escarlata; 
los vendedores de pescado, cuyos trajes, pieles y guirnaldas eran 
magníficos; los maestros barberos, acompañados por dos jinetes en- 
galanados a la usanza de los caballeros andamtes y por cuatro 
damiselas cautivas, con extraños atuendos. Enseguida pasaron los 
artesanos vidrieros, vestidos de escarlata, con guarniciones de marta, 
caperuzas orladas de oro y valiosas guirnaldas de perlas Cexhibían 
recipientes y vasos fabricados con el famoso cristal veneciano); los 
fabricantes de peiñes y linternas llevaban un fanal lleno de pé- 
jaros que habrían de ser soltados en presencia del dux; los orfebres 
lucían coronas y collares de oro y cuentas de plata y zafiros, es- 
meraldas, diamantes, topacios, circones, amatistas, rubíes, jaspe y 
carbunclos. Maestros y criados estaban suntúosamente vestidos y 
casi todos lucían orlas de oro en las caperuzas y guirnaldas de 
cuentas doradas. Cada profesión estába alla por su banda 
integrada por diversos instrumentos y llevaba copas de plata y 
botellas de vino; avanzaban en orden perfecto, cantando baladas y 
cantos de salutación, y sucesivamente saludaban al Dux y a la 
Dogaresa exclamando: “¡Dios salve a nuestro señor, el noble dux 
Lorenzo “Tiépolo!”, (10) 


(10) “Gente de la Edad Media”, EILEEN POWER, “Eudeba”, Bs. As., 1966, Cap. 11, 
pp. 50-51. 


SAN MARTÍN Y SU CORRESPONDENCIA 
CON LOS CAUDILLOS ESTANISLAO LÓPEZ, 
JUAN B. BUSTOS, FACUNDO QUIROGA 


por CELIA VERNAZ 


La historia del General Don José de San Martín se identifica 
con la historia de la libertad de América: San Lorenzo, Chacabuco, 
Maipú, Lima, son etapas de su plan. A través de su trayectoria, se 
convierte en un héroe real que inmortaliza páginas repletas de 
gloria. Ahora bien, en su amplia visión americanista, en su vasta 
concepción emancipadora, ¿dio cabida alguna vez a la actitud del 
caudillo y de la montonera? ¿Qué pensó de esa fuerza indomable 
que arrastró a las provincias a una guerra fratricida? Aún más, 
¿existió alguna relación entre el G. San Martín y estos personajes 
de provincias empeñados en el triunfo del federalismo? 

En realidad fue una misma época de acción pero con escena- 
rio distinto: el uno, luchando contra el godo, y el otro por sus prin- 
cipios políticos. Ambos, ligados por una correspondencia que re- 
vela afán de entendimiento y colaboración. 

La primer conexión de estos caudillos con el General San Mar- 
tín, la hizo Quiroga, movilizando 200 laneros que fueron a engro- 
sar el contingente de D. Nicolás Dávila. Este, bajo el mando del 
Coronel Zelada, integraría la extrema derecha del plan del Liberta- 
dor, cuyo objetivo era Copiapó. Es cierto que Facundo Quiroga no 
se incorporó al Ejército de los Andes ni al del Perú, pero tampoco 
permaneció indiferente: contribuyó eficazmente a la movilización 
de las tropas, persecución de desertores, y en la adquisición de ga- 
nado vacuno, caballar y mular. Al campamento de Plumerillo envía 


— 252 — 


reclutas y vituallas. Se convierte en el alma de la colaboración rio- 
jana, en tal forma, que el gobierno de Bs. Aires lo declara benemé. 
rito junto con otros provincianos. (2 Además, en 1820, auxilió a 
Giiemes con todo el material de guerra de la división Aldao. 


“Tres misiones diplomáticas unen a San Martín con los cau- 
dillos antes mencionados. 


1. Misión de Salvador de la Cabareda y Luis de la Cruz. 


espués de Chacabuco y Maipú quedó asegurada la indepen- 
dencia de Chile. San Martín continuó con su plan poniendo los 
ojos sobre el Perú. Para realizar esta campaña necesitaba un es- 
fuerzo mayúsculo, pues se trataba de atacar al enemigo directa- 
mente en su foco central. Pensó entonces en las montoneras del 
Litoral que se batían bravías con Bs. Aires. El 26 de febrero de 
1819 le escribe a D. Estanislao López desde Mendoza. Entre otras 
cosas, le suplica que, “se corten tantos males pues todos ellos gra- 
vitan sobre patriotas que teniendo las mismas ideas de libertad 
americana, emplean algunos medios algo encontrados”. “El Supre- 
mo Director de Chile me anuncia con fecha 8 del corriente haber 
nombrado una comisión mediadora de aquel estado para poner 
fin a una guerra que nos lleva al precipicio, y que el fruto que 
debe esperarse de ella es el de muestros implacables enemigos, los 
maturrangos se aprovechen de esta circunstancia”. “Yo espero que 
conociendo mis sinceros deseos, me haga el gusto de contestarme 
por un oficial de su confianza, en la inteligencia de que bajo la 
garantía de su palabra no tendré el menor inconveniente en presen- 
tarme en el punto que Ud. me indique para que tratemos sobre 
los particulares que lleva expuesto”. (2 


El espíritu de pacificación es una constante en nuestro Liber- 
tador que no se extingue ni se aplaca frente al menor de los sucesos 
que perturban la integridad de su plan. Es indudable que las gue- 


(1) “Gazeta de Buenos Aires”, 31 de enero de 1818. 
(2) Comisión Nacional del Centenario: Documentos del Archivo de San Martín, T. vi, 
pág. 147, 


A 


— 233 — 


rras intestinas fueron un obstáculo en el desarrollo de la acción 
americana. Pese a todo la gran empresa sigue adelante, 

Por eso San Martín desde Curimón se dirige a O'Higgins ma- 
nifestándole la necesidad de emplear medios conciliatorios a fin 
de que cese la guerra en Santa Fe. Entonces O'Higgins, respon- 
diendo a las órdenes de la Logia Lautaro, nombra una Comisión in- 
tegrada por Salvador de la Cabareda y Luis de la Cruz para que 
actuaran como mediadores entre los beligerantes. 

San Martín recomienda estos comisionados a E. López por 
medio de una carta del 13 de marzo de 1819 donde le expresa la 
necesidad de unirse en la lucha común contra el español: “La Co- 
misión mediadora de Chile que remitirá a Ud. ésta, se compone 
de americanos honrados y virtuosos. Su objeto, a nombre de su 
gobierno, no es otro que el de la libertad e independencia de nues- 
tro país. Yo respondo a Ud. bajo mi palabra que estos son sus sen- 
timientos. Unámonos, paisano mío, para batir a los maturrangos 
que nos amenazan: divididos seremos esclavos, unidos estoy seguro 
que los batiremos. Hagamos un esfuerzo de patriotismo, deponga- 
mos resentimientos particulares, y concluyamos nuestra obra con 
honor”. “El verdadero patriotismo en mi opinión consiste en hacer 
sacrificios: hagámoslo y la Patria sin duda alguna es libre, de lo 
contrario seremos amarrados al carro de la esclavitud”. Luego pasa 
a recomendar a los señores de la diputación y concluye: “Trance- 
mos muestras diferencias, unámonos para batir a los maturrangos 
que nos amenazan y después nos queda tiempo para concluir de 
cualquier modo nuestros disgustos en los términos que hallemos 
por convenientes sin que haya un tercero en discordia que nos 
esclayice”, (3) 

Así le hablaba al caudillo de Santa Fe sin pensar que el Di- 
rector Pueyrredón se ponía celoso de esta correspondencia que pasa- 
ba por alto la autoridad de Bs. Aires, Como resultado, Pueyrredón 
ordenó a los diputados chilenos que suspendieran todo paso en el 
ejercicio de su misión. Mas López, pensando que los ejércitos de 
San Martín y Belgrano caerían sobre el Litoral, firmó el armisticio 
de San Lorenzo el 12 de abril de 1819. Sin embargo, las hostilida- 


(3) Comisión Nacional del Centenario: O. C., T. VI, pág. 148. 


a Mapa E AAA 


1 


des en el Litoral continuaron en tal forma, que el Gral. San Mar- 
tín creyó necesario dirigirse nuevamente al caudillo López el 9 de 
julio de 1819, expresándole que si bien ni lo trató mi lo conoce 
personalmente, se toma la libertad de escribirle pidiéndole que no 
escatime esfuerzos para transar las diferencias en bien del país, pues 
“cada gota de sangre americana que se vierte por nuestras disensio- 
nes me llena de amargura”. (0 ' 

Lógicamente que López, rodeado de peligros, ya sean los por- 
tugueses, los indios o el centralismo de Bs. Aires, sin dejar de in- 
terpretar a San Martín, concentró su actitud en la defensa de su 
provincia recelando de las autoridades nacionales. De ah! la siguien- 
te explicación para continuar su campaña: “Todos los sacrificios 
de 10 años por nuestra libertad refluirían solamente en un grupo 
de aventureros ambiciosos si hombres libres y enérgicos no tuvieran 
el poder para oponerse a tan inicuos proyectos”. (6) (Se refiere en 
este caso al proyecto de traer un príncipe europeo para el Plata). 

Sin embargo emitió excelentes conceptos en carta a Godoy 
Cruz, gobernador de Cuyo, en diciembre de 1820, ya sobre la paz 
“que vivifica los entes del universo y atrae las bendiciones del cie- 
lo”, como sobre las favorables noticias recibidas del Libertador en 
su campaña al Perú. (9 

Por lo tanto, la misión no cumplió con su cometido. 


2. Misión Dionisio Viscarra. 


El plan de campaña en el Perú debía combinarse con las ope- 
raciones militares del Norte en manos de Giiemes. Pero como las 
fuerzas no son suficientes, San Martín nombró su secretario Don 
Dionisio Viscarra, para que cumpliera una misión ante Juan Baw- 
tista Bustos, gobernador de Córdoba, y con Alejandro Heredia, 
que ocupaba la jefatura de su Estado. Mayor. Llegó a la ciudad 
de Córdoba a fines de febrero de 1820 trayendo las cartas del Ger 


.(4) Com. Nac. del Cent., O. C., T. VI pág. 152. 

(5) MANUEL CERVERA: “Hist. de la Ciudad y Pcia. de Sta, Fe”, S, Fe, 1967, 
T. 1, apén. pág. 22. 

(6) Com. Nac, del Cent., O. C., T. VI, pág. 215. 


—= 255 — 


neral, las cuales estaban dirigidas en el sentido de la pacificación 
y en el de combinar armas y fuerzas contra los realistas que se mo- 
vían sobre las provincias fronterizas al estado argentino en el 
Alto Perú. 

Heredia, que ansiaba luchar por la independencia y se en- 
tristecía al ver el ejército paralizado, le escribió desde Córdoba a 
San Martín, el 5 de marzo de 1820, diciéndole: “Tocaré todos los 
resortes necesarios para que podamos operar de concierto, amo la 
libertad del país, conozco la necesidad de nuestra combinación 
para salvarlo y veo que es el único recurso que nos queda. Por lo 
mismo cuente Ud. con mi concurso”. También Bustos le es- 
cribe con fecha 5 de abril del mismo año ratificando su sentimien- 
to de servir a América, y expresando que, como Dionisio Viscarra 
ha tratado ya, según su misión, el problema de la colaboración en 
las campañas de San Martín, será aquél el encargado de expresarle 
el estado desgraciado en que se encuentra Córdoba ante una inmi- 
nente conspiración promovida en Bs. Aires por Alvear y Ca- 
rreras. (8) 

En realidad, la misión Viscarra no dio los resultados deseados. 
Es cierto que Bustos se mostró interesado en el plan de pacificación 
y colaboración, pues dispuso el envío al Norte de 400 hombres al 
mando de Heredia, satisfaciendo así 'el deseo de sus subordinados 
que querían intervenir en la guerra de la independencia, y acaso 
también, para deshacerse de un compañero importuno. Sobre esta 
campaña, informó Bustos al gobierno de Bs. Aires el 28 de agosto 
de 1820: Heredia fue puesto a la cabeza de los dragones y húsares, 
de acuerdo a lo solicitado por San Martín; las fuerzas serían aumen- 
tadas por los gobiernos de Tucumán y Salta con el fin de llamar 
la atención del enemigo por este punto y evitar el envío de re- 
fuerzos a los que guarnecen la costa. Además, al gobierno de Salta, 
San Martín le encarga el mando del Ejército de Observación que 
debe internar al Perú. Heredia aclara también que Francisco del 
Corro, que se sublevó al Batallón de Cazadores y había prometido 
cooperar en estas operaciones, en vez de hacerlo, marchó sobre 


(7) Com. Nac. del Cent., O. C., T. VI, pág. 204, 
(8) Com. Nac. del Cent., O. C., T. VI, pág. 206. 


— 256 — 


Mendoza, donde fue vencido. Heredia encontró dificultades en 
"Tucumán y Salta, no pudiendo cumplir con su misión, (9 

Ante esto, Viscarra se volvió a Chile, dejando las provincias 
argentinas en medio de discordias. Sin embargo, levantando la 
frente en medio de ellas, Bustos envía un diplomático al gobierno 
de Chile, Dr. José Roque Savid, con el fin de felicitarlo por «el 
triunfo de las armas de la Patria, manifestarle la imposibilidad de 
auxiliar al ejército del Perá como lo hubiera deseado, ya por la 
anarquía que reinaba en las provincias, ya por la falta: de recur- 
sos para importar fuerzas y rehacerlas en casos de contrastes a causa 
de las erogaciones y esfuerzos de todo género hecho por Córdoba 
en la guerra contra Carreras, (10) 

Cuando San Martín conoce el resultado de la misión, no se 
desalienta. Sólo dice: “En fin, veremos lo que sale de esta tor- 
tilla”, (10 


3. Misión Antonio Gutiérrez de la Fuente. 


La guerra continúa en el Perú. Lima está libre pero si se 
piensa poner fin a la contienda, se necesitan más refuerzos, nuevos 
recursos. El Libertador de América volvió su mirada al Plata, hacia 
aquellos que aún conservaban mucho de su patriotismo, pero su- 
mergidos en medio de la incomprensión política, no dejaron de 
lado la causa de la independencia. 

Apeló a los medios diplomáticos. Eligió para ello a un pe- 
ruano, Comandante Antonio Gutiérrez de la Fuente, quien debía 
entrevistarse con el gobierno argentino. En calidad de Protector del 
Perú, San Martín le otorgó las credenciales el 16 de Mayo de 1822: 
“Por tanto, y concurriendo en el Comandante de Escuadrón Don 
Antonio Gutiérrez de la Fuente todo el celo patriótico, actividad y 
conocimientos militares, he venido a autorizarlo como en efecto lo 
autorizo, para que presentándose a. todas las autoridades de los 


(9) ATILIO CORNEJO: “Hist. de Giiemes”, pág. 284. 

(10) IGNACIO GARZÓN: “Crónica de Córdoba”, Córd., 1901, T. 1, 32 Sec., 
cap. XVI 

(11) JOSÉ OTERO: “Hist, del Lib. D. J. de San Martín”, T. 11, cap. XXI, pág. 644, 


— 257 — 


pueblos trasandinos, les represente con todo el ardor que demande 
el interés general de la causa de América, lo que importa a ésta 
que las fuerzas disponibles de dichas provincias se pongan en la 
actitud ofensivas que van detalladas en las instrucciones que para 
ello le he mandado extender. El ardiente interés que las autori- 
dades de las expresadas provincias han manifestado siempre para 
destruir al enemigo común y restituir a los pueblos del interior la 
libertad de que no gozan, me inspira la más plena confianza de 
que las gestiones y solicitudes del Comandante de Escuadrón 
D. Antonio Gutiérrez de la Fuente, sean recibidas favorablemente 
en cuanto concurren a la terminación de la guerra continental”. (12) 

Había en el espíritu del Libertador una confianza plena en 
las Provincias Unidas ya en el sentido de la cooperación como en 
el de la confraternidad, sentido que exigía la libertad para los ha- 
bitantes del Alto Perú del yugo español. Basado en ello redactó 23 
artículos que son las instrucciones de la comisión. (13) El objeto se- 
ría reunir en Tucumán todas las fuerzas posibles para formar una 
división de operaciones sobre el Norte. El recorrido de de la Fuente 
sería el siguiente: primero irá a Chile para pasar después a Men- 
doza. Luego dirigirá las comunicaciones a Bs. Aires, San Luis y 
Santa Fe. El comisionado pasará de Mendoza a San Juan donde 
confeccionará con el Coronel Urdininea a fin de que se haga cargo 
de la división de Cuyo, la cual marchará sobre Salta. Luego pa- 
sará a Córdoba donde entregará los pliegos a Bustos, a quien pro- 
pondrá el mando general de las tropas que se reunan en Salta. Si 
éste no aceptase el mando, se le propondrá a Urdininea que se 
encargue de todo. Luego la misión irá a Santiago del Estero, Tu- 
cumán y Salta con el mismo objeto, Concluida ella, partirá hacia 
los otros pueblos en que pueda hallar dificultades, comunicando 
a San Martín, desde cada punto en que se encuentre, los progre- 
sos realizados. Además, el Bajo y Alto Perú. saldrán responsables 
de los gastos de la expedición haciéndose el pago a los dos años de 
realizada la campaña, si ésta tiene éxito. 

Estas son las instrucciones de la Comisión. Pero al mismo 


(12) JOSÉ OTERO: O. C., T. 11, cap. XXI, pág. 620, 
(13) Com. Nac. del Cent., O. C., T. VII, pág. 65. 


— 258 — 


tiempo, el General San Martín se dirige al gobernador de Bs. Aires, 
Don Martín Rodríguez, y a Juan Bautista Bustos, Don Manuel 
Molina, Ignacio Gorriti, José María Urdininea, Estanislao López. 
Al primero de los nombrados, San Martín le escribe textualmente: 
“Vine a buscar al enemigo en el seno de sus grandes recursos y 
emprendí arrojarlos de un vasto territorio bajo la salvaguardia de 
la moral del país, de la firmeza de los bravos que me acompañaban 
y de la cooperación con que contaba en la frontera de Jujuy para 
distraer la atención de los ejércitos españoles. Los primeros ensayos 
de mi campaña, marcados por una continuada serie de sucesos fe- 
lices, me facilitaron recursos para deshacer las divisiones enemigas 
con que fue preciso lidiar; pero al mismo tiempo que el ejército 
de mi mando se ocupaba en sus deberes, ese heroico pueblo era 
combatido por las armas que debían ayudarnos y un absoluto olvi- 
do de la causa santa de la Patria parece aletargaba aun a los mismos 
que tantos días de gloria le habían dado”. Concluye su oficio di- 
ciendo, después de señalar al General D. Juan Bautista Bustos y al 
Coronel Juan María Urdininea como jefes los indicados para: po- 
nerse al frente de esta división: “No me atrevo a expresar qué 
otro motivo que la falta de fondos pecuniarios pudiera frustrar la 
marcha de la división auxiliar; pero cuando hablo a la primera 
autoridad de un pueblo cuya heroica historia será el timbre subli- 
me de sus hijos no temo proponer que dé la última mano a la obra 
que le ha sido tan cara tomando sobre sí proporcionar la suma su- 
ficiente para los gastos de la marcha de las fuerzas y para anal 
militar hasta que se franquee la comunicación del interior 00 ) 
Interesan las palabras dirigidas al gobernador de Córdoba, 
Bustos, el 16 de mayo de 1822, profundas, desesperantes: “Sí, mi 
amigo, póngase Ud. a-la cabeza del ejército que deba operar sobre 
Salta. La campaña es segura si Ud. me apoya los movimientos que 
4.500 hombres van a hacer por intermedios, al mando de Alvarado; 
éste lleva las órdenes terminantes de ponerse a las de Ud.; yo es- 
pero un buen: resultado. La Patria así lo exige y el honor de las 
provincias lo reclama. No hay que perder momentos, mi amigo, 
la cooperación de esa división va a decidir enteramente la suerte 


(14) JOSÉ P. OTERO: O. C., T. III, cap. XXI, pág. 630. 


— 259 — 


de: América del Sur”, (15 Y aparte le decía: “La conclusión de la 
campaña del Perú para conseguir la libertad e independencia de 
toda esta parte de América del Sur durará tanto cuanto una fuerza 
militar de esas provincias, sea el número que fuera, se una a la 
fuerte división del ejército Libertador que se halla pronto a mar- 
char para puertos intermedios”. “Yo no exijo a V. S, un crecido 
número de soldados sino aquellos que buenamente puedan alistarse 
y ponerse lo más pronto que sea posible en marcha hacia Salta con- 
sultando para ello la situación de esa benemérita provincia cuyos 
heroicos habitantes no dudo que en el momento de ser invitados 
por V. S., harán gustosos este último sacrificio en sérvicio de la 
Patria”. “Repito, Sr. Gobernador, que cualquiera fuerza sea en el 
número que se pueda, puesta a retaguardia del enemigo, son in- 
calculables bienes que nós resultan...”. (16) -Y con el mismo tenor 
se expresa con López, pues ha observado varias veces que 'este per- 
sonaje ha llevado a su pueblo al campo del honor y está convencido 
que no dudará de participar en la gloria de romper el último esla- 
bón de la cadena que ata a sus hermanos al carro de sus: Opre- 
sorés: “Sería inoficioso explicar los inmensos beneficios. que. reci: 
birían esas provincias de la terminación de la guerra cuando ella 

sola ciega a todos los canales de su prosperidad. Ese debe. ser el 

infalible resultado si cae sobre los enemigos la fuerza que pido”. 

“Yo no'dudo de que cada uno de los que han integrado la jurisdic- 

ción de su gobierno rivalizará sólo en el deseo de que se le prefiera 

en esta alianza militar y que V. S. encontrará en ellos el senti- 

miento noble que estrecha entre sí a los americanos cuando la 
Patria implora' su socorfo”. (17) Le pide alrededor de 300 hombres 
para poner bajo las órdenes de Bustos, o bien la cantidad que le 
permitan sus atenciones interiores. 


Todas estas cartas dirigidas a las Provincias Unidas fueron 
dadas a Gutiérrez de la Fuente quien se embarcó en el Callao el 
20 de mayo, rumbo a Chile, Después de entrevistarse con O'Hig- 
gins pasa a Mendoza. En San Juan, Urdininea lo recibió con gran 


15) Com. Nac. del Cent., O. C., T. VI, pág. 69. 
(16) Com. Nac. del Cent., O. C., T. VIE, pág. 72. 
(17) RAMÓN LASSAGA: “Historia de López”, doc. Ne 14, pág, 502. 


— 260 — 


beneplácito y entusiasmo por ir al Perú y cumplir con esta "misión: 
En muy efusivas palabras manifiesta su deseo de “colaborar "con 
San Martín. En efecto, en carta del 8 de julio le.dice a Bustos: “Es 
verdad, camarada, que el moho se había criado en nuestras espa” 
das, y yo temía que el ocio nos apoltronase cuando la guerra aún 
nb está terminada. Se trata de destruir a los españoles y en ¿los 
planes que han girado por el genio de la guerra nosotros entramos 
con una parte muy principal. Dejemos a los. envidiosos del hombre 
que promueve la independencia, sigámosle y contribuyamos a su 
gloria. Compañero, rompa Ud. por todo aunque sea dejando detrás 
dé nosotros la miseria: dejaremos cuando menos la esperánza que 
flevamos de estrellarnos contra los diques puestos por los opresores 
a los manantiales de la riqueza y del oro. Que queden én síncope 
nuestras provincias pero para recobrar la lozanía de una eterna 
juventud. Amigo, si estuviéramos reñidos en esta ocasión yo ten- 
dría la generosidad de decirle como el general ateniense: “Pegue, 
pero escuche». Tal es mi decisión: debemos ir al Perú”. 08) 

Así pensaba Urdininea, uno de los que "más se aferraron al 


proyecto pero que nada pudo contra la indecisión de los pueblos. 
El 15 de jilio, Gutiérrez de la Fuente llega a Córdobá e inmedia- 
tamente: se pone al habla con el gobernador Bustos, quien sé mos- 
tró muy bien dispuesto al proyecto: Estoy cierto, dice de la Fuente 
a San Martín, en carta del 18 de julio, emprendérá la "campaña 
al momento que cuente con algunos auxilios de Bs. Aires, porque 
él por sí absolutamente no tiene en esta ciudad: “Estoy sumámente 
satisfecho si el General Bustos obra de buena fe y que marchará 
al momento al Pért; él és vin amigo de Ud. y por Ud. entrará por 
cualquier partido”. (19) A 2 a 

El mismo Juan B. Bustos escribe a San Martín pleno de sar 
tisfacción por la misión qué sele ha encomendado en el servicio 
de la causa americana. Si no lo ha hecho antes, expresa, es debido 
a la situación interna del: país, a las revoluciones y tempestades. 
“Todo fué inútil; dice, mil veces ha circulado oficios a las provin- 
cias mostrando las llagas de la Patria; he llorado sobre ellas y he 


(18) Com. Nac. del Cent., O. Co, T. VII, pág. 74.'' nd 
(19) Com. Nac. del :Cént., O. Ca, T: VII pág. 78.-: 2 


— 26l — 


«convidado a sálvarlas, pero qué de escollos nó he visto levantarse 
sobré mis proyectos!”. “Será el momento más feliz en mi vida 
«pública en que marché al Perú sobre el enemigo común. Yo estoy 
resuelto a «verificarlo siempre que los pueblos se comprometan a 
dar' empuje a este proyecto, siempre que ofrezcan un apoyo a la 
fuerza que debe entrar en campaña”. (20) 
Para cumplir con la'misión de la Fuente, no habría obstáculos 
siempre que los pueblos ofrezcan su apoyo. Hay un sentimiento 
de patria que se aviva en el caudillo. Varias veces lo expresa en su 
corréspondencia, ya al Comisionado, como a Urdininea. Al primero 
'le dice: “No puede ser que permanezcamos tan indolentes y cuan- 
do'ho tengamos motivos para temer al enemigo, temamos al menos 
que se turbe en las provincias la unión tan necesaria en la terrible 
guerra que emprenden”. (2D Sin embargo Bustos desconfía de 
Bs. Aires pues teme que no se le facilite la campaña. Por eso, a 
:su compañero de San Juan, le dice: '“Prevéngase compañero, que 
la Patria “nos llama y la insinuación de San Martín compromete 
“hasta. el extremo a éste su amigo y compañero”. (22 El proyecto de 
San: Martín. ha caído en buen campo. .Bustos responde .solícito y 
“hace activar el pensamiento de los demás. A Estanislao López le 
manifiesta que aprontará 1.000 hombres armados esperando de 
su provincia una colaboración en la medida de sus posibilidades. 
“Creo superfluo persuadir a Ud. de la necesidad de este paso en 
que debe interesarse todo americano y en especial los que nos ha- 
llamos a la cabeza de los negocios públicos”. Luego le remite una 
planilla de artículos con que podrá concurrir su provincia para la 
expedición. (23) : 7 : 
- Nadie ignora que Santa Fe ha sufrido profundamente por las 
guerras civiles y como dice su gobernador, “ya nada le queda para 
perder”. 24 " 
== Gutiérrez de la Fuente llevó a cabo entonces con todo éxito 
su misión en Córdoba. Decidió. pasar luego a Buenos Áires para 


(21) Com. Nac. del Cent., O. C., T. VII, pág. 79. 

(22) Com. Nac. del Cent., O. C., T. VIII, pág. 76. DEE 
(23) JOSÉ L. BUSANICHE, O. C., pág. 155: Estanislao López y el feder. del Lir, 
(24) MANUEL CERVERA: O. C., T. UH, Apéndice, pág. 29. * 


— 262 — 


conseguir dinero llevando un mensaje de Bustos donde la cuenta 
de su decisión de colaborar con el protector del Perú. “Los grandes 
designios, dice, es justo que sean independientes de los sucesos 
momentáneos que sobrepujan a las divergencias de las naciones”. 
“Yo me hallo invitado por Su Excelencia del Protector del Perú a 
ponerme al frente de una fuerza que debe Operar por la espalda 
«de los enemigos, de cuya combinación impondrá a V.E., como si 
fuese mi misma persona, mi secretario; mas impondrá así mismo que 
jamás permitirá mi deseo en la plantificación de este proyecto, que 
se paralice una empresa porque no tenga el honor de mandarla y 
protestando todo el desprendimiento que cabe en un hombre que 
Lija sus miras exclusivamente en el país, he asegurado al comisio- 
nado del'G. San Martín y aun a la América toda, que cualquiera 
que sea su jefe, prepararé todos los auxilios que estén en mi esfera 
sin reservar nada a tan sagrado interés”, (25) 

Llegada la comisión a Bs. Aires el 29 de julio se encuentran 
con una gran oposición: prefieren la diplomacia a la guerra. Des- 
pués de enumerar una serie de obstáculos, hasta llegaron a afirmar 
que' convenía al país la existencia de enemigos en el Perú, que las 
gestiones se realizaban en el momento de haberse recibido no sólo 
la importante noticia del reconocimiento de la independencia de 
América por los E. Unidos, sino de lo que este acto avanzaba en el 
gobierno de Gran Bretaña y muy principalmente en la nación espa- 
ñoóla. cuyo representante no se excusaba de patentizar que era ne- 
cesario entrar por el partido de abrazar la paz a que inducía la se- 
-guridad con que los gobiernos del nueyo mundo contaban; ya con 
la independencia. "Pambién se dijo en Bs. Aires, que un quxilio 
.en esos momentos acarrearía la despoblación de la misma, la cual ya 
gozaba.de la paz sin necesidad de expedición alguna; y que en fin, 
mejor terminarían la contienda medios diplomáticos que no con 
bayonetas. 29 Por medio-del “Argos” se atacó a Bustos y a su pro- 
yecto acusándolo de ser un. criminal de la patria. La actitud del 
gobierno de Bs. Aires constituye un poderoso obstáculo a la deci- 
sión unánime que había tomado el interior con respecto a la ayuda 


(25) JOSÉ P. OTERO: O. C., T. 1H, cap. 21, pág, 635. 
(26) GREGORIO RODRIGUEZ: Contrib, Hist, y Doc, T. 1, pág, 462. 


— 263 — 


al'G. San Martín. El entusiasmo inicial personalizado mayormente 
en Bustos y Urdininea iba a desfallecer poco a poco por la falta 
de respaldo del gobierno central. El gobernador de Córdoba al ente- 
rarse de la decisión tomada por B. Aires, le escribe a López el 23 de 
agosto haciéndole observar cómo el gobierno se desentiende de la 
expedición. Además, indicándole el N9 58 del “Argos”, le expresa: 
“con este motivo el periodista ensangrienta su pluma contra mi ho- 
nor e indirectamente contra San Martín”. Por lo tanto, Bustos or- 
dena a su secretario, acompañante de la Fuente, que se retire a su 
provincia, pues en nada se reconoce al sistema federal, (27) 

En fin, Bs. Aires estaba ocupada en jardinillos de invernáculos, 
dice un autor, cuando había que descuajar una selva. 

En cuanto a López, reconoce por carta:del 2 de setiembre de 
1822 la gran empresa del Libertador y espera ver consolidada la 
emancipación bajo los auspicios de su primer genio. “200 ó 300 
hombres de caballería escogida, dice en otra, tendrán el placer y ho- 
nor de aumentar las filas de los defensores de la causa sagrada de 
la Patria. Si menos generosos esquivasen sus auxilios para salvación 
de esta afligida madre, no tendremos más que gemir en secreto los 
resultados perjudiciales de una mezquindad irreparable”, 28 El 
caudillo aspira a la colaboración pedida, pero Bs. Aires, que perfie- 
re negociar la guerra, sigue siendo un obstáculo, 

En el interior, las gestiones tomaban su curso. El 3 de setiem- 
bre, Urdininea escribía a Bustos, que si bien Bs. Aires no les presta 
apoyo, piense y reflexione si con sólo las provincias podría realizarse 
la dicha expedición, y opinaba que todo es posible, si se tiene en 
cuenta que San Martín con sólo Cuyo formó un ejército, 2% Dos 
días después escribía al Protector del Perú acerca de las resolucio- 
nes tomadas en la Capital. 

- Así las negociaciones, el Comisionado la Fuente partió de re- 
greso al Perú. Quedó acordado el envío de la expedición al frente 
de Urdininea. Pero este mismo se encargará de expresar la causa 
del fracaso: “Han sido muy graves los obstáculos con que tropieza 


(27) JOSÉ LUIS BUSANICHE: O. C., pág. 160. 
(28) JOSÉ LUIS BUSANICHE: O. C., pág. 164. 
(29) Com. Nac. del Cenr.: O. C., T. VII, pág. 86. 


+ 80% — 


la expedición a mi cargo. Los pueblos, o más bien los gobiernos 
que parecían más interesados en ella, han faltado a sus compromisos 
sin el menor pudor y decencia... Vemos con asombro que al espíritu 
público, el amor de la patria y de la gloria, a la actividad, energía 
y entusiasmo patriótico, han sucedido el infame egoísmo, la degra- 
dación y envilecimiento, la vergonzosa apatía, la criminal indife- 
rencia, la indolencia inerte por no decir el abandono, el impudor y 
tal vez, un secreto espíritu antipatriótico fomentado y sostenido 
por los enemigos de nuestra libertad e independencia...” (30) 


Todos los esfuerzos se esfumaron en el corazón mismo de los 
hechos. Por lo tanto, fracasa la misión la Fuente. 


A esta altura San Martín, después de Guayaquil, volvió solo 
a su tierra, que lo ayudó a partir, pero no a regresar. Mendoza, un 
pedazo de patria en su patria de América, fue su aposento, creyendo 
encontrar ahí la paz tan codiciada. Mas, la contienda seguía, y no 
vaciló hacer valer su amistad para evitar las guerras civiles. Facundo 
Quiroga está por batirse con Nicolás Dávila, gobernador de La 
Rioja. A San Martín no le interesa quién tiene razón, sino las con- 
secuencias funestas que las guerras acarrean precisamente en el mo- 
mento que más se necesita de la unión. El caudillo riojano no había 
luchado en la campaña libertadora, pero había concentrado auxilios 
y recursos. Era apreciado por muchos. El mismo José María Paz, 
en 1823, le reconoce sus servicios expresando: “No dudo un mo- 
mento que Ud. dará este nuevo testimonio de su decisión a la cau- 
sa de América”, (31) 

Ya estaba por batirse con su rival cuando San Martín, por 
medio del comandante Corvalán, le escribe el 3 de mayo de 1823: 
“Sé que es Ud. un buen patriota y un hombre de coraje. Estas 
dos circunstancias me han decidido a escribirle lleno de toda con- 
fianza'y sin más objeto que el del bien genera)”. Después de pe- 
dirle una transación en base al honor y la amistad, le dice: “Yo le 
exijo de V. S. y no me negará una gracia que el reconocimiento 
acompañará hasta el sepulcro a este su más afectísimo paisano y 


(31) ELÍAS O. OCAMPO: Esbozo de la personal. hisc, de J. F. Quiroga, pág. 20. 
(32) DAVID PEÑA: Juan F. Quiroga; Bs. Aires 1906, Cap. IV, pág. 94, 


=— 265 — 


seguro servidor”. (32) Pero cuando llega hasta Quiroga la misión de 
paz, ya había triunfado en El Puesto sobre su rival. 

Luego, entre ambos se origina un intercambio de correspon- 
dencia y documentos donde se revela la confianza y amistad del 
caudillo con San Martín. Además, el héroe de la independencia se 
mantenía firme frente a las luchas fratricidas, su sable no saldría 
de la vaina por cuestiones políticas, había dicho una vez, pero la 
confianza en Quiroga vuelve a manifestarlo según carta del 8 de 
setiembre de 1823 y diciembre del mismo año: “He apreciado y 
aprecio a Ud. por su patriotismo y buen modo de conducirse, y por 
que Ud. me ha manifestado una completa deferencia a la par de 
que como simple particular tomé en las desavenencias de La Rioja 
sin otro objeto que el de evitar se derrame sangre americana”. (33) 
El 29 de este més, diciembre, Corvalán remite a San Martín una 
copia de documentos otorgados por el comandante de los Llanos, 


- E, Quiroga. 69 


Ante el caos interno, el Libertador volvió su mirada al extran- 
jero. Se produjo entonces el ostracismo, y luego, un silencio entre 
el Grande de la historia y los caudillos de provincia. 


Conclusiones. 


Revisada la correspondencia y documentos, caben ciertas pre- 
guntas: 

—¿Por qué no participaron Bustos, López y Quiroga en la 
batalla libertadora? 

Mientras San Martín preparaba su ejército en Cuyo, los por- 
tugueses amenazaban por el Litoral; por el Norte había que defen- 
der las fronteras y Bustos estaba en las filas. En La Rioja, Quiroga 
movilizaba tropas para Plumerillo y para el auxiliar del Norte. Lue- 
go, la defensa del federalismo reclamó a sus líderes. 

—¿Por qué no se sacrificaron por el enemigo común? 

San Martín exige luchar contra el enemigo extranjero, que 
luego habrá tiempo para dar soluciones a los problemas internos; 


(33) ELÍAS O. OCAMPO: O. C., pág. 35. 
(34) Com. Nac. del Cent.: O. C., T. IX, pág. 217. 


— 266 — 


los caudillos no podían dejarse aniquilar políticamente a costa de 
sus ideales, por el centralismo de B. Aires. 

—¿Pueden sus ideales compararse a los del Libertador? 

América es el vasto pedestal para la figura gigante del héroe. 
Los caudillos, a manera de hijastros, se ubican en el ámbito que le 
marcan sus provincias, también necesarios. 

—¿Por qué razón, en las instrucciones que traía la Fuente, no 
figuraba ninguna entrevista con Quiroga? 

Es el año 1822. Quiroga se impuso sobre Dávila. Se ignora 
sobre la autoridad legítima. La Fuente optó entonces por el si- 
lencio, 

¿Cuál fue la verdadera amistad entre San Martín y los cau- 
dillos? 

Sin duda, no fue la amistad que lo unió a Pueyrredón o a 
Guido. Buscó su apoyo porque los sabía capaces del sacrificio, pero 
causas distintas los llevaron por otros caminos. Los caudillos, a su 
vez, lo admiraron y respetaron, pero las correspondencias, testimo- 
nios que nos hablan del pasado, responden sólo a las circunstancias. 


ARNOLDO. LIBERMAN 


A ISIDORA DUNCAN 


" a VANESA 


Yo no sé qué pasó, eran sus ojos, 
sus muslos entrañables de mujer,. 
su salvaje calor, su grito rojo 

de vino que se junta con la miel. 


Yo no sé qué pasó, era su manto, 
con su ajustado cuerpo de dolor, 
sus memorias de otoño, ya su llanto 
de lluvia que se junta con la piel, 


Tan sólo sé que anduve como un loco 
un pájaro hecho danza sin querer, 
olvidándome todas mis canciones, 
recuperando un cierto atardecer 

en el que supe a Dios casi borracho - 
de vino que se junta con la miel, 


SONETO A MI MADRE 


Esta voz que le doy a mis zapatos, 
a mi traje, mis huesos, mi corbata. 
Esta vóz que le doy al garabato, 

a mi niño, mi asombro, mi pirata. 


Esta voz que me dice supriorato, 
trasmato, sanjacato, gratisdata, 
es la misma que dice disparato 
y hay mi bobe y mi gorro de escarlata. 


Cómo duelo la voz, viejo mandato 
de ese rostro de madre que rescata ' * 
y a la vida nos vuelve de inmediató 
y al sol y la rayuela y el pirata. 
Cuánta noche ha pasado y yo sensato 
y triste y tan medido y con corbata. 


ARNOLDO LIBERMAN. — Nacido en Concepción del Uruguay. 37 
años. Médico y poeta. Áutor de “Poemas con bastón” (dedicado a Carlitos 
Chaplin); “Sonetos con caracol” (Faja de Honor de la S.A.D.E.); “El motín 
de la luz” (Premio Fondo Nacional de las Artes); “Poemas con los míos” 
(Ilustrado por Castagnino, Carlos Alonso, Schurjin, Berni, Mane Bernardo, 
Urruchúa y Bruzzone). Tiene en preparación un poemario a publicar este 
año bajo el nombre de “Sí, muchacha”, dedicado a su hija. En 1971 publicó 
una carpeta poética en homenaje a Ludwig Van Beethoven con el título de: 
“No es cierto Beethoven no está aquí” Cúltimas palabras de Franz Schubert 
antes de morir). Dirigió las revistas literarias «El grillo de papel” y “Tiem- 
pos modernos”. Fue delegado argentino al Congreso por la Paz en Medio 
Oriente. 


Notas y Comentarios 


EL LATÍN Y SUS RELACIONES DIDÁCTICAS 


Para una probable renovación de métodos en la enseñanza, en 
la Argentina, convendría, quizá, una revisión de los programas en 
concordancia con la organización de los cursos de latín, que se dic- 
tan hoy sin unidad y sin arreglo de promoción para los alumnos. 

No es un misterio que el aprendizaje del latín comporta una 
disciplina de agilidad que influye en el desarrollo intelectual de 
quien se propone estudiar bien el español. Supone también un 
principio integral de cultura humanística para el educando, que 
adquiere un cúmulo de conocimientos en un retorno al mores como 
nexo de la civilización contemporánea. 

Se puede asegurar que el latín es idioma de precisiones y ri- 
gores morfológicos y semasiológicos y el mejor sistema propedéutico 
para el conocimiento cabal del castellano. El latín —deducidos los 
orígenes y las circunstancias que dieron lugar al romance— repre- 
senta de por sí un instrumento de instancia lógica, sin excluir los 
concretos de belleza expresiva que apuntan en sus soluciones litera- 
rias. En el español perduran formas cultas junto a otras populares 
que se expresan mediante los mecanismos de las declinaciones, de 
las conjugaciones y de las construcciones consecuentes, con otros 
fenómenos lingúísticos que fueron norma y modelo para nuestro 
hablar y aun de nuestro pensar. 

El latín clásico procedía por síntesis declinativas, mientras el 
vulgar empleaba perífrasis preposicionales. De aquí surgiría des- 
pués el rodeo del romance, que construye con preposiciones propias 
y ahorra teóricamente las declinaciones. Después vendrá el aná- 
lisis y la reflexión. 

-. El español nació del latín vulgar; no nació del bárbaro; ni 
tampoco dela lengua convencional literaria CM. Pidal); el barba- 


=| 


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rismo y el solecismo que pululan en la lengua actual son adqui- 
siciones procedentes del contacto inevitable con otras afines y cerca- 
nas. Una manera eficaz de combatir las impurezas reside en el 
cultivo, con amor y rigor, del latín a través del romance español y 
éste a través del idioma madre, en combinación. 

El latín no es un idioma muerto: se consulta y se usa en los 
estudios y en la investigación filológica, en el Derecho, en la li- 
turgia y para las traducciones con fines de entendimiento de la 
prosa, del verso y de la juridicidad subyacente en su letra. Mas si 
el latín vulgar fue un puente de unión entre el latín anterior, clá- 
sico, y las lenguas neolatinas, resultó asimismo un fermento para 
los períodos castizos de Cervantes y de Calderón y de todos los 
grandes del Siglo de Oro, sin excluir las etapas de formación ame- 
ricana en la tradición hispánica. 

Véase cómo, a pesar del allanamiento idiomático, se Conserva, 
a propósito de la liturgia, el entendimiento con este imperativo 
aldeano Cite”): Tte misa est, o lo que es lo mismo: idos, la misa 
está dicha. 

El pueblo rural de alguna zona española mantenía hasta no 


hace mucho la forma usual “ite” para el mandato o ruego campesi- 
1N 


no: “Ite de aquí”. % 
Otras simplificaciones como las que se observan en El sacrifi- 


cio de la misa, por Gonzalo de Berceo, edición y primer trabajo de 
Solalinde, 1913, que concluye para cerrar el misterio del altar: 


“Condonalis que vayan cada uno a su posada, 
dicelis que la hostia que fue sacrificada 

por manos de los ángeles es a Dios enviada; 
dicendi “Deo gratias” todos con voz alzada. 


El romance es cumplido, puesto en buen logar, 
> » 
días ha que lazdramos, queremos ir folgar”. 


Más simplificaciones por el romance, advertidas a simple 
vista, son iglesia y ángel Cecclesia, anggelos, universalidad y envío 


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respectivamente en el griego). La sencillez de ecclesia francés église, 
prov. glieisa, esp. iglesia, port. igreja, cimb. eglwys es tan frecuente 
en los manuscritos griegos como en los latinos, y por consiguiente, 
tal vez haya que atribuirla a] griego (Meyer-Liibke, Introducción 
a la lingiística romántica, trad. de Américo Castro, 1926). 

Con ese género de derivaciones y fusiones anotadas, con otros 
cambios naturales operados en el transcurso del pase del latín al 
romance, queda la persistencia del impulso individual ibérico que 
se populariza junto a estratos vulgarizados en la evolución para el 
nuevo instrumento dialectal en cierne que surge de ruinas, pero no 
de desechos. 

Siendo, como lo es el castellano una derivación del sermo ple- 
beius, no dejó de adquirir sentidos y formas del sermo nobilis; junto 
a lo rústico aparece lo sentencioso y jurídico ennoblecen la expre- 
sión romanceada. Nuestros mayores no dejaron de considerar, como 
lo hacía Berceo, la cultura naciente del metro de clarecía a par de la 
juglaresca. Ahí se establece la gradación (como entre el latín eru- 
dito y el vulgar) para el habla popular nuestra y el lenguaje refi- 
nado que se imponía en la literatura. El pueblo, en suma, decoró de 
gracia el román paladino y lo ensalzó de armonía con acepciones 
propias. Si el español es “un latín pobre en Hlexiones”, realizó por 
ello, sobre el estrato latino una fusión de elementos activos, de 
tal manera que, aunque parezca que hablamos puro castellano, ha- 
blamos mucho en latín; y aunque creamos hablar latín exclusivo 
nos expedimos en lengua propia. El origen no se desmiente, sino 
que se afirma en la casticidad del verbo hispanoamericano, cultiva- 
do hoy por unos cien rillones de seres y extendida su enseñanza 
por todos los países importantes del mundo. (En la liturgia co- 
mienza a usarse el romance para el pueblo que oye misa). 

En materia de evolución para la lengua española, establecida 
la conveniencia del estudio metódico del latín, hay que declarar 
que el proceso de modernidad que nos lleya a adoptar voces y gi 
ros no está en contradicción con una moderada adquisición escolar 
de la lengua del Lacio, por más que se considere detenido su uso y 
evolución. El latín desmembrado produjo en otras épocas sin veloci- 
dad la estratificación de idiomas veloces que ahora corren con el 
tiempo. El tempus ommia revelar, de Plauto, puede aplicarse a la 


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temperatura evolutiva de las lenguas modernas. A ese respecto com- 
parativo, el proceso cumplido, por etapas, para el español (como an 
tes ocurrió para el latín, en la comparación) parte de esta premisa: 
el castellano del Fuero Juzgo no es el mismo de las Partidas, ni la 
lengua de don Quijote es igual a la de Vélez Sársfield ni a la de 
Ortega y Gasset, o 
Para la enseñanza de los idiomas hay una superación técnica 
que debe contemplarse de acuerdo con el paso del tiempo. No hay 
duda de que el “latín” del colegio nacional exige una aplicación de 
síntesis gramatical e histórica. Un procedimento básico sin cargazo- 
nes más que las indispensables para la captación por parte del alum- 
no, absorto ante definiciones y nomenclaturas que jamás oyó. Una 
ayuda eficaz para la explicación de los fenómenos expresivos debe 
partir comparativamente de las estructuras latinas adaptada a las 
españolas o éstas de aquéllas. Hay que limitar la estrategia pedagógi- 
ca para el arduo latín de los comienzos al nec quid nimis, nada en 
demasía. Así, pues, si esta enseñanza se promedia alternando las fór- 
mulas hispanolatinas; es decir, si se traducen en el acto de la ex- 
plicación de ambos elementos, se habría cumplido con un desiderá- 
tum de aprovechamiento inicial para el estudiante, 
También convendría, llegado el caso, relacionar el latín de la 
clase con el italiano y el francés (y aún el portugués), que se en- 
señan como materias optativas. 


Avelino Herrero Mayor 


Buenos Aires, 1971. 


MENSAJE A LA JUVENTUD MW. 


Ha llegado la noche a recibirnos trasnochada en fiesta. El te- 
nue perfume del jardín interior impregna y conmueve este ámbito, 
pues además del suave aroma de las rosas contiene miles de suspiros 
de almas juveniles que las creemos inmaculadas. Se presiente y aun 
se siente arder en ascuas el leño, se percibe el brillo estelar más in- 
tenso y la emoción casi estalla en una sola y única palabra: ¡Gra- 
cias!... Gracias por permitírseme una vez más irradiar hacia esta 
culta ciudad, la provincia y tal vez el país mismo, los aconteceres 
con que el Colegio Histórico inscribe en la sociedad contemporánea. 
su peculiar manera de sentir, de trabajar, de formar, de lograr, de 
concretar... cual es haber preparado para la vida a este hermoso 
conjunto de jóvenes, como lo pensó Séneca cuando dijo: “Non scho- 
la sed vita discimus” es decir, no preparamos para la escuela, sino 
para la vida... Gracias porque tuve en mi modesta gestión, Vicerrec- 
tores extraordinarios, Profesores jerarquizados, Secretario excelente, 
Subsecretarias y personal administrativo y de maestranza eficientes 
y leales a carta cabal, con quienes compartimos tareas y afectos; 
¡alumnos inolvidables! en quienes, si bien quise dejar la miel de la 
vida, probé la satisfacción del aprovechamiento y retrotraje la ale- 
gría de los años mozos y el calor del entusiasmo adolescente, pri- 
maveral... , Ñ AO 

Ha salido la luna trasnochada en fiesta para iluminar el perfil 
ya vetusto del “Histórico” con caracteres indeleble. Él asiló inquie- 
tudes, cultivó sentimientos, más que trenzar, anudó amistades y 
derrochó buena voluntad. Luego: ¡Permanece! ¡No se evade! ¡Ni se 
retira del todo!... 

Por otra parte, no entiendo ni concibo que alguien quiera de- 


(1) Palabras de despedida del Rector del Colegio del Uruguay a la promoción 1970, 


1871 - LA COMUNA DE PARÍS - 1971. 


¿Movimiento comunalista o comunista? 


Se ha dicho con exactitud que Francia es el espejo donde se 
mira la diplomacia europea. Permanentemente vemos que todo 
hecho, histórico o no, que sucede fuera del país galo, no tiene la 
resonancia esperada, pero si ocurre allí, todo el mundo se hace eco 
y los periódicos lo comentan con grandes titulares. 

La Declaración de los Derechos del Hombre dictada en los 
EE.UU, prácticamente pasa inadvertida, pero Lafayette la lleva a 
Francia y una vez sancionada, con ligeras variantes, el universo 
monárquico tiembla ante la posibilidad de que sus gobernados la 
adopten. . 

Podríamos mencionar numerosos ejemplos similares a este, des- 
de la moda, capital que la detenta de hace años hasta hechos muy 
recientes, como la huelga estudiantil de 1968, que tuvo una publici- 
dad tan fantástica, que pareció qué De Gaulle se tambaleaba en 
el poder. d de 

Al mismo tiempo debemos señalar otro hecho interesante, que 
si bien Francia en determinado momento es cabeza de un movi- 
miento, al poco tiempo la vemos'dar marcha atrás y colocarsé den- 
tro del sistema que combatió. Un ejemplo: estalla la Revolución 
Francesa, se impone un sistema republicano, se guillotina: a núme- 
rosos nobles, se persigue a la Iglesia, se dictan leyes revolucionarias 
desde todo punto de vista, etc. y sin embargo, ese pueblo no tiene 
inconveniente en designar a Napoleón emperador, aceptar una 
dictadura militar y festejar y mostrar orgullosa hoy ese atonte- 
cimiento. * $ Ñ j 

Podemos decir que Francia es espiritualmente un país conser- 
vador. Si bien se jacta de su Revolución Francesa, de la República 


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de 1793, vemos que recién en 1875, después que ese sistema —el 
republicano— se había impuesto en casi todo el mundo, la adopta 
por la mayoría mínima de un voto (La República Híbrida). 

A pesar de ello, creemos que Francia fue y sigue siendo eje 
de la mayoría de los grandes hechos históricos, de ahí que no sería 
descabellado hacer girar la edad contemporánea alrededor de ella, 
en especial lo que concierne a este mundo occidental en que nos 
toca vivir, 

Y ya que hablamos de edad contemporánea es preciso decir 
que según la división clásica que hacemos de la Historia, esta se 
inicia con la Revolución Francesa de 1789, pero los autores comu- 
nistas no aceptan esta fecha y toman como iniciación de la misma 
otra Revolución Francesa, la de la Comuna de 1871. Como vemos 
Francia siempre es eje, es centro, es punto inicial de una nueva 
etapa histórica. 

Para éstos últimos la revolución de 1789 permitió la llegada 
al poder de la burguesía y si bien la consideran una evolución sos- 
tienen que la revolución quedó a medio camino en el aspecto eco- 
nómico y social, 

El 18 de marzo del corriente año se conmemoró, especialmente 
en todo el mundo comunista, el primer centenario de la Revolución 
de la Comuna de París. 

No pretendemos en este modesto comentario analizar los por- 
menores de esta Revolución sino desentrañar los antecedentes de 
los grupos que participaron, para sacar algunas conclusiones que 
nOs parecen importantes, 

"No analizaremos la guerra franco-prusiana que provoca en 
definitiva el estallido que motivó este trabajo, como así tampoco 
la revolución propiamente dicha, en la cual podemos ver un indis- 
cutible origen popular, quizás socialista, que trató de resolver los 
problemas obreros con un sentido de justicia social que es de des- 
tacar, para lo cual no estaban preparados ya que no fue un movi- 
miento homogéneo sino simplemente una coalición heterogénea con 
objetivos dispares. 

Al analizar este hecho, trataremos de mostrar las facetas pre- 
vias al movimiento de la Comuna, para demostrar que no existió 
un criterio, único entre los dirigentes de la Revolución e incluso, 


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que la Primera Internacional si bien no estuvo al margen, realizó 
una acción secundaria. 

En la segunda mitad del siglo XIX se inicia en toda Europa 
un movimiento obrero que pugnaba por una serie de mejoras que 
sería largo detallar, pero que adquiere una renovada virulencia y 
una agitada y explosiva tendencia a lograr sus objetivos por la 
fuerza. 

Muy distinto por cierto al movimiento del primer medio siglo, 
dirigidos por: filántropos, como Robert Owen en Inglaterra o por 
aquellos que proponían sistemas irrealizables, como Saint Simón 
y Fourier. Carlos Marx los llama —con acierto según nuestra mo- 
desta opinión—, socialistas utópicos. 

Marx y Engels desde hacía largos años, especialmente el pri- 
mero, trataban de organizar el proletariado en una masa sólida, 
compacta, que buscara sus objetivos, a veces sin reparar en los me- 
dios. Lo vemos actuar a Marx hacia 1848 en Franciá cuando se 
produce la caída de Luis Felipe, el rey burgués, que cometió el 
“delito” de dar a Francia sólo paz cuando ésta tiene una permanente 
ansiedad de gloria. Allí el pueblo fue engañado, sostienen con ino- 
cencia algunos autores soviéticos, pero en realidad los franceses ele- 
girán a Napoleón UI emperador —si bien la revolución fue repu- 
blicana—, pensando que este sobrino del Gran Corso le daría la 
gloria buscada. 

En 1864 se realiza en Londres la reunión de la Primera Inter- 
nacional, Muy pocos países envían representantes, pero entre ellos 
está Francia. 

AMlí se fijan las bases del movimiento obrero mundial, redac- 
tando Marx el Manifiesto Constitucional y el Estatuto Provisorio de 
la Internacional. ' 

Luegó de este primer encuentro, se realizan sucesivamente los 
siguientes' Congresos: Ginebra (1866); Bruselas (1868); Basilea 
(1869); La Haya (1872) y Filadelfia (1876), terminando con este 
último sus actividades la Primera Internacional. 

En'los cuatro primeros congresos Marx debió luchar decidida- 
mente contra distintos grupos que a su juicio desvirtuaban el movi- 
miento proletario. Estos grupos eran: proudhonistas, blanquistas, 
bakuniriistas, lasallanos y tradeuniobistas. 


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Los dos primeros de estos grupos son de origen francés y serán 
prácticamente los únicos, que perteneciendo a la Internacional, di- 
rigieron el movimiento de la Comuna, sin estar de acuerdo, como 
lo veremos, con la mayoría de las resoluciones de los congresos 
mencionados. 

Los proudhonianos por ejemplo, son prácticamente expulsados 
del Congreso de Basilea a pedido de Marx, por cuanto se mani- 
festaban abiertamente contra las huelgas, contra la formación de 
sindicatos, contra el empleo de mujeres en la producción, contra 
la propiedad común ya que eran partidarios de la pequeña propie- 
dad privada, es decir que en definitiva nada tienen en común con 
el comunismo sustentado por Marx. 

Los blanquistas por su parte integraban un grupo agitador, 
revoltoso, incluso de choque. El creador de este movimiento, Blan- 
qui, desde el punto de vista comunista nunca reunió las condicio- 
nes básicas de un auténtico dirigente. Si bien fue revolucionario 
no le interesó el contacto con la masa obrera como así tampoco 
trabajar políticamente con el proletariado. Estaba convencido que 
el poder se lograba mediante un golpe de estado, bien organizado 
y en el cual debía participar un pequeño grupo. Como vemos, 
Blanqui y los suyos disentían abiertamente con el ideario comunista 
ortodoxo. 

Un tercer grupo que también actúa en la Comuna es el ba- 
kuninismo que en Francia tenía adeptos. Esta agrupación participó 
en todos los Congresos mencionados anteriormente. Es de neto cor- 
te anarquista y trató incluso de boicotear el movimiento comunista 
en su nacimiento, por lo tanto, no podemos considerar a este parti- 
do como fiel representante de la Primera Internacional en la Re- 
volución de la Comuna. 

Es interesante analizar también la constitución de la Comuna 
de París, que gobernará los 73 días que dura la revolución. No es 
fácil hacer una clasificación objetiva de quienes la integraban ya 
que hay mumerosos individuos difícil de catalogarlos en una deter- 
minada ideología. Había muchos burgueses idealistas, hebertistas, 
políticos inescrupulosos, partidarios de la república de 1793-94 
(jacobinos), intelectuales izquierdizantes, moderados apolíticos, ga- 
ribaldinos Canticlericales), socialistas, blanquistas, proudhonistas, 


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bakuninistas y también comunistas (internacionales). Estos últimos 
si bien eran una pequeña minoría en el seno de la Comuna supie- 
ron actuar en bloque, disciplinadamente, lo que le permitió obtener 
algunos éxitos parciales. 

Al señalar escuetamente la conformación ideológica de la 
Comuna vemos la heterogeneidad de la misma y por lo tanto la fal- 
ta de objetivos precisos, aunque debemos reconocer que sus fines 
están revestidos de una cierta ideología socialista. 

Una prueba de esa falta de comunidad de ideas es que el mo- 
vimiento de la Comuna de 1871 fue tomado como bandera por co- 
rrientes ideológicas encontradas como socialistas, anarquistas y co- 
munistas. 

Lo que nos parece correcto apreciar en esta revolución es el 
deseo de instauración de una república, tantas veces anhelada co- 
mo desbaratada; la expulsión de los alemanes de su territorio y 
una especie de vuelta a la instauración de un sistema comunal adop- 
tado en la revolución francesa del siglo anterior. 

Finalmente y para terminar este pequeño comentario diremos 
que la Revolución de la Comuna de París de 1871 tuvo un carác- 
ter comunalista y no comunista por las circunstancias ya apuntadas. 
Marx con su Memorial “La Guerra Civil en Francia” le dio ese 
carácter comunista que sólo tuvo en parte al decir: “El París obrero, 
con su Comuna, será eternamente celebrado como heraldo de una 
sociedad nueva”. De ahí nace quizás el error de que bajo distintas 
banderas hoy se festeje como iniciación de los gobiernos proleta- 
rios, que la clase obrera creará con posterioridad. 

Meditando los conceptos vertidos en la primera parte de este 
trabajo entendemos que, en definitiva, conviene reiterar que la 
Edad Contemporánea se inicia en Francia tanto para capitalistas 
como para comunistas; para los burgueses o proletarios; para explo- 
tadores o explotados, lo que viene a confirmar una vez más que ese 
país ss precisamente, el espejo donde se mira la diplomacia uni- 
versal. 


Celomar José Argachá 


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tre los docentes de Institutos formadores de profesores 
del país y del exterior, 

5. — Promover la formación de líderes que impulsen, en di- 
chos Institutos, la realización sistemática de investiga- 
ciones para el mejoramiento de la enseñanza de las cien- 
cias físicas. 


Está claro que el temario gira en torno a problemas relaciona- 
dos con la enseñanza a nivel terciario, cosa que, por otra parte, se 
sobreentiende, puesto que, de otro modo, no habría sido necesario 
reunir a profesores de profesorados. 

Iniciadas las reuniones el día 2 de Noviembre, nótase, en los 
primeros días, una evidente desorientación en muchos de los parti- 
cipantes y las discusiones, en ciertos momentos, se tornan algo 
desordenadas, introduciéndose temas propios del nivel secundario, 
tales como el análisis de diversos proyectos educativos de ese nivel, 
que están en ensayo en Estados Unidos de Norteamérica o en 
Gran Bretaña. Surge así la evidencia de que hay todavía en muchos 
profesores que ejercen la enseñanza en el nivel terciario, la erronea 
idea de que métodos y contenidos de la enseñanza secundaria, pue- 
den ser repetidos a mivel de profesorados. El argumento es ya 
muy conocido y esgrimido con cierta falacia y sentido simplista: 
los futuros profesores van a enseñar en el nivel secundario, por lo 
tanto, debe enseñárseles lo que ellos, a su vez, van a enseñar y 
trasmitir. Es indudable que los futuros profesores de enseñanza 
secundaria deben conocer los métodos y alcances de los conteni- 
dos que van a emplear y enseñar a ese nivel y con este propósito 
debe instruírseles en los cursos de Didáctica y Práctica. Pero no 
confundamos, tan evidente como aquello, es que la preparación 
científica y técnica y el desarrollo intelectual de un profesor, debe 
superar ampliamente el nivel en que va a enseñar, y los métodos 
para alcanzar estos objetivos, no pueden ser los mismos de la ense- 
ñanza secundaria. No olvidemos, también, que muchos de los pro- 
Fesores, hechas sus primeras armas en el nivel secundario, pasan, 
luego, a desempeñarse en profesorados, cosa que ocurre en otros 
países además del nuestro. 

Pienso que la confusión comentada y la desorientación ocu- 
rrida en el primer período del Seminario, puede ser, quizá, atri- 


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buida a la excesiva juventud y consecuente inexperiencia de algu- 
nos de los participantes, aun cuando es, a veces, desalentador ob- 
servar esta misma confusión de conceptos en autoridades encarga- 
das de impartir directivas en la enseñanza. Así ocurre, por ejemplo, 
que se envíen, con toda naturalidad, a un Instituto del Profesorado 
materiales propios de la enseñanza secundaria. No se tiene, a este 
respecto, firmemente formado el concepto de que los Trabajos 
Prácticos de Laboratorio de un Instituto del Profesorado, deben 
ser esencialmente determinaciones y comprobaciones de naturaleza 
cuantitativa y, por lo tanto, el instrumental, aunque costoso, debe 
responder a esta necesidad en cuanto a calidad y características. 


Transcurridos los primeros días de discusiones poco consisten- 
tes e inconsecuentes con el temario propuesto, el desarrollo del Se- 
minario se fue encausando, posteriormente, en la dirección de sus 
objetivos. Las conferencias de apertura diaria dictadas por los pro- 
fesores norteamericanos Doctor L. K. Akers y Jerry B. Minter de 
la Special Training Division de Oak Ridge Associated Universities, 
encargados de hacer llegar algunos materiales importados para dis- 
tribuir entre los participantes del Seminario, desarrollaron el tema 
“Radioactividad” en una forma de exposición moderna, haciendo 
uso del retroproyector como medio visual y aportando una amplia 
información sobre el fenómeno de decaimiento radioactivo, las in- 
teracciones que las partículas originan con la materia y los instru- 
mentos utilizados para la detección de los diferentes tipos de ra- 
diaciones, como así también sobre las aplicaciones de estas en di- 
ferentes campos de la industria y la investigación y los medios 
utilizados para proteger al hombre de la acción incontrolada de di- 
chas radiaciones. El nivel dado a estas exposiciones, contribuyó, 
sin*duda alguna, a jerarquizar el Seminario y llevarlo al clima en 
que debió desarrollarse desde el comienzo. Faltó, no obstante, com- 
pletar debidamente la faz teórica del tema con la experimental y 
una muy conveniente instrucción de los participantes en el uso 
práctico, máximo aprovechamiento y construcción del instrumental 
correspondiente, faz esta que fue casi totalmente impedida por las 
condiciones reinantes en la Universidad, perturbada en esos días 
por una prolongada huelga del personal no docente, que no permi- 
tió hacer uso de los laboratorios y talleres disponibles. 


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El tema Radioactividad, si bien se clasifica entre los de la 
Física moderna, no es nuevo en los programas de los Institutos del 
Profesorado; él figura como tema obligado en todos los programas 
de la asignatura Física Atómica que se dicta en el tercero o cuarto 
año del Profesorado de Física, según los Institutos. No obstante, 
dicho tema se da muchas veces restringido a la radioactividad na- 
tural, por ser éste históricamente uno de los descubrimientos expe- 
rimentales claves que desembocaron en el estudio moderno del 
átomo, y generalmente el tema se desarrolla en forma teórica, por 
la falta de material e instrumental apropiado en la mayoría de los 
Institutos. Quizá uno de los factores que influyen en este estado 
de cosas, sea el temor, exagerado y demasiado generalizado, a los 
peligros que encierra el manejo discrecional de material radioactivo. 
Sin embargo, en los países más adelantados, está ya totalmente di- 
vulgado el uso, hasta en los colegios secundarios, de muestras ra- 
dioactivas en pequeñísimas dosis, que son absolutamente inocuas 
para la salud física de quienes las manejan y en cambio muy bene- 
ficiosas para la “salud intelectual” de los alumnos. 

En el Seminario se vio así la necesidad de ampliar en los pro- 
gramas el tratamiento de la radioactividad, abarcando la artificial 
y dando a este conjunto el carácter de una extensa unidad temática 
que introduzca al alumno en el conocimiento moderno de los fenó- 
menos relacionados con el múcleo atómico. La preparación del cu- 
triculum de esta unidad temática, conjuntamente con el tratamiento 
moderno de otra sobre espectroscopía, ocupó la atención del Semi- 
nario hasta sus últimos días, redactándose propósitos generales, ac- 
tividades prácticas, objetivos perseguidos y esquemas de pruebas 
de evaluación. 

En cuanto al estudio y discusión de la metodología moderna, 
es justo citar cuatro conferencias dictadas por uno de los partici- 
pantes Argentinos Licenciado Orlando Merli Flemann, de la Uni- 
versidad de Rosario, sobre Teoría de Errores, Técnicas de Muestreo 
y Estadística de Evaluación, conferencias estas que por su nivel 
apropiado y modalidad particular de tratamiento, procuraron, con 
suficiente éxito, mantener la atención en un tema muy poco favo- 
recido por su naturaleza, por lo tanto poco afecto de los estudian- 
tes y que, sin embargo, reviste una importancia fundamental para 


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el investigador en ciencias educativas. Desafortunadamente, los fun= 
damentos: y métodos. de la Estadística, permanecen prácticamente: 
indescifrables para el común de los estudiantes de Psicología y Pe- 
dagogía, por falta de una base matemática apropiada; en el mejor 
delos casos, sólo alcanzan a memorizar fórmulas o mecanismos ais- 
lados, sin comprender bien sus fundamentos y limitaciones, He 
aquí, a mi juicio, una evidencia de la incapacidad de los Psicólogos 
para llevar a término feliz, por sí solos, el análisis ordenado y lógico 
de los resultados comparados de dos o más sistemas educativos cua- 
lesquiera, y la razón de: muchos fracasos debidos al supuesto con 
trario y a la frecuente posición exagerada de suficiencia observada 
en los más jóvenes especialistas de esta rama de la educación. 

Durante el desarrollo del Seminario fue necesario, para la co- 
rrecta formulación de objetivos, emplear algunos conocimientos del 
Análisis de Sistemas de Aprendizaje y recordar los contenidos de 
las "Taxonomías de Bloom. y de Nedelski, tarea que realizaron pa- 
cientemente los participantes, con la eficaz anuencia de miembros 
especializados del Instituto de Matemática, Astronomía y Física 
CIMAE) de la Universidad de Córdoba, destacándose la eficiente 
y comprensiva colaboración de la Licenciada Aranega. 

Se puso, asimismo, en conocimiento de los participantes del 
Seminario, los recursos que puede proveer el llamado Análisis de 
Interacción, que permite, valiéndose de una técnica apropiada y 
de: medios modernos tales como grabadores magnéticos, descubrir 
vicios o tendencias en la exposición de un profesor, regularla y co- 
rrregir consecuentemente los errores didácticos en que incurre. Se 
utilizaron, para ilustrar el método, clases grabadas, y los partici- 
pantes se ensayaron en la detección, distinción y clasificación de 
los momentos de la exposición de diversos profesores, encuadrán- 
dolos dentro del sisterna. de diez categorías de Flanders que clasifica 
la conducta verbal del profesor cuando influye directa o indirecta- 
mente, la conducta verbal de sus alumnos y los momentos de si- 
lencio o confusión que surgen durante la clase. El método es su- 
mamente: interesante, aunque «sir técnica es difícil de adquirir en 
el breve espacio. de umas pocas sesiones de: entrenamiento, 

Hay en la organización: y desarrollo de este Seminario, un as: 
pecto muy positivo.que:mo debe dejar de: destacarse; Es conocido de 


— 290 — 


todos, que la principal dificultad con que se tropieza en los Insti- 
tutos formadores de profesores, más agudizada aún en los del inte- 
rior del país, es la falta del instrumental moderno apropiado para 
encarar una verdadera y eficiente actualización de la enseñanza de 
la Física, Los Institutos, en particular los del interior, no han sido 
provistos sistemáticamente del material de laboratorio necesario. 
Dicho material, salvo pocas excepciones, no se construye en el país 
y las autoridades educativas del Estado, mo se han preocupado de- 
bidamente de lograr fondos y permisos especiales de importación. 
Es este, quizá, el primer Seminario de cuestiones educativas, donde 
los organizadores han tenido en cuenta esta situación y mediante 
fondos de la O.E.A., se ha procurado una contribución al equipa- 
miento de aquellos Institutos que, aunque pequeña, es señal de 
una nueva y más acertada sensibilidad y conciencia de los ver- 
daderos problemas que afrontan los profesores frente a la escasez 
de material didáctico y de laboratorio, La distribución de los ele- 
mentos necesarios para el armado de un contador semielectrónico 
Geiger de estado sólido, un retroproyector, redes de difracción en 
copias diapositivas, tubos de descarga con gases purificados para el 
estudio de espectroscopía y pequeño tubo de rayos ultravioletas, 
fue, sin duda, muy bien recibido por los participantes. Tenemos 
plena conciencia que de otro modo no hubiéramos podido contar 
con estos instrumentos tan esenciales para enseñar Física moderna. 


Por otra parte, el cuarto punto de los objetivos del Seminario, 
que es de carácter subjetivo y cuya evaluación siempre es difícil de 
establecer, se cumplió, a mi juicio, ampliamente, por la simple cir- 
cunstancia de encontrarse reunido un grupo entusiasta de educa- 
dores deseosos de trabajar en una misma dirección por el mejora- 
miento de su propia preparación y el de la enseñanza que ellos im- 
parten en los diferentes Institutos americanos. La franca camara- 
dería, que no tardó en generalizarse, favoreció el intercambio de 
ideas útiles, conocimiento de bibliografía nueva y trabajos realiza- 
dos por los participantes, muevas técnicas ensayadas y sus resulta- 
dos, conclusiones de otros seminarios o: congresos anteriores a los 
que concurrieron algunos de ellos y un amplio intercambio de fo- 
lletos y revistas especializadas de los diferentes países representados 
y, por sobre todo esto, desde el punto de vista afectivo, la invalo- 


— 291 — 


rable adquisición de un amigo en cada Instituto y en cada país a 
quien recurrir para comentar un hecho, un logro, una esperanza, o 
un simple fracaso, 

Comentando, finalmente, el quinto objetivo propuesto para 
el Seminario, referente a la promoción de “líderes” en los Insti- 
tutos, me permito observar que el término está tan gastado y ha sido 
tan mal empleado en el mundo, encarnando, frecuentemente, per 
sonajes de triste historia, que pienso que no ha sido feliz su elec- 
ción; particularmente preferiría que no existieran más líderes, Esta 
palabra, por la gravitación de los hechos ocurridos en el mundo, 
encierra una tendencia a lo místico que confiere a una persona 
supuestos poderes de infalibilidad y condena a otras a una ciega 
obediencia. En ciencias, la facultad de raciocinio y la falibilidad 
humana, ocupan el sitial de honor y hacen del verdadero hombre 
de ciencia el más humilde y prudente de los seres. Para cerrar este 
escrito, podríamos, entonces, decir con acierto, que erigirse en 
leader no es precisamente una actitud científica. 


Blas A. Rivero 


HUGO VON HOFMANNSTHAL 
Y LOS TIEMPOS. 


La cirounstancia socio-económica de un país y aún de un con- 
tinente influye decisivamente en el arte de una época, como lo 
evidencian perfectamente la plástica y la literatura actual de dos 
estados de posiciones políticas tan opuestas como la Unión Sovié- 
tica y los EE.UU, 

“Es así que en una concepción y forma de vida donde el capi- 
talismo y todas sus formas accesorias parecieran encontrarse en 
pleno auge, ciertos grupos manifiestan insistentemente el grado de 
decadencia subyacente, expresándose a través de una vestimenta 
caótica, una moda convulsiva, una iluminación cada vez más sico- 
délica y una pintura y literatura que objetivan la incomunicación 
no sólo generacional sino también con una realidad total que no 
comprenden y de la cual se evaden mediante el ácido lisérgico, el 
ruido caótico o el lento suicidio u homicidio colectivo de aquello 
en lo cual no creen y que a veces encuentran latente en sí mismos. 

El hombre, entonces, de este siglo puede como antes, como 
siempre adoptar dos actitudes extremas frente a esa realidad que 
lo subleva, luchar o aceptarla pasivamente; ambas posiciones sin 
embargo implican una evasión de esa circunstancia. 

' Por-ello, como ahora los hippies, lo hicieron antes Francia y 
“Alemania en aquel período que se inició en 1871 promoviendo una 
evolución de ese substrato no visible a simple vista, la evasión del 
sistema y la objetivación de ese estado espiritual que concretó el 
impresionismo y luego el simbolismo en un drama que expresaba 
mediante un lenguaje poético la condición del hombre en sólo aque- 
llos aspectos permanentes, como el destino, el amor y la muerte 


a 


formulando además una salida religiosa, tres elementos esenciales 
éstos, presentes en Cada Cual, obra en un acto de Hugo Von Hof- 
mannsthal. 

Entre el ritmo vertiginoso del Murciélago, la Viuda Alegre y 
los valses de Offembach, el núcleo bumano de la Viena de fin de 
siglo vive la embriaguez narcótica de las fiestas e Isaack Hoffman 
—comerciante hébreo— adquiere fortima y un título de nobleza, que 
le permite el uso de la partícula privativa “Von” equivalente al “De” 
de cierta aristocracia española” y el aumento consonántico de una 
“n” en el primer vocablo de su apellido compuesto, revelando así su 
afán de abolengo y una actitud decorativa, que no era en fin más 
que la consecuencia directa de una posición semiesteticista arte la 
vida del grupo social al que pertenecía y al que pertenecerá su 
hijo, que se casará más tarde con una católica, completando así la 
evolución de' asimilación al país. . ; eigh 

La obra de Hofmannsthal —testimonio de la época.y autorre- 
trato moral— no puede se encarada pues de otra manera que par- 
tiendo de esa estructura total socio-económico-síquico-espiritual del 
aútor y su mundo. , “h 

Cada Cual de Hugo Von Hofmannsthal ha sido publicado 
hoy, a casi cien años de aquel momento, por el Centro Editor de 
América Latina, gracias a la autorización del Instituto Cultural 
Argentino-Germano, adjunto al fascículo n? 114 de Capítulo Uni- 
versal. - A: 

La anécdota básica, sumamente sencilla, no es más que —como 
el autor lo afirma en el prefacio— un cuento alemán para la casa, 
cuyo protagonista es el Hombre en trance de muerte, por lo cual 
creo que la traducción del título no ha sido del todo feliz, ya que 
se hubiese ajustado más al sentido general de la obra una versión 
textual, E 

Un atardecer, Cada Cual que va con un amigo a. comprar un 
vergel que piensa regalar a una cortesana, se encuentra con un, 
pobre mendigo al que regala una moneda avara y luego con su: 
deudor que va camino de la torre a pagar con prisión su deuda, se- 
guido por los lamentos de su mujer e hijos harapientos; pretende 
entonces apagar los reproches y las lágrimas encargando den a la 
mujer un cuarto en su casa, demostrando claramente y sin quererlo 


— 295 — 


como se lo dirá después Mamón, es decir la riqueza personificaca, 
que no es más que esclavo del dinero. 

Cuando llega casi la noche se encuentra con su madre que le 
recuerda que la vida es breve y que la muerte ya está cerca, pero 
inútilmente pues como el Sardanápalo de Byron prefiere el amor 
aparente de la cortesana, la amistad interesada de los comensales, 
el vino, las antorchas, las hierbas olorosas y la.corona de flores con: 
que preside el banquete. 

El ambiente ha sido elegido respondiendo por una parte a los 
intereses estéticos y decadentes de fin de siglo del autor y por otra 
al deseo de. testimoniar. su tiempo. : 

Se hacen palpables así, en él, analogías con cuatro épocas in- 
fructuosamente separadas por el tiempo: Nínive de Babilonia tam 
bien objetivada por Byron, el barroco de Calderón que al igwal 
que Hofmannsthal vivió rodeado de objetos de arte en una corte 
manierista que luchaba contra el avance arrollador de la reforma 
luterana que reaccionaba contra la corrupción gradual de los siste- 
mas y que tanto influyera en el autor que nos ocupa, aunque él lo 
olvide en el prefacio tal vez intencionalmente, la Alemania herede- 
ra del imperio de Bismark que ahogaba al hombre en su gnoseología 
burguesa y capitalista y los E.E.U.U. de hoy, en que salvadas las 
diferencias contingentes el hombre, como ayer Rimbaud, niega el 
arte, se droga, se suicida o hace, huyendo de una realidad que 
detesta, un best seller de una obra, peyorativamente romántica, 
como Love Story. 

Inesperadamente Cada Cual se encuentra con la muerte que 
llega precedida como buena muerte simbolista por campanas, visio- 
nes de mortajas, voces que claman de ultratumba, luces que se apa- 
gan y que nadie salvo él oye. 

Cada Cual debe pues rendir cuenta de su vida y comprende 
—aparentemente demasiado tarde— que sus días regalados no son 
más que la faz brillante que escuda su pobreza espiritual al igual 
que las fiestas de la bella época encubren la pobreza de un proleta- 
riado olvidado y para el cual el avance tecnológico no supone nin- 
gún bienestar, como tampoco lo supone el aparente brillo superfi- 
cial del país del norte. 

El origen hebreo del autor y su actitud consecuente ante Dios 


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obligan al protagonista a descreer del amor de Dios porque al igual 
que Kafka cree que Dios es justicia y. castigo antes que amor. 

Posteriormente, sin embargo, su concepción católica de conver- 
tido domina lo racial y hace triunfar el amor, alcanzando por la fe 
y el arrepentimiento el perdón: que llega con la luz del alba, hora 
desde ningún punto de vista casual, sino buscada con la intención 
romántico simbolista de que el sol —Dios ilumine el planeta— alma 
del hombre que inicia el único camino posible para siempre y sobre 
todo para el hombre Cada Cual y para el hombre Hofmannsthal y 
con ellos para todos los hombres de su época que como Claudel, 
Eliot, Rimbaud, Baudelaire, Tennese Williams y otros encuentran 
en Dios la única salida posible a la angustia y la soledad, que com- 
prendieron fluía desde la íntima esencia de un progreso que los 
cosificaba, 


Julio Vega 


Este libro se terminó de imprimir el día trece 

de septiembre de mil novecientos setenta y 

uno en los talleres gráficos de la Librería y 

Editorial Colmegna S.A. - San Martín 2546 - 
Santa Fe (Argentina)